¿Fuera de juego?

Noto cierto pesimismo o temor entre internautas que se definen de izquierdas. No es para menos. Yo he vuelto a confiar en los milagros. O quizá no: quizá ocurra un prodigio menor.

Piensan muchos progresistas que las elecciones pueden estar ya perdidas o que la composición del Parlamento permitirá un gobierno de la derecha tripartita.

La verdad es que no tengo nada claro que tal cosa pueda suceder así, sin más; o que por fuerza vaya suceder así, tan fácilmente. Y no sólo por la movilización del electorado progresista, que puede cambiar la expectativa y lo previsible y lo que ya parece inevitable o fatal.

A nadie se le escapa que hay una gran rivalidad entre Pablo Casado y Albert Rivera. Y hay una gran e incómoda interferencia que es Santiago Abascal. El partido de este último señor puede ayudar a obtener mayorías, pero también puede complicar las cosas.

Tras el 28 de abril no se trata de pactar un gobierno autonómico (como fue en Andalucía), sino de presidir el ejecutivo español, el Gobierno. Y en esa liza, reparto o justa, raramente va a ceder o a claudicar quien se crea con derechos, con galones, para el mando de España.

No nos engañemos. Estas elecciones suponen una carrera entre las propias derechas para obtener la hegemonía, para conseguir no sólo el éxito electoral, sino también el dominio o la preponderancia de una gran coalición. Sí, ya sé que esto que digo es una evidencia, pero eso no lo hace menos cierto.

Si ello es así, si la clave es una lucha hegemónica, cabe pensar que va a ser una guerra de todos contra todos, una lucha encarnizada –perdón por el tópico— entre combatientes que rivalizan en un juego de suma cero.

Sin duda, el resultado final no podrá ser de suma cero. Deberá haber un entendimiento, una cesión, un reparto, pero esa distribución —o redistribución del poder y de las cuotas— tiene algunos obstáculos que superar. ¿Cuáles?

La forma oligárquica —inevitablemente oligárquica— llamada Partido, una entidad que da puestos, que reparte cargos. El PP es inmensamente grande. O eso dicen sus responsables. No pueden ceder demasiado cuando hay una masa de subordinados a los que emplear o colocar: a un mes de las elecciones locales, etcétera.

Y un obstáculo no menor son los egos revueltos de quienes combaten para derrotar al adversario en un juego del gallina. Egos revueltos, sí, y le tomo en préstamo a Juan Cruz esta fórmula tan atinada.

Vamos a asistir a una escalada verbal y a una carnicería metafórica en las que no hay aliados o amigos: sólo intereses. Es decir, sujetos que luchan por llevarse todos los triunfos al tiempo que disputan entre sí para hacerse con el botín.

Únicamente, un éxito indiscutible de alguno de los tres partidos despejaría el camino para afirmar la hegemonía. Sí, ya sé que es una obviedad, pero lo evidente no es necesariamente erróneo o trivial.

Pablo Casado se la juega. Es como un comandante que confía en la suerte, en la fortuna del combate. Su definición extrema del Partido Popular y su extremismo verboso exigen un triunfo sin paliativos. Cada batalla verbal que plantea es puro agonismo y a la vez puro histrionismo. In crescendo.

No le basta con un premio de consolación electoral, si resulta que no obtiene el primer lugar. Y además el señor Casado ya disputa o avanza en el marco político o en el terreno de Vox, un partido que está fuera de juego.

El partido de los señores Ortega Smith y Santiago Abascal es el que ha redefinido el temario, el campo o la cancha. También Ciudadanos se ha visto sobrepasado ideológicamente (aunque no electoralmente, supongo).

Sigo pensando que la circunstancia (o la situación) del Partido Popular es el principal asunto político a que nos enfrentamos en los próximos meses. De hecho ya, ahora mismo, es el principal asunto.

El señor Casado no tiene un problema: él es el problema para sí mismo y para la derecha moderada. Si no gana, su posición se debilitará con graves consecuencias.

Si gana con rotundidad, perderemos todos. Triunfarán la verbosidad, la demagogia y el mando. Triunfará la presunta unanimidad de España, cosa bastante rara en una sociedad plural. Dios no lo quiera. Tampoco lo quiera la matemática electoral.

Por eso, que las elecciones sean el 28 de abril, antes de las locales, autonómicas y europeas, es un acierto de Pedro Sánchez.

Al margen de sus méritos o deméritos, él sí que sabe lo que es avanzar en el extremo, llegar al límite, estar casi en fuera de juego. Ya sé, ya sé que es un tópico pero, qué quieren, yo sólo soy un votante del montón.

1 comment

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  1. rdc

    Honestamente, las elecciones del 28 de abril no van a cambiar nada, desde el momento en que los votantes no pueden elegir a sus representantes, no hay diputado de distrito, las listas son cerradas, la ley electoral es injusta (¿alguien se imagina que el voto de un hombre valiera más que el de una mujer?), hay partidos que son silenciados por los medios de comunicación etc etc

    Yo no me creo nada de ésto ya

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