Santiago Abascal. ¿Echarse al monte?

Uno.

Leo, he leído, el último libro (vamos a llamarlo así) de Fernando Sánchez Dragó: Santiago Abascal. España vertebrada (2019). Algunos pasajes aún los estoy releyendo. Para corroborar lo que creo haber entendido.

Sánchez Dragó es un tipo al que atendí con respeto cuando él era joven, y yo, pues yo… era muy muy joven. Hablo, por tanto, de mediados y finales de los años setenta del siglo XX.

Yo lo admiraba como el periodista inquisitivo que era, como el lector erudito y fino que ejercía la crítica en un programa televisivo de mucha hondura.

Aquel espacio se titulaba ‘Encuentros con las Artes y las Letras’ o ‘Encuentros con las Letras’, un sitio decorado con baldas y libros en donde Sánchez Dragó o Fanny Rubio ejercían, entre otros, de interlocutores, entrevistadores.

Eran jóvenes, eran cultos y eran resueltos en una España árida y franquista en la que el falangismo y el antintelectualismo todavía eran galardones o méritos de combate. El pasado aún estaba allí.

Hacia finales de los setenta, cuando su nombre ya había alcanzado celebridad, Sánchez Dragó publicaba un libro que despertará la admiración de muchos lectores, gente sana, gente imaginativa y gente confundida: admiradores de un Sanchez Dragó fantasioso.

Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España: así se titulaba el tocho. Jamás pude con esa obra en dos volúmenes. Para mí era una indigesta y hasta soporífera historia de recreación y de fantasía que algunos amigos historiadores leían con fruición, con estupor y con respeto.

Era una obra imaginaria y rompedora, me decían. A mí me parecía un tostón verboso del que nada me interesaba y del que nada había que respetar. Era como un Tolkien castizo…

Aquello era un dislate, sí. Era un dislate si se leía como Historia, un absurdo, una ocurrencia que poco atendible entre ficciones más destacables. Poco más.

Seguí respetando a Sánchez Dragó, sin embargo. Lo seguí respetando como periodista cultural, como divulgador de la literatura, especialmente de la novela, cuyas novedades sabía otear.

Otros programas televisivos suyos que vinieron después me descubrieron a autores interesantes, por ejemplo Alfredo Bryce Echenique. Por ello, siempre le estaré agradecido.

Conforme ha ido envejeciendo (sobrepasa los ochenta y tantos), Sánchez Dragó se ha hecho y se ha vuelto más arrebatado, más lunático y derechista (él, que estuvo entre comunistas y anarquistas).

Empezó a tantear, a tontear y a sondear culturas distantes que le servían para singularizarse. Para oponerse al racionalismo occidental y a lo políticamente correcto.

Fue el momento en que Sánchez Dragó perdió el norte por entero. Y fue entonces cuando me desinteresé absolutamente de sus producciones, de sus intervenciones y de sus emisiones o emulsiones televisivas o literarias.

Debo admitir que, de cuando en cuando, leo alguna de las obras que publica, principalmente para escandalizarme, para irritarme y para confirmar que Sánchez Dragó perdió el sentido muchos años atrás. Que se echó a perder, vaya.

De vez en cuando, en fin, me gusta, me complace, me produce rendimientos, la literatura estentórea, ostentosa, políticamente incorrecta o sencillamente grosera.

Y Sánchez Dragó es ya un especialista consumado en este tipo de producción, vamos a llamarla así. Literatura sonajero y mística, literatura sicalíptica y conventual. Etcétera.

Aún recuerdo el libro que publicó Planeta y que era la transcripción de un diálogo a dos voces: entre Albert Boadella y él mismo. Se titulaba ‘Dios los cría’.

Era una exaltación de la masculinidad más torpe y era un diálogo de dos viejos que alardeaban, particularmente Sánchez Dragó, de su potencia sexual.

Era literatura melancólica, de baratillo y bien pagada, en la que dos todólogos se pronunciaban sobre el orden y el caos. Proferían enormidades y sandeces, productos y ocurrencias de mentes antes despiertas y al final sólo vehementes.

Fernando Sánchez Dragó ha manufacturado ahora un libro a mayor gloria de Santiago Abascal. Nuestro literato es tan extremado, que el líder de ese partido del que usted me habla queda como un señor casi sensato. Casi.

En realidad, este volumen de Planeta es un ‘livre de circonstance’, concebido como un panegírico de Vox y su dirigente. ¿Y qué puedo decir de él, de ese líder y de ese volumen?

Dos.

¿Qué figura nos traza este libro de Santiago Abascal? Fernando Sánchez Dragó es el protagonista, aquel que dice la última palabra, aquel que pone el punto sobre las íes, aquel que está convencido y seguro.

A cada paso, se siente obligado a demostrar su experiencia y su sapiencia. A Abascal le cita autores que no ha leído, le señala pasajes de pensadores (Ortega o Unamuno, por ejemplo) que ignora o no recuerda.

Dragó… Es tan narcisista, es tan ególatra, que un personaje tan abrupto y curtido como Abascal queda opacado o ninguneado completamente por Dragó, por Sánchez Dragó.

El periodista, el escritor, es tan soberbio y está tan pagado de sí mismo (es el Gran Follador), que pone en aprietos al líder que ama, al dirigente que idolatra.

Le reprocha, por ejemplo, su catolicismo militante. Y un aturdido Abascal se confiesa creyente… Hace falta ser muy egotista y ombliguista para desplazar a quien quieres entronizar.

En varias ocasiones, Abascal debe frenar a Dragó. Le señala el aprieto en que efectivamente lo está poniendo. Le indica el apuro que le hace pasar… al obligarle decir lo que políticamente es incorrecto.

Santi Abascal, que es como se le llama en el libro, aparece finalmente con un personaje endeble, escasamente preparado, con desconocimientos profundos, con ignorancias sorprendentes.

En política doméstica o en relaciones internacionales, Abascal se muestra profundamente ignorante (y lo admite) y por oposición solo destaca lo que verdaderamente le importa, que es la unidad de la patria.

Apenas tiene ideas propias. Apenas tiene concepciones particulares. Como mucho, Abascal se manifiesta seguidor, afín o equivalente a políticos o filósofos conservadores o reaccionarios.

No importan tanto las ideas que sostiene, no importan tanto las convicciones que defiende. Importan su ignorancia profunda y su escasa preparación, que es verdaderamente chocante.

Sánchez Dragó le pone en aprietos constantemente, ya digo. Queriendo hacer de él, de Abascal, un líder indesmayable, queriendo hacer de él un líder indiscutible, Sánchez Dragó ocupa el espacio para finalmente arruinarle.

El esmerado escritor se vale, se sirve, de los caracteres, de la palabra, de la voz…, para a la postre desplazar al presunto salvador. Lo deja así o casi como un pelele.

Tres.

Santiago Abascal. España vertebrada es un libro de circunstancias, un volumen manufacturado a trote cochinero.

¿Por qué? Pues porque su único objetivo es glorificar al líder de Vox antes de que se realicen las elecciones. El caudillo lo merece, nos dice Sánchez Dragó una y otra vez.

Concretamente señala el Escritor con mayúscula: “Tú eres un caudillo nato (…). Tienes una dimensión épica (…) y con eso se nace o no se nace. No hace falta que seas matemático”, añade. O filósofo. O escritor. La oratoria con convicción es su fuerte, la retórica.

“Basta con escucharte en los mítines”, le dice Sánchez Dragó muy zalamero. “Tu fuerza de arrastre es arrolladora (…). Al político dotado de carisma todo lo demás se le da por añadidura”. Se le da por añadidura, pero hay que darle algo más: un empujoncito para que se aúpe.

Por ello, el Escritor se pone al servicio del Buen Español que es Santi Abascal (que así lo llama con campechanía y con tuteo de camaradas).

Quien manufactura es, pues, Fernando Sánchez Dragó. Él se propone, se postula, como interlocutor para realizarle una larga entrevista o, si se prefiere, para mantener una extensa conversación a calzón quitado.

El libro resultante es la transcripción, yo diría que prácticamente literal, de las conversaciones mantenidas con el presidente de Vox durante tres jornadas.

Se desarrolla en la villa soriana de Castilfrío de la Sierra y en presencia de dos testigos: Kiko Méndez-Monasterio y Emma Nogueiro. Hacen de coro y de servicio de intendencia.

Por ser este libro una transcripción de esas conversaciones, la impresión que el lector se lleva es la de su literalidad. Es excesivamente literal, con escasa depuración, con prisas electorales.

Por ello se reflejan bien las torpezas expresivas, las reiteraciones, los lapsus, las confusiones y los malentendidos. O las gansadas o machadas del Escritor.

La imagen resultante, la imagen de Santiago Abascal, no es muy favorecedora. Entre otras cosas por sus reiterados tropiezos expresivos, por sus ignorancias descomunales: todo ello provocado por la verborragia, por la verborrea de su benevolente interlocutor. Cuídate de tus amigos…

Como no podía ser de otra manera, Santiago Abascal confiesa estar en política sin tener una vocación decidida. Él sólo está de paso o por accidente. De paseo, largo paseo.

Para él la política es o debería ser un apeadero, no una profesión. En realidad, añade, lo único que lo retiene como representante es la idea simple, pero para él esencial de que España es, si no lo único, sí lo más importante. Pocas ideas más podemos hallar que puedan compendiarse o articularse…

De hecho, lo que a Abascal le gustaría es permanecer en los bosques cercanos a su patria chica, en Amurrio, en la provincia de Álava.

Si es cierto lo que afirma, a él lo que le encantaría es ser guardabosques, pero la circustancia extrema de la Nación le obliga a dar un paso al frente, le obliga a echarse al monte, para convertirse en garante, el guardabosques de la patria.

“Si tuviera que decir cuál es mi patria, además de España, te diría que mi patria es la Sierra Salvada, que es donde yo he sido más feliz, en el monte, con mi primo en sitios donde no se encontramos con nadie”.

Por eso, a Abascal le gusta la metáfora que Sánchez Dragó le propone: Santi es un guerrero que se ha echado al monte.

¿Qué es lo que detesta Santiago Abascal? Lo que deplora es el relativismo, el multiculturalismo, la decadencia moral de una patria que está en peligro. Es por eso por lo que, a juicio de Sánchez Dragó, Abascal es un “personaje épico, casi heroico”. Un caudillo, vaya.

El caudillo de un movimiento. ¿Qué es Vox para Fernando Sánchez Dragó? Es “un milagro, una resurrección, una reencarnación”. Lo tuvo claro desde el principio y así nos lo dice mientras Abascal y los otros asienten:

“En la España de las taifas autonómicas, en la España de la discriminación por sexos, en la España por orwelliana de la memoria histórica, en la España abortista y garantista, y en la España de los sicarios fiscales, los okupas y los narcopisos, en la España de la telebasura, en la España del turismo de birras, vomitona y felaciones, en la España que inclina la cabeza en los tribunales europeos, en la España invadida por la inmigración ilegal y corroída por la quinta columna del yihadismo, empezaba amanecer”.

La resonancias joseantonianas están claras y fórmulas semejantes se repiten a lo largo del libro. “Si España, por fin, se vertebra tras tantos siglos de zozobra, Abascal se convertirá en guardabosque, lo que siempre ha querido ser”, dice el Escritor. ¿Y qué hará él?

“Yo me retiraré definitivamente a la casona de Castilfrío”, que es el lugar en donde se desarrolla la conversación, “y veré pasar, como Sinuhé, los últimos remansos y rompientes del río de la vida”, añade con lirismo rancio.

Pero Abascal no está para lirismos ni tampoco para cosas ordinarias. Lo suyo es algo superior.

“La política no es solo el plan de urbanismo, ni el horario escolar, ni el alumbrado de las calles”, cosas menores sobre las que no quiere pensar o detenerse a pensar.

“Todo eso, a mí, nunca me ha interesado, aunque he sido concejal durante ocho años”, añade con brutal sinceridad.

Y remata: “son debates en los que me da casi igual una cosa que su contraria y no me importa decirlo, aunque escandalice”.

Para Abascal sólo hay una idea metafísica de la política, una concepción emocional, basada en un par de convicciones: la unidad de la patria y la preservación del catolicismo.

Y eso obliga a emprender una lucha sin cuartel. ¿Contra quienes? La nómina de enemigos no es pequeña. Su labor, como la de un empecinado guerrero, es inacabable.

Repito: ¿contra quiénes? Contra feministas, contra abortistas, contra el ’lobby gay’, contra las ‘oenegés’, contra los separatistas y, más en general, contra los antiespañoles. Ah, y contra los marxistas.

Así, Vox es un movimiento de reacción cultural, de desprecio moral. ¿Frente a qué? Frente a relativismos de toda clase, que son los que debilitan el nervio de la Nación.

Vox es un movimiento de reconstrucción de la patria formado por “españoles de verdad”. ¿Y quiénes son esos patriotas? La respuesta es breve, concisa, pues pocos responden al perfil.

Son españoles de verdad aquellos a los que “les gusta ir a las procesiones y a los toros o a cazar codornices. Esas personas son las que nos han votado“ y les seguirán votando.

Y sí: Vox tiene mucho de entrega y milicia y, por ello mismo, anhela Abascal el servicio militar, un factor de cohesión nacional. Los buenos españoles son gentes de orden, amantes del Ejército y de su historia que se resume en la Reconquista, la Hispanidad y la Guerra de Independencia.

Los buenos españoles, como Abascal, son gente recia, gente que a regañadientes acepta la democracia. Dice Dragó: “voy a ponerte en un aprieto. ¿Qué opinas del sufragio universal?” Abascal responde: “es algo inevitable”.

Por supuesto, en este punto, aunque no lo confiese abiertamente (“no me enredes, Fernando), Santi es accidentalista. Imagino que acepta inevitablemente la democracia —como el sufragio universal— porque en estos tiempos no es posible otro régimen.

No es posible otro sistema que no sea el parlamentario, pero, en opinión de los interlocutores de Castilfrío de la Sierra, esa representación igualitaria no es lo más deseable.

Lo más deseable sería que el voto y los escaños fueran meritocráticos. Es decir, Abascal y el Escritor descreen del sistema de partidos: su movimiento se presenta como partido porque no hay otro remedio.

Pero lo preferible sería otra forma de hacer política, otra forma de representar al “pueblo español” que, “con sus miserias, sus luces, sus sombras, sus mezquindades, su envidia y su ira, aprecia mucho el valor”.

Etcétera, etcétera.

Cuatro.

Resulta fatigoso repetir estos enunciados, que no son exactamente argumentos. Resulta fastidioso compendiar la visión apocalíptica de un reaccionario de salón. Sí, sí: de salón.

Es un reaccionario que dice aspirar y desear echarse al monte, pero en realidad estamos ante un antiguo ganapán o costalero de Esperanza Aguirre.

Es un tipo de pocas y tóxicas ideas al que los detestables terroristas amenazaron con la muerte, un tipo al que en efecto sacaron de sitio y de quicio.

Y así nos va: su voz retumba tonante, atronadora, mientras se yergue su figura de jinete o guerrero en medio del Apocalipsis.

Quiere dar miedo y sin duda puede provocarlo. Por el bien de todos, esperemos que Vox al final quede en mero ‘flatus vocis’, en mera verbosidad o ventosidad. Depende. O en partido bisagra. O en grupo testimonial.

Nada más.

——

Fotografía: Efe, Antonio García.

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