Teoría breve de la corrupción

Justo Serna, Cartelera Turia, 13-19 de septiembre de 2019

En nuestra vida hay una separación de lo público y lo privado. Por un lado tenemos la esfera de la publicidad, ese lugar en que los actos se emprenden a vista de todos; y, por otro, la reserva de lo privado, ese espacio en que se protege el secreto.

El corrupto traslada hábitos privados a la esfera de lo público y basa su actuación en el favor. Crea clientelas que le deben algo: una sinecura o un empleo.

Así, cuando en la esfera pública decimos de alguien que promete, concede u obtiene favores nos referimos a aquel que presta o logra ayuda, supuestamente gratuita.

Esos auxilios que promete comprometen: son gracias o dádivas que en apariencia se realizan sin esperar pago o recompensa. No es así.

En realidad, esas concesiones se basan en la capacidad de influencia, en ese ascendiente que alguien tiene sobre personas que toman decisiones o que gozan de autoridad.

Conviene decir que al hablar de la influencia no me refiero al individuo que desempeña su tarea prevista, reglamentaria. Antes bien, me refiero a aquel que hace valer su predominio más allá de la ordenanza, a aquel que se vale de su persona para conceder auxilios.

Decía Max Weber que la política y la burocracia contemporáneas progresan al eliminar ese factor personal, justamente porque convierten la labor desempeñada en una tarea visible y fiscalizada.

Lo importante no es el individuo que la ejecuta. Lo decisivo es el correcto cometido que ustedes o yo podríamos hacer si estuviéramos preparados para dicha función.

En el sistema formal o ideal pensado por Max Weber, un empleo público o un cargo en la Administración o un puesto político no son recursos patrimoniales, sino una ocupación reglamentaria que se ejecuta para beneficio de la sociedad.

¿Y cuál es la base de esa actuación? La confianza, que es esperar que el otro cumpla con la obligación o con la expectativa. Cuando esto no se verifica, entonces el crédito se deteriora o se malogra, la irresponsabilidad se premia.

Ustedes me pedirán nombres: tienen la sospecha de que hay, de que ha habido (de que seguirá habiendo) casos de favores, de granjerías.

Tienen la sospecha de que hay y seguirá habiendo corrupciones; hay y seguirá habiendo casos de enriquecimientos súbitos o de alardes lujosos, de ventajistas.

¿Quieren que les diga en quiénes pienso? Me estoy mordiendo la lengua para no dar nombres. Si acaso, eso mismo, los nombres, los ponen ustedes.

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