Decía don Pío Baroja que no le importaba ser inconsecuente, que mantenerse firme en una idea, arraigada y fija, era cosa de fanáticos.
Con toda probabilidad exageraba. Ni él fue tan incoherente como quiso decir, ni tampoco ser consecuente es cosa exclusiva de fanáticos.
A los otros, al menos a quienes tienen responsabilidades políticas, les pedimos que tengan ideas, que las mantengan, que las defiendan. Eso sí: bien asesorados.
Igualmente les pedimos que sepan evaluar los efectos de sus acciones, inacciones y decisiones, que calibren las consecuencias que de esas ideas y de esos actos o demoras se derivan.
Les pedimos también que no nos mientan gravemente, que sólo un poquito. Y, sobre todo, les pedimos que no se empecinen en manipular si las cosas vienen mal dadas.
Vaya, que se lo piensen si las cosas se tuercen, si de su empecinamiento, incoherencia o negligencia se derivan efectos desastrosos e incluso muy dañinos. Les pedimos cordura, sensatez, ‘trellat’.
Hace años, yo escribí con incredulidad y con sorna de la Valencia política: de las malas maneras, del clientelismo, de la tosquedad depredadora de algunos de nuestros representantes.
Escribí de ciertos políticos del pasado como Eduardo Zaplana, Francisco Camps, Rita Barberá, Carlos Fabra o Alfonso Rus, entre otros.
De ellos no se podía decir lo que afirmó Josep Pla de los mandamases que conoció en su juventud: que eran unos tipos huecos que practicaban una política de vuelo gallináceo.
No. Aquí, los políticos del PPCV alzaron el vuelo con las alforjas abultadas, henchidos de soberbia y de lujos asiáticos. El mejor exponente, Eduardo Zaplana.
Ahora, la circunstancia actual me recuerda una ficción, gravísima y fallida. Si esto que nos ha pasado lo concibe un guionista y con su script acude a un productor, a ambos los echan de inmediato.
La vida puede ser cosa de irresponsables o mentirosos; pero la ficción ha de ser verosímil. Y lo ocurrido con la Dana dejó de der creíble el primer día.
En la actualidad valenciana de hoy tenemos representantes que hablan sin parar para tapar, que mienten para encubrir trolas anteriores e inverosímiles.
En las instituciones de aquí disponemos de politicos atorrantes —es decir, sinvergüenzas y plastas— que se juzgan heroicos y no son más que unos farsantes.
En mi tierra, había y aún hay políticos de esta especie: gente cínica que cree tener ideas y planes y que se gasta el dinero público a manos llenas con una liberalidad temeraria.
Repetiré por enésima vez el célebre díctamen de Karl Marx. La historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. Eso señala Marx al comienzo de El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1851-1852).
El caso valenciano desmiente al filósofo nacido en Tréveris. Aquí comenzamos con un Partido Popular fulero, ostentoso y enredado en sonados casos de corrupción.
En un libro que publiqué en 2013, hacía un primer y exhaustivo balance. Era un volumen pericial que titulé La farsa valenciana y que Jordi Amat ha tenido la amabilidad de recordar en una columna reciente.

En La farsa valenciana examinaba la época de Zaplana, Camps, Barberá y Rus, la era de la fanfarronería, de la plata sobrante, de las comisiones (mil, dos mil, tres mil, etcétera) y del gasto ostentoso: todo muy esperpéntico.
Hoy, a aquel libro, habría que añadirle una segunda parte: La tragedia valenciana.
A ver cuándo acaba la función. Ya llevamos mucho drama. Vemos sobre las tablas a unos protagonistas carentes de temple, de vergüenza torera, desempeñando un pésimo papel.
Hablo —ustedes lo habrán adivinado— de Carlos Mazón y de algunos de sus maletillas.

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