Fernando Savater. Ética para Mayor

Fernando Savater es un pensador intermitente. O sea que, de cuando en cuando, se estruja las neuronas para colegir algo interesante. Pero razonar fatiga.

El pensamiento del antiguo filósofo hace años que se cuarteó y se agrietó. Es más: desde que ingresó en la edad provecta, su pensamiento tiene intermitencias frecuentes o latencias. Piensa, sí, pero se despista o se pierde.

El castizo diría que se le va la olla. Yo no creo que eso sea un diagnóstico atendible. Creo más bien que Savater piensa. Piensa, sí, durante un lapso generalmente breve para de inmediato interrumpirse o despeñarse. Es como un mecanismo que aún rula, pero con averías periódicas.

Es lo que vemos en sus colaboraciones periodísticas. Empieza, empieza y, al poco, deja de razonar con lógica. Entonces se abandona al antisanchismo militante y al escuadrismo verbal con un lenguaje ofensivo muy propio de nuestro tiempo. Trump es su contemporáneo.

Empieza, empieza y se abandona a la derecha sin complejos, como la de su adorada Isabel Díaz Ayuso, que es extremista sin finura. ¿Qué decir de ella? Pues que no sé si piensa… de modo intermitente o si le chivan los pensamientos enteramente.

Ahora, Fernando Savater dice estar encantado con el conservadurismo de muchos universitarios. Más en general, dice felicitarse de la Universidad antiprogre.

En concreto, el antiguo progre admite estar muy divertido por la presencia en las Facultades de las huestes de su amigo Jaime Mayor Oreja: los de Neos. Vamos, que le entusiasma que esos cristianos extremistas, de discurso retrógrado, acampen en las aulas.

Fotografía: Fundación Neos

Savater hace esa declaración con motivo de un reportaje de Elisa Silió aparecido en El País días atrás. En dicha pieza se analiza el asentamiento ultra en el medio académico.

Por supuesto, eso no quiere decir que la Universidad española esté enteramente tomada por los ultraderechistas.

Lo que quiere decir es que ya no sólo se infiltran, sino que además se muestran abiertamente, con orgullo extremista y, si es el caso, exhibiendo un catolicismo preconciliar.

Por supuesto, Savater exculpa a los jóvenes leones del extremismo y, para ello, utiliza su pasado universitario.

Lo utiliza para recordarnos que él fue izquierdista, entre otras razones porque no le dejaban ser otra cosa bajo una dictadura, oh sorpresa, “semifacha”.

Ahora, según Savater, llevaríamos décadas con una dictadura progre que se habría impuesto entre profesores y estudiantes, de modo que quien haya disentido habrá corrido un serio peligro, una persecución dolorosísima.

Qué horror. Me pregunto cuánto habrá debido padecer el filósofo en las aulas de la Complutense, de la que fue catedrático, no sé si progre.

Pero la época dorada del izquierdismo ha acabado. De un tiempo a esta parte, concluye Savater, los extremistas de derechas han logrado afirmarse y manifestarse con orgullo dentro de las aulas, cosa de la que se felicita.

La frivolidad del antiguo filósofo es insuperable. Sigue confundiendo sus cambios personales con los mejoras de la humanidad. Y con ello corrobora el diagnóstico que le hice en mi ensayo de urgencia, de primeros auxilios.

Es raro que Savater aún no haya escrito una Ética para Mayor. A su amigo Jaime Mayor Ortega se lo podría dedicar: de pensador a pensador.

Podría ser el manual de Neos, de las mesnadas españolas que han empezado la Reconquista. Son los que cursan estudios no para cambiar el mundo, sino para cristianarlo a la fuerza.

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