Borges. Ver y releer ‘El Aleph’

‘El Aleph’…, ¿qué es?

Suena extraño. ¿Acaso una esfera especular que reproduce o refleja todo el universo simultáneamente, sin tiempo, sin espacio, sin sucesión, sin ubicación?

Es ‘ahora’ una analogía de la Red: y el Aleph es previsible (sí, ya lo sé), pero el caso es que me la sugieren otra vez el vértigo que Internet nos provoca o el desarrollo imparable de las redes, de los ‘mass media’ y, sobre todo, la IA.

En 2005, yo me decía asombrado que pronto sería accesible toda la emisión televisiva a través de los teléfonos móviles.

Y el universo, según lo describía en el relato de 1949, era una infinitud que nos daña, que nos lastima. «Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad…», dice el narrador del ‘El Aleph’.

Al margen de los contenidos siempre discutibles que las cadenas manufacturan, lo cierto es que esa posibilidad remota y cumplida y todos sus complementos electrónicos que se han añadido a través de la Red nos acercan, aunque sea bajo la forma de la quimera, al Aleph ideado por Jorge Luis Borges en el cuento homónimo de 1949.

El universo para el escritor argentino, ya lo sabemos, era como una biblioteca infinita, como la biblioteca inacabable en la que nos anaqueles contienen la totalidad del saber grande o menudo y el conjunto de los hechos memorables que la escritura humana ha registrado.

Precisamente el personaje evocado y añorado del cuento es Beatriz Viterbo, una amiga muerta de la que «el incesante y vasto universo ya se apartaba», añade con dolor y dulzura.

Es, sí, una amiga cuya casa frecuentó quien relata en primera persona: ese narrador que, también lo sabemos, se identifica después ante un retrato de la muerta diciendo: «…soy yo, soy Borges».

Fue Carlos Argentino Daneri, primo de Beatriz y poeta esforzado, pésimo, que la sobrevive, quien le habló del Aleph a ese Borges narrador: el Aleph, «uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos»; un punto situado en el sótano de la casa que de Daneri; «el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos»; un espacio que juzga imaginado, dudoso, y cuya percepción confunde los sentidos, aturde.

Pero en un determinado momento Borges lo contempló.

«Entonces vi el Aleph», vio lo que era «una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño».

¿Pero qué vio realmente?

“Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?»

No hay mejor fórmula que la enumeración, esa enumeración a la que tan aficionado fue el escritor Jorge Luis Borges, partidario, por ejemplo, de hacer inventario de los dones que la vida le reservaba.

Pero «el problema central es irresoluble». Siempre emprenderemos una «enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito», una lista sucesiva de lo que es un torrente simultáneo de imágenes que no continúan, sino que perviven a la vez.

De ahí, precisamente, el fracaso del lenguaje, la ruina del relato mismo: el Aleph le procuraba un destello universal e infinito, no un catálogo o repertorio.

«En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré».

En efecto, lo que sucede, lo que se da en la vida y lo que se agolpa también en la Red es simultáneo, pero lo que se cuenta o lo que se ejecuta o se abre o se acciona es sucesivo, como es precisamente la enumeración.

El narrador nos dice: vi…, vi…, vi…, y así hasta casi cuarenta cosas u hombres o sucesos que siendo infinitos y simultáneos sólo pueden mencionarse con la enumeración.

Como ese hipertexto que se abre a múltiples posibilidades y enlaces y conexiones y que nuestra atención flotante y nuestra limitada capacidad de retención no pueden captar en su totalidad simultánea.

Al Borges narrador esa visión le resulta increíble, ciertamente. ¿Qué es? ¿Ensoñación, fantasía, realidad? El narrador admite tener dudas, y esas vacilaciones o perplejidades las manifiesta dentro de una ficción, como es este cuento, un relato que finge ser verdadero.

El Aleph…, ¿qué es? ¿Una esfera especular que reproduce o refleja todo el universo simultáneamente, sin tiempo, sin espacio, sin sucesión, sin ubicación? Hablamos de un universo material, pero hablamos también de un espacio sin confines y sin consumación, sin referente externo en el que basarse.

Los mundos posibles de la imaginación que han alumbrado los deseos humanos son los propios de la ficción, de la religión, de la cultura, pero son también esas irrealidades de las que somos deudores, que conviven con nosotros en un dominio puramente virtual.

¿Un Aleph en el decimonoveno escalón de una escalera de una casa bonaerense, casa de la que se anuncia ya su próxima demolición? ¿La imagen del universo condensada en la grada de un sótano, en la escalera de una vivienda en la que reside un pésimo, un deplorable poeta?

¿El universo y sus secretos, ese saber infinito y eterno del que Internet ahora sería el remedo, está en lo particular, en los detalles, en el recinto de ese propietario, un versificador dudoso y botarate? Quien sabe y ve, sin embargo, es un observador y lector lento, minucioso, alguien que acabará sus días como vate ciego: Borges.

«Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara», dice Ricardo Piglia en El último lector, ese volumen tan borgiano. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta», añade.

«Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Éste podría serla primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara».

“Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”, acababa Borges, el erudito, el inevitable plagiario, ese Borges que transcribe Piglia y que ahora yo reproduzco y que ustedes repiten hasta consumar una sucesión de destinatarios que empezaron leyendo a la luz de una lámpara hace milenios y cuya enumeración infinita y simultánea sería el calco mismo del universo.

Hasta pronto.

Fotografía: ‘Jorge Luis Borges de rodillas ante los libros’. Sara Facio

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