El placer de la Historia. La lectura de Ben Macintyre

Hay lecturas de historia que te proporcionan datos, que te informan. Bienvenidas. Hay otras que te interpelan directamente, que te conmueven por la calidez de lo narrado o por lo íntimo de lo revelado. Bienvenidas. Y hay algunas otras que solo distraen: no es poca cosa.

En ocasiones, ciertos historiadores o autores parecen lograr todo ello a la vez. Y, además, por si fuera poco, con estilo, con un estilo elegante. Tal cosa, tal virtud, podemos hallarla en Ben Macintyre (1963), cuya habilidad ha sido celebrada y alabada, entre otros, por John le Carré.

Leer a Ben Macintyre es, en efecto, una experiencia de ese tipo, una experiencia que suma el dato contrastado, la intimidad de los personajes y el entretenimiento más impenitente. Con el realismo que aprendió de Truman Capote.

Gracias a Macintyre experimentamos una inmersión en el pasado, una inmersión narrada con el rigor del novelista y la empatía del historiador. Quienes lo hayan leído lo saben. Así es: sus libros no son textos concebidos para uso de pares severos e inexcrutables. No son eras exhumaciones ni esforzadas crónicas polvorientas.

Macintyre exhuma y se documenta con toda clase de archivos. Como es preceptivo. Pero sus libros son relatos históricos que se leen con apremio y ganas. Si fuera cursi, cosa que no descarto, diría que sus obras se devoran como si fueran ficción. Eso sí: sin una línea inventada.

El placer que despierta su lectura no necesita excusas ni justificaciones académicas. Pero, aun así, conviene justificarlo sin culpa. Sólo por claridad expositiva.

¿Por qué nos fascina tanto este autor, que escribe sobre espías, impostores y traidores? ¿Por qué es tan difícil concluir uno de sus libros sin experimentar que hemos vivido algo real, bien real?

La clave, quizá, está en su observación, en la forma de mirar. Macintyre no se ciñe exclusivamente a la historia oficial. No se limita a las versiones institucionales ni a las gestas heroicas sin tacha.

Sus protagonistas no son jefes de Estado ni generales en el campo de batalla, sino figuras laterales: agentes dobles involucrados y apresados entre bandos enemigos, desertores dipsómanos, burócratas sabelotodos aparentemente mediocres.

Sus personajes son varones y mujeres que habitan las zonas grises del poder y del contrapoder, allí en donde las lealtades y las traiciones no siempre pueden discernirse con claridad.

En manos de otro escritor menos habilidoso, esos individuos podrían ser una nota al pie, anécdotas marginales. En sus obras, dichos sujetos devienen objetos de estudio, caracteres de primera.

Macintyre no es novelero con sus individuos, pero tampoco los reduce a simplificaciones, a personajes planos o a meras caricaturas. Hay en su escritura una empatía humana de mucho rigor.

Nos muestra a sus espías o agentes dobles en su circunstancia, con sus insuperables contradicciones, en situaciones siempre comprometidas, con sus intenciones no siempre confesables.

No son propiamente héroes. Son personas quebradas y corajudas que luchan con astucia o torpeza por sus causas y por mantener la entereza.

Pero no sólo esto. Su prosa, densa y limpia, precisa, la leo en traducciones excelentes: las de Efrén del Valle, David Paradela López o Luis Noriega (Editorial Crítica). En esa prosa se adivina la elegancia británica que muchos lectores envidiamos.

Macintyre narra con la economía del periodista y el oído y el olfato del narrador puro. ¿Cuál? Pues aquel que no explica en exceso, que no sobreexplica.

El autor no abusa de la retórica o la amplificación. Sabe administrar la información, dosificando el suspense. No fuerza tramposamente las emociones, pero facilita la implicación de quien lee.

No escribe para impresionar con sus erudiciones vastísimas, sino para contar una buena historia. Y lo consigue: sus libros se leen con fluidez y con hondura.

Esos equilibrios no suelen ser habituales. Por eso su lectura se goza tanto: nos permite entrar en la complejidad del pasado sin quedarnos atrapados por el dato o la información.

Aprendemos, ya lo creo que aprendemos, pero no sentimos que se nos esté aleccionando. Nos implicamos sentimentalmente incluso, pero sin perder visión o perspectiva.

Leer a Macintyre es también una forma de evitar el simplismo. En un tiempo de extrema polarización en el que los cuentos coherentes, forzosamente homogéneos, se imponen a los matices, adentrarnos en estas historias es aprender sobre la ambigüedad. Se nos presentan situaciones con zonas de sombra, con toda clase de dobleces.

Macintyre nos recuerda que el pasado no es más claro, más diáfano, más evidente que el presente. Detrás de cada gran acontecimiento hay una cadena de iniciativas y decisiones tomadas con poca o mala información por individuos con dudas e incertidumbres tan angustiosas como las nuestras.

No hay frivolidad alguna en disfrutar sus historias. Está muy bien que un historiador nos proporcione placer y entretenimiento en historias de engaños, intrigas y manipulaciones.

El placer, en este caso, no es mero escapismo, sino una forma de entendimiento y conocimiento. Una grieta de entrada al pasado y, por extensión, una comprensión más rica de la condición humana.

En los libros de Macintyre, la historia no está hecha sólo de documentos oficiales, de discursos pomposos y de batallas heroicas. En sus historias hay también y sobre todo visados y pasaportes falsos, cartas cifradas de alto secreto, lealtades ambivalentes.

Por ello recomiendo aventurarse en los libros de Macintyre. Leer sus obras (y sus adaptaciones audiovisuales) no es únicamente una manera de echar la vista atrás o de matar el tiempo (Dios me asista). Es, también, una forma de entender el presente de nuestros días, nuestras ficciones políticas, los mecanismos del poder.

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