La memoria del barro

En su bello artículo «La huella del barro», Antonio Muñoz Molina parte de un hecho doméstico, pero no menor: la pérdida de miles de fotografías familiares durante la DANA que anegó ciertas poblaciones valencianas en 2024.

Comparadas con las muertes y la gran destrucción material, las fotografías parecen poca cosa. No es así. Lo que se perdió no fueron solo imágenes: fueron momentos de biografía y retazos de vidas pasadas, sepultados bajo el lodo.

Y lo que se está rescatando —gracias a la campaña Salvem les fotos, iniciada por la Universitat de València y también el Politécnico— no son solo papeles, sino fragmentos de múltiples identidades.

Muñoz Molina, con su habitual delicadeza, recuerda que la memoria necesita materia. Sin soporte, el recuerdo se evapora; sin cuerpo, ese rostro detenido, esa figura sorprendida, ese grupo que posa con risas o seriedad, se desvanece.

Como nos decía Ferran Bono en su crónica, también para El País, «las fotos se recogen, se restauran y se devuelven a sus dueños».

El Politécnico ha abierto ahora una exposición en el Centre del Carme sobre su proyecto. Por su parte, la Academia de Cine en colaboración con la Universitat de València presenta un documental sobre el proyecto ‘Salvem les fotos’.

Se titula Las capas de la memoria. El documental ha sido dirigido por Víctor Serna. La cinta, cuyo estreno acoge la Mostra de València-Cinema del Mediterrani, se presentará también en Madrid el 13 de noviembre.

Imaginen mi orgullo de padre. Víctor y sus colegas, Nuria Giménez y Sergio Oksman, nos muestran la destrucción y el proceso de recuperación. Por su parte, los becarios de la Academia de Cine realizan sus propios cortos guiados por los tres mentores: Nuria, Sergio y Víctor. Imaginen qué orgullo.

Pero, más allá de mi contento, yo quería hablarles de la fotografía, de ese prodigio que se remonta al siglo XIX. Y del barro, material bíblico.

Digamos algo archisabido. La fotografía ha sido uno de los hallazgos y artificios más eficaces para inmovilizar el tiempo, para atraparlo antes de la inevitable y fatal disolución.

Por su parte, podríamos tomar el barro valenciano, ese cieno que deteriora, borra y confunde, como una alegoría de la memoria.

Una riada puede diluir a varias generaciones. Pero también el fango puede tomarse como el acicate de una resistencia civil y cultural.

Limpiar, secar y restaurar una foto es un acto casi litúrgico. Lo que el agua separó —padres e hijos, vivos y muertos— se recompone tentativamente, con la habilidad y la paciencia de quien quiere unir los bordes de una historia rota.

Muñoz Molina observa con ternura que las fotos más deterioradas son, a menudo, las más intensas. Las manchas y las grietas no las afean: les devuelven una nueva autenticidad.

En la aspereza del papel deteriorado hay un retoque imprevisto. Aparte del daño o la desgarradura, el defecto —la mancha, el roto— añade a la imagen una singularidad y hasta una belleza insólita.

Desde su invención, la fotografía quiso cumplir el sueño imposible de reproducir el mundo. Cada retrato es una escena compuesta, una coreografía congelada, una suma de apariencias.

La luz no ilumina la realidad: la reorganiza. El resultado, aún siendo fiel a lo visible, es fruto del artificio. La fotografía, más que reflejar, interpreta y reinterpreta.

En el siglo XIX, esa reinterpretación adquirió rango de rito burgués. El retrato fotográfico heredó de la pintura su gusto por la pose y el decoro. En los estudios se fabricaban biografías visuales: el patriarca serio, la madre piadosa, los niños inmóviles.

La fotografía se popularizará. Podrá llegar a decirse que el retrato iguala al rey y al ciudadano, pero las calidades, los soportes, los formatos seguían marcando distancias.

Es verdad que llegará un momento en que casi todos puedan tener una foto, sí, pero no todas las fotos serán iguales. La cámara se proclamará popular y hasta igualitaria, pero su objetivo aún seguirá apuntando hacia arriba.

Esta riada valenciana, sin embargo, corrige de golpe esa ficción. El barro iguala todas las imágenes, borrando diferencias de clase y de encuadre.

Los retratos de los lujos materiales y las instantáneas más humildes terminan en el mismo, en el gigantesco lodazal. Y es allí, en esa confusión, en ese caos de desastre, en donde las viejas fotografía recuperan su sentido más humano: memoria, más que privilegio.

Hoy, la imagen se nos ha vuelto trivial: vivimos rodeados por millones de fotos probablemente olvidables o efímeras. En esa inflación de imágenes, quizá lo que perdemos no es solo calidad, sino gravedad.

Esa huella del barro devuelve, de algún modo, el peso perdido. En las manos de los restauradores, las fotos rescatadas se vuelven reliquias. Cada mancha, cada pliegue, se convierte en un signo de vida, como una cicatriz.

La operación de limpiarlas no es solo técnica: es compasiva. Frente al flujo indiferente de lo digital, el papel manchado exige cuidado, atención, una forma de respeto que ya casi habíamos olvidado.

Muñoz Molina recuerda una foto rota de su infancia: su madre en una mitad, su padre en otra. Un niño que intenta unir los fragmentos con cuidado, como quien emprende una rehabilitación del pasado del que ese muchacho depende.

Al final, la restauración de las fotografías valencianas es una rehabilitación incompleta del tiempo. Lo que vuelve a la luz no es solo la imagen, más o menos deteriorada, sino la vida, sus fracturas, alegrías teñidas de dolor y de misterio fantasmal.

Deja un comentario