He leído —otra vez— Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas. Si no me descuento, esta es la tercera vez. O la cuarta, no sé.
Al examinar su prosa y la disposición de la trama, he vuelto a confirmar varias cosas.
¿Qué cosas?
Pues la calidad de la obra y la audacia de Javier Cercas. Este hecho, obvio, me ha obligado a estudiar con detalle, con aplicación, el modo en que la obra ha sido adaptada al formato de serie.

La producción, dirigida por Alberto Rodríguez, consta de cuatro capítulos. La novela de Cercas es extensa. Su adaptación se me antoja breve.
Lo primero que quiero decir es que los actores están fenomenalmente bien. Desempeñan sus respectivos roles con habilidades notables. O excepcionales.
Tenían unos papeles muy difíciles que encarnar. Entre otras cosas, porque lo personajes son casi arquetipos.
Pero han sabido salirse del esquematismo. Por supuesto representar bien un personaje no depende solo del maquillaje. Sencillamente, los actores se salen. Abandonan su aspecto más reconocible… para encarnar personajes que no se les parecen.
Desde Álvaro Morte hasta Manolo Solo, pasando por Eduard Fernández, todos brillan: la calidad de sus respectivas interpretaciones es inconmensurable.
Como inconmensurable es también —y siempre— la interpretación de David Lorente. En este caso encarna a Antonio Tejero.
Por supuesto, las habilidades cinematográficas de Alberto Rodríguez son indiscutibles.
Sin embargo, yo pondría dos pegas a la serie: que dura demasiado poco, apenas cuatro capítulos que se me desvanecen a pesar de la gravedad de lo representado. Cuatro episodios, ya digo. Poquísimos para mi gusto.
Si la serie hubiera tenido exactamente el doble, ocho capítulos, cifra que cabe dentro de una miniserie, probablemente habría podido evitarse algo que molesta: la insistencia de la voz en off, que en este caso corresponde a Raúl Arévalo.
A mí, este actor, Arévalo, no me molesta en absoluto: de hecho, lo idolatro. Pero creo que tanta voz en off, tanto detalle contextual, tanta precisión narrativa, acaba incordiando al espectador.
Imagino que los responsables de la serie tenían miedo de que buena parte de los hechos que aquí acontecen no se entendieran y, por ello, no se atendieran.
¿Por qué razón? Sencillamente por la lejanía, por la distancia, de esos acontecimientos.
Sin embargo, cualquier hecho que se nos cuente en una novela o en una película o en una serie no tiene por qué ser conocido previamente. No se debe abusar de los intertítulos. Ni de la voz autorial, por decirlo así. O narradora, mejor.
Por tanto, desde la ignorancia, el espectador puede rehacer, reconstruir, examinar, concluir qué es lo que pasó y por qué. Puede completar un rompecabezas que, por cierto, en la vida real aún no se ha resuelto enteramente.

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