Entre la orfandad y la eternidad
¿Por qué regresan una y otra vez Frankenstein (1818) y Drácula (1897)? O, mejor, ¿por qué regresamos a ambas novelas? Quizá porque seguimos inquietos por lo mismo que atormentaba a Mary W. Shelley y a Bram Stoker: la muerte… y su contrario.
En “Frankenstein y Drácula: entre la orfandad y la eternidad“, mi nuevo artículo para MAKMA. Revista de artes visuales y cultura contemporánea’, analizo a estos dos congéneres que nos acompañan desde hace siglos.

Frankenstein y Drácula no solo han sobrevivido al siglo XIX: sobreviven a toda voluntad pedagógica que pretenda domesticarlos, simplificarlos o reducirlos.
Ambos aún tienen mucho que decirnos, y no siempre de la manera más cómoda. De Frankenstein sospechábamos que hablaba de ciencia, responsabilidad, modernidad, hybris. Y es cierto: Mary Shelley entendió muy pronto que la criatura más peligrosa no era el monstruo, sino el creador que huye.
A Drácula, por su parte, lo hemos convertido en un ser elegante, de higiénicos colmillos y mirada penetrante. Pero el vampiro, antes que todo eso, es un mendigo de la eternidad, un tipo insaciable, un ser que ansía lo que todos queremos, aunque no nos atrevamos a reconocerlo: no morir. Y, ya puestos, disfrutar un poco antes de no morir del todo.
La criatura de Frankenstein, símbolo de la orfandad radical, vive demasiado y sufre porque no encuentra acogimiento, un lugar en el mundo. Drácula, que acarrea una eternidad fatigada, es el inmortal condenado a la repetición y a la dependencia de los otros. Ambos, desde extremos opuestos, revelan nuestra paradoja más íntima: tememos morir… y tememos no poder hacerlo.
En el artículo exploro esa tensión, aludo a las relecturas contemporáneas (Del Toro, Eggers, Besson), examino algunas de las claves filosóficas, así como sus resonancias actuales: ciencia, tecnología, identidad, trauma y deseo.
Frankenstein y Drácula son criaturas del imaginario gótico y mucho más: devienen interlocutores y modelos culturales con los que pensar angustias básicas de las sociedades contemporáneas.
¿Cuáles?
Pues, entre otras, la responsabilidad moral del creador (o del innovador); la identidad fragmentada en un mundo acelerado; el peligro que nos acecha con tecnologías que ‘aprenden‘ sin supervisión; la tentación —y el riesgo— de la prolongación indefinida de la vida; la tensión entre dependencia, autonomía y vulnerabilidades.
Si me hacen la caridad, visiten a estos monstruos. Son dos de los nuestros. Y pueden emprender este viaje si me acompañan, si leen mi artículo.
https://www.makma.net/frankenstein-y-dracula-entre-orfandad-y-eternidad/

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