David Bowie. El mundo que nos queda

El 8 de enero de 1947 nace David Robert Jones. El 10 de enero de 2016 muere David Bowie. Quién lo diría: ha pasado ya una década desde su fallecimiento.

Por esa razón, entre el 8 y el 10 de este mes de enero, quiero dedicarle un modesto homenaje, que es también un ejercicio de introspección: este.

Pues bien, precisamente al ponerme a escribir, cuando ya me disponía a recordarlo y a recordar sus temas, he estado a punto de decir, de proclamar, que el rock nos cambió la vida.

Repitan conmigo la frase: el rock nos cambió la vida.

Por supuesto me he mordido la lengua. Es decir, que me he corregido enseguida. No podía perdonarme esa frase tan banal y, al menos para mí, tan bombástica.

El rock y el pop no podían cambiarme algo que apenas existía justo cuando yo accedía a comprarme mis primeros álbumes.

Hacia 1973 o 1974, mi vida era común, predecible, como la de tantos otros adolescentes de entonces: sin grandes tragedias, aunque llena de fastidio, de miedos ordinarios y de alegrías intermitentes. Lo propio de la edad.

La mía no era una vida triste o sombría. Simplemente entonces me veía envuelto en una bruma que no sabía ni podía disipar.

Y me veía también amenazado por una suma de malestares leves, una balsa de sinsabores que apenas podía achicar.

Hacía 1973, algunos afirmábamos haber tenido infancias grises y no pocos creíamos estar padeciendo adolescencias carentes. Desde luego, el contexto no ayudaba.

Tampoco sabíamos bien si la alegría intermitente de que disfrutábamos nos permitiría alcanzar algún día la felicidad prometida.

Nos comparábamos con quienes veíamos en el cine y la televisión, esas familias anglosajonas que lucían modernas, resueltas, con madres pizpiretas.

Doris Day, sí.

Esas madres sujetas cantaban sus penas mientras hacían las tareas o gobernaban la casa.

Al tiempo, nuestros coetáneos de la pantalla, muchachos levemente rebeldes, enfrentaban sus conflictos sin resolverlos.

¿Qué hacían?

Se encerraban en sus dormitorios, abuhardillados, de jovenes americanos, recintos que eran bastiones de lo íntimo. Por entonces, algunos también teníamos una habitación propia con muebles de formica o railite.

Yo me recuerdo solo, en mi cuarto, pinchando los poquísimos vinilos de que disponía en un tocadiscos pesado y portátil, revestido de plásticos en colores rojo y marfil.

Años después, cuando ya superaba la treintena, me deshice del aparato. Por supuesto no me lo perdono.

Para el adolescente de aquel tiempo, recluirse en el cuarto era un acto de soberanía. Allí estaban las revistas de música (Popular 1 y luego Vibraciones), los discos… y la aguja siempre amenazada y el vinilo frágil.

Aquel espacio era sobre todo un mundo con cachivaches, libros y tebeos que los mayores no entendían. Es más, allí mismo te sentías un joven airado. Lucías unos texanos acampanados, te dejabas el pelo largo, que no era normal, y que era nuestro modo inocente (o no) de rebeldía.

Punto y aparte.

David Robert Jones lo sabrá pronto. A los diecisiete años funda una asociación contra la crueldad hacia los hombres de pelo largo. ¿Acaso solo una ocurrencia? No, toda una declaración. Sus padres dirán después que lo comprendían.

Desde niño saben que tienen a alguien inquieto, creativo, con una propensión natural a actuar, a cantar, a transformarse. Vive dentro y fuera de sí mismo, soñando mundos alternativos.

La ciencia ficción, la literatura beat y el rock le abren el camino. También su hermanastro Terry, brillante y esquizofrénico, mentor decisivo y figura trágica. De ahí surgirán canciones atravesadas por la locura, la fractura, la fragilidad mental. Canciones que aún hoy incomodan.

Recuerdo mi habitación en 1974. En la pared hay un recorte desvaído de Diamond Dogs, un póster extraído de Popular 1.

Aquel disco, claramente inspirado en 1984 (1948), de George Orwell, me parece entonces futurista, áspero, casi violento. Y su portada española, censurada. Abajo la reproduzco.

Por esas fechas, yo no entiendo del todo las letras, pero intuyo que allí hay algo distinto: utopía negativa, desechos, perturbación, identidades rotas, viajes interiores. Mi inglés de entonces es precario. La conmoción, no.

Han pasado más de cuarenta años. No he olvidado esa sensación adolescente ni el miedo al aislamiento y a la soledad. No lo digo con nostalgia complaciente.

Hoy vivimos tiempos de distopía. Me pregunto qué álbum conceptual podría haber ideado Bowie con los restos del mundo que nos queda.

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