Cuando me aproximé por primera vez a Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas, comprendí que no estaba ante un libro más sobre la Transición ni ante una novela histórica al uso.
Comprendí que me hallaba ante un artefacto literario y moral que desafiaba las categorías habituales. Ese volumen no era —o no quería ser— una ficción; tampoco era exactamente un libro de historia en sentido académico; ni era sólo un ensayo interpretativo.
Era, más bien, un intento de comprender un instante decisivo de nuestra historia reciente sin añadir una ficción más a la ficción colectiva que lo había ido envolviendo con los años.
El 23 de febrero de 1981 no es un hecho menor ni un episodio remoto que podamos archivar con serenidad museística. Es un acontecimiento inolvidable para una generación —la mía— gracias a una grabación televisiva que veríamos después y que parecía no admitir réplica.
Las imágenes del teniente coronel Antonio Tejero en el Congreso de los Diputados, los disparos al techo, los gritos broncos, el desconcierto general, forman parte de nuestra memoria pública.

Yo tenía veinte años entonces, era estudiante de Historia. Creía vivir en un país que avanzaba…con dificultades, pero con firmeza, hacia la normalidad democrática. Y de pronto, en un instante, todo se nos hundía.
No sé por qué hablo en plural. Debería hablar en singular. Aquella tarde sentí vergüenza, miedo, frustración. Como tantos otros jóvenes, estaba a punto de cumplir con el servicio militar.
Me preparaba para ingresar en un mundo adulto lleno de incertidumbres laborales, pero asentado —eso quería creer— en un régimen constitucional estable. El golpe me devolvió la conciencia de la fragilidad. No estábamos al final de ningún proceso histórico. Nada estaba definitivamente ganado.
Cuando Cercas decide regresar a ese momento en Anatomía de un instante en 2009, lo hace desde una convicción que me parece esencial: el golpe se había convertido en una gran ficción colectiva.
Se había dicho de todo sobre él, se habían tejido teorías conspirativas, especulaciones infundadas, relatos interesados. Añadir una novela más a ese cúmulo de versiones habría sido redundante.
Cercas, que inicialmente intentó escribir una ficción sobre el 23-F, renunció a ella. Comprendió que no podía sumar invención a lo que ya estaba saturado de fantasías políticas.
Esa renuncia es, a mi juicio, el gesto fundacional del libro. Anatomía de un instante nace de una novela frustrada. Pero en lugar de abandonar el proyecto, su autor decide reorientarlo: escribir un libro sin ficción.
O, mejor dicho, un libro que prescinde de la invención de hechos y personajes, pero no de la imaginación, de la conjetura razonada, de la tensión narrativa. El resultado es una obra híbrida: crónica minuciosa, ensayo interpretativo y relato con ritmo de novela.
En ese volumen hay que distinguir dos dimensiones complementarias: la historia factual y la historia potencial. La primera es la que puede documentarse: declaraciones, movimientos, discursos, testimonios contrastados. Cercas trabaja con una minuciosidad casi obsesiva. Añade notas eruditas, referencias, aclaraciones. Quiere que el lector sepa que aquello que descubre no es una ficción encubierta.
Pero, junto a esa historia factual, hay otra dimensión, no menos importante: la exploración de lo posible. El narrador sopesa hipótesis, examina versiones contradictorias, indaga en las motivaciones plausibles de los protagonistas.
No se trata de fantasear, sino de explorar las zonas grises que todo acontecimiento histórico contiene. Los hechos no son solo lo que ocurrió. son también las interpretaciones que suscitaron, las fabulaciones que se les adhirieron, los significados que se les fueron atribuyendo con el paso del tiempo.
En el centro del libro hay un gesto.
Tres hombres permanecen en sus escaños mientras el resto de los diputados se arroja al suelo: Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Ese instante registrado se convierte en el núcleo simbólico de la obra. Cercas lo analiza con una atención microanalítica. Lo rodea de antecedentes, de trayectorias personales, de errores y contradicciones.
Lo más provocador de su interpretación es quizá la afirmación de que los protagonistas “eran tres traidores”. Traidores para muchos de los suyos: para sus correligionarios ideológicos, para sus aliados naturales, para quienes esperaban de ellos fidelidades inquebrantables.
Y, sin embargo, esa “valerosa renuncia” —renuncia a la lógica de partido, a la comodidad del cálculo político, a la seguridad física— los define como héroes. No se trata del héroe épico que conquista, sino del héroe que se retira, que abandona algo propio para preservar un bien común.
El “héroe de la retirada” encarna una forma modesta pero decisiva de grandeza moral. No borra los errores del pasado; no convierte a sus protagonistas en figuras inmaculadas; pero sí ilumina retrospectivamente sus trayectorias.
En este punto, Cercas introduce una idea que me parece profundamente literaria y, al mismo tiempo, hondamente histórica: la vida puede condensarse en un instante.
¿Es verdad que cualquier destino, por largo y complejo que sea, consta en realidad de un solo momento en que un individuo sabe quién es? La tesis puede parecer novelesca, incluso excesiva. Pero no deja de tener una fuerza persuasiva inquietante.
La historia, en efecto, fabrica extrañas figuras y no rechaza las simetrías de la ficción. El traidor puede devenir héroe; el héroe puede aparecer como traidor. Las categorías morales no son estáticas.
En Anatomía de un instante, el gesto de permanecer sentado bajo los disparos no es un acto aislado, sino la culminación de una biografía. Pero es también un instante que resignifica esa biografía.
Ahora bien, el libro no pretende canonizar a sus protagonistas. Cercas no es complaciente con la Transición ni con la sociedad española de entonces. Subraya que muchos contribuyeron, por acción u omisión, a crear un clima propicio al golpismo.
No hay superioridad retrospectiva en su mirada. Hay más bien una advertencia: nunca estamos al final del camino. Lo que creemos consolidado puede perderse.
Desde mi condición de historiador, he querido leer y releer Anatomía de un instante no sólo como un relato sobre el 23-F, sino como un documento de primera magnitud sobre nuestra relación con el pasado reciente.
El libro muestra hasta qué punto un acontecimiento puede quedar sepultado bajo capas de interpretación interesada. Y muestra también que la literatura —entendida en sentido amplio— puede contribuir a despejar ese terreno.
Cercas sostiene que, aunque ‘Anatomía’ pueda leerse como historia o ensayo, esencialmente es una novela, entendida como “género difuso”. No me interesa zanjar esa discusión clasificatoria.
Me interesa más advertir que la obra amplía los límites de la novela al prescindir de la ficción sin renunciar a la forma narrativa. La novela no es solo invención; es también una manera de organizar la experiencia, de conferir sentido a la simultaneidad caótica de los hechos.
Al final, lo que permanece es la pregunta moral. ¿Qué habría hecho yo en ese instante? ¿Qué habría hecho cualquiera de nosotros?
La grandeza y la infamia no son atributos exclusivos de figuras excepcionales. Todos somos potencialmente capaces de un gesto heroico o de una cobardía. Las circunstancias nos empujan; pero siempre hay un margen, por estrecho que sea, de elección.
Anatomía de un instante no nos ofrece consuelo. Nos ofrece, en cambio, una lección de responsabilidad. Nos recuerda que la democracia no es un estado natural, sino una construcción frágil.
Nos obliga a mirar de frente un episodio que preferiríamos considerar superado. Y nos invita a reconocer que la historia no es un relato cerrado, sino una trama abierta en la que cada uno, llegado el caso, puede tener su instante.
Ese instante puede definirnos. O, al menos, puede revelar aquello que de cada uno ignorábamos.

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