La historia y nosotros…

De la que tanto aprendemos

Hay quien cree que la historia es un simple traslado de huesos de un cementerio a otro. O una afición que cultivan los nostálgicos del pasado. Nada de eso.

Su verdadera utilidad consiste en ayudarnos a comprender mejor el presente y, si hay suerte y buen sentido, a actuar con mayor lucidez.

Esto mismo es lo que he deseado exponer en mi ensayo Qué es la Historia (2026), publicado por Sílex ediciones en la colección «Qué es», dirigida por José Luis Ibáñez Salas.

La historia muestra cómo se construyen las sociedades, cómo pueden deteriorarse y de qué manera se defienden los logros civilizados ,entre ellos las libertades. Y, sobre todo, recuerda que ningún derecho está garantizado para siempre.

Edgar Morin, recientemente fallecido, lo señaló con energía en Lecciones de la historia (2025): ninguna civilización, por firme que sea su asentamiento, está definitivamente a salvo de sí misma. Por eso y por otras razones, todo progreso puede convivir con nuevas formas de barbarie.

El Novecientos europeo, por ejemplo, demuestra que el fanatismo puede normalizarse y que la mentira puede convertirse en herramienta política de gran eficacia.

Aquellas sociedades europeas cultas, refinadas y técnicamente avanzadas que produjeron universidades, laboratorios y museos fueron también capaces de fabricar campos de exterminio y sistemas de propaganda de masas.

Conocer el pasado permite identificar señales de peligro antes de que sea demasiado tarde. Con ese ánimo, con esa pasión y con gran provecho estoy leyendo Mi familia nazi (2026), de Bas von Benda-Beckmann (1976).

La historia no se repite exactamente, pero sí nos ofrece un repertorio de situaciones semejantes y experiencias útiles. Gracias a ella sabemos que el orden político puede quebrarse con rapidez y que la convivencia es más frágil de lo que solemos creer.

Nuestros antepasados, por ejemplo los europeos cultivados del siglo XX, también pensaban que ciertos límites jamás serían cruzados, y aun así presenciaron el ascenso de regímenes totalitarios. Pensaban incluso que la cultura y el progreso técnico bastaban para inmunizar a las sociedades contra la barbarie. Se equivocaban.

La historia nos enseña que los grandes desastres rara vez se inician de de forma repentina. Suelen empezar con pequeñas renuncias.

Por ejemplo, pueden comenzar cuando se tolera la mentira, se aceptan abusos menores o se desprecian las reglas comunes. Por eso, el estudio del pasado, más que producir nostalgia, debería estimular la vigilancia crítica.

También enseña otra lección decisiva: las acciones humanas producen frecuentemente consecuencias imprevistas, incluso contrarias a las intenciones iniciales.

Revoluciones que prometían libertad desembocan en tiranías. O movimientos emancipadores terminan creando nuevas formas de opresión.

Edgar Morin llamaba a esto “ecología de la acción”: una vez desencadenados, los procesos históricos adquieren dinámicas propias que nadie controla enteramente.

Por ello, la disciplina histórica nos enseña a mirar con atención. No podemos resignarnos a la degradación del lenguaje público, al insulto permanente o a la confusión entre hechos, opiniones y delirios.

Una sociedad se debilita cuando deja de distinguir la verdad de los deseos o de la propaganda. Y se vuelve todavía más vulnerable cuando las emociones colectivas sustituyen el juicio sensato de los individuos. O cuando los relatos simples trivializan la complejidad de lo real.

Por eso, la conciencia histórica exige disciplina intelectual: lectura, contraste de informaciones y desconfianza ante esas explicaciones simples.

En una época dominada por Internet y la difusión inmediata de contenidos, cada ciudadano participa en la calidad moral e intelectual del espacio público. Es nuestra forma presente, actual, de ejercer la deliberación.

Defender la verdad y apoyar instituciones rigurosas, como el periodismo, la investigación y la educación, es una responsabilidad colectiva.

Sin maestros, sin profesores, sin preceptores, el individuo que se está formando anda perdido, fácilmente manipulable. Por ello necesitamos sus lecciones, su sabiduría. Eso sí, siempre que estemos dispuestos a aprender, a desprendernos de las anteojeras.

La historia enseña, además, que el progreso material no garantiza ningún progreso moral. Ya lo sabemos: las mismas sociedades capaces de producir extraordinarios avances científicos y técnicos han sido capaces también de organizar matanzas con eficacia industrial.

El desarrollo de la inteligencia y de la técnica puede beneficiar el avance de la libertad, pero también puede ponerse al servicio del fanatismo, la dominación y la destrucción.

La historia no resolverá automáticamente los conflictos humanos, pero quizá pueda hacernos más conscientes, más prudentes y menos manipulables. Esa es una de sus mayores utilidades.

¿Utilidades? ¿Cuáles? Citaré tres.

Primera. La de enseñarnos que la educación, el esmero, la libertad, la democracia y la convivencia dependen siempre de instituciones públicas generosas, no cicateras.

Segunda. La de que la formación depende también de ciudadanos dispuestos a aprender, ciudadanos capaces de recordar, investigar, comprender y actuar a tiempo.

Y tercera. La de recordarnos, además, que la civilización es una conquista frágil que debe defenderse todos los días frente a la barbarie local o universal.

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