Siri Hustvedt. Los duelos de una mujer

De Siri Hustvedt solo he leído unos pocos libros de ensayo, ninguna de sus novelas, cosa que lamento y que espero reparar a no más tardar.

Hace unos años únicamente había completado una de sus obras (en Anagrama). De ese libro hablé en las redes.

A pesar de que ahora tengo un conocimiento algo mayor, esa primera lectura sigue siendo la que más me impresionó de su producción. Hace un tiempo, dicha obra fue recuperada por Seix Barral.

Su título es (y sigue siendo) atractivo. Y preocupante: La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (2010). Es descriptivo y, como título, funciona. Ya lo creo que funciona.

El volumen es elegante e inquietante. Pertenece a los géneros confusos, a la mezcla, a la hibridación de saberes que tanto disgustan en la academia. Se acoge también a las tradiciones literarias, pero no es propiamente un cuento.

Es en parte confesión y en parte reflexión, si es que ambas cosas pueden separarse. Es examen y es análisis personal. Es relato o crónica y es a la vez introspección terapéutica. Búsqueda sin término.

¿Cuál es la escena primitiva? Los hechos se manifiestan en 2006, dos años después de la muerte del padre de Siri Hustvedt.

En esa fecha, cuando a su progenitor, un académico prestigioso, se le está recordando al tiempo que le rinde un homenaje, la hija escritora habla en su nombre.

Pronuncia unas palabras públicas de amor filial y de reconocimiento.

Justo en medio de su exposición, precisamente cuando desgrana los saberes y las capacidades de su padre, Siri Hustvedt empieza a sentir un temblor incontrolable.

Por un lado, parece y padece una suerte de parálisis, una falta absoluta o casi absoluta de control sobre el propio cuerpo.

Por otro, Siri Hustvedt constata algo bien visible y que los espectadores más próximos pueden confirmar: que está sufriendo una agitación extrema, una convulsión.

En aquel acto, Siri Hustvedt apenas podrá zanjar su parlamento: apenas podrá concluir ese homenaje al padre fallecido.

Mientras angustiosamente se empeña en una tarea casi imposible e inacabable, Hustvedt no gobierna su propio cuerpo.

Siente entonces (y sentirá después) un desdoblamiento: por un lado, es mujer segura, fina, reflexiva y elegante; por otro, se descubre como una dama temblorosa, que padece quizá un ataque histérico.

¿O es, acaso, una manifestación epiléptica? No, los síntomas de la epilepsia son otros…

¿Entonces? ¿Propiamente es una histeria? ¿Qué es la histeria? ¿O acaso son migrañas de grave efecto?

Este episodio tan desconcertante no será único. Es más, esos ataques y esas agitaciones incontroladas se repetirán.

Cuando lo leí, esa primera vez, quedé muy impresionado por la sinceridad, por la autenticidad de Siri Hustvedt. Su libro, que de entrada pertenecería al género confesional, es mucho más.

La mujer temblorosa es crónica y es tratamiento, y es autoinspección entre la psiquiatría y el psicoanálisis, pasando por la neurología.

Y siempre, siempre, escrito, presentado, narrado con un inmejorable sentido del humor, sin autocompasión y sin torturas punitivas.

Admitámoslo. La cosa no es para guasearse. Siri Hustvedt se lo toma muy en serio, documentándose de manera obsesiva, casi como si padeciera exactamente una adicción.

Y se lo toma, en fin, con filosofía, con ciencia y con paciencia, detallándonos los pasos y tropiezos de su análisis.

¿Quién puede leer La mujer temblorosa? Absténganse quienes busquen libros de autoayuda, páginas sanadoras o compensatorias.

El volumen de Siri Hustvedt es una obra de filosofía ordinaria. De aventura personal. De desnudez y sabiduría. Es también una despedida y un duelo, por supuesto.

Hace unos años, la primera vez que mencioné este volumen, le acababan de conceder un galardón de enorme prestigio (el Premio Princesa de Asturias), cosa de la que me alegré muchísimo. Hasta temblaba de emoción, si ustedes me permiten decirlo así.

Ahora, años después, me espera la lectura de otro duelo.

Fotografía: Isabel Infantes (EFE)

Este verano me propongo releer La mujer temblorosa y, de paso, otras páginas nuevas e inquietantes a las que aún no he llegado. Como, por ejemplo, Historias de fantasmas (2026). 

Otro duelo.

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