Vuelve Cayetana Álvarez de Toledo. En realidad, nunca se fue del todo. Pero ahora regresa a la primera línea como número dos de Alberto Núñez Feijóo en la candidatura del Partido Popular por Madrid.
Vuelve, sí, y lo hace con una entrevista que concede a Juanma Lamet en El Mundo (24 de octubre de 2026). La he leído con atención y creciente malestar. Lo admito: las declaraciones de esta señora me producen repeluzno. No es una expresión académica ni un diagnóstico. Es una sensación casi física.
Me la provoca su manera de pontificar, de administrar certificados de virtud, de observar el mundo desde una altura que ella misma parece haberse concedido. Me la produce el apocalipsis que anuncia y al que se aferra con gusto.
No es la primera vez. En 2019 escribí sobre doña Cayetana a propósito del debate electoral. En 2021 leí Políticamente indeseable, sus voluminosas memorias políticas. Tras esa ducha de palabras publiqué un texto titulado “Doctrina de clase”.
Leí sus quinientas y pico páginas. Todas. No sé si fue disciplina intelectual o una forma refinada de masoquismo. Pero sobreviví. Y, además, aprendí algo sobre la extraordinaria opinión que la autora parece tener de sí misma.
Ahora la tenemos de nuevo entre nosotros, con idéntica suficiencia, dispuesta a salvar España otra vez. La patria debe de estarla agradecidísima. En fin.
No me molesta que sea conservadora, liberal o constitucionalista. Tampoco que tenga convicciones firmes. Me incomoda la conversión de sus convicciones en dogmas, de sus dogmas en principios inalterables y de los principios en superioridad moral. Ahí es nada.
Ella sabe, distingue y, como buena galena, diagnostica. Ella juzga y sentencia. Por lo visto, los demás andamos despistados o extraviados frente a su clarividencia. Somos cobardes, tibios o, además, cómplices de alguna calamidad nacional.
En la entrevista de El Mundo hay una palabra que se repite hasta adquirir proporciones monumentales: decencia. La decencia por aquí, la decencia por allá. Una revolución de la decencia, una urgencia ética nacional.

Doña Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos parece haber encontrado la piedra filosofal de la política española, aquella que permite separar a los decentes de los indecentes. “La elección es prepolítica”, afirma…, para añadir inmediatamente que se trata de elegir “entre decencia o indecencia”.
Ya no discutimos programas, decisiones o proyectos de sociedad. Debatimos acerca de la condición moral de quienes participan en la vida pública. Unos son buenos y otros, por el contrario, malos. Unos representan la democracia y otros, sin más, preparan sus demoliciones.
¿Quién determina semejante clasificación? Pues quién va a ser. La señora Álvarez de Toledo, que parece disponer de un criterio seguro. El suyo. En fin.
Por supuesto, en el mercado político hay conductas indecentes. Como hay corrupción, abusos y mentiras que merecen una censura severa. Pero una cosa es denunciar hechos concretos y otra convertir al adversario en la encarnación del mal.
Doña Cayetana habla de cloacas, mafias, narcotraficantes, neoetarras y otros seres identitarios. El vocabulario es de una delicadeza exquisita. Después denuncia el odio, la división entre españoles y el guerracivilismo.
No deja de ser curioso. Quien emplea una retórica de confrontación extrema se presenta como defensora de la reconciliación. Y así quien divide el escenario entre decentes e indecentes acusa al adversario de dividir España.
Su confrontación sería una obligación moral. En cambio, la de los demás, una amenaza para la convivencia. De ese modo resulta sencillo conservar intacta la buena conciencia.
En Políticamente indeseable ya aparecía esa concepción del mundo. El libro era una narración de agravios personales elevados a la categoría de acontecimientos históricos.
Por ejemplo, su destitución como portavoz parlamentaria se convertía en episodio de una batalla entre la razón y sus enemigos. Los desacuerdos internos del PP adquirían dimensiones épicas. La autora parecía contemplarse como combatiente solitaria, rodeada de adversarios, traidores y pusilánimes.
A Churchill, Popper, Shakespeare los invocaba para su auxilio. Admitámoslo: no estaba mal acompañada. La historia de una portavocía perdida adquiría proporciones desmesuradas gracias a tan ilustres padrinos intelectuales.
Y estaba Oxford. Cómo olvidarlo. Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos estudió el posgrado en Oxford, obteniendo allí su doctorado en Historia. Una formación respetable, sin duda. Ahora bien, una cosa es poseer credenciales académicas y otra convertir su exhibición en garantía de superioridad intelectual.
Los títulos acreditan una formación. Pero los diplomas no aseguran la lucidez permanente ni conceden infalibilidad política.
Lo digo como historiador. Un doctorado debería enseñar la dificultad de conocer, la necesidad de comprobar y la obligación de rectificar. En el personaje público de doña Cayetana encuentro con frecuencia lo contrario. ¿Qué cosa? Pues una seguridad anterior a la demostración.
La Historia parece un repertorio de ejemplos disponibles para confirmar convicciones actuales. Y Oxford corre el riesgo de funcionar como otro título nobiliario, esta vez académico.
Hay una aristocracia de la sangre y otra del saber. Cuando ambas se exhiben como signos de distinción moral, el resultado puede ser odioso. O, al menos, fatigoso.
En aquella lectura de 2019 me llamó la atención otro rasgo: el autoenamoramiento. No es un diagnóstico psicológico, sino una impresión sobre la representación literaria de sí misma. La protagonista de Políticamente indeseable parecía fascinada por su propio retrato.
Era valiente, independiente, incorruptible, lúcida. Resistía las traiciones de los propios y combatía a los enemigos declarados. Reunía tantas virtudes que uno acababa preguntándose cómo podía desenvolverse en un mundo poblado por seres tan imperfectos.
Ahora, Feijóo la ha situado como número dos de su candidatura. El mismo Feijóo al que ella había llamado “barón blando”. El periodista, Juanma Lamet, se lo recuerda y doña Cayetana responde que todos han hecho “un largo viaje” con él. Qué expresión tan oportuna. Un largo viaje.
Quizá Feijóo haya cambiado. Es incluso posible que ella le haya descubierto virtudes que antes no apreciaba. Las personas evolucionan y las opiniones se modifican. Menos mal. Pero quien hace de la firmeza de sus principios una seña de identidad debería explicar sus rectificaciones.
Sobre todo cuando tu trayecto te conduce desde la crítica a un lugar destacado de la candidatura del criticado. No afirmo que haya oportunismo. Señalo que la independencia intelectual también exige explicar los cambios propios.
Queda una cuestión de estilo. Doña Cayetana cultiva la frase sentenciosa, las antítesis, las declaraciones destinadas a ser subrayadas. “Yo quiero victoria y no venganza”, dice. Son fórmulas eficaces. Pero una sentencia no es un argumento.
En ocasiones tengo la impresión de que se escucha a sí misma mientras habla. Pero no puedo saberlo, pues solo describo el efecto que me provoca su personaje público.
Cada intervención parece confirmar una imagen previa: la intelectual valiente, la mujer de principios, la aristócrata que desciende al combate político sin renunciar a su distinción.
Recuerdo a Richard J. Bernstein y su libro El abuso del mal, que cité en 2019. Bernstein examinaba las consecuencias de convertir la política en una confrontación moral absoluta.
Cuando el adversario deja de ser alguien con quien discrepamos y pasa a encarnar el mal, el desacuerdo se transforma en una lucha de salvación. Algo de ese mecanismo encuentro aquí, en las palabras salvíficas de Cayetana.
La alternancia electoral se vuelve misión moral y la protagonista ocupa el lugar de combatiente esclarecida.
¿Qué echo en falta? No inteligencia, cultura o capacidad expresiva, sino modestia ante la complejidad de las cosas.
La modestia no obliga a renunciar a las convicciones. Consiste en recordar que la inteligencia no nos convierte en propietarios de la verdad y que la rectitud moral no es un patrimonio hereditario ni una distinción académica.
¿Por qué me produce repeluzno doña Cayetana?, según dije al principio. Lo primero son las mentiras y bulos que de cuando en cuando propala.
Pero, además, desde mi punto de vista, su personaje reúne tres pretensiones repelentes: superioridad intelectual, superioridad moral y la representación complacida de ambas.
En 2021 hablé de “Doctrina de clase”. Ahora añadiría: la soberbia de la virtud. Y lo añado no porque sus virtudes sean necesariamente fingidas, sino porque su proclamación permanente puede acabar convertida en espectáculo de autocomplacencia.
Cayetana es persona que dice ostentosamente defender sus principios, necesita recordarnos continuamente que los tiene y, además, espera que agradezcamos el privilegio de escucharla.
Doña Cayetana ha vuelto. España debe ser salvada y los tibios reprendidos. Oxford, Churchill y Shakespeare la acompañan. Feijóo, al parecer, también.
Los plebeyos procuraremos mantener la compostura. Y, si es posible, el sentido del humor. O, mejor, la guasa… ante tanta palabra campanuda.

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