Cuando yo era joven e indocumentado (por decirlo con Gabo), descubrí la semiótica, en su denominación anglosajona; o la semiología, según la tradición francesa.
La disciplina se me antojó un instrumento intelectual para conocer mejor el mundo. Y, sobre todo, para descifrar los significados escondidos en los objetos más comunes de la existencia.
Las cosas no son solamente cosas. Los artefactos tienen una utilidad, desde luego, pero también una historia y una dimensión simbólica que excede a su función inmediata.
Un automóvil sirve para desplazarse y una fotografía para mostrar algo o a alguien. Sin embargo, todo esto dice bastante más de lo que parece decir. Hay que aprender a leerlo.
En ese aprendizaje, Umberto Eco fue uno de mis maestros. Pero antes, antes que los grandes ensayos de Eco, había leído con entusiasmo un pequeño volumen de Roland Barthes titulado Mitologías.
Aquel libro fue una revelación. Lo he recordado hoy al leer en El País, en su suplemento ICON, un artículo dedicado a Barthes y a la reedición de aquella obra por Siglo XXI.
Publicada en 1957, la obra conserva una frescura que no siempre encontramos en las novedades editoriales que prometen explicarnos definitivamente el mundo contemporáneo.
A mí, además, me ha devuelto a una época en la que todavía creía, con una ingenuidad, que los libros podían proporcionarnos las herramientas necesarias para desentrañar lo real.
Mitologías reúne artículos publicados entre 1954 y 1956, principalmente en la revista Les Lettres Nouvelles. No es un tratado académico, sino una colección de observaciones inteligentes, perspicaces y a menudo irónicas sobre la vida cotidiana francesa.

Citroën, Autopista
Barthes examinaba la lucha libre, el vino, los detergentes, los juguetes, las fotografías de los actores, el plástico, la publicidad o los automóviles. Nada parecía demasiado insignificante para escapar a su curiosidad.
Y entre aquellos objetos había uno que me fascinó y aún me fascina: el Citroën DS, el popular Tiburón. Barthes le dedicaba un ensayo titulado “El nuevo Citroën”.
No le interesaban especialmente sus prestaciones mecánicas. Le interesaba el coche como representación de una sociedad fascinada por el progreso técnico.
Barthes comparaba los automóviles modernos con las grandes catedrales góticas. La analogía era tan inesperada como iluminadora.
El Citroën DS, con sus líneas aerodinámicas y su apariencia casi extraterrestre, era un objeto industrial transformado en objeto mágico, una creación colectiva convertida en maravilla.
Su nombre, DS, pronunciado en francés, evocaba además la palabra “déesse”, diosa. La modernidad había encontrado sus propias divinidades y algunas circulaban por las carreteras.
Aquella lectura me enseñó que los objetos no se agotan en su materialidad ni en su función. Eco me lo reafirmo en La estructura ausente (1968). Son también depósitos de aspiraciones, fantasías, prejuicios y jerarquías sociales.
Un automóvil puede ser un medio de transporte, pero también una promesa de libertad, una exhibición de prestigio, una determinada idea del éxito. Los objetos hablan.
Barthes sabía escucharlos y sabía, además, convertir sus observaciones en literatura. Sus ensayos poseían elegancia, precisión conceptual y una ironía que no necesitaba del sarcasmo.
En su análisis del catch, la lucha libre convertida en espectáculo, no le interesaba la autenticidad de los golpes, sino la representación exagerada de las pasiones, la dramatización del bien y del mal y la necesidad del público de contemplar una justicia inmediata.
El combate se convertía en una suerte de teatro clásico para espectadores que quizá nunca habían leído o visto una tragedia griega.
También examinaba el vino francés, convertido en símbolo de identidad nacional, o los juguetes infantiles, que reproducían en miniatura el universo de los adultos.
El mérito de Barthes consistía en demostrar que la ideología no habitaba únicamente en los discursos políticos o en las doctrinas filosóficas.
Se encuentra también en un anuncio de jabón, en una fotografía de prensa o en una receta de cocina. La sociedad se representa mediante esos signos y convierte determinadas convenciones históricas en realidades aparentemente naturales.
Ahí estaba el núcleo de su concepción del mito. Para Barthes, el mito contemporáneo no era necesariamente una narración fabulosa sobre dioses antiguos.
Era, más que nada, un sistema de significación capaz de transformar la historia en naturaleza. No necesitaba ocultar la realidad. Le bastaba con deformarla, simplificarla y presentarla como una evidencia.
Aquella mirada tenía una dimensión política, pero reducir ‘Mitologías’ a una denuncia de la ideología burguesa sería empobrecer su alcance. Lo verdaderamente fecundo era el método.
¿Cuál?
Interrogar lo supuestamente evidente y descubrir que detrás de cualquier imagen aparentemente inocente puede existir una determinada concepción del mundo.
Después de Mitologías seguí leyendo a Barthes: El grado cero de la escritura, Elementos de semiología, El placer del texto, Fragmentos de un discurso amoroso, La cámara lúcida, etcétera.
Leí también estudios y biografías que me permitieron conocer mejor al hombre que había detrás de aquella escritura.
Descubrí a un intelectual más contradictorio y bastante más interesante de lo que sospechaba. Con el tiempo aprendí también que la semiología no era una llave maestra capaz de abrir todas las puertas.
Umberto Eco advertiría años después contra los excesos de la interpretación: no todo significa cualquier cosa ni detrás de cada objeto existe necesariamente una conspiración. A veces un automóvil es también y sobre todo un automóvil, aunque nunca sea solo eso.
La recuperación de Mitologías resulta oportuna porque nuestro mundo está probablemente más poblado de mitos que el de Barthes, aunque hayan cambiado los objetos.
El Citroën DS ha dejado paso a los automóviles eléctricos, los juguetes de plástico conviven con los videojuegos.
Por su parte, los anuncios publicitarios se han transformado en mensajes personalizados que llegan a nuestros teléfonos después de que algún algoritmo haya inferido nuestros deseos.
La inteligencia artificial merecería un capítulo entero en unas hipotéticas ‘Mitologías del siglo XXI’. Se nos presenta alternativamente como salvación de la humanidad o como amenaza definitiva para nuestra existencia. La vieja fascinación (o el terror) por la máquina prodigiosa ha encontrado una nueva divinidad tecnológica.
Pero no quisiera convertir este recuerdo de Barthes en otra denuncia de las mistificaciones contemporáneas. Sería traicionar el placer que me produjo aquella lectura juvenil.
Lo que me deslumbró de ‘Mitologías’ no fue únicamente su capacidad crítica, sino el descubrimiento de que pensar puede ser una actividad gozosa y de que la vida cotidiana merece tanta atención como las grandes obras literarias.
Han pasado muchos años desde aquella primera lectura. He leído después otros libros sobre los signos, los discursos y las representaciones de la realidad. Algunos me han enseñado más cosas. Unos pocos han corregido mis intuiciones iniciales.
Pero unos cuantos han reproducido para mí el encanto de aquel pequeño volumen que me permitió contemplar un Citroën Tiburón como si fuera una catedral gótica.
Hoy, al reencontrarme con Roland Barthes gracias a este artículo periodístico, reconozco algo del entusiasmo de aquel joven e indocumentado que descubría que el mundo estaba escrito en una lengua que todavía no podía leer.
No sé si desde entonces he aprendido a descifrarla mucho mejor. Pero sigo convencido de que aquella obrita me enseñó una de las cosas más importantes con las que puede adiestrarnos un maestro: a mirar lo que tenemos delante como si lo viéramos por primera vez.
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