Uno. El mundo bizarro. Abrimos Google, escribimos unas palabras: «Las cacerías de Franco», entrecomilladas o sin entrecomillar. ¿Cuál es el el primer sitio que aparece? Pues este blog. En concreto, un post mío dedicado a dicho asunto y fechado el 20 de noviembre de 2008. Todos los años, por esas fechas, le dedico al Caudillo unas palabritas, una reflexión, un pensamiento: mentiría si dijera que también una oración.
Allí, en dicho post, hacía mención del dietario del teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, primo y edecán del Generalísimo. El volumen se titula Mis conversaciones privadas con Franco. Apareció en 1976 y, según reza el reclamo de la sobrecubierta, el protagonista del libro es «un Franco insólito sorprendido en la intimidad de su vida cotidiana, que comenta la actualidad política, opina sobre sus ministros, evoca los episodios más controvertidos de su vida y manifiesta sin tapujos sus verdaderas ideas sobre los hechos y los hombres de mayor relieve en el curso de más de medio siglo».
Lo leí mucho tiempo después y en otra edición. No creo que el protagonista de dicho volumen sea Franco. El auténtico personaje es el primo, ese teniente general que con fidelidad lacayuna y precisiones de furriel registra hechos y pensamientos, opiniones y juicios sobre el Generalísimo. Por un lado, lo idolatra; por otro deplora sus debilidades. ¿La principal? La caza.
Yo reproducía ciertos pasajes de dicha obra, algunos comentarios que hacía Franco Salgado-Araujo sobre la obsesión cinegética del General. El primo anota constantemente la pesadumbre que le provocan esas inclinaciones. Lo reitera muchas veces, en efecto. Ahora veo repetidos prácticamente los mismos pasajes en El Mundo con motivo de unas fotos de Eduardo Matos Cuesta que se han hecho publicas tras cincuenta años de censura. Para glosar dichas imágenes, Jaime Peñafiel escribe un artículo que reproduce el sentido y los pasajes de mi post, en el que parece inspirarse. La fotografía principal la pudimos ver en la primera plana de dicho diario (23 de enero de 2010) y en la sección rosa que los sábados publica: «La otra crónica» se titula.
Llama la atención el sensacionalismo. Por el pie de foto, da la impresión de que Franco solito abatió las 4.601 perdices. En el caso de haber sido un excelente tirador, el buen tino le habría llevado a disparar sólo 4.601 veces. Como el General era humano, deberemos suponerle seis mil u ocho mil tiros. Imagino el retroceso del arma y me duele el hombro sólo de pensarlo. No fue así como transcurrieron los hechos, claro. El Caudillo tuvo acompañantes y la jornada cinegética no duró un solo día (sino del 16 al 18 de octubre de 1959).
Pero Franco quiso retratarse en medio de las aves, como haría un cazador de fieras, inmortalizándose junto a las piezas que se ha cobrado. Las fotografías expresan la identidad, captan el sentido de nuestra vida, las actitudes que tenemos. En la superificie de un retrato podemos apreciar la identidad oculta, la intimidad dañada, la reserva de nuestro yo. Aquí, vemos a Franco apropiándose de triunfos que no son suyos… Llama la atención en la foto la disposición de las perdices, tan bien colocaditas, como si fueran las cruces de un camposanto norteamericano.
Peñafiel condena al Caudillo. «¿Qué vieron en estas fotografías las autoridades tanto de la casa de su Excelencia como del Ministerio de la Gobernación para impedir su publicación? Posiblemente la obscenidad de quien no tenía pudor en posar ante una masacre de inocentes perdices como la que recogen estas fotografías».
¿Obscenidad? En el régimen de Francisco Franco no faltó caza mayor y lo pudoroso se reservaba para otras actividades. Por un lado, resulta enternecedora la expresión de Peñafiel: una masacre de inocentes perdices. En esta fórmula, todo es incorrecto: masacre sólo puede emplearse para designar una matanza de personas por lo general indefensas, según establece el Diccionario de la Real Academia Española. ¿E inocentes perdices? ¿Es que acaso las hay culpables?
Por otro lado, Peñafiel no se pregunta por la posible manipulación de la imagen: casi como en una escena bíblica, bien pudo darse la multiplicación de las piezas y de las perdices. En todo caso, de ser ciertos los hechos, alguien, un mozo, tuvo que que colocarlas en montoncitos de cuatro hasta hacer un manto con los cadáveres de los animalitos. ¿Cadáveres? Corresponde esa expresión a todo cuerpo muerto, pero nos dice doña María Moliner en su Diccionario que «en el lenguaje corriente, se aplica sólo a los de persona». Por eso, añade, «podría decirse el cadáver del burro o ‘del pájaro’…» Menos mal. Para el caso que nos ocupa, podemos decir «los cadáveres de los pajarillos», por ejemplo. Pero el cadáver del burro, ¿podemos decirlo? Entonces, ¿de qué burro hablamos?
Dos. Madrid, 22 de octubre de 1959 (jueves)
Cinco mil perdices. «El cargo de ministro no es rentable»
El Generalísimo, como de costumbre en esta época, está dedicado a la caza, y por ello mis despachos con él son menos frecuentes dado los pocos días que se disponen.
Después de darle cuenta de asuntos de interés, hablamos de caza y me dice: «En la última cacería batí el récord matando en muy pocos ojeos cerca de cinco mil perdices.»
He comentado después la carestía de la vida, reconociendo Franco la falta de energía de los alcaldes, especialmente el de Madrid, que carece de ella para luchar contra los intereses creados, sobre todo en los asentadores. Dice Franco: «Hay concejales que lo son y esto contribuye a que no se combata el mal.» ¿Por qué lo consientes?
Me cuenta Franco:
«El gobierno francés me ha informado del deseo del infante Don Juan de ver a De Gaulle, y se le gha contestado que no hay inconveniente por nuestra parte.»
Me habla Franco de la estabilización:
«Opino que dará resultado. Lo malo es que nos vamos a quedar sin ministros de Hacienda, pues Navarro tiene once hijos y necesita ganar más dinero para sostenerlos y educarlos. El cargo de ministro no es rentable y un hombre como él gana mucho con su bufete. Le sucede lo mismo a Blas Pérez, que siempre estaba deseando recuperar su bufete.»
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco.
Tres. 24 de septiembre de 1955
Ayer me visitó Eugenio Calderón en mi despacho oficial y me estuvo hablando de la competencia que el I.N.I. [Instituto Nacional de Industria] hace a la industria particular matando la iniciativa privada. Transmitiré al Generalísimo todas sus argumentaciones, con las que estoy de acuerdo. Pero tengo la seguridad que el Generalísimo no le dirá nada al ministro sobre el asunto.
Después de un viaje pesado por Barbastro, llegado a Pont de Suert, donde se ha inaugurado una iglesia; a las diez llegamos a la Farga y en sus inmediaciones se alojan SS. EE.
Carmen no se pierde nada, sin duda no considera oportuno que su marido inspeccione sólo las cosas oficiales. No se da cuenta de que sería preferible dejase solo a su marido en estas visitas, pues tienen que asistir las señoras de los ministros y de todos los consejeros, y tienen que alojarse en dependencias de pueblos de pocos recursos. Ramos de flores, obsequios y las comidas oficiales, que cuando va ella, no sé por qué, cohíbe mucho a la gente, y hasta su marido, que cuando está solo es completamente distinto; con ella se le ve más cohibido y pensativo, más serio y poco hablador. ¡Cuántos gastos se ahorraría el Estado y cuánta más independencia tendría el Caudillo si su mujer se quedara en casa como hacen todas las señoras de presidentes y jefes de Estado!
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco.
«La única enfermedad que tengo son mis setenta y tres años»
Hoy le informo sobre algunas conversaciones pesimistas que he oído con relación a la situación política, las reacciones separatistas de Cataluña y Vizcaya, y el problema de las universidades. Le he dicho que la impresión de la gente es que el gobierno es débil y que por eso el enemigo se envalentona, provoca disturbios y siembra la desconfianza y el pesimismo. Franco me contesta diciendo:
No hay razón para que se hagan esos comentarios, a no ser que deseen que el gobierno se dedique a matar estudiantes y se declare enemigo del clero. La serenidad de que constantemente damos pruebas demuestra que nuestra conducta está respaldada por la razón; no hay que abusar de la fuerza, que debe reservarse para momentos difíciles que afortunadamente no son los actuales. El gobierno no se saldrá de la ley no hará víctimas inocentes que es lo que están deseando los enemigos de dentro y de fuera de España, que se creen que yo me voy a morir de un momento a otro achacándome toda clase de enfermedades. Cumplimos con la ley y de ella no pienso salirme. Si es necesario, dentro de esa norma se apretarán los tornillos, pero jamás perderemos la serenidad.
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco.
Cinco. 26 de mayo de 1966
«El mal de Parkinson »
Ayer regresó Franco de su temporada de pesca por Asturias. Traía un aspecto sano y fuerte, del sol que ha tomado, pues ha hecho buen tiempo. Le dije, hablando de la pesca: Me figuro que tú no te metes ya en el río y que pescarás prudentemente desde la orilla. Me contestó: «He estado todo el tiempo metido en el agua y además me he mojado por tener descosidas las botas largas que me pongo. » El aspecto del Caudillo desmiente los rumores que corren acerca de su mal de Parkinson. Se le notan los años, cosa natural, pues los viejos no podemos ocultarlos, sobre todo superando los setenta. Hablamos sobre Gibraltar”.
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco.
Seis. 17 de noviembre de 1966
«El premio Nobel de la paz »
Le hablo al Caudillo de un artículo de periódico de Oslo titulado «Adhesiones para solicitar el premio Nobel para el general Franco» (Oslo, 15-7-1966). En él se dice que podría dársele el premio Nobel «por la sabia y prudente política exterior desarrollada por España bajo la dirección del general Franco…» El Caudillo dice:
Esto no tiene fundamento, y dado el ambiente que hay en las naciones escandinavas en contra del régimen español, es seguro que nadie ha pensado en mí para el premio Nobel de la paz.
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco.
Siete. 8 de enero de 1971
«El día de mañana»
…Tal vez el día de mañana mis herederos dirán qué yo era «primo» en toda la acepción de la palabra, por no explotar mi cargo ni mi apellido. El Generalísimo nada me ha dado por mis servicios durante tantos años, mi trabajo constante durante la guerra a su lado; lo que tengo y lo que soy me lo debo a mí mismo y a nadie más. Antes de cumplir los treinta y dos años tenía un ascenso por méritos de guerra, la medalla militar individual y otra colectiva. Cuando empezó nuestra Guerra de Liberación yo llevaba una de las mejores carreras del Ejército. Cuando terminó la guerra me habían saltado en el escalafón infinidad de compañeros y por poco no consigo llegar a teniente general. Si no mandé ninguna unidad en la guerra fue porque el Caudillo me lo negó, por considerarme necesario a su servicio inmediato; con lo cual me causó una desilusión y un perjuicio en mi carrera. La casualidad de fallecer siete generales más antiguos, pero más jóvenes que yo, hizo que pudieses llegar a teniente general todavía en activo. Expongo todo esto aquí pues sé lo apasionada que es la crítica, y en cierto libro del Opus que conservo parece que se comenta, censurándome, que yo he empleado mi apellido. Éste no me ha reportado jamás ventaja alguna. Impulsado por la fe y el cariño hacia mi primo, y sobre todo a mi Patria y al Ejército, no me pesa haberme portado como lo he hecho durante tantos años, con tantísimo desinterés. Me queda una conciencia muy tranquila y limpia, y esto me da una satisfacción de espíritu que vale más que nada…
(He dejado de escribir estos cuadernos por motivos de salud.)
[Enero de 1971]
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco.
Fin




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