Ayer recibí un amable correo de Elena Casero en el que me informaba de la entrada que un blogger conocido había escrito. El comentario trataba de las bitácoras, de la libertad que han de darse quienes las mantienen abiertas. No han de sentirse fiscalizados, controlados o perseguidos por ciertos lectores inquisitoriales o quisquillosos que reclaman al autor el blog que a ellos les gustaría escribir. Con guasa y con dolor, dicha entrada se titulaba Manifiesto del mal blogger. Suscribo casi por entero las cláusulas de su panfleto y, desde luego, me adhiero a la libertad que exige frente a lectores melindrosos o irritables. De todos modos, más allá de esos bloggers severos que nos inspeccionan, el principal custodio de nuestra escritura es uno mismo que, sometido a cierto tipo de disciplinas, se exige determinadas cosas. Nos mostramos, nos revelamos, y eso hace que el superyó más o menos tiránico que nos vigila acabe por ser nuestro principal gendarme. Decía Freud que el superyó es una instancia psíquica en la que se reúnen el ideal del yo y el tribunal de conciencia. Es decir, lo que nos gustaría ser, aquella figura mejorada del yo a la que nos gustaría parecernos, pero también unos criterios morales más o menos inflexibles con los que nos medimos a nosotros mismos. Pensando en ello y recordando viejas lecturas, he querido preguntarme por qué escribo este blog.
Pues bien, en mi auxilio acude Roland Barthes, un semiólogo que, como ayer recordábamos, es objeto de denuesto y caricatura por parte de Félix de Azúa. Barthes no fue ese oráculo oscuro e irresponsable, al menos todo el tiempo, sino un autor reflexivo que se interrogó principalmente sobre la escritura y la comunicación. Hace muchos años, en 1969, a requerimiento de Il Corriere della Sera enumeraba las razones por las cuales creía que escribía, un sencillo decálogo sobre las exigencia del yo o del superyó (quién sabe), pero en todo caso un manifiesto particular del que aún podemos extraer lecciones aprovechables. Ahora, ustedes pueden leerlas en un pequeño volumen que reúne textos breves, entrevistas, sueltos de periódico, obra efímera de Barthes en la que hallamos, sin embargo, una reflexión profunda acerca de las Variaciones sobre la escritura (Paidós).
Los motivos que Barthes se daba son semejantes a los míos, a los de tantos de nosotros que emborronamos papel o pantalla, aunque de algunas de esas razones discrepe. La enumeración es exhaustiva, clara, metódica: no se confirma, pues, ese diagnóstico de Félix de Azúa cuando con furia retrospectiva le achacaba a Roland Barthes oscuridad culpable. En todo caso, sólo cabría reprocharle al autor, al gran Barthes, que en su respuesta se sometiera a los números redondos, esos contra los que combate con suerte desigual Enrique Vila-Matas. Por esto, el breve texto al que aludo lleva por título “Diez razones para escribir”. Probemos, pues, a leerlo tomándolo como falsilla de mis propias razones.
En primer lugar, admito escribir en este blog “por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico”, con la pura fruición e incluso con la alegría: por eso no me gustan las declaraciones avinagradas que en otras bitácoras leo. No comprendo por qué se extiende el rencor en la Red y por qué el tono áspero, hosco, de ciertos internautas puede llegar a contaminar a los simpáticos comunicantes que frecuentamos.
En segundo lugar, escribo “porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible”: me libera de mí mismo, me vacía, me trocea, me expone sin que tenga que sentirme ufano por pastorear a una grey de adeptos. Hay bitácoras en las que se establecen custodios de guardia que son como la guardia pretoriana del blogger maximus.
En tercer lugar, quiero pensar –ojalá sea así–, quiero pensar, insisto, que escribo “para poner en práctica un don, satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia”, algo que me justifique. Tal vez. Al escribir descubres frecuentemente eso que no sabías que sabías y al poner en orden las palabras, exhumas lo que ignorabas que poseías. ¿Narcisismo? Por supuesto, la escritura como espejo gracias al cual te acicalas haciendo retoques a una identidad que deseas mejorar.
En cuarto lugar, aunque me produzca un cierto embarazo admitirlo, probablemente también escribo “para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado”, un modo de hacerme otro hueco emocional, o una manera fría, electrónica, de tener interlocutor. Hay amigos que nos quieren y a los que conocemos desde hace muchos años (Un abrazo, A…). Eso produce unos sobreentendidos que alivian los empeños a que nos obliga la amistad. Pero con los nuevos interlocutores que te leen y que sólo conoces por la Red inicias un flujo de sentimientos también emocionales y ambivalentes, a pesar de la frialdad del medio.
En quinto lugar, y contrariamente a lo dicho por el Barthes sesentayochista no creo escribir “para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos”: me gusta equivocarme solo y, por eso, no suelo firmar manifiestos colectivos. Me gusta equivocarme solo, pero el hecho de escribir un blog te acerca a lectores diversos que opinan sobre lo que dices y cómo lo dices. ¿El resultado? Estableces una interlocución que tiene mucho de pelotera intelectual, de rifirrafe finalmente ideológico.
En sexto lugar, desconozco si escribo “para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente”: no lo sé. Aquí sí, aquí reaparece el Barthes oscuro y heideggeriano.
En séptimo lugar, no estoy muy seguro de escribir “para satisfacer a amigos e irritar a enemigos”: hay gente así, gente amable o enojada pero fiel que me sigue para amonestarme o para acreditarme. Pero yo creo escribir para satisfacer o irritar a mis propias almas, como decía Montaigne. ¿Solipsismo? Uno se despliega y se critica, y cuando escribe aprecia y distingue lo que por desgajarse ya no es enteramente propio.
En octavo lugar, sin embargo, no me veo con fuerzas para escribir con el propósito de “agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad”: una tarea titánica, colosal, para la que, efectivamente, no estoy dotado ni interesado. El pequeñoburgués que siempre fui tal vez me impide proponerme labores tan formidables. Es curioso: por un lado, la escritura en la Red parece facilitar la construcción y la deconstrucción, la opinión y la contraopinión. Pero esa obra efímera tiene efectos duraderos: Internet se escribe ahora así y, por tanto, la condición inmediata e inestable de los textos provoca, por un lado, el efecto instantáneo y, por otro, la caducidad de lo dicho. Guste o no guste…
En noveno lugar, ojalá algún día llegue a escribir “para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas”, para apoderarme “de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos”, para evitar el tópico. No es fácil: la lengua es una cárcel del sentido en la que lo estereotipado, lo previsible, lo fijado o lo normal reaparecen tras cada línea. Me conformo con acertar alguna vez escribiendo lo inesperado.
En décimo lugar, ojalá escriba “y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y causa noble), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo”. Como lo es también la escritura electrónica, el blog descentrado, el comentario periodístico, ese fragmento inconstante e inevitablemente incongruente. No hay sistema: sólo tanteos con que interpretar la realidad, esa realidad a la que siempre habría que poner entrecomillas, según Nabokov.
Lo que hay es la felicidad, una idea tan dieciochesca. Los revolucionarios americanos y franceses también hicieron públicos sus manifiestos para fijar la tabla de derechos naturales de que estaba dotado el ser humano. Esos derechos se pensaron para evitar la interferencia, el aplastamiento, el ultraje, la humillación, y sobre todo para proclamar la libertad de cada uno. Cada uno de esos individuos portadores de derechos eran libres de buscar por sus propios medios la felicidad. Yo creo que el rencor que hoy se arroja en tantas ventanas de la Red es muestra de infelicidad, de averías emocionales muy serias de quienes emplean la escritura para denigrar o para dañarse. Me gustaría que este blog siguiera siendo un lugar amable en el que la discusión y la interferencia de unos y otros no nos impidiera a cada cual buscar sus propias vías de felicidad, sus propias formas de expresión. Perdonen esta declaración, pero prefiero el tono afectadamente cursi de la palabra (felicidad) a los rugidos que se escuchan en Internet.

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