1. Lecturas indigestas… El azar ha querido que después de releer Cien años de soledad cayera en mis manos una obra escasa y escandalosa a la que hincarle el ojo. O, mejor dicho, siempre que me doy un festín glotón con lecturas edificantes y copiosas, me suelo imponer una dieta de libros innecesarios, prescindibles pero no por ello aburridos. Leo la recomendación que, a este propósito, nos da Manuel Rodríguez Rivero en Abcd (el suplemento cultural de Abc): «Se pregunta atinadamente el filósofo Miguel Morey (Pequeñas doctrinas de la soledad, Sextopiso) si vale la pena leer una sola vez un libro que no merece ser leído dos veces. Yo, con los años, he resuelto el dilema de modo ambiguo: no, si leyera sólo para mí; sí, en el caso de desdoblarme en crítico o comentarista de lo que se publica, qué remedio. Y, además, uno nunca sabe qué libro merece ser leído dos veces hasta que no lo ha hecho una primera. Y entonces ya es demasiado tarde».
Convengo con Miguel Morey y con Rodríguez Rivero en que no todo libro merece ser leído dos veces, pero eso no significa que sólo sea válida la dieta de la excelencia, que por principio parece irrepetible. De vez en cuando hay que comer en un fast food o deleitarse con tapas o con raciones disfrutando de la modesta gastronomía. Igual que algunas veces hay que comer torpes platos para contrastar, para no olvidar lo que es la mala cocina, lo que es la pésima elaboración. Por analogía al fast food, algunos lo llaman el género de los libros-basura. Yo sería más preciso y rotularía esos volúmenes como obras de lectura rápida: rápidamente confeccionados, como una hamburguesa monda y lironda, podemos zampárnoslos en un santiamén. Hay que evitar –eso sí– que nos intoxiquen, que nos sienten mal o, en el peor de los casos, que acaben pervitiéndonos…
He leído en pocos días 100 personajes que hunden España, de Curri Valenzuela. No les recomiendo su lectura: puede producir malas digestiones, dada la mezcla de ingredientes sin criterio (de un lado, los buenos; del otro, los malos…); puede dañar el metabolismo a consecuencia del descuido de su prosa, con tropezones indigestos (entre otros, el persistente uso del verbo cesar como si de un transitivo se tratara); puede provocar intoxicación, en fin… Se subtitula De Zapatero a los hombres que visten de negro. La autora es una periodista de largo recorrido que ha ido a parar a Telemadrid, cadena en la que dirige Alto y Claro, un debate político. Sólo ha escrito un libro: éste. Yo he querido rendirle homenaje a quien ha realizado tan ímprobo esfuerzo y, por eso, lo he leído. No comprendo por qué no había escrito ningún libro hasta la fecha si su experiencia de reportera empieza en los años setenta. ¿No tenía nada que decir? Pero comprendo menos que, una vez decidida, haya escrito este plato tan descuidado. Uno no está varias décadas acumulando experiencias para después perpetrar unas páginas tan anémicas y nocivas.
La verdad es que el libro resulta estomagante, indigesto y ni siquiera es involuntariamente divertido (como los volúmenes de Jiménez Losantos o de Ignacio Villa). Es un repertorio de tapas…, digo de viñetas: rápidos esbozos de cien personajes que, a juicio de la autora, hunden España. Si hacen tal cosa, entonces es que son explícita o implícitamente antiespañoles: gentes dedicadas a destruir el país. Imaginemos que eso sea cierto –digo: imaginemos que haya gente expresamente dedicada a hundir España–, entonces el volumen debería establecer una jerarquía del mal, ¿no es cierto? No es lo mismo quien hunde su país por ser atolondrado e irreflexivo que quien lo hunde por antipatriotismo convicto y confeso. Uno de los problemas de Curri Valenzuela es que no establece ni la jerarquía ni la graduación ni el criterio del antipatriotismo, cosa que le da un sentido completamente arbitrario a su lista. En ella caben desde Rodríguez Zapatero hasta Manolo Escobar, desde Los del Río hasta Josu Ternera. Podría reproducirles pasajes absolutamente banales de esas viñetas, pero me costaría un esfuerzo suplementario. Ya he hecho bastante: no les pido que compren el volumen. Porque, en efecto, no se puede comprar un libro en el que la autora dice: «por último, he intentado retratar brevemente a estos 100 personajes que creo que están tratando de hundir España sin amargura y sin acritud. Porque ése no es mi estilo. Y porque sé que por cada uno de estos cien hay otros cien personajes que todos los días trabajan para salvar a España. Pienso que soy uno de ellos. Y espero que todos nosotros ganemos al final. Somos más y mejores y, además, nos lo merecemos. España es un gran país».
Así es: no puedes comprar un libro cuyo prólogo acaba de ese modo, con esa primera frase tan mal redactada. La ambigüedad del sentido hace creer que los que obran «sin amargura y sin acritud» son quienes hunden España. No se puede recomendar una obra que divide el país entre los que salvan y los que hunden: es sectarismo extremo. No se puede alentar su adquisición, no. Y, sin embargo, el volumen que yo tengo en mis manos va ya por la tercera edición: supongo que las ventas obedecerán al influjo mediático de Telemadrid y también al extremismo verbal que se ha impuesto en ciertos sectores de la España irritada, cuyo poder adquisitivo les permite comprar entera la biblioteca del buen patriota. En todo caso, yo no he comprado el libro. He hecho de lector gorrón, que decía Groucho Marx. En mi querida librería me consienten estas cosas: saben que tengo un gusto pervertido que me hace intoxicarme breve y frecuentemente con lecturas venenosas. Por eso, me administran gratuita y periódicamente mi dosis de tóxico. Si a pesar de mis palabras, ustedes tienen interés en hincarle el diente, hagan como Groucho, ejerzan de lectores gorrones: acudan a unos grandes almacenes y ojéenlo… Después tómense bicarbonato.
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2. Lecturas bien aprovechables (11 de julio de 2007):
Ralf Dahrendorf, Premio Príncipe de Asturias.
-La crónica de Efe en Levante-EMV y en El País.
–Mi primer artículo en Levante-EMV fue sobre Ralf Dahrendorf…


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