
Leo en Abc que, coincidiendo con una visitadel Rey a Gerona el día 13 de septiembre, un grupo de cuatrocientos exaltados que se oponían a dicha presencia se manifestaron con contundencia, llegando a quemar fotos de los monarcas españoles. Tenían una particularidad las fotos incineradas: estaban puestas del revés. Por lo visto en televisión, por las banderas de que eran portadores y por los símbolos de que se rodeaban, se infiere que esos manifestantes eran maulets, se autodenominan maulets, y al invertir el retrato de los reyes repetían lo que la tradición atribuye a los naturales de Xàtiva: los nacidos en esta localidad valenciana tuvieron que padecer el incendio de su población, ordenado por el primer Borbón que se instaló en España (de ahí el sobrenombre con que se les conoce: socarrats). La ciudad de Xàtiva fue quemada como castigo a la resistencia que opuso al linaje Borbón. ¿A qué época nos referimos? Estamos hablando del siglo XVIII, de la guerra de Sucesión que se libró entre las tropas que postulaban al Archiduque Carlos y las que seguían al futuro Felipe V. Las venganzas fueron amplias y reconocidas por la historiografía, características por otra parte de tantos enfrentamientos bélicos. Cuando la guerra es verdaderamente un conflicto entre caballeros, entonces los lances tienen por propósito desarmar al enemigo evitando que sus tropas nos dañen o malogren. La legitimidad asiste a las partes y, por tanto, el adversario es visto como un oponente caballeroso y temible que merece ser tratado dignamente. En cambio, cuando el conflicto cobra perfiles de guerra civil, entonces al enemigo se le quita toda legitimidad: más aún, se le concibe como un verdadero enemigo interior, rebajándosele incluso su condición humana.
La guerra, esa guerra así concebida, “procede de la enemistad, ya que ésta es una negación óptica de un ser distinto”. Esta aseveración la dejó escrita Carl Schmitt en su obra El concepto de lo político (1932). Por eso, las guerras civiles suelen ser tan crueles: a quien se tiene enfrente no es al inimicus sino al hostes: es decir, se tiene a algo más que un adversario: es nuestra negación o contraparte, aquel con quien no puede negociarse, aquel que nos refuta por el simple hecho de existir. Es posible que nos haya infligido daños reales, objetivos, pero, sobre todo, lo más importante es que los menoscabos materiales o fantaseados los vivieron nuestros antepasados y ahora los seguimos viviendo como insoportables. No se pueden olvidar y el trato que podemos dispensar sólo es el de la venganza. Así lo vive determinada gente.
La guerra de Sucesión tuvo mucho de estas características, pero no porque fuera la imposición de una nación extranjera sobre otra, no porque se implantara una institución extranjera sobre la propia, sino porque las instituciones en conflicto las defendieron unos naturales contra otros y, por tanto, la legitimidad de una sólo podía ser la ilegitimidad de la otra. Pero del resultado de aquella guerra se beneficiaron no sólo las tropas foráneas defensoras de un nuevo orden, sino también tantos y tantos catalanes y valencianos (¿botiflers?) que se valieron de la nueva Monarquía para sus intereses particulares. Los historiadores que han estudiado el Setecientos así lo han mostrado fehacientemente. Un juego de suma cero se libraba, como también se libraban el cese de privilegios y la concesión de nuevas ventajas para los nativos. Al parecer, muchos naturales de Xàtiva manifestaron una firme oposición a Felipe V y de ahí vino el incendio de la ciudad, su cambio de nombre (San Phelipe) y otras sevicias menores que los ganadores impusieron. Como contrapartida, como acto de venganza simbólico, aunque tiempo después, el retrato del Rey sería vuelto del revés para su escarnio y oposición.
Ahora, varias centurias después, unos autodenominados maulets han invertido la fotografía de Juan Carlos y Sofía y, con un retraso de siglos, les han hecho pagar a los Borbones la crueldad de aquel incendio principal ocurrido en Xàtiva: les han hecho pagar por ello pegándoles fuego mientras con fervor viril coreaban “los catalanes no tienen Rey”. De dicho acto podemos efectuar varias lecturas: desde la obvia, el infantilismo violento (son adolescentes enrabietados), hasta la refinada y melancólica, el historicismo (las llagas y las fantasías no se curan); desde la impotencia ideológica (sólo cuatrocientos maulets), hasta la exhibición mediática. La violencia resulta muy atractiva en televisión cuando del acto cometido no se sigue sangre o descuartizamiento. Que un emigrante se queme a lo bonzo resulta insoportable para nuestras tiernas retinas, claro. Que a una persona que simboliza algo se la carbonice en efigie para algunos puede resultar hasta entretenido. Ésa es la lógica de los medios… Pero la historia nos muestra que la quema en efigie es muchas veces cobardía achispada. Esos individuos que incineraron las fotografías para que las televisiones las registraran no se creerán cobardicas ni gallinas: se juzgarán machotes y cojonudos, incluso alegres y combativos. Pero su acto no es más que un gesto impotente, el primer paso del progrom, del linchamiento que una colectividad embriagada comete.
Hace mucho tiempo, en los años sesenta, a Joan Fuster lo quemaron en efigie unos bárbaros que lo repudiaban y, por ello, montaron la ceremonia de un auto de fe. La combustión sucedía el 9 de marzo de 1963 y, como el propio Fuster dijo en Combustible per a Falles, “estas circunstancias solían darse de una manera regular en las antiguas combustiones de heresiarcas, cuando el reo era condenado en rebeldía o a título póstumo”.
Patética venganza…

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