Resurrección

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1. Resurrección 

Durante las pasadas vacaciones, he hecho lo que habitualmente hago en esas circunstancias: camino horas y horas, me oxigeno, levanto la vista y miro lejos. Quizá con la esperanza de atisbar lo que a simple vista no distingo, con la intención de descubrir mientras ando. Los picachos de la Sierra de Aitana siempre me procuran un placer completo: imponentes, pero accesibles; de colores matizados y vivos, con olivos centenarios, con almendros que pronto florecerán. Hay en el entorno algo primitivo, milenario por supuesto. Desde chico, cuando hago marchas montañeras siempre recuerdo la vista que una vez tuve en la cima del Montcabrer, próximo a Cocentaina. Yo era uno de los jóvenes excursionistas que habían ascendido vigilados por un adulto. Mientras divisábamos todo el valle, ese acompañante experimentó algo parecido al arrobo. Con énfasis nos preguntó si viendo lo que veíamos acaso dudábamos de la existencia de Dios. Siempre me ha hecho gracia esa inquisición tan… evidente, tan previsible: similar a la sensación de lo sublime bien codificada desde el primer romanticismo. Lo sublime, otra vez…., entre peñascos milenarios.

Digo milenario y recuerdo otros picachos vistos en una película reciente. Así es. En estos días de vacación, cuando no estaba cultivando el cuerpo, estaba en el cine o leyendo. El Domingo de Resurrección, por ejemplo, acudí a una sala de Benidorm con el objetivo de ver 10.000. Pude cumplir mi propósito a pesar de las multitudes turísticas. 10.000 es un film de Roland Emmerich, suficientemente espectacular y entretenido: trata de una hazaña, de una gesta ocurrida diez mil años antes de Cristo entre los nativos de una pequeña tribu, un pueblo cazador. Entretenimiento para la tarde de un domingo… de Resurrección: no pidan más. Es una película  en la que el peplum se recupera como cuento popular, colectivo y mítico; es también cine de aventuras en que el protagonista, un joven corriente de esa comunidad, se ve obligado a comportarse como héroe. ¿Cuántas veces no habremos escuchado, visto o leído historias en las que un muchacho corajudo ha de restaurar el desorden que el mal ha provocado? En 10.000 hay unos malvados, por supuesto: los llamados “diablos de cuatro patas” que dañan, esquilman, queman, roban bienes y personas de otros pueblos vecinos. No sólo por avaricia, sino también por estricta perversidad. La rapacidad de los villanos no tiene límites: en los cuentos, los malvados destruyen lo ajeno (las chozas, las pequeñas infraestructuras) para agostar la vida, para impedir que florezca lo básico. Lo mismo sucede en esta película.

Un muchacho –cuyo padre abandonó la tribu (¿cobardemente?)– restaurará el buen nombre del progenitor enfrentándose a dichos villanos: como el Telémaco que sale en busca de Ulises. Para ello, el joven nativo deberá caminar soportando el frío y el calor extremos a través de vastísimos desiertos de nieve y arena: deberá marchar al frente de un pequeño grupo de intrépidos, una pequeña vanguardia que con arrojo se atreve a dejar la comunidad para recuperar a los convecinos secuestrados, a la amada… de ojos azules. Deberá asimismo contener la embestida de fieras fantásticas y de cazadores prehistóricos.

Dicha película, que la crítica ha vapuleado, amalgama civilizaciones y ciertas tradiciones culturales: la magia de la comunidad primitiva, las legiones del Imperio romano, las pirámides del antiguo Egipto. También distingo mucho cine en sus fotogramas, repetición de secuencias ya vistas: la camaradería de Objetivo Birmania, por ejemplo. Hay momentos en que uno cree acompañar a Errol Flynn y a su grupo de intrépidos soldados a través de la jungla birmana, avanzando entre las líneas enemigas. Hay otros momentos en que uno cree ver nuevamente a Frodo en la Tierra Media de El señor de los anillos. No es que cada uno de esos elementos esté claramente diferenciado o debidamente contextualizado para que el espectador no confunda lo que no debe confundir. En realidad, todos esos motivos –y otros que se añaden a lo largo del metraje– son objeto de representación híbrida y ficticia, sin intención historicista alguna.

Yo me dejé llevar por la acción, sin mayores pretensiones, como me dejo llevar por el sendero cuando camino por el Valle de Guadalest: por la Vall de Guadalest. No persigo nada, no busco nada. Simplemente ver a lo lejos.

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2. El cementerio de Guadalest. Un presentimiento de felicidad

En los cementerios es fácil abandonarse a la sugestión gótica: los huesos exhumados, el moho que todo lo envuelve, la herrumbre de los crucifijos, el cardenillo que ataca los cobres o, más aún, esos árboles enhiestos de sombras amenazadoras. Hemos leído relatos sobre este presentimiento ancestral: el bosque que nos rodea y nos absorbe con la intimidación apremiante de lo desconocido. Y lo desconocido es lo invisible, lo informe, pero también lo que habiendo sido conocido se enterró. Es el miedo siniestro, según Freud: es el que provoca aquello que habiendo sido familiar en otro tiempo ha permanecido inhumado para finalmente regresar o desvelarse.

En los camposantos grandes, el visitante se deja fascinar por la edificación funeraria y por la rivalidad arquitectónica: aturdido, teme perderse entre enterramientos ostentosos. En los cementerios pequeños de  poblaciones chiquititas, la muerte irrumpe directamente para mostrarle al espectador la existencia, una eternidad breve de ochenta o noventa años por vivir, esa que se compendia en una lápida escueta. Hay que visitarlos. ¿Por qué razón?

En ellos no hay pretextos arquitectónicos. Las inscripciones de las tumbas son concisas y su laconismo nos achica mostrándonos la futilidad de tantos esfuerzos. El escritor E. M. Cioran, que supo disfrutar de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, recomendaba visitar estos cementerios. ¿Para hacer qué? Para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito y del espejismo.

En tiempos de bonanza es precisamente cuando hay que acudir a estos camposantos. Hemos visitado uno muy pequeño, emplazado en un lugar insólito, un cementerio que no reúne más de ochenta tumbas. Tiene el punto exacto de abandono que estos osarios han de tener: lápidas casi desleídas o ya ilegibles, cruces quebradas, flores secas que ya nadie renueva y esa sensación de hacinamiento y de asfixia que trae la muerte, la Parca que todo lo iguala. ¿Dónde se encuentra?

El  Valle de Guadalest es probablemente el paisaje valenciano más bello, ese lugar en el que una Naturaleza  imponente de riscos milenarios no resulta victoriosa o amenazante, sino acogedora. El olivo, el almendro, o ese sotobosque de arbustos olorosos que se alza hasta las Sierras de Aitana, de Xortà o de Serrella  aún tapizan las faldas de aquellos peñascos. Situada en el interior de La Marina Baixa, con una orientación NW-SE, la vall de Guadalest es una depresión entre esas sierras voluminosas, una depresión habitada por poco más de mil habitantes de sus distintas poblaciones: Confrides, l´Abdet, Benifato, Beniardà, Benimantell y el Castell de Guadalest.

Es en este último lugar en donde descubrimos el cementerio que inspira estas líneas. Enclavada en el eje del valle, sobre una cresta rocosa de grandes dimensiones, está dicha población, y en su centro mismo hallamos los restos del viejo castillo señorial de los Orduña. Entre éstos, en su  parte más elevada, está la vieja Torre del Homenaje, pero también está el cementerio pequeño al que acudir, al modo de Cioran, para corroborar la insignificancia, la poquedad, de los empeños humanos. La visita, previo pago, permite confirmar la belleza inaudita de este paisaje. Si subimos hasta allí podremos contar con vistas hermosísimas de todas las sierras que delimitan el valle: la convulsión extática del berrocal eterno, decía Gabriel Miró en Años y leguas.

Podremos apreciar la heredades y la edificación blanca de Benifato, de Beniardà, de Benimantell, en ese valle abancalado: hondo, fresco y quemado de colores, añadía el escritor. Podremos divisar en la lejanía el Mediterráneo que baña a Benidorm y desde el que sopla un levante benigno que siempre ventila con fragancias deliciosas. Son los vivos que acuden y los difuntos que allí reposan quienes disponen en insólita hermandad de la mejor localización del valle, del emplazamiento  más cercano al azul puro del cielo, un valle al que Miró llegó a comparar con el Paraíso: él, espectador “poseído de un presentimiento de felicidad, y más hondo, el de su límite, el de la muerte, rodeado de la permanencia impasible de Aitana”. 

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Fotografías: Víctor Serna

27 comments

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  1. Marisa Bou

    ¡Querido amigo, no sabe usted como me ha emocionado su relato del cementerio de Guadalest! Yo no lo conozco, pero no dudo que será hermoso, pues parecería que escogemos siempre el mejor paraje para dar descanso a nuestros muertos. No suelo ir a menudo, sólo cuando se da sepultura a alguien a quien he conocido y querido. Pero siempre me lleno los pulmones con su aire límpido, los ojos con la riqueza de sus colores, los oídos con su profundo silencio, las manos con la frescura de sus mármoles y la mente con los cálidos recuerdos de quienes allí descansan. Incluso aunque se trate de esos tan enormes, que nunca dejan de crecer, a pesar de la carestía de suelo urbano. Me siento tranquila al pasear por esas avenidas silenciosas, donde sólo el viento en los árboles se atreve, a veces, a levantar la voz. Alguna vez he ido a poner flores sobre una tumba, trabajo relajante y exquisito, e incluso me he atrevido a mantener una breve charla en la que yo interpreto los dos monólogos, basándome en el recuerdo del muerto. Y, como que era un fumador empedernido, igual que yo, acabo sentada sobre la lápida, fumando un cigarrillo al sol en su compañía.
    Es un ejercicio que recomiendo. Ayuda a encarar la muerte en su dimensión precisa, a no temer aquello que, desde que nacimos, sabemos que un día ocurrirá…

  2. Nicolás

    Qué buena reflexión Justo. Me dieron ganas de pasear por un cementerio mientras leía. A diez mil la vi hace unos días y la verdad es que, como me pasó con trescientos (las películas se llamarán cada vez más así: como veinte mil o mil novecientos ochenta y cuatro), me gusta la mezcla al estilo comic. No me gusta el estilo Mel Gibson porque allí no hay pastiche sino error. Saludos y otra vez: buen post.

  3. Miguel Veyrat

    Me uno a la reflexión de Justo sobre la muerte y los vasos que el hombre fabrica para contenerla, segunda fase de civilización tras el descubrimiento del monolito fálico, signo de vida para señar el lugar de la fosa. Pero todo ello, y su alusión cinéfila me lleva a recordar la reciente muerte de uno de nuestros grandes que consiguió el prodigio de reconciliar a la mente y la emoción con el cine español, Rafael Azcona, luchador contra la barbarie de la pena de muerte cuando defender su abolición suponía llamarla, irónico “perdedor” oculto cuya última ironía, en frase afortunada de Manuel Vicent, ha sido fallecer discretamente el domingo de Resurrección. Paz al guerrero intelectual.

  4. jserna

    La muerte en directo

    También yo me uno al dolor por la muerte de Rafael Azcona, de Josep Benet y de Arthur C. Clarke.

    De Azcona, pueden leer la crónica de su vida y de su muerte.

    De Benet, pueden leer la nota necrológica de Borja de Riquer.

    De Clarke escribía ayer mismo Fernando Savater uno de sus artículos sensibles.

    Me hizo gracia que Savater coincidiera conmigo en una expresión tópica, ciertamente, pero que aquí empleamos tiempo atrás. El filósofo donostiarra decía: “Arthur C. Clarke fabricó algunas pócimas para esa dolencia extraña, la nostalgia del porvenir”. Hablando de ‘2001’, yo mismo empleé meses atrás una expresión semejante (y desde luego nada original): “Era una película pomposa, cierto, pero qué película, señores. No puedo volver a verla (o a oírla) sin sentir una punzada de nostalgia por el… futuro”.

    http://blogs.epi.es/jserna/2007/01/22/nostalgia-del-futuro/

    Perdonen el narcisismo, pero todo lo dicho últimamente remite a la muerte. ¿Serán los efectos de la Semana Santa? En los próximos días he de escribir una reseña para Ojos de Papel de La cinta de Moebius, de Manuel Talens. Muerte y resurrección son asuntos centrales de esta sátira teológica…

  5. jserna

    Ah, Marisa, Nicolás, gracias por sus palabras. Habla Miguel del “descubrimiento del monolito fálico, signo de vida para señar el lugar de la fosa”. Y habla de mi alusión cinéfila. Gracias. Aunque sea una asociación involuntaria, hablar de monolito y de cine me remite nuevamente a ‘2001’. Ustedes recordarán y me perdonarán otra vez. Refieriéndose a la muerte de Clarke, decía Andrés Ibáñez en ‘Abc’: “para todos los niños que a finales de los sesenta vimos por primera vez esa película y nos sentimos sobrecogidos y fascinados, hoy es un día triste, pero también podemos sentirnos alegres, porque sabemos que a partir de esta noche, hay una nueva estrella que brilla en la vía Láctea”.

    http://www.abc.es/20080319/cultura-cultura/nueva-estrella_200803190933.html

  6. David P.Montesinos

    Hablando de la vida y de la muerte, “2001” tiene la virtud de inclinarnos hacia la más básica y a la vez trascendental de las reflexiones, no tanto como suele interpretarse aquello tan sobado y tan inane del “sentido de la existencia”, sino más bien el porqué de continuar, el porqué de seguir decidiendo a cada momento resistirse a la desaparición, el por qué sosterse en pie con el corazón encogido por el temor a ese unplugged sin vuelta atrás que es la muerte… “Tengo miedo”, dice Hal, castigado a la desconexión, es decir, a la pena de muerte, por su insolencia de revelarse contra su condición de siervo programado. Pero entonces… es que ya no es una computadora sino un ser humano, pues es capaz de temer y sentir, es capaz de decir no a la inexorable caducidad del programa… y es sobre todo capaz de revolverse contra sus amos, a veces al precio de la propia iniquidad, como sucede en la novela de Clark.

    Entiendo lo de la nostalgia del futuro. Yo era un crío cuando en la Philips en blanco y negro de mi casa mi padre veía películas americanas de astronautas e invasores marcianos… Tardé poco en torcer mi mirada hacia los estantes de la librería y coger a Pierre Boullé (“El planeta de los simios”, además de una maravillosa película, la antigua desde luego, es una bella novela de un francés), a Burroughs (más conocido por la serie de Tarzán, pero que tiene una serie ciencia-ficción interesante encabezada por El ajedrez vivo de Marte) a H.G.Wells, al London de La peste escarlata, a Verne, a Clarke por supuesto… Cuando oigo hablar de la Nasa me acuerdo siempre de unos astronautas de plástico que llegaban en unos sobres del kiosko y que llevaban pistolas laser y de Tintín bajando del cohete lunar conducido por el Profesor Tornasol… Nostalgia, sí, el futuro no es ya lo que era, se parece más bien a Alien o Blade Runner, con el monstruo del cambio climático y la pauperización de un planeta sobrecargado de gente amenazado por todas partes.

    Me complace comprobar a cada momento, por cierto, que Justo sostiene a cada momento la misma tensión de amor y odio con Savater que yo experimento. Suele pasar con las cosas y con las personas realmente interesantes… Y eso me lleva directamente a Cioran, al que también se nombra hoy, y sobre el que Savater compuso uno de los pocos estudios que hay en español sobre este pensador tan indigesto -e irrespirable, diría yo- como sugerente y seductor. Cioran se sintió perplejo desde siempre por la extraña tentación de existir que hace que los seres humanos nos agitemos como locos de aquí para allá buscando no se sabe qué. Yo no he necesitado en estos días cementerios. El cáncer, ya lo saben ustedes, hace estragos entre nuestros conocidos, a veces demasiado jóvenes… En estos casos esbozo una sonrisa irónica ante la mayoría de ambiciones por las que los humanos somos capaces de instalarnos en la paranoia de ir pisoteando a los demás para llegar ” a tiempo”… ¿a tiempo de qué, joder?

    Me hizo bien, por todo ello, ver “Bab Aziz, el sabio sufí”. Un anciano ciego y su nieta Ishtar caminan por desierto de Túnez e Irán en busca de una reunión de derviches que se celebra cada treinta años… No hay camino marcado fuera de ellos, deben seguir los dictados de su corazón y su amigo el desierto terminará mostrándoselo… Como en las Mil y una noches, el relato irá alimentándose de otros relatos donde sabremos que la vida está llena de princesas deseadas que desaparecen por la mañana como espejismos. La inocencia de este film nos pone sobre la pista de algo no obstante muy profundo: la religión nacida -como Ishtar- de las arenas de los desiertos no es otra cosa que la sabiduría del cómo vivir decentemente, cómo dejar de sufrir por los bienes que codiciamos y como acostumbrarse -y a esto quería referirme- cómo aceptar la insignificancia de la propia muerte.

    Me sumo al obituario por Azcona. Personajes como él son imposibles ahora, un poco como Berlanga, un poco como Elías Querejeta o como Fernán-Gómez… son figuras cuajadas en circunstancias que a nuestros jóvenes se les escapan por completo.

  7. David P.Montesinos

    Perdón por lo de “revelarse” con uve y por alguna otra burrada, ay, dios mío, qué cruz, serna tendrá que poner un filtro corrector de burradas.

  8. Miguel Veyrat

    Pido perdón por haber confundido el nombre de pila de Rafael Azcona, inolvidable y discreto siemore en la tertulia del Café Gijón. No supe de la muerte de mi viejo amigo el senador Benet, ni la de Clarke. La muerte cosechó un buen racimo de mirlos esta primavera… También se llevó tempranamente a dos buenos periodistas como Pepe Comas y Alejo García.

  9. Kant

    No, no me quemaron en ninguna falla. Si no supieron de mi antes fue porque tras resistir bravamente la horda fallera y la posterior impostura de las absurdas fiestas cristianas (¡¡penitencia para iniciar el ciclo primaveral!! habrase visto tamaño despropósito) escapé, yo también, a las montañas del sur del País Valenciano, a lugares donde, créanlo o no, en los que, salvo la conexión a Internet del Ayuntamiento, se carece de semejante adminículo.

    No obstante, tuve ocasión, antes de mi personal migración, de ver la película de Nacer Khemir de la que nos habla don David, “Bab’Aziz” (2005). Admiro a su director, como narrador de cuentos, desde su magnífico “Los Balizadotes del Desierto” (1985), primera Palmera de Oro de la Mostra de Cinema del Mediterrani – cuando era un festival cinematográfico, no la majadería que se hace desde que el PP alcanzó el solio municipal – y no me defraudó, en absoluto, su nueva película.

    Aunque alguno de uds – incluido el interesado – les sorprenda, creo que el devenir de don Justo por la Serra d’Aitana, tiene más de la ruta del anciano derviche y su nieta por el hipotético desierto por el que deambulan – no es un desierto concreto, es “el desierto”, el lugar sin límites reconocibles ni sendas trazadas – que de paseos espaciales a ritmo wagneriano o de estatuas de la Libertad varadas en la playa. Como todo cuentista, Khemir nos narra una historia con múltiples planos de comprensión y cuando se refiere al hecho concreto de la reflexión personal, de la introspección del individuo, sus claves mediterráneas, musulmanas, les aseguro que están más próximas a nuestras neuronas hispánicas que la pretenciosidad anglosajona. Los símbolos, las ideas, las prioridades, que aparecen en la película son reconocibles todavía – no sé si aguantarán una generación más – en nuestra propia idiosincrasia más allá de los límites mentales de las religiones monoteístas.

    Precisamente por eso, la película alberga ese plano de lectura en el que el sufí – a la postre, un heterodoxo – desde su ritualidad cultural – es, indudablemente, islámico – duda y le ofrece la duda a su nieta como mejor instrumento de reflexión y como mejor forma de alcanzar el conocimiento. Como mejor forma de renacer. La película, y aquí discrepo del sr. Montesinos, no es inocente. No aporta un mensaje unidimensional ni lanza una idea prefijada. Cada cual interpreta lo que ve, cada espectador percibe un mensaje, se detiene en alguna idea y, a través de ella, profundiza. Es precisamente eso lo que le recomienda el anciano protagonista, el saber antiguo y crítico, a su nieta, la nueva, inquieta, ignorante, generación que quiere llegar a algún sitio sin saber dónde va, que se empeña en encontrar rutas donde tan solo hay horizontes. Y ese es , para mí, su hilo argumental. De cómo ese desierto es la vida y en ella deambulas y en ella te cruzas con quien, pretencioso, dice saber donde va… aunque nunca llegará a la fiesta de los derviches; y quien sólo, humildemente, camina y, como Machado con sus estelas en el mar, caminando, hace camino y alcanza su destino, ya la muerte serena, ataráxica, del propio Abú’Aziz, ya la fiesta de los sentidos, de la alegría y del conocimiento que alcanzan los jóvenes para madurar entre los sufíes.

  10. Kant

    Sobre muertes… En efecto, sr. Veyrat, esta primavera ha sido avara y ha querido para sí de los mejores. Anímicamente, claro, sólo puedo lamentar las de los que me son próximos por algún motivo. En este caso, al respeto por fuerza lejano, al sr. Clark, que me regaló la inteligencia de la imaginación literaria que encarna la ciencia ficción. Uno muy especial, por motivos profesionales que no vienen al caso, para don Rafael Azcona – ahora, con su desaparición, se verá con mejor luz el grado de descerebramiento del cine español coetáneo – Y otro, más entrañable aún, para el sr. Benet. Su óbito ha sido pulcro y, como el de Abú’Aziz, ataráxico. Don Josep Benet fue un derviche occidental, un sufí del comunismo y en sus memorias, que próximamente verán la luz, se desvelarán buena parte de los desastres que cometieron ignorantes iluminados, fanáticos, que vapulearon al nombre del movimiento proletario con sus actitudes intransigentes y sectarias. Otro aprendizaje para jóvenes caminantes por este desierto actual.

  11. ROBERTO SCALFARO

    Singular descripción de un camposanto. El último reducto de la materia humana, lanzada al abismo, oculta de las miradas expectantes. Justo Serna nos sirve de guía turístico por un vecindario de sombras, donde la arquitectura de cruces y lápidas ocultan la más horripilante metamorfosis. Saludos.

  12. Pedro

    Hola. Menos mal que salimos de la política y de la campaña electoral. Podemos hablar de otras cosas. De la muerte nada menos. Dice el señor Scálfaro que Serna nos hace de guía tuirístico por un cementerio. Tiene gracia que un valenciano no hable de la Valencia guapa y de la Copa del América. De los muertos nada menos.

  13. David P.Montesinos

    Creo Kant que me gusta más el tono que emplea como crítico cinematográfico y estudioso de la cultura que como analista político. Le felicito por las impresiones sobre El sabio sufí. Creo por cierto que tiene usted razón y que la frase sobre la inocencia del film es desacertada.

    Soy lego en el mundo de la mística, entre otras cosas porque creo que solo se sabe de ella cuando se practica, lo cual me queda lejos porque vivo entregado a toda suerte de vicios y placeres mundanos, o al menos eso es lo que me gustaría.

    Lo primero que supe de los derviches me llegó en el zoco de Estambul con todas esas cerámicas donde aparece el típico danzarín en círculo, esa danza de un loco con la que empieza el film. La danza forma al parecer parte del proceso ascético que lleva a la fusión con Dios, lo cual nos permite desproveernos del prejuicio de que bailar es un acto profano

    Me explicaron que la versión derviche del sufismo nace justamente con la expansión del imperio otomano, y que su intención inicial de institucionalizarse y crear centros más o menos estables a lo largo del mundo islámico se quebró hace ya más de dos siglos. Tienen -como cualquiera- una historia política que arroja sobre ellos algunas sombras por la presencia más o menos fugaz que llegaron a tener durante algún tiempo en la vida administrativa otomana. En la actualidad, carecen de algo a lo que podamos llamar “organización”, en todo caso -y algo se refleja en el film- hay una especie de cadena humana o de intercambio de ideas, existen maestros y formas o hábitos de transmisión gnóstica que no son secretos pero tampoco “convencionales”. Como en toda vía mística, cumplido el proceso ya no hay sujeto, solo hay Dios, pues todo es una manifestación de Dios, en un sentido que a mí, aparte de los místicos imprescindibles de la literatura española, me recuerda al pensamiento de Spinoza.

    Entiendo el sufismo en el sentido de Bab Aziz, es un trabajo interior, no hay un “lugar” donde aprender a ser sufí, no puedo “querer hacerme sufí” como quien va a la universidad para ser experto en teología… no hay cátedra ni madrassa para alcanzar el estado místico… no hay siquiera garantía de que mirar la propia alma durante días reflejándo la propia mirada en el espejo nos convierta en sabios. ¿Estamos realmente en condiciones de dejarnos guiar por nuestro propio corazón en el sentido machadiano que usted acertadamente reivindica?

    No lo sé, la verdad, mientras veía la película me daba cuenta de lo lejos que estoy de los personajes. Me hubiera sentido más cómodo con una de esas comedias donde un grupo de bárbaros como yo se encuentran con un tipo piojoso que da vueltas como un colgado… risas y burlas… y de pronto uno se da cuenta de que está ante algo que no entiende pero que le supera, algo misterioso de lo que apenas llegará a rascar la superficie. Mi mediocridad moral me llevaba durante la película a hacerme preguntas banales como ¿qué comen? ¿saben los padres de Ishtar que el abuelo se ha llevado a la niña por los desiertos? ¿va al colegio?.

    Sé lo que dicen el sabio y la niña, pero no los entiendo, no sé qué sentimiento interior les lleva a caminar por el desierto, no sé qué hace que uno deje de temer a la muerte. Sé, y vuelvo a Estambul, que nada tiene que ver con la barbarie del turista ni la gazmoñería de los kits de autoayuda new age. Pero sé muy poco más.

    Sí hay algo que llego a entender. Creo que El sabio sufí es el relato intemporal del nacimiento de la religión, es decir, del Sentido, en la acepción más religiosa de la expresión (re-lligare: reunir lo múltiple en lo uno). Una religión surgida como la niña Ishtar al inicio de la película de entre las arenas del desierto, de conversaciones entre caminantes bajo las estrellas y de plegarias en las rutas de las caravanas. La densidad espiritual que se presiente en una mezquita, ni mayor ni menor que la de una iglesia o una sinagoga, proviene de todo eso… si no no es nada. Y sobre todo, creo que el Islam no es el 11-S ni ni el fanatismo de algunos
    imames. Y hasta ahí sí que llego.

    Vean la película o amenazamos con seguir hablando de ella.

  14. Miguel Veyrat

    “Soy lego en el mundo de la mística, entre otras cosas porque creo que solo se sabe de ella cuando se practica, lo cual me queda lejos porque vivo entregado a toda suerte de vicios y placeres mundanos, o al menos eso es lo que me gustaría”.
    David, ¿Holgar, folgar, hacer el amor es un acto místico, o no? ¿Qué quieren decir los franceses cuando al orgasmo lo llaman “la petite mort”?, ¿Tomar una copa de buen vino, lo es, un acto místico? Es exactamente lo que hacen los derviches giróvagos, hacen el amor con el espíritu, llámese éste un dios o una nube, un sexo granado de hombre o de mujer, a través de la péridida del equilibrio sobre la tierra, girando y girando, creen volar. Eres más místico de lo que parece… Existe una mística laica, lee a Celan, lee a Miguel de Molinos, a Valente incluso, aunque personalmente éste último me inspire desconfianza por su oportunismo…
    Por otra parte, los sufíes, que toman su nombre, simbólicamente, del de la lana de oveja en árabe, “suf”, y surgen al mundo del amor como vía de acceso al espíritu, al igual y al mismo tiempo, históricamente hablando, que los cabalistas hebreos, los cátaros o los iluminados cristianos como Fray Juan de Yepes o Teresa de Ahumada, Raimon Llull santificados por Roma algunos de ellos tras madurar severamente si los quemaban en la hoguera o no.
    Y no te dejes engañar, el movimiento actual que reivindica el supuesto sufismo es un montaje político dentro de una rama disidente del Islam de procedencia hindi o Pakistaní: No puede existir, no es posible, ningún movimiento místico con una organización jerárquica. Si los pocos sufíes que en el mundo aún reflexionan sobre el más allá en el más acá constituyen una “conferencia episcopal”, incurren en contrasentido.
    Un abrazo. Repleto de sentido. En camino hacia el conocimiento es siempre individual, pero peligroso porque acaba siempre en la locura, como en el proverbio, precisamente sufí, que dice que Alá dió alas a las hormigas, precisamente para perderlas…

  15. Paco

    Hace falta ser cenizo para hablar de cementerios. Cenizooooo. Serna no tienes remedioooooooooooooo!!!!! Y quita ya los numeritos estos. La leche. Cada vez que tienes que poner un comentario te salen!

  16. Kant

    Gracias por sus comentarios don David. Permítame decirle una cosa – ¡paciencia don Pedro, será una brevísima alusión política! yo también estoy aburrido de tan larga campaña electoral… cuatro años de campaña… – a tenor de su observación sobre el carácter diferente de mi tono cuando hablo de política y cuando lo hago de cualquier otra cosa, he de reconocérselo. Pero de forma justificada. En el primer tema sólo puedo ser vitriólico. Considero que no se merecen más. Mire, no ha comenzado todavía la nueva legislatura. Todo el mundo, todo el mundo, excluidas las gacetillas extremistas e incluido el PP, se está comportando con un tiento que hace años se echaba en falta. Bien. Pues en pleno momento de prudencia multilateral ya hemos tenido dos sonoros feos que – rememorando al agente Maxwell Smart – entiendo que sólo pueden limpiarse a golpe de calcetín sudado sobre el rostro del agitador.

    A saber: el sr. Bono con sus “boutades” que, aun olvidando su penoso pasado, ya, ya lo definen como un sectario (¡valiente presidente del Congreso vamos a tener!) y “la reapertura del tema de la energía atómica” – curioso punto de coincidencia entre el ABC, La Razón y PRISA con el sr. Gabilondo a la cabeza – tratando de determinar la agenda política del sr. Zapatero. ¿Cómo quiere, pues, que trate a semejante gentuza?… Los srs. Zapatero, Rajoy, Duran, Erkoreka… ¡hasta Carod-Rovira! están haciendo un ejercicio de sensatez… interesada, desde luego, pero sensatez ¿y se nos descuelga don José y los “atomistas” con semejantes disparates?. No, hombre, no, hay que fustigarlos sin piedad.

    Respecto al mundo de la mística, he de coincidir plenamente con el sr. Veyrat. No obstante, me gustaría añadirle algún apunte bibliográfico. En editorial Kairós encontrará textos divulgativos – adaptados a la estructura mental occidental – sobre el sufismo, los derviches, el Islam y el misticismo que le aproximarán al hecho para que lo entienda sin caer en el simplismo ni la barraca de feria en que se suelen convertir estos temas. Paralelamente, la obra de Fritjof Capra “El Tao de la física”, le descubrirá que lo que aquí se conoce por “la antigua sabiduría mística oriental” tiene un correlato, tardío (¡el siglo XX!) pero objetivo en la mecánica cuántica parida por la ciencia de Occidente. En fin que la metafísica no es más que la intuición mental del mundo subatómico o, al contrario, que éste es el único camino – el de la ciencia – para llegar a aquella.

    Semejante paradoja tiene su importancia en el tema de Abu’Aziz: da igual de qué rama del Islam hablemos, el sufismo está en todas ellas y todas desconfían de él (de hecho, todos lo persiguen abierta o solapadamente). ¿Por qué?… básicamente, por dos motivos, uno público: el sufí es una persona libre – en ese sentido, es un perfecto anarquista, a años luz del más devoto libertario occidental – y otro oculto: la sospecha de que en el último grado de elevación mística, cuando la Verdad se le revela al individuo, éste descubre que Dios no es nada. Así, mientras los creyentes son más elementales, más humanizan a la deidad, sin embargo, el camino del sufí hacia Dios, no sólo lo conduce a él sino que lo supera y sobrepasado ese simulacro su espíritu percibe la Realidad… el mundo sin Dios.

    Nosotros, los occidentales, necesitamos las matemáticas, su aplicación cuántica, la base clásica hedonista de la combinación de lo epicúreo y lo estoico y una conciencia crítica labrada en la Ilustración para llegar al mismo punto. No hay Dios, ni Libro, ni Pueblo Elegido. Hay salvación individual a través de la inteligencia para alcanzar la propia felicidad. Un camino bien difícil, sobre todo, porque aquí seguimos pensando, con García Márquez, que la felicidad se equipara a la ignorancia. Y es, justo, lo contrario.

    Por lo demás, el resto de sus comentarios sobre la película me tientan a profundizar en ellos pero, tiene ud razón, mejor si nuestros contertulios ven la película o la amenaza de centrarnos en ella se cumplirá fatídicamente.

  17. Arnau Gómez

    Ya sabe usted D. Justo lo mucho que me agradan sus comentarios.Incluso me ha agradado,y mucho,su descripción sobre el cementerio de Guadalest.Pero por varios motivos,no me gustan los entierros,los funerales,los muertos,los cementerios,menos en primavera.
    Los muertos y toda su parafernalia son muy propios del otoño pleno,cuando los árboles pierden sus hojas.
    Guadalest y los pueblos que cita, con sus sierras,sus campos,sus veredas, son bellos y admirables,sin necesidad de visitar sus cementerios.Prefiero la roca que que se asoma al mar,que también es un gran cementerio,pero azul, a la piedra que arropa una tumba.
    ¿Ha visto usted esos pueblos en un día con las cumbres tapadas por la niebla y sus casas envueltas en una tenue neblina,con el humo saliendo por sus chimeneas?.Un día así,le invito a que hagamos el trayecto desde Parcent a Callosa de Ensarriá,pasando por Tárbena.

  18. David P.Montesinos

    He conseguido sacarles a bailar, señores, admirable precisión en sus comentarios y confirmación de mis impresiones sobre Kant y sus tonos. Explíqueme en algún momento, Miguel, lo que piensa de Valente. Lo poco que leí de él me gustó, veo con buenos ojos en general a su quinta poética, ya me dirá lo del oportunismo. Por cierto, y pese a que Valente no aparece entre los elegidos -sospecho que por resultar inclasificable- doy bastante envidia a los entendidos cuando les cuento que mi padre tiene en su poder el Nueve novísimos de Castellet en Barral. Una joya. Creo que podrá entender el por qué de lo de la envidia. Claro que tampoco sé si simpatiza usted con todo aquello que yo miro con ojos de oídor de leyendas. Tomo nota de los consejos bibliográficos de ambos.

  19. Miguel Veyrat

    Bien como siempre, Kantarell, bien traída la mecánica cuántica ya presentida e incluso expuesta por presocráticos y mimada y destilada por pitagóricos (no olvidemos que el gran Pitágoras fue el único filósofo griego deificado y con estatua propia en el Palatino romano, y de eso los romanos sabían). En la paideia a dos ad Montesinos, bailamos juntos. No conozco el libro de Capra pero lo compro enseguida.
    Estimado David, el día 17 de abril se presentan en la Casa del Libro de Valencia mis nuevos libros con terna de lujo, Justo Serna, alguien a quien usted conoce muy bien y que vendrá sin máscaras, y un tercero aún por determinar. Tendremos tiempo en copas posteriores de hablar de Valente y sus sesgadas (y oportunistas) apropiaciones de Edmond Jabés, Blanchot et alii para justificar el “neoquiestismo” tomado de una lectura también torticera de Miguel de Molinos. Pero son angustias de poeta, en efecto, es un espléndido crítico aunque a mi juicio su poesía está deliberadamente construída, a falta de auténtica inspiración. Construída para demostrar algo establecido previamente, no sé si me explico… y para eso ya está el ensayo y otros géneros. Pero ya digo, hablaremos.

  20. David P.Montesinos

    Acudiré muy honrado por la invitación y le aviso que probablemente lleve algún refuerzo. Un favor, soy alérgico a las agendas, o en todo caso a mirar la agenda… Recuerdenoslo a todos uno o dos días antes, por favor, o el olvido terminará pareciendo afrenta.

  21. Julia Puig

    También para mí resulta un descanso fantástico pararme a leer el blog de Justo Serna, es una estupenda forma de oxigenarme. Los paisajes por los que pasea Justo los conozco de cerca y, desde luego, tienen un aroma que despeja la mente y los sentidos. Viajar, perderse y leer un rato sin horarios logra cambiarnos la mirada cotidiana. Creo que cada sitio posee una energía determinada, única, pero que actúa de forma diferente según la persona. ¡Cuánta razón tiene Justo cuando nos recuerda a Cioran!, visitar los cementerios “alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito”. Cada persona es un pequeño universo y, la suma de todos ellos, paisajes desconocidos.

  22. jserna

    Les agradezco mucho mucho lo que dicen de este comentario sobre la muerte y el cementerio. Si no he contestado antes no es por descortesía, sino por ausencia: he estado en Madrid disfrutando de sus exposiciones, girando visitas al Reina Sofía, a la Biblioteca Nacional, a CaixaForum… y al Zoo. ¿Por qué las exposiciones en Valencia son tan escasas y magras? Digo lo anterior y parezco un provinciano deslumbrado por Madrid, pero lo cierto es que Valencia está culturalmente de capa caída.

    Mañana sábado ‘a poqueta nit’ pondré un nuevo post.

  23. Pavlova

    Si va a Cuenca, Justo, no deje de visitar el pequeño cementerio de San Isidro, y en él, la tumba de Zóbel (uno de los entierros más impresionante que he visto, el suyo), casi al mismo borde de la hoz del río Huécar: Unas vistas maravillosas y una paz infinita es lo que acompaña la visita. Y en Madrid hay también un cementerio chico que, en lugar de cementerio, se llama Sacramental; Sacramental de Santa María. Es recoleto, pueblerino y cuidadísimo porque, fundamentalmente, es de gitanos y esas gentes cuidan las tumbas como nadie. Hay dos cosas peculiares en él: una surreal y otra amarga. Está muy próximo al campo de fútbol del Atlético de Madrid (y también al conato de nuestro rio) y es frecuente que, cuando está uno allí en la vana ceremonia de visitar el lugar en el que ya hace mucho se dejaron los restos de una de las persona a las que más se quiso, le sorprenda, le alarme y le acabe llevando a la sonrisa, el alarido unánime que proclama un ¡¡¡Gooooooooool!!! Un poco de lado, como tratando de preservar de la dolorosa visión de las tumbas a los niños, algo que nunca he visto de ese modo en ningún otro cementerio: una especie de igloo completamente forrado de nichos pequeñitos y, el más reciente, de finales del siglo diez y nueve. Son tumbitas de niños, la mayoría nacidos muertos con curiosísimas y dramáticas inscripciones.

    Me gusta pasear los cementerios y leer sus lápidas.

    Esas personas que, al ver algo magnífico confirman su fe en Dios ¿Qué pensarán al ver, por ejemplo, la cara de esa mujer francesa que pedía eutanasia y que estaba destrozada por un extraño cáncer?

    Y no se queje, Justo, que han tenido en Valencia (no sé si aún está allí) lo mejor de Sorolla, que quise ir a ver y no he podido y que trajeron directamente desde América hasta ustedes.

    Le recomiendo un libro curioso y estupendo: Es del escritor holandés Cees Nooteboom, que comenzó a visitar tumbas de escritores en el año 1977 con la tumba de Proust y ha terminado escribiento de un libro titulado Tumbas, (Lumen). El libro tiene comentarios y fotos de cada lápida hechas por la mujer del escritor Simone Sassen. Son 82 tumbas, desde la de Borges en Ginebra, Goethe en Roma, Antonio Machado en Collioure a Cortázar en el cementerio parisino de Montparnasse.

  24. Kant

    Ah, lo olvidé, don Justo, felicite usted a don Víctor por lo acertado de sus fotos. Cruces – soles hasta que los cristianos vinieron a no entender nada y reinterpretar los símbolos humanos al albur de su creencia raquítica – sobre los paisajes… ¡cuánta vida!

    Y es que, me van a perdonar uds, pero los veo de un ceniciento que no acompaña para nada las jornadas de gozosa primavera que vivimos. Lo indica el propio sr. Serna en el título del “post”: ‘resurección’…

    Hay que volver al mundo clásico y desprenderse de la misérrima visión de la vida que nos aportan los monoteístas (todos los monoteístas, tristes de solemnidad), la muerte es parte de la vida humana, no un tránsito hacia ningún otro lugar que no sea la fusión con el cosmos. Y por eso, precisamente por eso, la muerte sólo nos anuncia el constante renacer, no el final de nada.

    Abandonen uds paseos melancólicos, ¡por los Dioses
    Inmortales!, si transitan por los cementerios háganlo congratulándose de las vidas y las memorias que allí se acumulan. Se vive para morir, porque la muerta es la vida. Y esto no tiene nada de existencial, al revés, es brutalmente vital, alegre y humano. No lo entristezcan uds con la penuria vital e intelectual de la mitología cristiana. Atiendan a esas cruces, a esos soles, que tan bien fotografío don Víctor, iluminando cielos brillantes, horizontes despejados, vida total…

  25. jserna

    Gracias, señor Kant. Transmito sus felicitaciones al autor de las fotografías. Yo, si me lo permiten, reservo para mañana por la mañana la renovación del post. Tras la breve estancia madrileña, creía estar en forma para actualizar la bitácora. La verdad es que he debido descansar, reponerme y esperar… Quería escribir hoy mismo, pero no ha podido ser. Lamento estos incumplimientos. Salvo catástrofe, mañana por la mañana actualizaré el blog. Discúlpenme.

    Otra cosa. ¿Recuerdan lo que escribíamos días atrás sobre las mezclas que algunos comentaristas hacen entre Rodríguez Zapatero y Chikilicuatre? Titulé mi post La decadencia de España. Pue sbien, hoy mismo hay un sabrosísimo artículo de Rafael L. Bardají en Abc que reincide en esa mala costumbre… Bardají es del Grupo de Estudios Estratégicos. Veinte años dando guerra, dicen.

  26. Miguel Veyrat

    Sí, Kant, preocupados por la imposible vida después de la muerte, muchos olvidan que hay vida antes de la muerte, y olvidan vivirla…

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