Vida antes de la muerte

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La autobiografía es una tarea difícil. La memoria personal nos confiere identidad, atribuyendo sucesión a lo que es fragmentario e instantáneo: al memorizar establecemos un hilo entre lo que fuimos o creímos ser y lo que ahora somos o creemos ser. Para sobrevivir, para no enloquecer, nos aferramos a aquello que recordamos porque es la manera de darnos estabilidad, fijeza, duración: el modo de retrasar lo inevitable, ese tránsito que nos lleva viajando hacia nuestra desaparición. Necesitamos la certidumbre y la reminiscencia de lo que permanece, al final sólo arraigo perecedero, caduco: una empresa a la postre fracasada.
 
Acabo de leer la nueva recopilación de Aforismos, de Juan Ramón Jiménez, editada por Andrés Trapiello para La Veleta (Granada). Desde que descubrí a JRJ, cuando yo sólo era un jovencito, admiro su escritura. No sólo por su Platero, tan vilipendiado y envidiado, sino por sus aforismos, por su prosa. Recuerdo aquel exergo con el que Ray Bradbury encabezaba Fahrenheit 451: era una instrucción de Juan Ramón: “Si os dan papel pautado / escribid por el otro lado”. O, como puede leerse en este volumen de aforismos: “Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho”. Es un consejo rebelde, una instrucción contra el asentimiento, contra la anuencia. O, si se quiere,  es un programa que postula una existencia contradictoria e intensa, libre y fracasada, merecedora de ser disfrutada o padecida, casi un pronunciamiento contra la docilidad y la memoria: justamente aquello a lo que hoy nos aferramos para conjurar los desconciertos del presente. Un plan como el que pregonaba el exergo de Bradbury sigue estando de actualidad, como de actualidad está también la peripecia del Nobel con que se galardonó a Juan Ramón.

El libro de los aforismos que ahora leo es de tacto deliciosamente antiguo, de presentación anacrónica en tiempos de vértigo impresor, adocenado. Con los aforismos podrían rastrearse las peripecias reales y soñadas de JRJ entre 1897 y 1954, aquella existencia que él quiso plasmar en la obra. Su vida interesante, estética, orgullosa y lamentable podría exhumarse, en efecto, con esos documentos indirectos. “Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto”, dice Juan Ramón en uno de sus pensamientos. Estos aforismos son, en efecto, documentos indirectos que simultáneamente testimonian y recrean el impulso creador que se distancia de la existencia ordinaria. Es poesía en prosa que se hace en el acto mismo de anotar. “El  arte, para que parezca real, debe mantenerse un poco alejado de la vida”. Son también pensamientos depurados que archivan intuiciones de dicha existencia, intuiciones aparentemente simples que trabajan la forma hasta hacerla desaparecer. Presuntamente, claro: porque “la forma, para que no exista, para que no se sienta, para que no se crea en ella, ha de ser tan perfecta, que no exista”. Son dicciones que compendian de modo aparentemente inaudito: “hay que decir de tal modo, que aunque otro, otros, infinitos lo hayan dicho antes, parezca que lo han dicho antes uno”.

Pero no al precio de la originalidad impostada, del verbalismo, del petardeo: por eso, para JRJ, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna se precipitan y se arruinan. “¡Qué bien dice siempre sus siete primeras palabras! Luego, como en la muerte de Jesús, vienen las tinieblas, el terremoto, las conjunciones astrales, el eclipse total”. Anotar no es brillar: es padecer al comprobar que cada registro es una desazón, una desazón que “consiste en que, cada instante, quiero vivir toda mi vida”. No un instante tras otro, no una sucesión de momentos, sino una  multiplicación simultánea de vivencias extremas, al modo de Nietzsche: “tenerlo todo; pero con esfuerzo”. Ese anhelo es cosa que contraría la necesidad de perseverar, la continuidad que nos da la memoria. Tampoco la poesía es sucesiva, “sino sentimiento, pensamiento y acento”, una empresa que se reanuda cada vez, pues “el poeta verdadero inventa con las palabras usuales un idioma distinto”. Sin impostación, sin forzada originalidad. “Un poeta no continúa a otro poeta, sino que recrea, revive, aísla y cierra en sí mismo toda la poesía”. De ahí que pueda decirse que “el pasado es falso porque no vive más que en la memoria…”, admite JRJ.

En efecto, un documento no es el hecho, sino su huella, su abreviatura, el mero indicio, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso nos valemos los lectores de este libro de aforismos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado sin su contexto. Es como si todos tuviéramos “la misma edad, la del mundo”, sin esos conocimientos críticos que tantas veces secan, agostan. ¿Recuerdan Schopenhauer como educador, de Nietzsche? Allí, el filósofo se oponía a la filología profesoral. Así he querido leer este prontuario de sentencias, como si la empresa del sentido la consumara ignorando las circunstancias que rodearon la escritura del aforismo. Como en un poema, no es estrictamente necesario documentar el contexto de su elaboración para captar las resonancias imprevistas que esas palabras nos provocan. Puede hacerse, con maestría incluso, pero no es imprescindible para el lector común. “Lo importante no es, señores filólogos, que tal poema haya sido escrito en tal época ni en cuales circunstancias, no de esta manera o la otra; porque el arte no es historia”, ni vida sucesiva. Yo, historiador, no siempre puedo cumplir este modo asilvestrado de leer, pero hoy me lo he querido consentir. Accedo a los aforismos de JRJ como si ingresara en una autobiografía fragmentaria, como si tradujera un documento escrito en lengua extranjera: un manuscrito incompleto, elíptico, con incoherencias, con enmiendas, con reiteraciones, con comentarios oscuros.

Disfrútenlo.

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51 comments

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  1. Redifusión

    Miguel Veyrat said,

    Marzo 30, 2008 at 10:34 ·

    Sí, Kant, preocupados por la imposible vida después de la muerte, muchos olvidan que hay vida antes de la muerte, y olvidan vivirla…

    ———————-

    Vida antes de la muerte

    De ahí viene el título de este post…

  2. Miguel Veyrat

    Gracias Justo, en efecto pienso que la vida es más importante que la religión, que cualquier religión o filosofía del mundo. Y eso es lo que quita la razón a los inquisidores y a los verdugos, del credo que sea: incluso laico. El ateísmo “orgánico” es tamabién culpable al este de Europa de tantos crímenes como las diversas inquisiciones han causado a lo largo de la historia de la civilización humana. Pero el ateo no dogmático sabe que la vida es mucho más preciosa que cualquier creencia, y por ello respeta tanto a creyentes como a incrédulos de toda “tendencia”: No necesitamos que nada ni nadie nos salven de nada ni de nadie. No esperamos a ser “salvados” para ser humanos.
    En cuanto a la pauta, JRJ tenía razón: no habla de una rebeldía anarquizante, en principio, de oposición a toda norma, pero sí es cierto que el arte para justificar su nombre no puede ni debe reproducir exactamente la realidad, sino las emociones que su percepción produce en los humanos al salir de pauta; es decir que el artista, ya sea poeta, escultor, músico o arquitecto, recrea la realidad recorriendo impetuosa y apasionadamente sus fronteras, palpando sus límites para forzar precisamente las pautas ya dadas, incluídas las diversas gramáticas, y dejar que desborde el cántico en formas nuevas repletas de ecos de sentido desconocido hasta ese instante.
    Y en cuanto a la historia de los premios, es siempre de lo más triste: ¿concursos de belleza entre poetas? ¿carreras de trotones con ritmo y rima? JRJ hizo bien en apartarse siempre de honores y premios, pero gracias al empeño de unos cuantos profesores y estudiosos demócratas, su Nóbel tuvo el efecto de recordar al mundo que Franco existía aún, que las matanzas de la guerra civil seguían sin expiarse, sus poetas morían en el exilio y, sobre todo, sobre todo, como dijo muy bien Gabriela Mistral, existía un maestro que enseñó a escribir poesía a varias generaciones de escritores en español —a pesar de bodrio “Platero y yo” perpetrado por su propia pluma—, incluída la tan cacareada del “27” cuyos componentes no son sino epígonos juanrramonianos…

  3. Paco

    Serna no me perderás. Aqui estoy y què cosa tan triste lo que escribes. La muerte y la muerte venga y venga. Juan Ramón Jiménez? Pero que antiguo eres! De Zaplana a Jiménez (losantos y JR).

  4. Alicia Markova

    El Roto en El País, hoy 1 de abril (en el mundo anglosajón, el día de inocentes, fool’s day): “En España tenemos una gran riqueza de lenguas para nuestros monólogos”. ¿Qué es? ¿Un aforismo, una greguería, una ocurrencia, una cogna marinera, una verdad como un templo expresada con ironía?

  5. Julia Puig

    Francamente, me parece estupenda la reflexión nos ofrece Justo en el post. La vida vista en síntesis, en pequeños fragmentos observándola a través del pensamiento aforístico. Creo que este tipo de pensamiento resulta provocador, incitador y no nos deja sin resonar en nuestro interior, nos exige detenernos para penetrar en sus profundidades. Al dejarnos cautivar por su forma vital de expresión, nos vemos reflejados en él, es como pensar a corazón abierto, como diría Nietzsche es pensar a martillazos.

    Hace tiempo leí del profesor Malishev Mijail (Universidad de Autónoma de México) su peculiar forma de concebir al aforismo como: “una cápsula de pensamiento herméticamente cerrado…Como mosaicos del pensar, los aforismos son un reflejo de la fragmentación de la vida…es un pequeño texto donde los sentidos de la palabra, alejados de su origen y rara vez conjugados en el habla, se cruzan y chocan entre sí”

    Tal vez, como nos recuerda Miguel Veyrat, el ser humano “no puede ni debe reproducir exactamente la realidad, sino las emociones…y para ello da lo mismo quien los produzca, el poeta, el músico…” lo importante es que alcance los sentidos.

  6. Kant

    No se pueden ustedes imaginar la rabia que me generó leer el “link” donde se narran las peripecias para el Nobel a Juan Ramón… ¡qué país de mediocres España!

    Precisamente los comentarios menospreciadores hacia el poeta – que era muy apreciado por mi padre – y despectivos hacia “Platero y yo” que hizo un profesor (presuntamente progresista) en mi colegio, me incitaron a su lectura puesto que en sus clases, precisamente por ese prurito de izquierdas, se pasó de soslayo la obra. Producto de aquella lectura obtuve dos satisfacciones: (1) una fuente de placer: la que me proporcionó descubrir al autor – no, mi padre no se engañaba aunque, visto lo que don Miguel opina sobre el tema, me veré en la obligación de agenciarme una camiseta, para este verano, en la que ponga: “Sí, a mi me gustó ‘Platero y yo’… ¿y qué?” – y (2) una fuente de conocimiento: la de la duda y mejor sospecha de quienes pontifican Verdades Absolutas, sean éstas las que sean, algo que me serviría desde entonces en adelante para ver el mundo con una mayor mesura.

    Con todo, disiento en su opinión sobre don Ramón Gómez de la Serna, antes al contrario, paradójicamente pienso con él que es infame para lector – aclárese el académico con su materia y no perturbe a las personas con sus sermones – enclaustrar a un autor por sus condiciones externas, las modas, las costumbres, filias y fobias de consumados bobos, opiniones, que sólo son opiniones, de personajes que se titulan a si mismos expertos y toda la pompa y boato de la industria editorial. Subrayo, pues la idea juanramoniana de que “un poeta no continúa a otro poeta, sino que recrea, revive, aísla y cierra en sí mismo ‘toda’ la poesía” y lo aplico al sr. Gómez de la Serna aunque espero, con ello, no abrir ningún frente nuevo y que nos quedemos en el protagonista del “post” don Juan Ramón Jiménez.

  7. Alejandro Lillo

    Hola Justo, ya ves, al final me he decidido a escribir. En primer lugar, saludos a los comentaristas habituales. Les vengo siguiendo desde hace unos meses y la verdad, todos demuestran tener un nivel muy alto. Para mí es una gozada leer los comentarios que hacen a los posts de Justo y aprender de ustedes.
    Bueno Justo, la verdad es que no sabía que hubiera tanto polotiqueo con lo de los Premios Nobel, aunque supongo que funcionará como cualquier otro premio de prestigio, ¿no?
    Sobre Juan Rámón Jiménez debo confesar que para mí es un gran desconocido, pero me sorprende que rechazara homenajes y premios, como queriendo pasar desapercibido. ¿Tal vez con el deseo de que fuera su obra y no él la que hablara? De todos modos, esa actitud no parece muy frecuente en el mundo del arte, por lo menos en la actualidad, y está muy lejos de la de otros escritores que necesitan estar constantemente en primera línea generando polémica para que se hable de ellos. Esa actitud de JRJ, desconociendo muchos aspectos de su vida y personalidad, me parece un signo de modestia a tener muy en cuenta.

  8. Kant

    Pues sí, sr. Lillo, tiene ud. razón con el tema de la humildad de don Juan Ramón. Bien apuntado. Bueno, perdón, antes que nada, debo darle la bienvenida. Me parece espléndido que, si nos leía, compartiese con todos sus opiniones. Al menos, yo lo veo así. En fin, retomando el tema, sí a la humildad del autor, que es real, no impostada, y que demuestra la valía de su obra desnuda de atavíos personales. El autor no necesita convertirse en saltimbanqui de los medios para que su obra destaque, su trabajo habla por él.

    Don Rafael Azcona, a quien ya nombramos cuando, hace unas semanas, faltó, fue otro de esos creadores vitales, dadores de vida en toda su obra, que tuvo en la humildad uno de los elementos distintivos de su identidad. Resonaba porque no se le oía, si me permiten el oxímoron. A él se debe, producto de esa misma humildad entreverada de gracejo, la frase cáustica que sigue la cual no creo que pase a la posteridad pero que bien lo valdría si no hubiera tanto melindre hipócrita. Para él su oficio – el de escribir guiones, el de crear historias para representarlas en una película – lo resumía con semejante parangón: “¡Bah! Yo soy una puta, trabajo con quien me paga”. La paradoja del planteamiento es, pues, brutal ya que al tiempo que dignifica el oficio de la hetaria, pone en su lugar al del artista (de cualquier arte), demasiado dado a la egolatría, la ampulosidad y a la búsqueda enfermiza de un aplauso no siempre merecido, demasiado egocéntrico, y acrítico. Nada de eso encontraremos en los srs. Azcona o Jiménez. En cambio… cómo brillan sus obras…

  9. Miguel Veyrat

    Kantísimo amigo, aplaudo su gozo en la lectura del pequeño, suave, peludo asno. Lo leyó usted a la edad adecuada. ¿Ha probado leerlo de nuevo? No pongo objeciones progresistas a esta obra menor de JRJ, y que sin embargo le abrió las puertas de los sensibleros suecos, amigos institucionales de todo tipo de bestiolas, lo que de por sí no estaría mal, pero sí literarias, y muchas. Si quiere entramos en ello.
    Otrosí, no sólo coincido con su juicio sobre el gran Ramón, sino que en un post anterior, usted recordará que abundaba en sus argumentos para repudiar que se le juzgase solamente por su “Madrid de corte a Checa” y sus aportaciones a la causa fascista al tiempo que resaltaha el alto valor literario de sus greguerís y el resto de su obra.
    Mi bienvenida a Lillo, pero persevere usted, hijo, que ya son muchos los que como usted se vienen un día y luego nos abandonan con la miel en los labios.

  10. Alejandro Lillo

    Les agradezco su calurosa acogida, señores Kant y Veyrat. Es cierto que les leía con mucho interés, pues aprendo mucho de los que ustedes comentan. Creo que la humildad, sincera como usted dice sr. Kant, es una virtud que se debe tener siempre presente, y en eso JRJ, Azcona y muchos otros, también son un ejemplo. Por eso, como decía Justo en algún post anterior, en ocasiones conviene pasear por los cementerios… para saber donde acaban todas las pretensiones humanas. Sin embargo, pienso que es precisamente esa humildad la que, de algún modo, otorga a estos artistas un lugar privilegiado en el Parnaso (por encima de otros grandes autores que, sin embargo, como personas dejaron mucho que desear), pues su personalidad se nos revela aún más admirable cuando sabemos la dificultad que entraña mantenerse humildes en un contexto en el que todo el mundo te admira y te “dora la píldora”. No sé si entienden lo que quiero decir.
    Sr. Veyrat, espero perseverar, aunque debo comunicarle que para mi desgracia no cuento con internet en casa, por lo que no podré participar de sus debates como me gustaría. Un saludo.

  11. Miguel Veyrat

    Un viejo dicho quiere, Alejandro, que el que hace lo que puede, no está obligado a más…

  12. Fuca

    Pues yo coincido con Miguel Veyrat en su valoración de la obra de Juan Ramón Jiménez, me gusta su poesía (la de JRJ y la de Miguel Veyrat, el problema es que la de este último es imposible conseguirla), creo que su influencia en las generaciones posteriores, sobre todo en la del 27 (en la literatura gallega la llamamos “a xeración do 20”), es evidente, pero “Platero y yo” es insufrible leída a una edad adulta, discrepo aquí de nuestro amigo Kant. Lo que ya no me gusta tanto es el JRJ hombre, eclipsaba (o debería escribir pisaba) a los que tenía alrededor, sobre todo a esa maravillosa mujer, Zenobia Camprubí, que lo abandonó todo para que su marido brillara en el universo.

  13. Marisa Bou

    Querido señor Veyrat: tal vez peco de inmodestia al sentirme aludida cuando se refiere a los contertulios inconstantes. Aún así, he de decirle que nunca he dejado de leerles, porque -al igual que le sucede al Sr. Lillo, a quien saludo cordialmente- no hago sno aprender de ustedes, y mucho. Pero, coincidiendo también en eso con nuestro nuevo amigo, creo que el nivel que imponen ustedes a la charla, es demasiado para mí. Me suenan mucho las músicas, pero no conozco las letras, por eso suelo conformarme con “escuchar” la canción. Y tratar, en lo posible, de ponerme al tanto de algunas lecturas que sugieren, aunque, desgraciadamente, no son muchas, por falta de tiempo y porque la literatura esta ¡oh, cielos! demasiado cara como para comprar tantos y tantos libros como a una le gustaría. Por eso les leo aquí, tratando de hacerme con un poquito de “cultura general”.
    Eso sí, le doy mi palabra de que voy a comprar sus obras, con el bien entenddo de que Vd. será tan amable de firmármelas el dia 17 en la Casa del Libro. Un saludo.

  14. Kant

    ¿Uds. me admiten que la poesía, las artes, son elementos intangibles de producción y consumo exclusivamente humano?… Entenderé que me lo conceden. Si es así, si las artes las consideramos intangibles, deberán admitirme igualmente que, por ello, para entender la relación que se crea entre el autor y el consumidor (¡valga la expresión!) a través de la obra – que, por definición y obviedad patente, es tangible – es de aplicación el “marketing” de intangibles.

    Si repasamos los librillos sobre esta materia, al llegar al capítulo de control de calidad tendremos ante nosotros la definición clásica de Parasuranam, Zeithmal y Berry sobre la materia y que lleva implícita la definición de calidad cuando se trabaja con intangibles. Ésta es radicalmente opuesta a la calidad en los productos. Mientras en estos la calidad es objetiva – podemos saber si unos zapatos son buenos, tienen calidad, por el material del que están hechos, su cosido, su horma, su acabado… – y por eso universalizable – unos zapatos de calidad tendrán unas características indiscutibles para “todo el mundo” – en el universo de los intangibles no es así.

    En los intangibles, la calidad (Q) es subjetiva para cada uno de los consumidores y se limita a la diferencia que percibe éste al confrontar sus expectativas de consumo (E) – por ejemplo, su ilusión por escuchar la Filarmónica de Berlín – con su percepción del mismo (P) – o sea, cuando está ante la Filarmónica y esta suena y la escucha y evalúa lo que oye – De aquí la formulita: Q = E – P. Si lo percibido por uno es superior a lo esperado, hay calidad. Si, al revés, si se esperaba más de lo que se percibe, no la hay.

    Este pequeño apunte de “marketing” de intangibles me sirve para apostillar a doña Francisca (Fuca para uds) y a don Miguel en lo que respecta a “Platero y yo”. No le voy a negar al sr. Veyrat que, en efecto, hace alguna década que otra que lo leí pero ello no afecta al fondo de lo que pretendo decirles. Y lo que quiero decirles es que no es de recibo tildar una obra artística de “buena” o “mala”, sufrible o insufrible, sensiblera o no. La calidad de esa obra está en la percepción que de ella tienen sus lectores. No hay elemento alguno objetivable para adjetivarla de forma absoluta de la misma manera que no se puede decir cuanto azúcar necesita un café, entre otras porque, por ejemplo, yo, lo tomo sin edulcorante alguno. Digan uds. si quieren que consideran “Platero y yo” tal o cual cosa pero, por favor, no lancen sentencias que acogoten a los lectores que, adultos, la han leído y les ha gustado.

    Esas sentencias generan “espirales de silencio”. Las personas de mayor interés por la cultura pero que, desgraciadamente, no han podido gozar del privilegio de dedicarse a ello, o sea, la mayor parte de los ciudadanos de España, suelen otorgar a los críticos de las artes una condición sacerdotal que no se corresponde con la realidad pero que, carentes de suficientes herramientas críticas para desvelar la impostura de dichos apesebrados, influye en ellos de forma negativa y callan su opinión. Sienten vergüenza por pensar como piensan. Y eso, señores míos, lo considero inaceptable. En este caso, considero que uds, sin ser críticos de artes (¡afortunadamente!), se han comportado como tales.

    No me gustan los sistemas que acallan a las personas. No me gustan los sistemas artísticos presididos por colegios sacerdotales poseedores de Verdades Absolutas que sólo ellos conocen y que, graciosamente, dejan entrever al publico bajo y vil. No me gusta que se denoste el gusto de las personas sencillas. No me gusta la soberbia del intelectual. No me gusta nada. Especialmente, porque el intelectual español tiene una irrefrenable tendencia a poseer un cerebro pequeño, peludo y suave, “tan blando por fuera que se diría todo de algodón”.

    Así las cosas, les haré caso y volveré a leer “Platero y yo” para ver cómo han pasado los años sobre él y sobre mí. Espero que, a cambio, no vuelvan uds. a ofender el esfuerzo de un artista – y JRJ lo es porque la sociedad lo reconoce como tal (no necesitó ningún crítico literario para ser coronado), ni la sensibilidad de una parte abrumadoramente grande de la gente sencilla (bueno, y no tan sencilla…) de Europa – y del mundo –que leyó y se emocionó con aquel borriquito, creando, con ello, más lectores de una tacada que toda una gavilla de otros premiados de nuestras letras con obra insufrible para el común del hispanolector.

  15. jserna

    Como otras personas, también yo doy la bienvenida a Alejandro Lillo. Y agradezco las amabilísimas palabras de Julia Puig y Marisa Bou. Si no he intervenido en todo el día, nuevamente no es por descortesía, sino porque, como es diu en valencià, ‘hui he anat de bòlit’. Mañana intervendré. La discusión tiene, desde luego, suficiente enjundia.

  16. Pavlova

    Estoy totalmente de acuerdo con la diatriba de Kant contra los que desprecian los gustos, humildes o no, de los demás, hasta el extremo de que no se atrevan a mostrarlos porque los eruditos pueden no opinar igual; esto en primer lugar. En segundo lugar debo confesar que no soporto Platero. Lo leí de mayor (en mi casa estaba prohibido JRJ), pero no creo que en mi infancia me hubiera gustado tampoco, fundamentalmente porque he estado siempre rodeada de animales y su lirismo, su belleza, me parecen demasiado ajenas al humano Platero. Aborrezco lo impostado y Platero, en mi humilde opinión lo es (por lo mismo y con perdón, aborrezco a Gómez de la Serna). He de decir rápidamente que JRJ me fascina y me parece un poeta inmenso y añadir, también, que me he quedado sorprendidísima con la común opinión sobre su infinita modestia. Creo haber leído todo lo que se puede leer de y sobre JRJ y jamás he percibido un solo atisbo de modestia. JRJ no era tonto y sabía perfectamente el poeta que era; quería ser tratado como tal y hablaba de sí mismo como del más grande. No sé hasta qué punto se le puede tildar de vanidoso, no es eso. Él era consciente de quién era y toleraba bastante mal cualquier otra competencia, pero humilde, en absoluto. La humildad y la modestia son antónimos a la personalidad de JRJ y esto no es peyorativo en absoluto. No tenía por qué ser modesto y no lo era.

    Ya, ya sé que el defecto nacional es la envidia, pero hay tres testimonios que no pueden despertar ninguna duda sobre que estuvieran influidos por la envidia: el suyo mismo, el de Zenobia y el de Juan Guerrero ¿Han leído ustedes los comentarios de JRJ sobre sí mismo? ¿Sobre los demás poetas contemporáneos suyos? ¿Han leído los dos interminables y aburridísimos tomos de los diarios de Zenobia? ¿Y los dos inmensos y curiosos tomos “Juan Ramón de viva voz” de Juan Guerrero? No, la profunda vanidad de JRJ sí que es un hecho tan objetivo como la bondad de los zapatos de Kant.

    Sí, Fuca, Zenobia le entregó su vida y fue feliz así (feliz de aquella manera, que dicen los catalanes, porque es evidente que había veces en que no podía más), pero lo más grave fue cómo murió; una muerte atroz, dolorosísima y temprana, quemada por el radio con que decidió tratarse un cáncer fácilmente operable para no dejar sólo a su Juan los tres o cuatro días que duraría su ingreso y él lo aceptaba; aceptaba esa dedicación y esa entrega como algo natural.

    Me parece que es malo mezclar la vida y la obra de un autor, no suele coincidir, por mucho que nos sorprenda y hasta duela.

  17. Kant

    Obviamente, estaba en un error. Las fuentes periodísticas que me informaron sobre el carácter de JRJ eran coincidentes en el punto de su humildad – y su físico, a mis ojos, parecía acompañar la idea – no obstante, aporta ud, doña Ana, tres fuentes tan contundentes que no puedo por menos que rendirme a ellas.

    Respecto a lo impostado, a lo artificial, creo que, como toda creación humana, está abierta al debate y al gusto personal. A mi no me preocupa en demasía. Yo mismo soy un producto de ello. Es en lo afectado con exageración donde pierdo el interés. Ya ve, sra. Pavlova, cuestión de opiniones…

    Por último, he de sumarme sin duda alguna a su última idea: a mi también me parece malo vincular la vida y la obra de un autor. Vuelvo a encontrarlo cosa académica, interesante e incluso fundamental, en un departamento y en una publicación especializada pero desvinculada del placer intelectual inmediato que le reporta a quien la consume (y vuélvanme a perdonar la terminología de mercado pero no encontré término más ajustado… estoy abierto a sugerencias aún sin renunciar al fondo mercantil del asunto)

  18. Fuca

    Ya te echaba de menos, Aniña Pavlova, y más opinando sobre JRJ, la persona que conozco (aunque sólo sea virtualmente) que más sabe sobre este autor; estoy de acuerdo con lo que escribes, así que no voy a insistir en mezclar la obra de este magnífico poeta con su vida, aunque a veces es difícil olvidar algunos episodios dramáticos como el que cuentas sobre la enfermedad que mató a Zenobia.

    También estoy de acuerdo con Kant en que la literatura es subjetiva, un intangible en sus palabras; pero eso no quiere decir que lo que nos gusta sea buena literatura y lo que no nos gusta sea mala, hay unos baremos objetivos (para los escritores que publican sus obras y se difunden), el principal el paso del tiempo, ese es el que coloca a cada uno en su sitio. Dicho esto, comprenderás, amigo Kant, que no esté de acuerdo con tu formulita: Q = E – P. “Si lo percibido por uno es superior a lo esperado, hay calidad. Si, al revés, si se esperaba más de lo que se percibe, no la hay”. Yo puedo leer El código da Vinci (no lo voy a hacer, me fío de la opinión de mis amigos) y parecerme menos bodrio de lo que es en realidad, eso no quiere decir que tenga calidad; por el contrario, he leído obras de muchísima calidad, como “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch, y, aunque me gustó mucho, esperaba más, eso no quiere decir que no tenga calidad, que es lo que se deduce si aplico tu formulita.

    Leamos y releamos la poesía de JRJ y dejemos al burrillo Platero descansando en sus tierras de Moguer.

  19. Miguel Veyrat

    Como las opiniones vertidas con mesura y sabiduría por las buenas amigas Fuca y Pavlova coinciden con las mías, no insistiré, como no quise hacerlo sobre el insufrible carácter, a juicio de sus coetáneos, del grandísimo poeta JRJ, del que soy modestísimo —en mi caso, de verdad— discípulo. Si hubiésemos de leer, juzgar o deleitarnos con la obra de la inmensa mayoría de autores de la literatura universal basándonos en sus cualidades morales y su conducta consiguiente, nuestra bioblioteca resultante quería harto mermada. Y sin embargo son esas contradicciones, a veces fatales, esas vidas sombrías o torturadas las que hacen dar los mejores frutos literarios al contraponer la realidad más cruda del corazón humano al buenismo idílico que muchos quisieran que fuese el contenido de la literatura.
    Pero dicho esto, sí quiero dejar claro que no quise dar un juicio apodíctico sobre el asnillo moguereño que tamién me fascinó de niño, sino decir lo que me gustaba o no me gustaba ahora mismo, y creo que desmerece de la ingente obra poética del neurótico Juan Ramón. De gustibus et coloris non disputandum.
    A doña Marisa Bou decirle que todos, y creo poder asumir un representación moral en éste caso, los contertulios aplaudimos su fidelidad callada, pero que también creemos que algo estamos haciendo mal si el supuesto tono elevado de nuestras prédicas, que eso son a veces, impiden el concurso de otras personas. Debemos una reflexión colectiva a don Alejandro y doña Marisa, y seguramente a muchos más anónimos lectores.
    A doña Fuca, lamentar la incuria repetida del distribuidor galaico de Calima, así como la del editor. Sólo se me ocurre como último intento de que su lealtad como lectora no caiga en el vacío (¡Una lectora como ella no se encuentra todos los días! Habría que mecerla, como dicen los costaleros de la virgen María en semana santa)
    que autorice a Justo a que me proporcione su email (o viceversa) a fin de que pueda hacerme llegar su dirección postal y enviarle alguno de los ejemplares de autor que conservo.

  20. Fuca

    Estoy de acuerdo con nuestro amigo Miguel Veyrat en que “si hubiésemos de leer, juzgar o deleitarnos con la obra de la inmensa mayoría de autores de la literatura universal basándonos en sus cualidades morales y su conducta consiguiente, nuestra biblioteca resultante quedaría harto mermada. Y sin embargo son esas contradicciones, a veces fatales, esas vidas sombrías o torturadas las que hacen dar los mejores frutos literarios al contraponer la realidad más cruda del corazón humano al buenismo idílico que muchos quisieran que fuese el contenido de la literatura”. Esa es la realidad, aunque a mí me gustaría que los escritores a los que admiro por su obra también los pudiera admirar por su coherencia vital, pero ese ya es otro tema.

    Ps. Para Miguel Veyrat: Por mi tierra ya dejamos de confiar hace tiempo en el distribuidor galaico de Calima, pero creía que el editor cumpliría su palabra de enviarme los libros que le solicité y que prometió hacerlo hace un mes. No ha sido así, sólo nos queda ponernos de acuerdo en privado sobre el enigma de la distribución de tus libros, querido Miguel; no tengo ningún problema en que Justo te proporcione mi email (o viceversa). Un saludo cariñoso.

  21. Miguel Veyrat

    Gracias, domna Francesca. He enviado con una nota bastante seca parte de tu comentario al editor de Calima, ya que no es ese solamente el unico punto de nuestros recientes desencuentros.
    Espero, pues, que Justo me (nos) envíe los email. Olvidé agradecer a doña Marisa Bou su anunciada presencia en la Casa del Libro el día 17 (19,30).

  22. Alejandro Lillo

    Señora Pavlova, mis más cordiales saludos. Quisiera agradecerle la información sobre el carácter de Juan Ramón Jiménez. Como dije anteriormente, para mí es un gran desconocido. Simplemente me llamó la atención leer, en uno de los enlaces que ha puesto Justo en el post, esa resistencia de JRJ a aceptar premios. Lo consideré un rasgo a tener en cuenta.
    Sin embargo, no creo que sea malo mezclar la vida y la obra de los artistas, lo que pasa es que a veces no es conveniente. Con algunos autores uno no puede ir más allá de la admiración intelecual (me viene a la cabeza Sartre) pero, ¿qué me dicen cuando admiramos la obra de un autor y su vida también está a la altura?

  23. Marisa Bou

    Yo tiendo a pensar que los seres humanos, en general, y los artistas -de cualquier género- en particular, pueden ser admirables en algún aspecto, al tiempo que despreciables en algún otro. Lo que cada uno debe decidir es cuál de esos aspectos merecen ser tenidos en cuenta, o tomados como modelo.
    Estoy convencida de que, personas dignas de ser admiradas desde cualquier ángulo, no existen. Tal grado de bondad, además de imposible, sería harto empalagoso, incluso aburrido. El bien y el mal sólo pueden concebirse en la medida en que se mezclen, en la proporción en que se combinen. La luz brilla por contraste con la oscuridad, este texto que escribo destaca negro (la suma de todos los colores)sobre blanco (ausencia total de color).
    Todo bueno, luminoso y blanco ¿no sería algo soso de puro angélico?

  24. Miguel Veyrat

    Como sabían sabiamente Rembrandt y sus coetáneos, sólo el claroscuro es suficientemente claro para la oscuridad del alma humana. Hermosa reflexión, Marisa. Gracias.

  25. Kant

    Desde luego, sra. Bou, en el clarouscuro se inscribe la vida…

    Otrosí. De nuevo una jugarreta informática ha hecho que desapareciera una intervención mía que, aparentemente, se había inscripto en el “post”. Trataré de recuperarla mañana.

    No obstante, adelantaré una idea especialmente dedicada a doña Francisca (Fuca para uds) por alusiones directísimas: cuando hablo de “marketing” de intangibles no se trata de opiniones del sr. Cantarell – aquí conocido por “Kant” -, hablo de una técnica científica desplegada para el conocimiento de los intercambios que se generan en un mercado. Un “corpus” teórico y práctico, contrastado por su validez especulativa, su aplicación empírica y los resultados obtenidos.

    Desde esa perspectiva, el “marketing” de intangibles ya no entra en materia opinable, es una cuestión académica que, si no se comparte, se tendrá que rebatir con argumentos teóricos y experiencias concretas, no con palabras Y, desde luego, le aseguro, doña Francisca, que ello no pasa por la elaboración de “baremos objetivos”.

    ¿Quién los redacta?, ¿quién objetiviza?… ¿Por qué ‘eso’ y no otra cosa es lo objetivo?…

    Arquitectura. Con “baremos objetivos” de la época, la Torre Eiffel debía haberse demolido de inmediato, es más, ni siquiera se debía haber construído. Era un bodrio. Una vulgaridad feísima. Cualquier arquitecto (idiota) de la época se lo podía afirmar. Especialmente porque su autor era un miserable ingeniero y ¡qué van a saber los ingenieros de elevar torres!… Sin embargo, a la gente le fascinaba.

    Ciertamente fue la radiotelegrafía militar quien le permitió aguantar en pie hasta la desaparición física de aquellos “expertos” en arquitectura que se pasaron toda su vida poniendo a caldo a la torre del sr. Eiffel pero, desde un primer momento, los más arriesgados ingenieros vanguardistas – entre los que estaba don Gustavo, su autor, claro – contaron con el apoyo implícito y explícito de la gente de la calle.

    ¿Hablamos de Gaudí?… ¿O lo contrastamos con la música?… menudo botarate ese Mozart, eh, incumpliendo con todo baremo reglado del momento. ¿Prefiere la pintura? Goya ¿cómo se le ocurre al maldito sordo de la historia cargarse el canon velazqueño?…

    ¿Dónde está la objetividad en las artes, señora mía?… ¿quién tiene la desvergüenza de opinar desde lo absoluto, no desde lo subjetivo, para indicar qué es lo correcto y qué no?…

    Insisto, diga que ud considera tal o cual obra un petardo o la mayor gloria que se vio en la tierra, hasta puede que coincida con ud, pero por favor, no la descalifique ni la encumbre con argumentos que descansens sobre un falaz objetividad, por demás, imposible.

  26. Marisa Bou

    Ahora ya puedo llamar al señor Veyrat “mi admirado poeta”. Llego en este momento de hacer una incursión a la Casa del Libro, donde he podido comprar “Instrucciones para amanecer”. A la vuelta, en el bus, lo venía leyendo… Estoy impresionada:
    ¡Ah, vivir
    por un instante
    donde estallan
    pasión y lengua
    juntamente -cifra
    en llamas,
    y en gran fuego
    respiramos.
    En el jardin de Uruk es una de las cosas más hermosas que he leído, habida cuenta de que la poesía nhunca fué mi fuerte…
    Voy a seguir leyendo y, con más razón que antes, recabaré su firma en la página que más se haya acercado a mi corazón y a mi mente. Gracias, amigo poeta-

  27. Marisa Bou

    Mientras escribía mi loa a Veyrat, se ha “colado” una intervención de Kant cargadísima de razón. El arte no puede ser objetivo ni seguir cánones, pues entonces sería pura habilidad manual, sin más. Estoy totalmente encantada de leer sus sesudas opiniones, con las que rara vez (sobre todo cuando habla de política) discrepo. Gracias na usted también, amigo Cantarelo.

  28. Fuca

    Pero Kant, no te “alporices”, que yo también digo que nuestros gustos son subjetivos, estoy de acuerdo contigo, pero no todos los artistas actuales van a pasar a la historia, los que pasen seguramente será porque lo merecen; mi baremo “objetivo” era el paso del tiempo, el que ha impedido que creadores como Goya, Mozart o Gaudí hayan sido olvidados, tú pones los ejemplos de mi teoría “objetivista”.

    De intangibles no tengo ni idea, así que no puedo opinar, sólo comentaba la formulita, que servirá en el “marketing” pero no en la literatura, que es de lo que yo entiendo un poco. Te parece mal que califiquemos “Platero y yo” de obra soporífera y, sin embargo, tú muchas veces haces lo mismo con otros autores, como Freud. Ya ves que sobre gustos no hay nada escrito, sigue disfrutando con Platerillo, yo no pienso volver a leerlo. Además, no creo que todas las críticas literarias sean totalmente subjetivas, se puede criticar una obra porque está mal escrita o presenta anacronismos o falla en su estructura…, todo ello objetivo, querido Kant.

  29. J. Moreno

    Sigo con deleite los criterios expuestos por los contertulios sobre el arte y su relación con el artista.

    Leyéndolos me ha venido a la memoria la frase de Ortega: “En nada se parecen la raiz al fruto”.

  30. Pavlova

    No puedo, es que no puedo, no tengo tiempo de escribir, pero tampoco debería leerlos porque, si lo hago ¡qué difícil me es callar!

    Pues sólo a vuela pluma también saludo al amable Lillo y a mi vieja (en el tiempo) amiga Fuca que nuca deja de saludarme cariñosamente y de decirme cosas que me ruborizan y les digo que estoy de acuerdo con todos y que me encanta leer esta charla de amigos eruditos… Ah, y que nada puede ser objetivo; ya dicen que nadie puede ver el mundo a través de los ojos de una mosca (sí, Kant, sí), pero que Echegaray era un escritor pésimo es algo que vieron hasta sus contemporáneos (claro que sí, Fuca), pero lo que me ha movido a escribir de madrugada, es una doble afirmación de mi querido amigo Kant. No puedo desarrollar mi respuesta pero tampoco he de callar, por más que con el dedo…

    Dice: “¿Hablamos de Gaudí?… ¿O lo contrastamos con la música?… menudo botarate ese Mozart, eh, incumpliendo con todo baremo reglado del momento. ¿Prefiere la pintura? Goya ¿cómo se le ocurre al maldito sordo de la historia cargarse el canon velazqueño?…

    Ah no, eso sí que no. Le doy la razón en lo que dice, pero no en cómo intenta demostrarla. Vamos a ver: Soy atea, pero politeísta y venero a dos dioses absolutos (que algunos amantes de la música, con todo su derecho, aborrecen); esos dioses so Bach y Mozart. Tanto uno como otro fueron absolutamente comprendidos y valorados en su época por dos motivos fundamentales: 1º. La música que ellos hacían sólo llegaba a una minoría que, además, estaba “en el ajo”, sabían música y entendían lo que estaba pasando al producirse el prodigio, el resultado sonoro de lo que ellos escribían en un papel sordo y mudo. 2º. Entendían aquello porque ninguno de los dos innovó nada (ahora querría escribir en negrita, hagan el favor de leerlo así), absolutamente nada. Ambos cumplían, como diría Kant, a rajatabla, el baremo reglado del momento. Con los mimbres que llegaron a sus manos ¡los mismísimos mimbres! crearon una obra absoluta y genial, la obra de Dios. Nada hay en Mozart que no estuviera en Haydn ¡absolutamente nada! Si hubiera innovado la forma, si hubiera investigado, no hubiera podido producir la cantidad de obra que produjo sin una corrección, sin una tachadura; Mozart escribía como al dictado (igual que Bach) y crearon la prueba de que no es necesario innovar para hacer la obra más perfecta que pueda imaginarse. Me encantaría podérselo explicar analizando sus obras, pero para eso deberían saber música y no va a ser posible, pero se lo aseguro y lo que sí puedo es emplazarlos a todos, porque ver sí que sabemos todos, a que vengan conmigo al Museo del Prado (perdóneme, queridísimo amigo mío Kant, no es que le quiera llevar la contraria sistemáticamente, es que me toca usted las tres pocas cositas que sé y que manejo). Yo quiero enseñarles a ustedes, desde el punto de vista de un pintor, no de un historiador, que son los que siempre nos explican los cuadros, cómo Goya trató con verdadera devoción lo que Kant llama el canon de Velázquez. Goya pintaba exactamente igual que Velázquez (negritas) exactamente igual y ya sé que no me cree y que nadie va a venir conmigo al Museo del Prado ¡dita sea!, pero háganme el favor de mirar, simplemente, la falda de María Luisa de Parma y se van a la carrera a ver la de la Infanta Margarita y luego me lo cuentan ¿Sí? Eran dos genios distintos que utilizaron exactamente la misma técnica. Sí, sí, Velázquez dibujaba muchísimo mejor y sabía más, pero Goya tenía su carácter y su pasión. La técnica: la misma. Los dos mayores pintores impresionistas de la historia (con Rembrandt, que pintaba exactamente igual que ellos, como todos los grandes).

    Tampoco JRJ utilizó otros mimbres que… yo qué sé Cernuda y sus greguerías, pues son greguerías, como las de Gómez de la Serna y ya ven.

    Perdón, procuraré reprimirme. Procuraré no llevar la contraria y seguir aprendiendo con ustedes y teniéndoles el profundo cariño que les tengo.

    Que duerman bien, yo voy a ver si “me echo un rato”. Beso especial para Fuquita.

  31. Pavlova

    Si es que no debía ponerme porque luego no paro.

    Me olvidaba. Lo del claroscuro está muy bien y se da en todos nosotros; sólo en los malos folletones los perversos y los bondadosos lo son íntegramente, pero yo sí que creo que hay gentes fundamentalmente luminosas y otras resentidas y perversas en casi todas sus manifestaciones y que estas últimas pueden crear obras sublimes, luminosas, bellísimas. No es que lo crea, porque la verdad es que me ha costado años aceptarlo, es que hay pruebas por doquier que he tenido que acatar. Wagner y JRJ eran, humanamente, tan linealmente el uno perverso y el otro mezquino y malo, como personajes de novelón. Beethoven era insufrible (ah, Kant, que Goya no es el único maldito sordo, tiene a su gemelo, hasta físicamente, Beethoven), como Hesse; y Mozart era bobo (documentadamente bobo), pero Chopin era bueno y Don Antonio Machado. Verdi era una persona ejemplar y D’Annunzio no… Nada se percibe en sus obras y es algo que para mí ha sido hasta doloroso: no tener más remedio que admirar a quien desprecio humanamente, pero me niego a perderme Pascual Duarte porque su autor me resulte despreciable, sólo me produce perplejidad.

    Ya me callo.

  32. Miguel Veyrat

    Tomo prestado algo del rubor de la mejilla de Ana Pavlova para agradecer el elogio de doña Marisa. Gracias por leerme ¡y por comprar el libro! como decía Fuca un poco antes, los libros de los poetas hay que comprarlos… cuando editores y distribuidores lo permiten.
    ¡Ah! y no se calle, por favor doña Ana, siga, siga, sobre todo para decir las admirables cosas que aquí acaba de dejar.

  33. jserna

    La verdad es que abruman con sus ideas, con sus reflexiones, con sus observaciones, atinadas… más o menos. Yo, como lector, me quedo en silencio. Asombrado.

  34. Fuca

    Las palabras de nuestra querida Ana Pavlova reproducen lo que yo quisiera responderle a Kant si tuviera los conocimientos artísticos de nuestra contertulia; ella lo ha escrito maravillosamente y suscribo todo su discurso. Como dice nuestro poeta-amigo Miguel Veyrat, por favor, no te calles, sigue ilustrándonos con tu sabiduría.

  35. Miguel Veyrat

    Don Gabriele, mi desconocido y memorioso ex telespectador. Gracias por su estupendo recuerdo. Es curioso, y “it was meant” como diría un inglés: esta mañana, sin recordar yo la efemérides, al re-ordenar mi biblioteca tras una agotadora mudanza (¿naufragio o terremoto?) ha caído de entre las páginas de un libro una larga tira de papel procedente del auto-cue del estudio de la BBC desde donde transmitía yo mis crónicas, a veces hasta cuatro veces al día. He releído con emoción ese relato de gurkas armados de afilados cuchillos, de Mirage argentinos derribados, de fragatas inglesas hundidas, de traidoras y vergonzosas acciones de guerra firmadas por la malvada Thatcher que invalidó el plan de paz del canciller peruano hundiendo el Crucero General Belgrano con quinientos cadetes adolescentes argentinos a bordo, que fallecieron… Thatcher, que antes de la guerra de las Falklnds-Malvidas, tenía menos de un 230% de intención de voto, ganó las elecciones tras la campaña bélica por la mayoría absoluta más aplastante desde la segunda guerra mundial.
    En fin, he resistido la tentación de reproducirla aquí. Es mi pasado. Un pasado repleto de política, acciones de guerra, catástrofes, y también a veces buenas noticias.

  36. Miguel Veyrat

    Por supuesto, Thatcher tenía menos de un 30% de intención de voto, como sus merecedes habrán sin duda ya entendido.

  37. Kant

    El no haber recuperado el texto perdido de mi participación “desaparecida” por los prodigios de la informática, lo apurado del anuncio de don Justo, de nuevo “post” para hoy mismo, coincidente con una ola de laburo que me ha entrado a borbotones, más la dispersión temática en la que estamos entrando, me impiden dar cumplida respuesta a las alusiones habidas, así que me tendrán que disculpar que las postponga para más adelante, en este mismo “post”. Descuiden uds que para la semana que viene – que espero poder hacerlo – les avisaré en el “post” que esté en marcha.

    No obstante, sí que me gustaría hacerle sabedora a la sra. Pavlova de un detalle de mi vida profesional que tal vez dé más consistencia a mi argumentación.

    Me resulta, en este caso, algo penoso tener que llevar la máscara puesta porque mientras que yo sé quién es ud, ud. me desconoce, así que cuando nos adentramos en el mundo de la música, reconociéndole su indudable valía, no puedo hacer valer la mía. Con todo, e insisto, reconociéndole su muy superior nivel al mío, me gustaría puntualizar un par de detalles sobre Bach y sobre Mozart.

    Al primero lo utilicé porque, en efecto, él fue un músico a la carta: sólo componía lo que el gusto de la época pagaba. Un gusto sin críticos, sólo con audiencias. Da igual que su mercado fuera grande o pequeño: era el que promocionaba la música y él respondió espléndidamente a ese mercado, como un buen “marketiniano”. Por eso mismo, cuando posteriormente, los “sabios” del momento – los músicos románticos – cambiaron el paradigma de la moda, nuestro pobre y admirado Bach se fue ha hacer puñetas y durante décadas – incluso contando algún centenar de años que otro – él y toda la música barroca durmieron el sueño de los justos propiciado por los “entendidos” del romanticismo.

    Bach, pues, me servía porque respondía a las dos situaciones que señalaba: por un lado, satisface al mercado y el mercado lo reconoce como un músico de calidad. Por otro, cuando la critica de las artes asume el papel sacerdotal en el mundo occidental – digamos con el XIX – Bach es barrido de las salas. Será el gusto de los melómanos el que lo recupere, el que vuelva a llenar las salas, no, desde luego, la recomendación de los “expertos” que daban por muerta la música barroca.

    Mozart también tiene una lectura “marketiniana”, aunque para mí, su figura sea justo la contraria de lo que ud dice. ¿Por qué soy capaz de hacer semejante afirmación?…

    Vayamos a Mozart pero comencemos por Vicent Martín i Soler. Les diré a los contertulios que desconozcan a éste músico – cosa nada rara dado el papanatismo español que ha mantenido en el olvido al citado autor ¡incluso en su momento álgido de éxito! – fue el compositor del XVIII europeo que más obras estrenó, más dinero ganó y mayor reconocimiento público tuvo. No, no fue Mozart. El propio Mozart lo admiró y le reconoció una superioridad – ahí está inmortalizado en el “Don Carlos” cuando incluye música del valenciano como homenaje a su maestría, cosa que no hará con músico alguno más – que la crítica musical del XIX le negó. Dicho músico, olvidado por centurias y recuperado ya en el siglo XXI, tiene, en estos momentos, cien mil sinvergüenzas que afirman ser ellos los “redescubridores” del maestro.

    Sin embargo, Martín i Soler, en realidad, fue “redescubierto” en San Petersburgo por don Roberto Rivas Concejo y estudiado, por primera vez, abriendo legajos cerrados desde hacía doscientos años, por un servidor de uds. Ni el sr. Rivas ni yo pasaremos a la historia por ello, seguro. Hay demasiado miserable – por cierto, vinculado a los trapicheos del PP valenciano en tierras rusas… y no es poca la gente implicada – que se quiere atribuir la medalla y, por otra parte, ni al custodio ruso de la documentación (en Leningrado, el compositor nunca estuvo “olvidado”), ni a don Roberto, ni a mí nos importa un soberano rábano el premio. La cosa es que no hubo más que ponerse a trabajar con los académicos rusos expertos en la materia para ubicar a Martín y Soler en su momento dada la agrandada sombra del Mozart hollywoodiense (jolibudiense) que parecía cubrirlo. ¿Y cual fue la respuesta de estos caballeros (que desde luego, lo ignoraban todo del “marketing” de intangibles)?… precisamente los dos aspectos que quería destacar de su caso.

    Como Bach, Mozart i Martín i Soler respondieron a los criterios de mercado del momento. Satisficieron la demanda mayoritaria y en ello estribó éxito de ambos. Sin embargo, mientras el valenciano se ciñó al gusto del momento, presidido por las audiencias, no por los críticos musicales; el austriaco innovó, se convirtió en el paso hacia la nueva música que tanto gustaba a los primeros críticos de música y eso fue lo que le dio perdurabilidad en el tiempo, el apoyo de la incipiente crítica, no el del público que, llevado por sus cambiantes gustos, se adaptó a los nuevos tiempos “olvidando” la música del XVIII. Así se salvó Mozart (y así dio un paso hacia “otra” música) y así se olvidó Martín i Soler.

    En resumen: movidos en un mundo sin crítica profesionalizada, los artistas de la música barroca vivieron creando para grandes mercados, pervivieron en la medida que innovaron y se vincularon al capricho de los profesionales de la crítica de artes y renacieron en la medida que personas cultas, de espaldas a la crítica experta, los recuperaron a despecho de ésta.

    ¡Y, por favor!… a todo esto, no interpreten que estoy argumentando con “lo que gusta a la mayoría es lo bueno” (tiene calidad). En las mayorías generales, como en las minorías contratendencia, hay calidad… siempre que su segmento de mercado responda positivamente a la fórmula sabida (Q = E- P). Todo este rollo viene para demostrar que, en efecto, el tiempo pone las cosas en su sitio… gracias al “marketing” de intangibles, no a los críticos profesionales.

  38. Pavlova

    Le había contestado, Kant, a la carrera porque me voy en diez minutos a Zaragoza pero me lo ha borrado el dichoso sistema de “colgado”. A la vuelta le contestaré; sólo quiro decirle que no entiendo qué tiene que ver nada de lo que me dice con lo que yo he escrito y que efectivamente, no sé quién es usted y es algo, para mí, verdaderamete molesto y que no suelo hacer: hablar con quien está enmascarado ¿Usted sabe quién soy yo? pues qué bien. Es muy fácil, aunque utilice un nombre que no es mío, porque soy transparente.

    Saludos para todos.

  39. jserna

    Buenas tardes. He decidido no actualizar HOY jueves el blog. Mantengo, pues, esta entrada que todavía está viva y cuyo tema central ha suscitado una discusión aún abierta. Mañana, viernes, a las 10 horas pondré lo que hoy tenía previsto como nuevo post.

    Hay un tema que sirve de motivo y hay asuntos que se van sumando. Las crónicas de Miguel Veyrat sobre la guerra de las Malvinas. Yo estaba en el servicio militar, en la Capitanía General de Sevilla, y el día en que empezó el conflicto austral, un Coronel enloquecido empezó a gritar por los corredores de Estado Mayor. No dábamos crédito, pero decía algo así como: “Hemos de hacer como los argentinos. Hemos de invadir Gibraltar”.

    Supongo que esperaba de nosotros, los incrédulos soldados, un asentimiento.

    Nadie dijo nada. Mientras cruzábamos los dedos…

  40. Miguel Veyrat

    Amigo Gabriele, no, no he conservado ninguna carta de las que he recibido en mi larga vida de periodista, elogios, denuestos e insultos confundidos, aunque alguna quizás sí duerman el sueño de los justos en unas cajas que enmohecen en el desván de mi casa, llenas de polvo, recuerdos y miasmas. Sin embargo, algunas, incluso publicadas en periódicos, las recuerdo muy bien: obedecían al falso dilema creado por periodistas supuestamente demócratas como los ingleses, que decían que se luchaba contra la Junta argentina cuando en realidad se estaba probando la habilidad logística de la OTAN para acudir a escenarios bélicos del Atlántico Sur, de acuerdo con Reagan y su Secretario de Estado el general Haig, además de intentar ganar las elecciones para una Thatcher aliada a muerte a los EEUU, y por otra el patrioterismo creado por los fascistas argentinos al hilo del eslogan que se recita a diario en aquella escuelas, incluso las maternales (ahora llamadas guaderías en España) de que “Las Malvinas son argentinas”. Eso bastó para que España entera, en el gobierno de Calvo Sotelo, se movilizara en el fantasmón del Gibraltar robado por la Pérfida Albión.
    Para los argentinos yo resultaba ser un miembro del MI5 británico, y para los británicos un agente del contraespionaje argentino. Lo que quiere decir que en el fondo y en definitiva, yo era un periodista bastante objetivo…

  41. Miguel Veyrat

    No había entrado el comentario de Justo Serna cuando yo envié el mío, pero me alegra que recuerde esa falsa histeria agitada por los nostálgicos del franquismo uniendo las causas Falklands con Gibraltar. Recuerdo que Calvo Sotelo tuvo una frase genial que acabó con el asunto declarando que el conflicto malvino esra un asunto “distinto y distante” al de Gibraltar. Pero el amigo Gabriele parece saber mucho de aquellos días y aquellas duras coberturas.

  42. Gabriele

    Amigos Serna y Veyrat: les supongo al tanto del documental “Operación Algeciras” sobre el intento de sabotaje de la Base Marítima de Gibraltar por un Comando Argentino……
    Abrazos a Ambos.

  43. Miguel Veyrat

    La inteligencia militar argentina intentaba, como es lógico, motivar a las autoridades españolas para que tomasen partido decididamente por la Junta fascista, asociando ambos problemas ranciamente colonialistas. Afortunadamente, la reciente democracia española supo resistir esos ridículos cantos de sirena. Pero amigo Gabriele, deje de examinarnos y si tiene algo que aportar, y que no sea el secreto de la Esfinge, cuéntelo.

  44. Miguel Veyrat

    El 7 de noviembre de 1936, Antonio Machado, bajo el fuego que atormentaba Madrid, cantaba así:

    “¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena, rompeolas de todas las Españas! La tierra se desgarra, el cielo truena, tú sonríes con plomo en las entrañas.”

    Tenía que venir ese pobre y pomposo pedante de Mariano Rajoy para falsificar al gran don Antonio y aprovechar un verso glorioso para pronunciar de nuevo con su silbante defecto bucal el nombre de nuestra nación de naciones. “¡¡¡Madrid, rompeolas de Ejjjpaña!!!” ha proclamado para vergüenza, si la tienen, de sus asesores literarios, atribuyendo esa frase a Antonio Machado, cuyo nombre no tiene derecho a pronunciar. Y perdón si me pongo radical en ésto… ¿Qué pretenden? Porque también se ha puesto a citar a Ortega… ¿Van a imitar ahora a Aznar cuando violaba la memoria de Azaña?

  45. Marisa Bou

    Esta gente de la derecha viola lo que haya que violar sin que se les vaya un pelo del sitio. ¿Vergüenza? No la tienen, y la conciencia la tienen anestesiada por el sacramento de la confesión, que les absuelve de todos sus pecados. Y ese todos yo también hubiera querido ponerlo en negrita, como doña Pavlova.
    Pero el motivo de mi intervención de hoy es quejarme (negritas) de que ayer intenté intervenir por cuatro (negritas) veces y no pude hacerlo, porque intermitentemente vuelve a aparecer el dichoso cuadradito con letras y números que, desgraciadamente, nunca es lo que parece. Yo reproduzco las letras y cifraS que aparecen, pero indefectiblemente el monstruito informático me contesta que me he equivocado. Naturalmente, el texto que había intentado enviar, ha desaparecido. Vuelvo a escribirlo, reproduzco la nueva serie y ¡horror! ¿he vuelto a equivocarme? Así hasta cuatro veces. Comprenderán que eso merma un poco (negritas) las ganas de intervenir.
    Hoy he visto que no aparecía el fatídico impedimento y he aprovechado la ocasión. ¡Por favor, que alguien me diga que también le pasa, porque si no voy a sentirme más tonta de lo habitual!

  46. Kant

    Bueno, sra. Pavlova, si compartir con ud (y con el resto de los contertulios) mi pesar por tener que aguantar mi máscara puesta, sin opción a quitármela, supone tal respuesta suya, aquí lo dejamos. Se zanja el asunto y listo. Ni voy a recuperar el texto que se perdió en el ciberespacio (aunque conservoc su copia en “word”), ni voy a esforzarme un ápice en tratar de transmitirle luz alguna sobre la gestión de intangibles. Sé que podrá sobrevivir sin ello. “Carril i via ampla”.

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