La autobiografía es una tarea difícil. La memoria personal nos confiere identidad, atribuyendo sucesión a lo que es fragmentario e instantáneo: al memorizar establecemos un hilo entre lo que fuimos o creímos ser y lo que ahora somos o creemos ser. Para sobrevivir, para no enloquecer, nos aferramos a aquello que recordamos porque es la manera de darnos estabilidad, fijeza, duración: el modo de retrasar lo inevitable, ese tránsito que nos lleva viajando hacia nuestra desaparición. Necesitamos la certidumbre y la reminiscencia de lo que permanece, al final sólo arraigo perecedero, caduco: una empresa a la postre fracasada.
Acabo de leer la nueva recopilación de Aforismos, de Juan Ramón Jiménez, editada por Andrés Trapiello para La Veleta (Granada). Desde que descubrí a JRJ, cuando yo sólo era un jovencito, admiro su escritura. No sólo por su Platero, tan vilipendiado y envidiado, sino por sus aforismos, por su prosa. Recuerdo aquel exergo con el que Ray Bradbury encabezaba Fahrenheit 451: era una instrucción de Juan Ramón: «Si os dan papel pautado / escribid por el otro lado». O, como puede leerse en este volumen de aforismos: «Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho». Es un consejo rebelde, una instrucción contra el asentimiento, contra la anuencia. O, si se quiere, es un programa que postula una existencia contradictoria e intensa, libre y fracasada, merecedora de ser disfrutada o padecida, casi un pronunciamiento contra la docilidad y la memoria: justamente aquello a lo que hoy nos aferramos para conjurar los desconciertos del presente. Un plan como el que pregonaba el exergo de Bradbury sigue estando de actualidad, como de actualidad está también la peripecia del Nobel con que se galardonó a Juan Ramón.
El libro de los aforismos que ahora leo es de tacto deliciosamente antiguo, de presentación anacrónica en tiempos de vértigo impresor, adocenado. Con los aforismos podrían rastrearse las peripecias reales y soñadas de JRJ entre 1897 y 1954, aquella existencia que él quiso plasmar en la obra. Su vida interesante, estética, orgullosa y lamentable podría exhumarse, en efecto, con esos documentos indirectos. «Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto», dice Juan Ramón en uno de sus pensamientos. Estos aforismos son, en efecto, documentos indirectos que simultáneamente testimonian y recrean el impulso creador que se distancia de la existencia ordinaria. Es poesía en prosa que se hace en el acto mismo de anotar. «El arte, para que parezca real, debe mantenerse un poco alejado de la vida». Son también pensamientos depurados que archivan intuiciones de dicha existencia, intuiciones aparentemente simples que trabajan la forma hasta hacerla desaparecer. Presuntamente, claro: porque «la forma, para que no exista, para que no se sienta, para que no se crea en ella, ha de ser tan perfecta, que no exista». Son dicciones que compendian de modo aparentemente inaudito: «hay que decir de tal modo, que aunque otro, otros, infinitos lo hayan dicho antes, parezca que lo han dicho antes uno».
Pero no al precio de la originalidad impostada, del verbalismo, del petardeo: por eso, para JRJ, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna se precipitan y se arruinan. «¡Qué bien dice siempre sus siete primeras palabras! Luego, como en la muerte de Jesús, vienen las tinieblas, el terremoto, las conjunciones astrales, el eclipse total». Anotar no es brillar: es padecer al comprobar que cada registro es una desazón, una desazón que «consiste en que, cada instante, quiero vivir toda mi vida». No un instante tras otro, no una sucesión de momentos, sino una multiplicación simultánea de vivencias extremas, al modo de Nietzsche: «tenerlo todo; pero con esfuerzo». Ese anhelo es cosa que contraría la necesidad de perseverar, la continuidad que nos da la memoria. Tampoco la poesía es sucesiva, «sino sentimiento, pensamiento y acento», una empresa que se reanuda cada vez, pues «el poeta verdadero inventa con las palabras usuales un idioma distinto». Sin impostación, sin forzada originalidad. «Un poeta no continúa a otro poeta, sino que recrea, revive, aísla y cierra en sí mismo toda la poesía». De ahí que pueda decirse que «el pasado es falso porque no vive más que en la memoria…», admite JRJ.
En efecto, un documento no es el hecho, sino su huella, su abreviatura, el mero indicio, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso nos valemos los lectores de este libro de aforismos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado sin su contexto. Es como si todos tuviéramos «la misma edad, la del mundo», sin esos conocimientos críticos que tantas veces secan, agostan. ¿Recuerdan Schopenhauer como educador, de Nietzsche? Allí, el filósofo se oponía a la filología profesoral. Así he querido leer este prontuario de sentencias, como si la empresa del sentido la consumara ignorando las circunstancias que rodearon la escritura del aforismo. Como en un poema, no es estrictamente necesario documentar el contexto de su elaboración para captar las resonancias imprevistas que esas palabras nos provocan. Puede hacerse, con maestría incluso, pero no es imprescindible para el lector común. «Lo importante no es, señores filólogos, que tal poema haya sido escrito en tal época ni en cuales circunstancias, no de esta manera o la otra; porque el arte no es historia», ni vida sucesiva. Yo, historiador, no siempre puedo cumplir este modo asilvestrado de leer, pero hoy me lo he querido consentir. Accedo a los aforismos de JRJ como si ingresara en una autobiografía fragmentaria, como si tradujera un documento escrito en lengua extranjera: un manuscrito incompleto, elíptico, con incoherencias, con enmiendas, con reiteraciones, con comentarios oscuros.
Disfrútenlo.



Deja un comentario