0. ¿Existen los negros?
Llevo días y días corrigiendo exámenes y trabajos, textos más o menos extensos. Como un galeote atado a su galera, cumpliendo condena y padeciendo un sedentarismo tóxico, muy tóxico. Lo noto. Yo procuro caminar horas y horas, sumido en mis ensoñaciones de paseante solitario, sí: buscando un cierto anonimato andarín. Esos momentos son, para mí, instantes de observación y de reflexión, unas horas de autoexamen y de contraste. Qué placer. Durante estas últimas semanas, ya digo, no he podido cumplir mi dieta peripatética. Camino mucho menos y acuso esa circunstancia temporal. Son jornadas de lecturas académicas inacabables. Algunas placenteras; otras, no. Pruebas de primer ciclo por aquí; tesinas por allá; disertaciones por acullá. Son lecturas instrumentales y obligatorias, claro, que en ocasiones te sorprenden muy agradablemente. Otras veces te decepcionan. En cualquier caso aprendes mucho… sobre la condición humana y sobre la Universidad.
En la entrada anterior les hablaba del último Buenafuente con que nos deleitamos en casa. Las lecturas no son inocentes, ya lo sabemos. Y todo produce efectos que sirven para contrastar, consecuencias imprevistas. Si lees Digo yo, de la factoría de El Terrat, y aprecias su prosa jocunda y correcta, entonces te vuelves más exigente con tus alumnos: si un tipo joven e indocumentado, como el personaje que encarna –que encarna– Andreu Buenafuente es capaz de firmar eso, de escribir con soltura y sin atoramientos, entonces cualquier universitario debería estar en condiciones de redactar algo con precisión, algo con erudición, algo con guasa bien medida. No, se me dirá. Buenafuente tiene un equipo de guionistas o redactores y, en todo caso, el showman es literalmente un cómico, alguien que juega con el lenguaje, con los dobles sentidos, con los sobreentendidos, con los malentendidos. No todo el mundo está dotado para ello, para esos volatines verbales. Por tanto, comparar lo que escriben los estudiantes con lo que firma Buenafuente es incorrecto.
Pues bien, yo creo que no lo es. Buenafuente es un individuo cuya identidad privada no conocemos: y, además, no nos interesa. Pero el personaje que representa es un síntoma o un espejo: un tipo en cuyo reflejo quizá harían bien en mirarse muchos de los alumnos. Encarna a un colega que conoce sus carencias, un tipo normal lleno de dudas, alguien que no tapa sus lagunas culturales y que cuando se jacta de algo sabe sobreactuar para reírse de sí mismo, para frustrar la vanagloria. Como decía, sus libros los firman varios, entre ellos y últimamente el gran Jordi Évole alias el Follonero, que ahora desarrolla un nuevo programa en La Sexta bien recomendable: Salvados por… No se lo pierdan: la gamberrada en estado puro. Quizá algo exagerado a veces, aunque siempre incisivo y ocurrente. Pero vuelvo, que me pierdo.
Decía que los libros de Buenafuente los firman varios guionistas. ¿Son negros? No se ocultan, ya digo y digo yo, y cuando las ocurrencias son propias del showman bien que nos lo advierte: en la televisión y en sus libros. O, como dije tiempo atrás, “hacer explícito este hecho (que Buenafuente se preste como emisor de una voz colectiva y zumbona que denuncia lo que nos pasa) tiene, pues, otra parte chistosa: hasta el cómico que cuenta chistes es un farsante, un impostor y lo que dice son palabras de otros, pero esos otros tampoco son los dueños de esa cháchara pues compendia con guasa lo que mucha gente piensa o lamenta o deplora”. Perdón por la prosa.
En otros términos, los monólogos de su programa son eco, resonancia, documentos de nuestro tiempo pasados por el cedazo del choteo. ¿Copian, repiten, plagian? No: lo que hacen es tomar palabras ya dichas para rehacerlas con ironía. Una actividad muy posmoderna, en realidad. No podemos desechar la realidad; no podemos olvidarnos del pasado; no podemos ser enteramente originales. Muy bien: pues si somos enanos subidos a espaldas de enanos (de enanos, insisto), apropiémonos de ese fardo usándolo explícitamente. Reelaboremos frases hechas, tópicos de nuestro tiempo, materiales de desecho, cosas ya dichas millones de veces para decirlas ahora de otro modo. Como los amigos de Buenafuente son profesionales no plagian, no repiten, no copian.
—————-
1. La prueba del algodón
Entre esos trabajos académicos que he debido corregir en las últimas semanas he detectado unos cuantos casos de copypaste. Cualquier profesor me admitirá que pasar por ello es una experiencia decepcionante: que un alumno tuyo copie y pegue un texto azarosamente encontrado en Internet haciéndolo pasar como propio es un fraude. Una interpretación precipitada de este hecho puede llevarnos a la resignación: estamos en decadencia; nunca como ahora se ha rebajado tanto el nivel; ser un caradura es ahora más fácil. No se fíen de explicaciones de esta índole.
La copia ha existido siempre, precisamente para que el saber no se pierda: como hacían esos monjes copistas que estaban en el scriptorium repitiendo obras antiguas o como esos personajes que sobreviven en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, unos tipos que aprendían de memoria libros enteros para transmitirlos oralmente. De acuerdo, se me dirá, pero estamos hablando de copias fraudulentas. Si, en efecto. También la copia fraudulenta ha existido… desde el principio. En los exámenes, por ejemplo, siempre ha habido gente que ha intentado usar chuletas o mirar el ejercicio del vecino. Y en los trabajos escritos, igualmente: siempre ha habido listillos que han fusilado párrafos enteros de libros o enciclopedias haciéndolos pasar como propios. Sí, me admitirán, pero ahora todo es más fácil para cometer fraudes. Gracias a páginas como la Wikipedia (a la que Ciberpaís dedica un monográfico muy interesante), los estudiantes perezosos pueden calcar lo que allí pone para solventar el expediente, para hacer un trabajillo en un plis-plas. ¿Que es más fácil copiar ahora y así poder aparentar un esfuerzo o una sintaxis de la que se carecen? No y mil veces no. Es justamente lo contrario: gracias a Internet es mucho más sencillo descubrir el fraude. ¿Cómo?
Un amigo y yo lo llamamos la prueba del algodón (lo siento: mi degradada cultura de masas perturba mi prosa). ¿En qué consiste? Te entregan un trabajo, referido a Mayo del 68, por ejemplo. Empiezas a leerlo y de repente te tropiezas con una expresión rara, una frase que comienza diciendo: “el veterano periodista”. Que un joven de hoy escriba eso es altamente improbable, salvo que sea coetáneo de ese veterano, o salvo que tenga una retórica algo gastada, o salvo que…
Copias esa oración en Google, primero entrecomillada, y luego pulsas la tecla Enter. ¿Y qué descubres? Más de treinta y cinco mil entradas, un océano de referencias. Vuelves copiar eso de “el veterano periodista” pero ahora le añades el nombre del señor que el estudiante menciona. ¿Y qué adviertes? Que esa oración aparece entre las primeras páginas del elenco de Google: la ves allí, y en negrita; allí está, en efecto, aquella frase que te chocó en el trabajo que estabas leyendo. ¿Una casualidad expresiva? Ingresas en esa web, ¿y qué descubres? Si hay fraude, es altamente probable que junto a dicha oración aparezcan párrafos y párrafos que te suenan y que tú, en tu buena fe, atribuías a la cuidadosa redacción del discípulo aventajado. Ja, ja, ja.
Años atrás, leí Com va la vida. Buenafuente Greatest Hits, una antología de los cinco volúmenes que hasta ese momento había publicado el showman. ¿Quién firmaba el prefacio de dicha obra? El grupo de guionistas: pero, eso sí, burlándose del plagio, de la impostura, de la autoría presunta. Los prologuistas firmaban como «Ana Rosa Quintana«: saqueando, pues, un nombre, adoptando un nick, jugando a la copia de la copia. Ya digo y digo yo: a aquellos estudiantes que, creyendo ser avispados, sean sorprendidos en un renuncio, debería imponérseles como penitencia la lectura… y la copia: la lectura de la obra completa de Buenafuente y sus amigos, con copia manual y en folio aparte. O, si prefieren, que hagan tareas cooperativas redactando voluntariamente voces para la Wikipedia. Así aprenderán.
———-
Variedades
–Ex jóvenes. Ahora que acaba mayo y que André Glucksmann ha vuelto con su hijo para rehabilitar en parte el viejo 68 (Mai 68 expliqué à Nicolas Sarkozy), convendrá recuperar también lo que en este blog decíamos hace justamente trece meses. ¿Sarkozy? ¿Glucksmann? Lean, lean…
—————-
-Nick. Hablando de nicks, el señor Kant despierta interés entre los lectores de este blog. Sin duda. Sus intervenciones provocan la adhesión o la irritación o la discusión: no dejan indiferente. Ha habido lectores de esta bitácora que, personalmente o por correo privado, me han preguntado quién es este señor Kant. El interesado desea permanecer emboscado bajo dicho alias, pero ha tenido la amabilidad de mandarme su retrato, firmado nada menos que por Liniers. Aquí lo tienen. Más no puedo hacer…
————–
-Exámenes. Amy Winehouse. «Es lo que le faltaba a Amy Winehouse (…). A su reconocida autoridad musical –comparada con leyendas del jazz y del vocalismo negro americano– se ha unido ahora la autoridad literaria: un examen final de Literatura de la Universidad de Cambridge la ha puesto a la altura de William Skakespeare y sir Walter Raleigh». Siga leyendo...
Lunes 2 de junio de 2008, nuevo post a las 14 horas






Deja un comentario