1. Buena presencia. La fotogenia, la telegenia, la oratoria le dan buena presencia. Incluso, muy buena presencia: esa expresión es antigua y no describe al varón que se mantiene delgado, es guapo o está bronceado, como envidia Silvio Berlusconi. Se refiere más bien al porte distinguido y sencillo con que uno es capaz de presentarse en público. Aseado, planchado, bien rasurado. Limpio y elegante, dueño de gestos suaves y enérgicos a un tiempo, amo de la palabra exacta, serio pero no severo. Tener buena presencia es tener talle, figura; es dominar la disposición del cuerpo, con ademanes varoniles y refinados.
De Barack Obama se predican esas virtudes, que le hacen muy ducho en el arte de manejar las impresiones. El arte de manejar las impresiones es una capacidad especial para imantar las miradas: la posee gente como Barack Obama, que viste elegante y pulcramente, sin estridencias, con estilo cool y con cercanía: todo ello a un tiempo. Pero no basta. Para tener buena presencia es preciso provocar también un efecto de sinceridad: mostrar una figura creíble, todo un personaje que transmita autenticidad, con fisuras y superaciones, con dolor y alegría, con frustraciones y perseverancias. Y eso sólo se logra si consigues elaborar un buen relato de ti mismo.
2. ¿Storytelling? Como nos recuerda Christian Salmon en Storytelling (Península, 2008), la comunicación narrativa disfruta de gran éxito en Estados Unidos: desde siempre, pero especialmente desde mediados de los noventa del siglo XX, con un renacimiento inusitado. Se extiende por todos los ámbitos de la sociedad. Los managers deben contar historias para motivar a sus subordinados. Los médicos debe ser pacientes: pacientes escuchando las historias de sus enfermos. Los psicólogos tienen que relatar historias: es decir, tienen que desarrollar el arte de la terapia narrativa. Los organizadores comunitarios deben resolver conflictos con historias que den argamasa y coherencia a lo que estaba disuelto o roto. Incluso los mandatarios que salen de una Presidencia han de escribir o elaborar una buena razón de sí mismos, la versión que presumiblemente quedará para la Historia: así, con mayúscula.
Christian Salmon publicó la versión original de su libro (Storytelling ) en 2007. Concibió su obra como un arma de combate contra la propaganda del Gobierno que encabeza George W. Bush. ¿Su subtítulo? La máquina de fabricar historias y formatear las mentes. Seguramente es un enunciado algo escandaloso, pero no carece de sentido. Lo que Salmon verifica parece algo obvio. En realidad no lo es: es creciente el peso del relato en la explicación de lo real. En una sociedad de la información, aquello que circula son noticias o rumores: historias que tienen algún sentido, incluso alguna moraleja con la que atribuir significado. Si se producen choques figurados o enfrentamientos metafóricos, lo mejor es responder con una campaña narrativa, creando una contrarrealidad, pues las historias también producen efectos reales. En un mundo en que se disuelven las creencias políticas, en un mundo hecho pedazos, las ideologías dejan paso a los relatos: las narraciones coherentes dan apariencia de orden y fijan la interpretación de las acciones gubernamentales (por ejemplo). En un tiempo en que las empresas están expuestas a la competencia devastadora de los rivales o de los enemigos, la marca puramente mercantil no es nada sin una historia moral que establezca el sentido de lo que se vende.
3. ¿O!!BAMA? El nuevo libro de Obama que la editorial Almed, de Córdoba, ha publicado apareció originalmente en 1995. ¿Su título? Dreams from my father. A Story of Race en Inheritance. Fue reeditado en 2004 y ahora podemos leerlo en castellano: Los sueños de mi padre. Una historia de raza y herencia (2008). Decididamente, a pesar de la buena voluntad de sus editores españoles, Barack Obama no tiene suerte con las versiones de sus libros. La traducción en Península (La audacia de la esperanza) tenía errores notables; la versión del Almed (Los sueños de mi padre) también es una suma de defectos: por ejemplo, los traductores olvidan y añaden acentos con una arbitrariedad que sólo puede deberse a la premura. En efecto, las prisas hacen estragos en la edición. Quienes publicamos libros lo sabemos, lo padecemos, y aquí ya lo traté. Debemos entonar un mea culpa… Pero, en el caso de Obama, el asunto es más grave: sus libros españoles están lastrados por el abandono o el puro descuido. Siento decirlo, pero es así. Y, encima, este último volumen ha de cargar con una concesión a la obamanía: con una exclamación bien gráfica (O!!bama) que no vemos en la tapa de la versión original.
Yo no deseo escribir una reseña de este nuevo libro. Simplemente quiero dejar constancia de mi impresión general. Este volumen, sin duda, forma parte del storytelling que triunfa en Estados Unidos desde los años noventa. Es una historia edificante, de esfuerzos, de caídas, de recaídas y de triunfos: de éxitos que siempre se matizan o corrigen por la vida misma. Obama espera ser creíble y por ello no se esmera en ser perfecto desde la primera línea, sino que exhibe sus dudas, sus heridas. Es un modo muy eficaz de mostrar autenticidad. Pero la autenticidad, aquí, es sobre todo un efecto. Me explico. Toda autobiografía exige un pacto. Philippe Lejeune lo examinó en un libro ya clásico, El pacto autobiográfico. Para que a un autor se le crea ha de escribir lo sucedido, la verdad de su vida: sin mixturas, sin mentiras. De algún modo ha de prometer ser sincero: por ejemplo, adoptando el género de la autobiografía, que le obliga, que le fuerza. El lector, por su parte, ha de aceptarle este principio y ha de convenir con él en que, en efecto, está contando lo ocurrido sin añadir ficción alguna, sin maquillar los hechos, sin recrear artificiosa o ventajosamente los acontecimientos. Escribir una autobiografía a los treinta y tres años, que es la edad con que Obama firma el libro, resulta quizá algo impostado. De entrada, en la treintena no se es tan viejo ni se tienen tantas experiencias como para rememorar unos cuantos hechos. Sin embargo, a mediados de los noventa, la vivencia de Obama era ya muy densa, una existencia que se repartía entre Hawai, Indonesia, Los Angeles, Nueva York, Chicago, Nairobi: una vida con un padre ausente, afincado en Kenia, y con una madre blanca procedente de la América profunda.
La figura del padre –que el joven Obama trató sólo durante unos días, cuando contaba diez años– es el motivo del libro. O eso parece… La vida recreada del Viejo, el viejo Obama: las historias que de él le habían contado, los fantasmas que de él se había forjado, los rencores que al muchacho le habían envenenado. Pero, como ésta es una historia edificante, los reproches se convierten en tolerancia y comprensión distante. Para ello, hemos de leer cuatrocientas páginas que reconstruyen avatares personales y diálogos reproducidos con gran precisión. ¿Con gran precisión? Leamos qué dice Obama. «Aunque gran parte de este libro se basa en diarios íntimos y en las anécdotas e historias que me contó mi familia, los diálogos no son sino una aproximación a lo que de hecho me contaron o transmitieron. En aras de una mejor comprensión, algunos de los personajes que aparecen son mezcla de gente que he conocido, y varios de los sucesos relatados carecen de cronología precisa».
¿Cómo hemos de interpretar esas palabras? No me gusta este procedimiento, que se ha impuesto en muchos países y en distintos géneros: el de las palabras que presumiblemente habría dicho alguien y que al reproducirse entrecomilladas parecen literales. No son literales: no son una reproducción documental, sino una recreación aproximada, con lo cual las licencias que se permite todo autor son mayores. Uno siempre puede disponer mejor las palabras, el orden de las palabras y el sentido de las palabras en un relato finalmente coherente. Es un margen muy amplio, desde luego. Si, además, la cronología es deliberadamente imprecisa; si, en fin, ciertos individuos son condensación de varios (hasta el punto de convertirse en eso, en personajes), entonces habrá pasajes que no puedan verificarse documentalmente. ¿Obama miente, falsea, fantasea? No puedo afirmar tal cosa. Nunca lo sabré ni tendré oportunidad de averiguarlo. Lo que distingo es el resultado: una obra inteligentemente dispuesta para reforzar el yo que sale de la escritura.
4. ¿La tragedia Bush? Hay un libro que tengo pendiente, un análisis psicológico de George W. Bush. Está en la pila de novedades que se me amontonan y me reclaman. Lo veo ahí, en vecindad con otros volúmenes que me interesan y que algún día leeré. ¿Su título? La tragedia Bush (2008). Es de Jacob Weisberg y lo publica RBA en español. Es una obra que promete, que se me antoja interesante y entretenida, aunque tengo mis dudas: la lectura superficial, la lectura selectiva que he hecho –el sondeo del terreno– parece exagerar el papel del padre, el espejo del progenitor, ese objeto finalmente interno que regularía la vida del hijo, un joven que habría crecido tratando de asemejarse al viejo con rencor y torpeza. No sé. Quizá sea una obra perfectamente conjetural, fantasiosa, una obra que debamos aceptar como ensayo-ficción o como una suma de hipótesis arriesgadas y no siempre documentadas. En todo caso, lo que parece incuestionable en Bush es el papel del padre: esa suerte de referente con el que cotejarse, del que distanciarse o con el que medirse. Es curioso: también en Obama el padre cumple un rol decisivo, según comprobamos en sus dos volúmenes autobiográficos, esos que tan ventajosamente le colocan. El actual presidente de EE UU ha anunciado que proyecta regresar a Texas en enero de 2008, leo en El País, y que «tal vez [se decida a] escribir un libro» en el cual detallar las circunstancias en las que tuvo que tomar «difíciles decisiones», precisa. «Quiero que la gente sepa la verdad y sepa lo que es estar sentado en la Oficina Oval».
¿Storytelling? El 12 de noviembre pensaba acabar el post. Pero, fíjense, se me han ido las ganas. No he consumado un post in progress, sino que me he rendido a la evidencia: estamos saturados de Obama. O yo estoy saturado de Obama. Tal vez, en otro momento regrese sobre la escritura autobiográfica del presidente electo.
5. Colofón (13 de noviembre). Hoy, 13 de noviembre, leo un artículo en El País, es de Christian Salmon, precisamente. Lo dedica al arte de contar historias de Nicolas Sarkozy, a su habilidad para hacer de sí un personaje. Me ha hecho recordar que hace meses, aquí en el blog, me ocupaba de esto mismo. Citaba yo para la ocasión un par de frases del Presidente francés, procedentes de uno de sus libros (recuerdo haber leído dos volúmenes). “La esperanza espiritual también necesita alimentarse con la escenificación”, decía Sarkozy. “El hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore”, apostillaba el Presidente. Si van a mi post 4 de febrero de 2008, titulado Obama o Sarkozy, verán cuál es el contexto. No se detengan en la imagen inicial. Avancen a lo largo del post: llegarán a Sarkozy.
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Hemeroteca
Nuevo artículo de Justo Serna en El País, 12 de noviembre de 2008:
Un artículo sobre las reuniones libres de vecinos como ejercicio de democracia deliberativa y fuente de la democracia como implicación personal, según las reflexiones del filósofo norteamericano John Dewey. Un artículo sobre los planes de algunos socialistas valencianos (Volem i Podem) de reactivar la discusión libre en el seno de su partido. «Ah, y todo ello, sin convocar a Obama».


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