«Yo no concibo que alguien se ponga delante de un micrófono sin saber lo que va a decir ni cómo lo va a decir», sostiene Norma Bernad. Bernad, según indica Pablo Ximénez de Sandoval en El País, es «entrenadora de políticos de la Fundación Jaime Vera, vinculada al partido» socialista. Esta experta observa con admiración lo hecho por Obama y por McCain. Ambos «habían preparado meticulosamente sus discursos, la entonación, las historias que contaban, el contenido emocional…». ¿Qué elementos debería reunir un buen discurso político?, pregunta el periodista a la experta. Además de que pueda leerse en un teleprompter o en unas notas que el candidato lleve, debe ser «comprensible y memorizable». El discurso ha de permitir al político «contar historias, que es lo que lo hace recordable, contar una idea a través de los hechos y personificarlos». Regresamos, pues, a la cuestión dominante que en este blog venimos tratando: el fenómeno del storytelling.
Emociones creíbles. Pero, atención, las historias emocionales que condensan valores y sentimientos comunes han de ser aceptadas. Un relato que provoca incredulidad o rechifla es, sin más, una narración fracasada. «En España», dice Ximénez de Sandoval, «no nos creemos a los políticos cuando se ponen emotivos». ¿Ejemplos? La niña de Rajoy. «La niña de Rajoy provocó más risas que suspiros», añade el periodista. Parecía una historia cursi, pero sobre todo la gente adivinaba la irrealidad del caso. Los espectadores mostraron, en efecto, su incredulidad. ¿Y cómo se suspende la incredulidad del público? Haciendo propia la historia, no inventándose a un personaje: ni la niña de Rajoy ni Joe el Fontanero, que McCain convocó, son figuras fiables. O bien son inmateriales, es decir, carecen de entidad real y, por tanto, son condensación de individuos posibles, un retrato robot: sólo o todo un personaje. O bien son personas de carne y hueso que no tienen exactamente las propiedades que se les atribuyen, razón por la cual bien pronto son desvelados o descubiertos.
Agnición. La agnición es el proceso de revelación de una identidad confusa. Lo utilizan los narradores para destapar finalmente a un personaje que teníamos mal identificado. Es un modo de provocar un efecto postrero, un efecto que obliga a reinterpretar la historia previa que creíamos conocer. La chica de baja sociedad era, a la postre, hija de una familia distinguida. El muchacho menesteroso era, felizmente, un príncipe que ignoraba serlo. Esa revelación –que puede ser momentánea o paulatina– mejora al tipo con quienes nos hemos familiarizado dentro de una ficción. Aceptamos el mecanismo porque nos sabemos dentro de una ficción, precisamente. En cambio, en la niña de Rajoy o en Joe el Fontanero, el proceso es inverso: los candidatos nos hablaban de personas presuntamente reales que sólo eran verosímiles o que eran excesivamente simbólicas. No toleramos lo verosímil cuando estamos en un discurso verdadero, pues esa operación rompe el pacto fiduciario que se establece entre quien cuenta la historia y quien escucha. Nos sentimos defraudados: nos toman por niños. Cuando nos cuentan un historia verdadera, tampoco toleramos la recarga simbólica de los individuos reales, hasta condensar en ellos virtudes generales, vagas: esa operación los convierte en previsibles, aquejados de un simbolismo manifiesto, excesivo. La gente adivina que son espejo sin espesor.
Obama. En Obama, las personas de sus libros están concebidos como si fueran personajes de ficción: es más, «algunos de los personajes que aparecen son mezcla de gente que he conocido», advierte el presidente electo en un pasaje que aquí reproducíamos días atrás. A pesar de esa ficcionalización, Obama ha conseguido que le acepten; ha logrado que sus públicos se rindan ante su palabra dicha o leída. ¿Por qué razón? Son numerosos los factores, pero sin duda sus preparadores y él mismo han tenido en cuentan los numerosos factores que intervienen en una elección y en una aceptación. El principal: asumir un liderazgo enérgico y compasivo, afectar sinceridad expresiva, mostrarse él mismo como un afortunado cruce de rasgos distantes o de aleación improbable, un personaje que ha debido experimentar su propia agnición ante los lectores, ante los espectadores, para convertirse en la persona que se presenta. En Los sueños de mi padre, el progenitor es un tipo evancescente, impreciso, oscuro, en parte indescifrable, alguien de quien sólo sabremos por las versiones que de él se han repetido o por los relatos que de él le han contado al hijo. Hay en el hijo un rencor medido, perfectamente comprensible para toda persona que se sienta abandonada… Pero la agnición, el descubrimiento de la verdadera identidad del padre, salva al hijo del puro resentimiento: la obra consigue así hacer creíble al tipo que narra, alguien que no escribe lacerado, sino salvado. Salvado para América.
Partit Socialista del País Valencià. Bien, ahora la historia de una promesa ha de materializarse en una ejecutoria concreta. Será entonces cuando convenga releer las obras de Obama. Será entonces también cuando convenga examinar los perfiles y los trazos del personaje. Mientras tanto regreso al Partido Socialista, incluso al Partit Socialista del País Valencià, que tiene un serio problema de liderazgo. «En el PSOE, por ejemplo, a los candidatos de las autonómicas y municipales, y algunos diputados, se les da un cursillo de tres días sobre estos temas», dice Ximénez de Sandoval. «Y alguno pone problemas para venir tres días», se lamenta Norma Bernad. ¿Sólo tres días? Creo que en una sociedad mediática el acto público es sobre todo una escena con personajes que han de ser creíbles, convincentes, con sus papeles bien aprendidos. Han de entusiasmar, despertar el interés, persuadir con la palabra, con los gestos. Por ejemplo, creo que en el PSPV falta un liderazgo acorde con la sociedad mediática y, aunque no quieran fijarse en Obama, los socialistas valencianos no deberían presentarse improvisando. Hay que deshollinar, cierto, pero hay que salir para crear el marco de su discusión externa; hay que asumir y contar historias emocionales bien narradas en las que puedan creer los destinatarios que votarán; pero sobre todo hay que presentar a un lider enérgico y compasivo, alguien que muestre sus laceraciones, esas que lo humanizan y lo salvan finalmente. Así de claro lo digo.
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Otra historia que contar
A. Unos instantes de publicidad…
Presentación de Héroes alfabéticos.
Día: 26 de noviembre.
Lugar: Casa del Llibre de Valencia.
Hora: 19:30 horas.
Lea la noticia en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Lea la noticia en la Casa del Libro
B. Mi mejor lector
Miguel Veyrat me escribe aquí. Le deseo las buenas noches y le doy la bienvenida tras su reincorporación al blog. Me ha sorprendido mucho la afirmación que hace sobre mis escritos y sobre mi libro: «Por otra parte he de decir que disfrutado enormemente de la lectura del libro de Justo Serna, como ya es habitual desde que leo sus escritos de todo tipo, aunque lamento la pésima edición que los servicios editoriales de la Universidad pública de Valencia ha prepetrado», sostiene.
Si me permiten, yo no lo vería así. Me parece que en ambos casos Miguel exagera: ni yo soy tan bueno, ni la edición de mi libro es pésima. Ni mucho menos. En todo caso, mi nivel es normal y el nivel de PUV es equivalente al de tantas editoriales españolas. Desde luego, Miguel, una afirmación de ese tipo, pronunciada así, a bote pronto, no me alegra, no me beneficia y no me ayuda. Sé que no quiere infligirme dolor alguno. Pero no veo razón para hacer una afirmación tan tajante, tan expeditiva, sobre la edición, una generalización injusta sobre la obra que me hace revivir el momento final de su confección.
Todo libro tiene fisuras o hendiduras. Éste, en particular, tiene alguna laceración que provoca incomodidad. Adivinen cuál puede ser esa laceración. Un amiga, sabia lectora y profesora de literatura, me ha prohibido solazarme en la herida posible, insistiéndome en que el volumen es magnífico. «Te prohíbo –permíteme que lo diga así– la menor referencia en la presentación del libro a un hecho tan minúsculo que sólo ves tú y que podría servir para desviar la merecida atención que merece tu esfuerzo», apostilla. Yo le agradezco esas palabras, claro, que son un lenitivo.
Pero creo que debo aclararles algo del contexto del volumen. Es un libro cuya edición final, las últimas etapas, me sorprendieron atendiendo permanentemente a mi padre –a él y a mi madre, por cierto, les dedicó el volumen–; las últimas tareas «autoriales» que a mí me correspondían las completé pocos días antes de su muerte, cuando yo no me resignaba al evidente deterioro que padecía mi mejor lector. Yo corregía mientras me angustiaba por su estado. Digo todo esto sin buscar indulgencia, sino para entender la circunstancia final. Yo quería que mi padre alcanzara a leer el libro, quería que llegara, pero, como dije aquí, «mi padre no me lee«, mi padre ya no leía ni me leía, sumido en un estado de quiebra absoluta. Recuerdo que aún le propuse una lectura fragmentada, también con hendiduras y dolor: la de Enrique Vila-Matas. Ya no pudo ser.


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