o. Caracteres. Hay caracteres planos y caracteres redondos, decía E. M. Forster en Aspectos de la novela. Para conocer a los primeros basta con leer la frase funcional que dicen en un relato. «Señor, ¿sirvo ya el té?», pregunta el criado. No precisamos saber más: este individuo realiza una tarea y con su desempeño contribuye al desarrollo de la novela. En cambio, un personaje redondo necesita páginas y páginas para expresarse o, por lo menos, para que sepamos de él, para que lo conozcamos enteramente. ¿Enteramente?
Decía Umberto Eco en Seis paseos por los bosques narrativos que de una persona real averiguamos poco en la vida: un conocido o un amigo o un familiar siempre pueden sorprendernos, siempre pueden desmentir las expectativas que nos hemos forjado sobre él. En cambio, añadía Eco, de un personaje literario –o cinematográfico– tenemos toda la información precisa: aquella que aparece en la novela o en la película. Nada más: la justa. Con esos datos contamos y con ellos hemos de hacernos una idea de lo que es ese personaje. De acuerdo. ¿Pero qué pasa cuando a las personas las interpretamos con el esquema de los personajes literarios? ¿Qué sucede, por ejemplo, con quienes vemos aparecer en los medios de comunicación? Sobre dichos individuos vamos completando datos leídos o vistos aquí y allá, sin poder interrogarlos o tratarlos. Obtenemos información y buscamos referentes con quienes compararlos, casos semejantes que nos sirvan para ilustrarnos y para ilustrarlos: para hacer de cada uno todo un personaje. Para colorearlos.
1. Colorear al personaje. Me propongo escribir durante varios días sobre distintos personajes, individuos o caracteres que han alcanzado notoriedad y de los que sabemos y no sabemos. ¿Qué imagen tenemos? ¿Qué podemos leer o qué podemos averiguar sobre ellos?
Observen el dibujo adjunto. Vemos a Mickey y a Minnie. Son personajes nada secundarios de la infancia. La ratita de Disney le muestra a Mickey lo que es: una celebrity. Todos escriben sobre él, lo retratan, pero el perfil sigue incompleto: sólo es una plantilla que hemos de colorear.
2. Bush, Onetti, y Rita. ¿Qué tienen que ver entre ellos? En principio, es el puro azar que tres personas tan distintas se hermanen en un post. De entrada, sólo mi lectura o mi escritura las han hecho coincidir: que si tenía que hacer una reseña, que si tenía que acabar un artículo, que si… Es la chiripa, sí, pero esas personas aparecen coloreadas con el recurso de la literatura y de la ficción hasta hacer de ellas personajes de libro o de la imaginación. Sabemos poco de ellas, pero ese poco que sabemos es suficiente para concebirlas como caracteres o perfiles. La literatura ayuda a completar o a conjeturar lo que de otro modo no podría saberse o documentarse. Coloreamos los personajes hasta formar de ellos su identidad. Veamos esos ejemplos.
—Sobre George Walker Bush me he documentado con un libro de Jacob Weisberg (que Francisco Fuster ha analizado de manera seria y concienzuda).
—Sobre Juan Carlos Onetti he leído otro volumen de Mario Vargas Llosa, del que he debido hacer una reseña para Ojos de Papel.
—Sobre Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia, he debido escribir un artículo para El País con motivo de la usurpación de su identidad en Facebook.
3. ¿Literatura o investigación? Bien resuelta, la conversión de una persona en personaje de libro o de ficción es una operación atractiva. Aunque tiene sus riesgos: cuando hablamos de individuos, la literatura o la imaginación pueden ser recursos discutibles o incluso repudiables, si se emplean para dañar o para inventar lo que no se quiere saber. En otros términos: la imaginación como sustituto de la documentación es pereza; la invención como reemplazo de lo real es engaño; la fabulación como alternativa a lo verdadero es mentira.
Arcadi Espada –el periodista que está aquí, a la derecha– lo explica de manera rotunda en su último libro: Periodismo práctico (2008). Si le quitamos los aspavientos, a Espada no le falta razón. Cita a James Boswell: «Uno ha de quitarse de la cabeza la imaginación (como quien achica el agua de un bote) con el fin de dar una narración auténtica». Y completa Espada: «La imagen de la cabeza como un bote, por donde se filtra constantemente el agua de la imaginación, es comprensible para cualquiera que haya intentado escribir un solo párrafo veraz. El agua, además, llena el bote insidiosa y lentamente, y la tarea del escritor faction es advertirlo antes de que la narración acabe en naufragio. La imaginación se presenta siempre bajo una forma salvadora, y es cierto que suele resolver los nudos que impiden acabar una frase o un fragmento. Pero los efectos secundarios se acumulan y, en efecto, el bote acaba por hundirse».
Pero, precisamente pero…: Espada generaliza al considerar que la literatura ha tenido un efecto nefasto sobre el periodismo. Y yerra al considerar que la literatura nada tiene que ver con la investigación. «Entre los temibles riesgos del reportaje está el de convertir a los hombres en personajes», dice Espada. «Sobre todo por la capacidad que inmediatamente adquiere un personaje de hablar y comportarse en razón de estereotipos», añade. Releamos esas frases.
Es probable que Arcadi Espada haya tenido malas experiencias al leer novelas. Que no le hayan servido para documentar exactamente el mundo, que los personajes de esas obras hablen o se comporten como estereotipos (es decir, según modelos previsibles), no significa que todas las novelas sean así. La conversión de una persona en personaje no implica su reducción o su simplificación. La gran literatura, incluso la gran literatura de ficción a la que tan reacio es Espada, entraña complejidad y un rastreo documental nada facilón. Que ciertos periodistas no sepan qué hacer con los personajes, que sean incapaces de trazar sus perfiles, que se inventen lo que ignoran…, no es problema de los novelistas, sino de esos reporteros perezosos. Resulta extraño tener que repetir esto.

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