Catecismo patriótico. Gracias a la amabilidad de Francisco Fuster he recibido un ejemplar del libro que firman César Vidal y Federico Jiménez Losantos. Se titula Historia de España. De los primeros pobladores a los Reyes Católicos (2009). En sus páginas, ambos desean repartir el saber a manos llenas, «haciendo dos cosas que nos gustan», dice Jiménez Losantos. «A mí, hacerme preguntas sobre la Historia de España; y a César, contestarlas», precisa. En realidad, estas páginas son los guiones radifónicos (que no la transcripción) de las clases de Historia que ambos imparten en el progama La Mañana, de COPE. Empezaron en septiembre de 2006. Jiménez Losantos interroga y César Vidal contesta. El esquema es éste: «preguntas sencillas y respuestas no menos simples, al estilo del catecismo para niños», indica Vidal.
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«El modelo pedagógico de preguntas y respuestas para aprender cualquier materia», añade Jiménez Losantos, «ha sido utilizado durante siglos, sino milenios, para llegar al mayor número posible de personas». ¿Y quiénes son los destinatarios de esas emisiones y de este libro? Los «inmigrantes, nuevos españoles y víctimas de la LOGSE», dicen en el programa y repiten en este volumen. Como los niños que siempre preguntan a la madre, también hemos de preguntar sobre España, porque «como España es, históricamente hablando, nuestra madre, nos interesa todo lo que en su vida le haya sucedido», proclama Jiménez Losantos. Se trata de una madre con dos mil años de vida. «¡Dos mil años se dice pronto! El noventa por ciento de las naciones que se sientan en la ONU apenas pasan de doscientos», apostilla el director del La Mañana.
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Leo y vuelvo a leer las palabras literales que he reproducido y he de frotarme los ojos. No sé cuál es el mal que ambos padecen. La editorial ha empleado doscientas y pico páginas para transcribir esas cuestiones y respuestas. He comenzado a leer el volumen y no doy crédito. ¿Que qué dicen? No querrán que yo les abrevie la respuesta, ¿verdad?
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Los intelectuales. Meses atrás, en un post de esta casa, mencionaba a Ralf Dahrendorf. Recordaba una simetría, una paradoja: mi primera colaboración en Levante-Emv había empezado con un artículo titulado “Los liberales y la calle”. En dicho texto citaba a Dahrendof. La última columna, antes de mi salida abrupta de dicho periódico, se titulaba “La cena de los políticos”. En ese artículo volvía a mencionarlo.
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No hay libro suyo que no me motive. No comparto todo lo que dice, por supuesto, pero su lectura siempre activa la mente, la reflexión, el juicio, la templanza analítica. Ahora acabo de leer La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria (2009). Es una novedad editorial la mar de interesante, aunque con pasajes, esquemas o ideas discutibles, claro. No lo saco a colación para atormentarles con mi penúltima lectura, sino para debatir sobre lo que plantea, una cuestión que es general y relevante. Decisiva, incluso. ¿Y cuál es esa pregunta de Dahrendorf? Pues una bien sencilla que podría formularse con pocas palabras.
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¿Por qué hay individuos, ciudadanos, intelectuales… que, sin ser especialmente valientes, se oponen al totalitarismo? ¿Por qué lo hacen si es más fácil entregarse? Una dictadura es represión, cierto, pero también alguna forma de consenso… perverso. ¿Por qué se dan estas adhesiones? ¿Porque se obtienen ventajas materiales o porque se manipula la conciencia? Si ésta es una respuesta suficiente, habría que preguntarse por qué algunos individuos desechan esas ventajas o por qué algunas conciencias se resisten. Dahrendorf escribe doscientas y pico páginas para responder esas cuestiones con ejemplos concretos. No querrán que yo les abrevie la respuesta, ¿verdad?
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La fascinación antioccidental. Hablando de intelectuales y fascinaciones políticas, Juan Antonio Millón alude a Michel Foucault. A Foucault e Irán… El 16 de enero de 1979, hace ahora treinta años, el Sha abandonaba Teherán tras unas movilizaciones multitudinarias. En ellas, los estudiantes universitarios habían tenido un papel decisivo. La oposición, nutrida y abundante, interior y exterior, conseguía derrocar el régimen de los Pahlevi. En febrero, el Ayatolá Jomeini hacía su entrada en Teherán con gran respaldo popular. Habían acabado los quince años de su exilio. En abril se proclamaba oficialmente la República Islámica de Irán. En poco tiempo, el Consejo de la Revolución Islámica conseguía eliminar a las restantes fuerzas políticas que habían ayudado a la caída de Pahlevi logrando depurar también a las otras minorías religiosas. Como fondo, unas multitudes enfervorizadas, unos clérigos chiíes y unos guardias de la revolución velaban por la pureza del nuevo régimen islamista. En diciembre de aquel mismo año, una nueva Constitución designaba a Jomeini como guía vitalicio y confirmaba la política antioccidental del nuevo régimen. Un año convulso había transcurrido. Comenzaba, entonces, la difusión planetaria del integrismo islámico.
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En 1978, el filósofo francés Michel Foucault había escrito una serie de artículos sobre lo que estaba sucediendo en Irán. Eran los prolegómenos de la caída del Sha y la convulsión iraní atraía la mirada de intelectuales occidentales. Era una revolución extraña: no era el marxismo aquello que cubría ideológicamente el movimiento. Era un trastorno cultual nuevo. O así se veía. Los artículos de Foucault, que aparecieron entre septiembre y noviembre de 1978 en il Corriere de la Sera, tenían la forma de reportajes. ¿Qué es lo que interesaba a Foucault? A este filósofo, lo que le atraía era el antioccidentalismo, una sacudida de las convenciones burguesas y tradicionales. Él, que se había empeñado en hacer la genealogía de nuestros aprioris, de nuestros universales antropológicos, veía en las masas y en los estudiantes iraníes, una sacudida antipolítica… En los prolegómenos de la revolución, todo parecía posible y todo estaba por decidir… A Foucault le interesaba una conmoción que se salía de la política.
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En una década de izquierdismo, de maoísmo y de deseo —Sette anni di disiderio, titulará Umberto Eco uno de sus libros–, lo antioccidental era un recurso frecuente: Foucault veía a los antiguos colonizados rebelándose contra el régimen que habían heredado. La revolución iraní violentaba las categorías occidentales: eso fascinaba a Foucault, a ese Foucault que también se había prestado a dialogar filosóficamente con los maoístas. ¿Por qué esa fascinación? Hay una pregunta que atraviesa toda su obra, una pregunta que es la misma a la que Kant trató de dar respuesta: ¿Qué es la Ilustración?
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El filósofo francés llevaba años reflexionando sobre los claroscuros del iluminismo, sobre la disciplina invisible, sobre la «gubernamentalidad» y sus recursos, sobre la coerción, sobre la diseminación del poder, sobre la sexualidad, sobre la biopolítica, sobre el arte de hacerse a sí mismo. ¿Qué tenía que ver lo sucedido en Teherán con todo ello? La reflexión «periodística» de Foucault sobre Irán está trastornada por el presente acelerado, como él mismo admite. Quiere hacerse cronista de una revolución que admite cercana y deseable…
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No sé hacer la historia del porvenir, viene a indicarnos. Tampoco sé prever el pasado, nos insiste. Sin embargo, viendo lo que está pasando quiero arriesgarme a ensayar sobre lo que está por venir. Durante estos días asistimos a algo que no acaba: los dados siguen rodando, pues. ¿Y qué es lo que ocurre? La primera gran insurrección planetaria, cultural y no sólo política, algo así como un libertarismo sin tutela: la primera gran rebelión contra la hegemonía global, un movimiento que es una voluntad colectiva, dice Foucault. Los estudiantes rebeldes hacen explícita su cólera, su voluntad de no ser gobernados: deben aspirar a cambiar su subjetividad, su espiritualidad y sus relaciones; deben repudiar una modernización que es capitalismo y sistema, materialidad, orden y represión. ¿Una nueva revolución cultural?
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Hacia 1979, la fascinación que el movimiento iraní provocaba en Foucault ya ha desaparecido. Teherán no representa un régimen de verdad alternativo y todo atisbo de antigubernamentalidad se ha desvanecido. Hay encuadramiento. Para esas fechas, con una celebridad creciente, Foucault emprende su última búsqueda: California. En 1984 moría víctima del Sida. Pero de algunas de estas cosas, de esto que ahora no trato, ya he hablado en otro momento.
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