1. Uno se sienta ante el ordenador con el ánimo de analizar lo que pasa y lo que nos pasa. Uno se informa, lee la prensa y se ata los machos. El resultado es desconcertante. ¿De qué hablo? ¿De la corrupción, de la presunta corrupción, del ex alcalde de Boadilla? Tal vez, podría hablar de esas cosas, pero a la vez pienso que lo significativo de las últimas noticias no es el hecho en sí, semejante a otros que previamente se han desvelado. Lo relevante –ahora, en El País y antes en El Mundo— es el impacto mediático que tiene: las exclusivas o las revelaciones agravan el estado ya comatoso de un partido. ¿Comatoso? Me detengo. Sin duda es una expresión desafortunada, una mala metáfora. Cuando adviertes la calamidad de dicha calificación, te reprimes y decides cambiar de objeto.
2. Pues bien, te dices, hablaré de Charles Darwin. ¿No celebramos el Año Darwin, los doscientos años de su nacimiento y los ciento cincuenta de la publicación de El origen de las especies? Pues eso, adelante. ¿Adelante? Lo pienso y me paralizo. Es una avalancha de informaciones, de especiales periodísticos, de informes, de resúmenes, de parafraseos, de repeticiones. Uno tiene la sensación de hartazgo. ¿Es posible que me hagan detestar la evocación de Darwin? Y yo, ¿qué hago, contribuyo a ella? Estoy releyendo un pequeño volumen que es un prodigio de divulgación. Lo leí por vez primera hace un año. Ahora manejo el mismo ejemplar y añado nuevos subrayados rojos y azules a los rojos que hice en la primera consulta. Janet Browne escribió un maravilloso La historia de ‘El origen de las especies’ de Charles Darwin (2007), que supera con mucho buena parte de las cosas de urgencia que ahora se están escribiendo. ¿Qué hago? ¿Lo dejo estar, ya que lo conozco? ¿Me remito a los volúmenes que en este momento se editan? Mi Universidad, por ejemplo, contribuye con actos y con libros. ¿Hablo de ellos? Sería lo preceptivo, sin duda. Pero yo sólo quiero regresar a Darwin con inocencia de lector nuevo. Como si el viaje del Beagle empezara ahora. ¿Pero qué estoy diciendo? ¿Regresar a unos textos como si nada supiera de ellos?
3.
Dejo a Darwin de momento y me acuerdo del texto que en unos días debo escribir fuera del blog. O, mejor, reescribir. Es una ponencia sobre Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, que presenté en los cursos de verano que organiza en Teruel la Universidad de Zaragoza. Fue en 2007. La escribí entonces y, en principio, me bastaría con releerla y ya está. Pero hay algo que me lo impide: no he visto aún la versión cinematográfica de dicha obra. Tengo copia en casa, pero todavía no me animo a verla. ¿Por qué? Porque estoy releyendo el libro, ya muy manoseado y subrayado. Quiero dejarme impresionar por la lectura. Como si fuera la primera vez que leo dicha historia. ¿La primera vez? Pues sí, hay algo parecido. Sigo ampliando los subrayados a lápiz y a boli que hago sobre el texto. Pero mi ejemplar es el antiguo, el único del que dispongo. Tiene la cubierta original: con una fotografía de la Hulton-Deutsch Collection que ahora el editor español ha sustituido por un fotograma de la película. Detesto esa costumbre de Anagrama. Sus bellas cubiertas sufren una modificación si hay un film de éxito que acompaña. Es una fea costumbre, insisto. Condiciona mercantilmente la obra: permítanme ser tan inocente aún. Pero digo esto y a la vez me corrijo. No puedo escapar de la versión cinematográfica que me ata. De hecho, debo releer el libro de Méndez para después ver la película. ¿O era al revés? El caso es que escribo y me detengo. Vaya día.
4. «¿Cuándo empezaron los victorianos a considerarse victorianos y a usar esta palabra como un adjetivo que describía la época en que vivían?», se pregunta David Newsome. «Al parecer fue alrededor de 1851, el año de la Gran Exposición, catorce años después del ascenso de la reina al trono», se responde el autor en su libro El mundo según los victorianos. Y prosigue: «no obstante, si las mentes más perspicaces del siglo XIX tenían la firme convicción de que su época tenían un carácter distinto de todo aquello que la había precedido, y de que también era distinta en su modo de responder a los retos propios de su tiempo, esto suscitaba una serie de preguntas que no podían ignorarse. ¿Cómo había sucedido, y cuándo? Más aún, ¿cuál sería su fin?»
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