Yo, Charles Darwin

 12 de febrero. charlesdarwinAl final, por las fechas en que estamos, hablar de Charles Darwin resulta  inevitable. El día 12 de febrero de 1809 nace en Shrewsbury, West Midlands, Inglaterra. De él depende una parte de la concepción del mundo de la que hoy somos herederos. Pero no es sólo una concepción: es una explicación científica. Si sólo fuera una concepción, entonces ésta se basaría en la certidumbre y en la conjetura, en la constatación y en la fe. Una concepción es un marco general a partir del cual se inviste de sentido lo que se ve. Pero en el caso de Darwin su concepción es una teoría científica. Ha pasado, pues, el examen de la observación sistemática, de la recopilación de datos, de su contraste; el examen del laboratorio, por decirlo así; el examen de las pruebas que recopila.

Pero el científico no es un observador ordinario, alguien que se afana por mirar como los demás; es alguien que mira de un modo excepcional con el fin de explicar precisamente lo ordinario, eso que por estar a vista de todos resulta invisible. ¿Qué es una mente científica?, se pregunta en cierta ocasión Charles Darwin. Su respuesta es entrañablemente decimonónica. Es científica aquella mente que intenta “universalizar su conocimiento bajo leyes generales”, se contesta Darwin. Es ésta una respuesta que no habría disgustado a Auguste Comte o a Karl Marx, por citar sólo a dos autores tan alejados de la investigación del naturalista inglés. ¿Autores? ¿He dicho autores?

Charles Darwin escribió una célebre Autobiografía cuya lectura actual resulta simplemente deliciosa, aleccionadora, una escuela de ironía y de observación, precisamente. Aunque dice escribirla sin haberse “esmerado nada en cuanto al estilo”, la obra es franca, incisiva y entretiene  como pocas:  es tan sutil en la descripción de tipos y situaciones como la de su contemporáneo John Stuart Mill, que es un modelo autobiográfico para el Ochocientos. Como dice Janet Browne en La historia de El origen de las especies’ de Charles Darwin, “por encima de todo lo demás, fue indiscutiblemente un autor”. ¿Un autor? Calificar así a un científico no es precisamente el mayor elogio que puede hacérsele. Pero ustedes me permitirán.

Releo la Autobiografía de Darwin, editada póstumamente. Digo releo y me corrijo. La nueva edición que ahora se presenta en castellano por Martí Domíngez en la editorial Laetoli (20o9) no es exactamente la versión que yo había leído tiempo atrás, un texto amputado y aligerado por los retoques de Francis Darwin y Emma Wedgwood, hijo y viuda de Charles. “Resulta muy interesante analizar de qué manera recortaron, recondujeron y, sencillamente, manipularon la Autobiografía de Darwin, con el objeto de presentarla con el aspecto menos polémico posible”, precisa Martí Domínguez. Echemos un vistazo, releamos las partes ya conocidas y examinemos con inocencia lo que ignorábamos. El País adelantaba el pasado día 8 de febrero unos pasajes de esta edición con nueva traducción. Es preferible leer todo el volumen, las ciento y pico páginas que nos llevan directamente al Ochocientos.

charlesdarwin1816El niño. El niño parece robusto y con ese punto de picardía que nunca perderá. Su familia y su entorno lo ven como un jovencito bien despierto, atento observador desde fecha temprana, amante de la naturaleza. Hacia 1876, cuando escribe la Autobiografía, recuerda su infancia con cierto detalle, su afán coleccionista, sus cacerías de animales, las clases de su hermana Caroline, las lecciones en la escuela local, la inocencia traviesa de aquel muchachito. La madre fallece tempranamente, cuando el joven Charles cuenta ocho años, y las evocaciones del adulto son tiernas y compasivas e irónicas.

Se sorprende siempre corriendo, convencido entonces de que sus habilidades motoras son una gracia de Dios; se sorprende también de la crueldad y de la compasión infantiles de que es capaz, robando nidos, matando lombrices, golpeando algún cachorro que no llega a aullar; se sorprende, en fin, doliéndose de sus punibles acciones, con sentimiento de culpa. No era tan travieso, pues. Eso sí: tenía mal acomodo en el colegio. Las primeras clases en las aulas fueron para él “un mero espacio vacío”, un lugar en el que forzaban a los muchachos con aprendizajes memorísticos de cosas inútiles. Leen, sí, recitan versos de Virgilio u Homero, disfrutan con odas de Horacio, pero sus avances son irrelevantes. “Cuando dejé el colegio no era ni avanzado ni retrasado para mi edad; creo que todos mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho corriente, más bien por debajo del nivel intelectual normal”, admite. “Para mayor mortificación mía, mi padre dijo  una vez: `Lo único que te interesa es la caza, los perros y cazar ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para toda tu familia´…” ¿Qué decir de dicho diagnóstico? ¿Qué decir del futuro que le espera a ese muchacho?

El padre. robertwaringdarwin1Esas preguntas tienen fácil respuesta si las leemos en clave paterna. En realidad, algunas de las páginas más divertidas de la Autobiografía son las que el naturalista dedica a Robert Waring Darwin, su padre. Lo recuerda voluminoso, con una corpulencia intimidatoria. Lo menciona con ironía y ternura. “Medía 1,88 metros, era de espaldas anchas y muy corpulento: nunca vi un hombre más grande”, precisa. “La última vez que se pesó llegó a los 152 kilos, pero después aumentó mucho de peso”, admite resignadamente. ¿Demasiada humanidad? ¿Y qué significa eso?

De su padre –médico de profesión– admiró su capacidad para acercarse a los demás, para ponerse en el lugar del enfermo, para ganarse su confianza. Tanto era así, que la palabra de Robert Waring Darwin parecía tener efectos terapéuticos. Como un psicoanalista avant la lettre, lo primero que hacía era dejar hablar a los pacientes: a las pacientes, precisa el hijo. Así se desahogaban y, muy frecuentemente, lo que en principio parecían dolencias físicas acababan diagnosticadas como padecimientos psíquicos. Darwin dedica páginas de admiración a esta habilidad que tanto bien hizo, añade. ¿Bien? ¿No sería acaso la treta de un hábil manipulador? No, responde el hijo. En Robert Waring Darwin había la entrega humana del médico rural y una particular capacidad de observación. Sabía conjeturar a partir de lo meramente superficial y sabía predecir el curso de la enfermedad valiéndose de su aguda mirada.

 

ojosdedarwinLa observación.   Y eso fue también Charles: un finísimo observador dispuesto a ver las maravillas del mundo, dispuesto a viajar para aprender, para coleccionar estableciendo series. El coleccionismo fue una práctica habitual entre los burgueses del Ochocientos, pero ese juego solía limitarse al placer que procura el tesoro acumulado. En cambio, en Darwin, las piezas se interpelan y lo reclaman, creando cadenas y contextos que ya no existían o que eran invisibles. Se formó en la Universidad de Edimburgo y en la de Cambridge, cursado estudios de medicina y teología, materias que no le dispensaban gran satisfacción. En realidad, “ninguna de mis dedicaciones”, dice, “fue, ni de lejos, objeto de tanto entusiasmo ni me procuró tanto placer como la de coleccionar escarabajos”. ¿Podemos imaginar algo así? Una tarea aparentemente irrelevante es el principio de un habilidad científica.

El viaje en el Beagle (1831-1836), surcando mares, recalando en islas y costas remotas, anotando sus registros, que más tarde publicará, descubriendo lo inesperado; la aparición de El origen de las especies (1859), que tanto escándalo provocará; la realización de diferentes investigaciones sobre el mundo natural, con minucia erudita y entusiasmo poético…, todo ello nos muestra a un científico tenaz: un observador atento a lo minúsculo. Del indicio extrae información general, de la huella obtiene datos circunstanciales, del resto saca noticia de otro tiempo que ha sobrevido hasta hoy. Lo pequeño deviene grande, ley general, ley de funcionamiento. “Al examinar por primera vez una comarca, nada parece menos prometedor que el caos de las rocas; pero al registrar la estratificación y la naturaleza de rocas y fósiles en numerosos puntos, razonando y prediciendo siempre lo que se encontrará en otros lugares, no tarda en proyectarse luz sobre el terreno, y la estructura del conjunto se vuelve más o menos inteligible”, dice Darwin en un pasaje de su Autobiografía.  

diosDios. Selección naturalsupervivencia de los más aptos son algunas de las fórmulas expresivas que resumen la teoría evolucionista. No puedo extenderme en ello porque mi competencia en este ramo es escasa. Para nuestros fines, es más interesante detenerse en el papel que finalmente le reservamos a Dios a partir de Darwin. ¿Qué dice el naturalista a este propósito? ¿Dios nos mira?

Conviene recordar la censura, las censuras que amputaron la primera edición de Autobiografía. No fueron las únicas, desde luego: los familiares de Darwin consideraron que las ironías o los sarcasmos que el naturalista se permitía para enjuiciar a sus contemporáneos eran expansiones indebidas. Muchas descripciones de colegas o de amigos o de coetáneos simplemente desaparecieron para no herir sensibilidades o susceptibilidades, según. ¿Coetáneos? Las menciones que hace a la figura de Dios —nuestro eterno coetáneo, digamos– son las más censuradas.

En la Autobiografía, Darwin manifiesta incredulidad y escepticismo, entendiendo por tales la duda acerca de las verdades reveladas y el racionalismo frente a los prodigios.  Llega a ello poco a poco, tras sus observaciones, tras sus investigaciones. ¿Un Dios irascible, un Dios benevolente, un Dios diseñador? Admite lo increíble que es el Antiguo Testamento, “versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo” o con una Providencia dominada por “los sentimientos de un tirano vengativo”. Por eso, no admite la evidencia de los milagros, su supuesta obviedad: “cuanto más sabemos acerca de las leyes fijas de la naturaleza más increíbles resultan éstos”, unos milagros que sólo pueden aceptarse por seres humanos “ignorantes y crédulos”.  Pero no menos dudosa es la historia del Jesucristo: es un Dios bondadoso, sí, pero desmentido permanentemente por el sufrimiento del mundo. “Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías”.

En conjunto, admite Darwin, los Evangelios son literatura, bella literatura que explota y explora lo sublime, con un Dios que hace del prodigio su modo de manifestarse. Se cree en Dios contra toda evidencia, añade, porque hemos sido educados en el hábito de creer. “No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte”. El naturalista está convencido de ello. Es tan constante y tan duradera esa enseñanza en los niños, “que deshacerse de su creencia les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes”. 

humanidadLa moral. Entonces, si no hay Dios, ¿qué nos frena o qué nos justifica? Si no hay castigo eterno o recompensas definitivas, ¿cuál puede ser la regla de vida? Podría pensarse que ya no hay  nada que detenga el carácter depredador o avasallador de los humanos, regidos por “la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes”. ¿Es así? Darwin niega ese ciego destino, ese comportamiento puramente pulsional.

“El ser humano”, dice, “mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos”. El ser humano es capaz de demorar su satisfacción más primitiva y, por tanto, es capaz de seguir “los instintos sociales”. ¿Y qué es eso? El freno que nos impone la civilización y que aceptamos para vivir en común y para sobrevivir: el pago inmaterial que recibimos de los demás, la ayuda, el reconocimiento. El individuo no es sólo un ser egoísta: también tiene sentimientos altruistas, nos dice Darwin. “Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos”.

Si le quitamos esa visión victoriana –la prevención que el naturalista manifiesta ante las “pasiones sensuales”–, la conclusión de Darwin es la de la moral laica. Para él y para tantos otros después, la ética no empieza con Dios, sino con los individuos estableciendo relaciones humanas: justamente cuando de los demás esperan respeto y buen trato, justamente cuando a los demás dispensan reconocimiento.

30 comments

Add Yours
  1. jserna

    Sr. Jack, ¿qué le hace suponer que hablo de Darwin sin Dios? ¿A qué máquina se refiere? No me estará hablando de Dios como relojero, ¿verdad?

    ¿Y sobre qué tengo que recapacitar? Perdone esta trivialidad: el diccionario de la RAE define recapacitar como la acción de “reflexionar cuidadosa y detenidamente sobre algo, en especial sobre los propios actos”.

    En especial sobre los propios actos. ¿Qué me está pidiendo? ¿Un acto de contrición?

    ¿Pero esto qué es?

  2. Pumby de Villarabitos

    ¿Deus ex-machina, Jack?… ja, ja, ja… ¿Alguien te han dicho ya que se ha producido la revolución industrial?… ja, ja, ja… ¡¡y encima le pides a Serna que “recapacite”!!… JA, JA, JA…

    Perdona, chico, no me lo tomes como una grosería, es que es muy divertido lo que dices… un auténtico carpetovetónico de nuestros días :-) ¡Genial!

  3. Arnau Gómez

    ¡Sorprendente!.Darwin desmitificado.
    Apreciado y desconocido Pumby ¿o no eres tan desconocido? ,¡Vaya puntazo!.Si Kant levantara la cabeza………..
    (Repito ,porque me traspapelé)

  4. Pumby de Villarabitos

    Hombre, Arnau, claro que no soy tan desconocido… ¿quién no conoce al “gatito feliz”? (al menos, con una cierta edad y/o una cierta cultura)

  5. Jack

    Señor Pumbi no quiero discutir con usted. ¡¡Yo creo que Dios hizo algo por la evolución y usted se quedó en gatito!!

  6. Juan Antonio Millón

    Coincido con usted, don Justo, en su valoración de la Autobiografía de Darwin. Desde la literatura y la historia -aunque no sólo- es un prodigio de escritura. Estoy leyendo el extraordinario monográfico que la revista Mètode dedica a Darwin y veo allí reseñada una interesantísima obra referida al tema del altruismo y la teoría de la evolución: Qué es el altruismo. La búsqueda científica del origen de la generosidad, de Lee Alan Dugatkin (Katz editores, 2007), donde estudia al científico W. D. Hamilton, quien incluye el altruismo, desde el estudio científico, dentro de la teoría de la evolución por la selección natural. Un avance, más allá de Huxley y Kropotkin.

    Sobre el tema de la religión, al cual dedica una parte significativa de su Autobiografía, es interesante anotar, más allá de su lucha contra la superstición y los falsos dogmas que entorpecen el avance de la ciencia y el conocimiento, es curiosa, digo, su sugerencia sobre la posibilidad hereditaria del sentimiento religioso. Leemos en Darwin: “No tendríamos que menospreciar la probabilidad de que la constante inculcación de una creencia en Dios en las mentes infantiles haya producido un efecto tan fuerte -y puede que hereditario- en sus cerebros no plenamente desarrollados que, para ellos, erradicarla haya acabado siendo tan difícil como para un mono liberarse del temor y odio a una serpiente”.

    Por otra parte, qué gran confesión unas líneas más adelante:”No tengo ningún remordimiento por haber cometido ningún gran pecado, pero a menudo he lamentado no haber hecho un bien más directo a los otros seres que nos acompañan. Mi única y pobre excusa es mi pésima salud y mi estructura mental, que me hacen extremadamente difícil pasar de un tema u ocupación a otra. Me puedo imaginar, con mucha satisfacción, dedicar todo mi tiempo a la filantropía, pero no una parte del tiempo, aunque ésta habría sido, de lejos, una mejor línea de conducta”.

    Celebremos a Darwin, leámosle, evoquemos su lucha contra los prejuicios y su tenacidad en la investigacíón, más allá de los dogmas -incluidos los que algunos “evolucionistas” crean-, y auguremos debates y nuevas perspectivas y avances. Él, con seguridad, estaría de acuerdo.

  7. Juan Antonio Millón

    Se me olvidó enviarle mi gratitud, don Justo, por incluir mi pequeño poema en su blog. Lo vi este mediodía, cuando volví del trabajo, ya que anoche me tocaba el cuidado de mis padres.
    De usted, “servus cordis”.

  8. jserna

    Hombre, Paco, siempre en minúscula.

    Siento no poder extenderme hoy. No es que no sepa un pijo, como dice. Es que acabo de poner notas, tras relecturas de exámenes, y no estoy para muchos trotes. Pero no doy por terminado el post, no se va a librar. La Autobiografía de Darwin merece que lo acabe.

  9. Alejandro Lillo

    Me encantan los libros autobiográficos y las memomias, sobre todo si están bien escritas :-) Personajes como Darwin, capaces de ver lo que los demás ni siquiera sospechan, me llenan de admiración. Son “hombres de su tiempo”, como suele decirse, pero en realidad lo trascienden y sientan las bases de otro, nuevo.

    ¡El genio! ¡ah, el genio!

  10. Alejandro Lillo

    Acabo de descubrir que me encantan las “memomias”. Pero que sepan que no soy aficionado a las antigüedades faraónicas.

  11. Paco Fuster

    Leyendo a Baroja y leyendo sobre Baroja, me encuentro a menudo con referencias a Darwin, concretamente, a la darwiniana idea de la “struggle-for-life” o “lucha por la vida”. Se nota en toda la obra barojiana la influencia de las teorias de Darwin y es muy interesante ver cómo una teoría científica es aplicada a la literatura.

    Enlazando con esta idea darwiniana, les dejo una cita. El jueves en clase con Anaclet y Justo, hablábamos sobre el siglo XIX e intentábamos definirlo con un adjetivo. Me acordé de esta cita de Machado en la que, aparte de definir el siglo se hace referencia a esa idea darwiniana presente en Baroja:

    “El siglo XIX es esencialmente peleón. Se ha tomado demasiado en serio el «struggle-for-life» darwiniano. Es lo que pasa siempre: se señala un hecho; después se le acepta como una fatalidad; al fin se convierte en bandera. Si un día se descubre que el hecho no era completamente cierto, o que era totalmente falso, la bandera, más o menos descolorida, no deja de ondear”

    – Antonio Machado

  12. jserna

    Jack, cuando son más de las 16 horas del día 14, aún no he parado en Dios, sino que voy a escribir sobre lo que Darwin dice de él en su Autobiografía. ¿Qué tiene que ver el ateísmo con lo que estoy desarrollando?

    Paco, es muy interesante esa cita, pero alude más al darwinismo social que al propio Darwin. Pero interesante es, sin duda. Lo que no acabo de entender es eso que comenta: “el jueves en clase con Anaclet y Justo, hablábamos sobre el siglo XIX e intentábamos definirlo con un adjetivo”. No recuerdo que intentáramos definir el siglo con un adjetivo. Si yo lo intenté, desde luego habría cometido un reduccionismo culpable.

  13. Paco Fuster

    Es verdad que la cita habla del darwinismo social, -el mismo que trata Baroja cuando escribe “La lucha por la vida”- , y no de Darwin, pero también es un aspecto de la obra de Darwin: como sus categorías y teorías han sido usadas por otras disciplinas ajenas a la ciencia y con unos fines totalmente distintos a los originales.

    Sobre la cita, yo no quería decirlo pero sí, la cita de Machado es muy buena. Viene como epígrafe o paratexto en un texto (un capítulo de un libro) que leímos para una asigantura del Master. Todo el mundo en clase coincidió en que lo mejor del texto que habíamos leído era la cita de Machado. Nos gustó la metáfora de la bandera que ondea, incluso una vez descolorida, para explicar lo difícil que es abandonar una idea arraigada o un tópico que ha triunfado.

    No es que intentaramos definir el siglo XIX con un adjetivo. Lo he dicho así por decirlo de forma breve, simplemente para dar pie a la cita en la que Machado si lo define con un adjetivo: “peleón”. En un momento de la clase del jueves, hablando del siglo XIX dijiste: “El siglo XIX es…” Anaclet creo que dijo “bullicioso” (no recuerdo bien, pero creo que usó ese adjetivo). Tampoco importa mucho. Leyendo sobre Baroja y sobre el modernismo sí me encuentro muchas definiciones -obviamente simplistas y reduccionistas- del siglo XIX; en verdad son adjetivos que intentan captar el espíritu de la época o del período del “fin de siècle”.

  14. Juan Antonio Millón

    El tema que plantea el sr. Fuster es muy interesante: Baroja y Darwin. Los del 98 no fueron muy dados al darwinismo, si exceptuamos quizá a Unamuno: recordemos aquí su participación en Valencia, en 1909, durante los actos conmemorativos a Darwin por parte de los estudiantes universitarios.

    Pero las “cosmovisiones” de ambos son dispares. En Baroja, la violencia, la lucha, es degradante y ello le lleva al pesimismo, a un pesimismo radical, nihilista. Las páginas de Mala hierba, no dejan lugar a dudas. Por contra, en Darwin la perfección y el progreso se imponen: “Algunos autores están tan impresionados por la cantidad de padecimiento en el mundo que dudan que, si se miran todos los seres sensibles, se encuentre más felicidad que miseria, o sea, que no tienen claro si el mundo, en su conjunto, es bueno o malo. A mi me parece, decididamente, que prevalece la felicidad, pero eso sería muy difícil de demostrar” (Autobiografía).

    Este nihilismo de Baroja le llevaría a escribir en un artículo (“Vieja España, patria nueva”), recogido en El tablado de arlequín: “Experimentalmente, y visto que el sufragio universal no resuelve nada, debía ser suprimido y hacer de manera que los nuevos, siempre los más inteligentes, resolvieran, no conforme al criterio de la mayoría, sino conforme a las condiciones y necesidades de la región, de la ciudad o de la aldea. De aquí se originaría un absolutismo de los inteligentes, de los espítitus que han llegado a un estado de conciencia sobre los dormidos o torpes…Queriendo ser fuertes, no podemos ser liberales; debemos ser autoritarios y evolutivos, dirigir y encaminar nuestros esfuerzos a conseguir el máximo de perfección, de piedad, de inteligencia, de bondad compatible con la raza”.

    Volvería Baroja a exponer lo mismo en 1935, en su discurso en la Real Academia: “Yo me sentía, como he dicho, anarquista, partidario de la resistencia pasiva como Tolstoi y de la piedad, como lector de Schopenhauer y como hombre inclinado al budismo…Después reaccioné contra estas tendencias y me sentí darwinista, consideré, como espontáneamente consideraba en la infancia, que la lucha, la guerra y la aventura eran la sal de la vida. Nunca he podido suponer una armonía colectiva mas que con la autoridad, es decir, con la violencia.”

    La picaresca degradación del personaje de La lucha por la vida, Manuel Alcázar, es sublime en la visión y el análisis de los márgenes del capitalismo.

  15. jserna

    Como ve, sr. Millón, la matización que usted introducía sobre el altruismo al final también puede encontrarse en Darwin. ¿Y el “darwinismo social”? Eso es otra cosa de la que quizá convenga hablar en otro momento, ¿no cree?

  16. Juan Antonio Millón

    Aunque está claro que no encontraremos una teoría bien fundamentada y rigurosa en la Autobiografía de Darwin, ya que no era ese su objetivo en este texto -lo que tenía que decir ya había sido expresado en otros libros más “científicos”-, no deja de causar sorpresa sus opiniones acerca de la moral -o el “interés social”- y la religión. Para explicar el comportamiento moral bascula entre la idea del “beneficio” (aquello que me permite sobrevivir, que no me causa daño) y la apelación a la “aprobación de sus prójimos” y al “amor”: “bien supremo en esta Tierra”. Es decir, Darwin, para explicar el comportamiento moral, se sitúa a medio camino entre la biología y la sentimentalidad. Ciertamente, no será la primera vez que aluda a esta última en su Autibiografía, recuerden sus constantes alusiones a lo “sublime” cuando se refiere al sentimiento que experimenta, cercano al religioso, al otrora religioso que mantuvo en su adolescencia y juventud.

    Me resulta simple y reduccionista tanto esta visión de la moral, como la que vierte sobre la religión. Admitiendo, claro está, sus críticas a los dogmas y a la intolerancia, también anoto que “lo religioso”, “lo espiritual”, no está contenido, sensu estricto, en esos dos elementos criticados, antes bien, escapa a ellos. Y, desde luego, su idea de la transmisión hereditaria del “sentimiento religioso”, me parecería sencillamente irrisoria, si no fuera porque él mismo admite que es difícil de sustentar.

    En su excelente artículo, “Quién teme a Darwin?”, Fernando Savater no ponóa sobreaviso de la crítica “espiritualista” de las teorías darwinianas y biologista, en general. Decía allí:”Vistos desde fuera, los comportamientos llamados morales son probablemente reductibles a condicionamientos biológicos, sociales, económicos, psicológicos, culturales, etcétera. Y la reducción a la genética no es más escandalosa ni degradante -es decir, no es más antiética- que la reducción sociológica o historicista, por no hablar de la psicológica. ¿Cuándo nos convenceremos de que los valores no se deshumanizan por ser referidos a la biología o a la economía, sino por ser vistos tan sólo desde el exterior? (…)No es caso pretender desautorizar globalmente este procedimiento a menudo útil, sino señalar lo en él demasiado sumariamente sacrificado”.

    Cuando usted quiera, don Justo, podremos hablar del darwinismo social, de la pangenesia, la eugenesia y otras derivaciones y/o perversiones (las llamadas “derechas” e “izquierdas” darwinianas)a las que llevaron los postulados de Darwin. No sé.

  17. David P.Montesinos

    El darwinismo social al que se refiere el amigo Millón me parece uno de los más peligrosos ejemplos de lo que en Filosofía se enseña como falacia naturalista. Se me ocurren dos interrogantes sobre los presupuestos ideológicos que intentan legitimar las prácticas de dominación históricamente asociadas al capitalismo desde el principio darwiniano de la supervivencia de los más aptos y la lucha por la vida. El primero es la evidencia de que son los anómalos, los monstruos, los que desencadenan los procesos de mutación que dan lugar a nuevas especies, como se acredita sobre todo a partir de la teoría sintética de la evolución, que pone el darwinismo al día a partir de los descubrimientos en materia genética iniciados con las investigaciones de Mendel. Son los “tipos raros”, las anomalías salvajes, esos de los que el individuo normal se ríe los que terminan cambiando la faz de la Tierra. Deberíamos meditar sobre ello, porque, por lo general, quienes se benefician de la desigualdad estructural constitutiva de la sociedad de clases suelen ser señores bastante convencionales tirando a aburridotes. (Pumby, pudiente y hacendado pero rarillo, sería la excepción a la regla)El segundo matiz contra la falacia me lo proporciona Stephen Jay Gould, autor genial al que reivindico apasionadamente (ver cualquiera de sus obras, pero muy en especial, si les pega a ustedes por los estudios humanísticos, es una joya “La falsa medida del hombre”). En “La vida maravillosa”, brillante y minucioso estudio sobre las implicaciones brutales para las ciencias naturales de los descubrimientos de los fósiles de Burgess Shale, descubrimos que la evolución no es un progreso hacia “mejor”. No hay presunta línea recta de “avance” al que irremediablemente se ha de llegar a partir de un tronco básico. No, en realidad las posibilidades de inicio eran variadísimas, la Tierra hubiera podido llenarse de muchos de los monstruitos cuyo rastro se perdió tras la explosión pre-cámbrica. Pero la mayoría de los phila o tipos desaparecieron en las sucesivas extinciones. El mensaje de Gould es que debemos aprender el valor de la contingencia, de lo casual en la evolución. No hay un destino predeterminado para nadie, no estamos condenados a la extinción ni tenemos derecho a considerar que el mundo se ha creado para ese mono raro sin pelo y un poco loco que somos. Nada está escrito, es un error de malos evolucionistas afirmar lo contrario, nuestro futuro lo estamos tramando ahora mismo, sin fatalismos posibles.

    Biología al margen, creo que el gran error -las intervenciones de Millón y Fuster me lo sugieren- está en olvidarse de que lo que nos caracteriza a los humanos es nuestra indeterminación. Es inútil seguir refugiándose en nuevos dioses como los genes o el instinto de competir y avasallar a los demás o la agresividad natural del simio… No, no, el problema fundamental no es “¿qué soy?”, sino más bien, “¿qué debo hacer?”. De la pregunta ética por excelencia -¿cómo actuar?- resulta lo que verdaderamente habré de hacer con mi vida. Debemos leer a Darwin, coincido en que además de un científico decisivo, fue un gran autor, un “pensador” decisivo en tanto que contribuyó como Marx, Freud o Nietzsche a que la especie humana entendiera que no es el centro del mundo y que su presencia en este rincón perdido del cosmos es provisional y frágil. Pero cuidado con las reapropiaciones ideológicas de las teorías científicas, a Hitler, Stalin y personajes de ralea similar les encantaban. Por cierto, no sé si conocen la historia de Lyssenko. Este científico anquilosado en los errores del evolucionismo lamarckista retrasó en medio siglo la evolución de la biología en la URSS. La razón de que Stalin le convirtiera en inquisidor de las investigaciones en biología evolutiva es que, además de ser amigachos y compañeros de vodka en el Kremlin, es que el modelo interpretativo de Darwin le sonaba al dictador demasiado a pro-capitalista. Lo del lamarckismo, a lo que se ve, estaba más en la línea del Manifiesto Comunista, qué cosas.

  18. Pumby de Villarabitos

    A la naturaleza se la domina, obedeciéndola. Mientras esa idea (adaptación & armonía) no se comprenda y ello conlleve insistir en el principio de torcer la Naturaleza para ponerla al servicio de la humanidad, sólo estaremos apoyando una ideología que justifica, como natural, un sistema socioeconómico basado en la rapiña de los poseedores sobre los desposeídos y la destrucción del medio ambiente planetario en nombre de un falso bien común.

    Si en algo ha progresado los estudios de ciencias naturales en estos últimos ciento cincuenta años es, precisamente, en (1) librar a la Ciencia de ese componente ideológico justificativo de los sistemas acumuladores (no distribuidores), insostenibles (inviables a largo plazo) e injustos (humanamente y con la Tierra) y (2) del obscurantismo de anteponer las creencias y opiniones antes que las razones y los argumentos.

    Querido Jack, yo me quedé en “gatito feliz”, es cierto. La felicidad, como bien sabrás, es el fin último de la Ilustración. Tu, en cambio, no llegaste a persona, te quedaste en creyente. El ser humano se define por su autonomía en el pensamiento y su integridad moral. Tu pensamiento no lo lograste emanciparte de las creencias intolerantes de la religión de los judíos; tu moral sigue sometida a las costumbres arcaicas de los ganaderos mediorientales de la Edad del Bronce. Sigues en la infancia bobalicona de los que no se atreven a pensar por si, sólo crees. No, no has alcanzado todavía la edad adulta de la especia… Ay, Jack, eres un pobre diablo. ¿Sabes? lo que pasa es que conmigo no discute quien quiere, si no quien puede. Y no es tu caso.

  19. Arnau Rodríguez

    Hace nada he leído que en una encuesta “asumiendo que sean ciertos los datos extraídos de la misma” el 50 % de los británicos “creen” que la teoría de la evolución iniciada por Darwin y en contínua evolución dada la redundancia pueda explicar la vida en la Tierra.

    Ese 50% se equivoca, la teoría neodarwinista podría explicar la vida en muchos otros planetas de este Universo, no solo la de aqui. A veces, estas cosas, me dan escalofrios. La ignorancia no debería ser mayoritaria en una sociedad sana.

    Le felicito por sus apuntes de historia sobre Darwin, Justo.

  20. jserna

    Gracias, sr. Rodríguez. Pero yo lo pondría en estricto singular. Esto que escribo es un mero apunte. Pero he de regresar con la autobiografía. Ya les informaré…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s