1. Preparativos. Estoy muy contento. Acaba de aparecer La nación secuestrada, de Encarna García Monerris y Carmen García Monerris. Está editado por PUV. Sobre él, sobre dicho libro, acabo de publicar un artículo en El País. Procuro mostrar todo mi entusiasmo.
Este jueves, 5 de marzo, se presenta La nación secuestrada. Intervendrán Marc Baldó Lacomba, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia; Pedro Ruiz Torres, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia. Y las autoras, claro. Es una obra excepcional. No falten a dicha cita. Es en La Casa del Libro, de Valencia, a las 19:30 horas.
Es una monografía histórica y es también el relato de una perturbación. Es una investigación académica y es también la narración de un delirio. Es un volumen que combina a la perfección la minucia del historiador y la clarividencia de un analista. Hay que ser historiador y analista para examinar y poder contar la experiencia de encierro en una prisión militar; hay que tener recursos suficientes para poder mostrarnos el trastorno de una personalidad que se va enajenando poco a poco. Es todo un ejercicio de microhistoria.
Un capitán general encerrado en su celda traba relación con el exterior valiéndose de unas cartas codificadas. En ellas cifra toda su esperanza, la posibilidad de su liberación y la eventual emancipación de España. Porque la nación está secuestrada, en efecto, dominada por unos antipatriotas que quieren cambiar el orden y las instituciones, la esencia eterna de una comunidad, los usos y las costumbres de un pueblo engañado. Él está secuestrado por sus propios compañeros de armas y, por tanto, aún más dolorosa le resulta esa experiencia.
El liberalismo ha comenzado a perturbar las evidencias de un mundo estable, las de un absolutismo secular… En efecto, como escribí tiempo atrás, hay episodios en la vida y en la historia en que los asuntos dejan de funcionar del modo previsto, o por una catástrofe que todo lo trastorna o por la audacia de unos hombres que se obstinan en remover las cosas. Cuando este último caso se da nos hallamos ante auténticas epifanías del género humano: ya no hay augurio que anticipe lo que va a suceder ni expectativa que se cumpla.
Los doceañistas de la Constitución de Cádiz, por ejemplo, vaticinaban un porvenir distinto y se empeñaban en recrear a su manera la política, la sociedad y la vida, la idea misma de felicidad. «Todo ha de ser examinado, todo ha de ser reorganizado, sin excepción y sin miramientos», había establecido Diderot y algunos de ellos, herederos del iluminismo, confianzudos, se obstinaron en deshacer el orden que habían recibido de sus mayores. Impugnaron la soberanía del monarca, propugnaron la separación de poderes, establecieron el principio de la igualdad jurídica, pensaron, en fin, un mundo de buenos burgueses. Aquellos constitucionales no se dejaron amilanar por cataclismo alguno, no se dejaron derribar por sus reiterados fracasos, por la fiereza de sus enemigos o por los obstáculos que la Europa o la España de entonces les oponían.
La fiereza de sus enemigos, decía. El Capitán General Francisco Javier Elío fue su más firme opositor. Estamos en la España de 1820, la de los exaltados liberales, pero también la de la prisión de Elío. Los liberales persiguen, recluyen y ejecutan a los principiles responsables y autores de la represión feroz que han padecido. Elío, que le facilitó a Fernando VII el golpe absolutista que invalidaba la legislación constitucional, será encerrado en la Ciudadela, la cárcel militar de Valencia.
Allí aguardará el fin de su reclusión, confiando en los conspiradores externos, en sus contactos exteriores: el principal, el soberano a quien tanto y tan ferozmente auxilió. Elío es símbolo del absolutismo y él lo sabe. La nación le debe su audacia militar, sus campañas aquí y allá. Pero sobre todo la patria le adeuda ser parapeto, defensa o muralla frente a la ola de laicismo, de ilustración, de gentes descreídas, ateas. Las mejores páginas de este volumen son las que se dedican a examinar el deterioro de esa personalidad: cómo van minándose sus entendederas, cómo va extendiéndose su padecimiento furiosamente narcisista. Él, que todo lo fue; él, a quien el rey todo le debe; él, ante quien España entera se prosternaba; él, que era el héroe católico… Ahora no entiende el mundo que le rodea y encarcela. Acabará ajusticiado a garrote vil.
2. Presentación. La tarde del jueves ha sido la de la presentación de este volumen. Un acto festivo, con derroche de sabiduría. Y con sorpresa final. Han intervenido Marc Baldó, Pedro Ruiz Torres y las autoras. Todos han estado exactos y didácticos, reflexivos y generosos. Han repartido su saber a manos llenas, fijando la atención del público allí presente: atornillándonos, vaya.
Ha acudido un nutrido grupo de personas. De toda clase y condición: profesores, amigos, estudiantes, familiares, vecinos, curiosos y un simpático espontáneo del que luego hablaré. Todos asistían con interés a la revelación de este caso histórico. Menuda personalidad la de Elío, una figura de la reacción antiliberal. Un figura.
Que si el suyo es un modernismo reaccionario, una nueva forma de hacer valer el credo en una sociedad que comienza su secularización; que si es un personaje del Antiguo Régimen, un nostálgico, un rezagado que ha perdido la orientación y el sentido; que si es un militarote salvapatrias, un espadón que blande su arma confesional; que si es un hombre de acción resuelto, terminante, expeditivo; que si es un tipo obsesivo-compulsivo, aquejado de narcisismo averiado; que si es un meapilas convencido de su papel providencial, Dios entre nosotros; que si la suya fue una pasión comparable a la del Salvador, una entrega por los demás; que si fue idealizado como mártir de la España antiliberal, un ejemplo del que servirse para fines ultras. Todo eso ha estado muy bien.
Al final, cuando ya debíamos recoger, se ha producido la intervención del espontáneo. ¿Simpático, he dicho? Alguien ataviado para la ocasión con un pantalón de chándal –quería sentirse cómodo en un acto tan distendido– ha dicho verdades como puños. O eso creía él. Durante cuarenta años hemos estado gobernados por un dictador que nos prohibía leer todo salvo el Catecismo, ha sentenciado. Uf, dijo él, sintiendo un punto de enajenación… El resto del público ha sonreído nerviosamente. La prédica del señor amenazaba con prolongarse y no veíamos el momento de la picaeta. Repetía y repetía. A partir de esa evidencia incuestionable que probaría la maldad de la tiranía franquista, el señor espontáneo ha insistido en sus cosillas, que no hacían mal a nadie, salvo cansar con nonadas. Menos mal que, a la postre, una copa de cava ha refrescado el gaznate del público paciente.
Resumen de la faena. Las autoras han estado muy sueltas, dicharacheras y confianzudas, con dominio escénico y con guión aprendido. Además, se han permitido mostrar su animadversión hacia Elío, que se lo merece. Ovación y saludo al respetable. No pidan orejas, que no hay suerte de matar. Felicidades.
No sé si alguno de los presentes querrá añadir algo más. Yo, de momento, corto y cierro.
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Hemeroteca
-Justo Serna, «El general en la calle«, El País, 4 de marzo de 2009.
-Juan Antonio González Fuentes, Reseña de Héroes alfabéticos, en Ojos de Papel, marzo de 2009.

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