Uno. Viejos. Quiero dedicar este post a hablar de viejos, a hablar de lo que es la perspicacia de los ancianos aún lúcidos, una sabiduría que ahora derrochamos o ignoramos por culpa de nuestro apresuramiento.
Si con setenta, ochenta o noventa años todavía son capaces de decirnos cosas relevantes nos sorprendemos: tendemos a pensar que la lucidez, la ironía, la ternura, la generosidad o el amor propio son cualidades raras a esa edad. Y no es así. Una vejez consciente es una suerte para el hijo, para el nieto o para ese otro que pasaba por allí. No siempre nos damos cuenta: sobrevivimos en una sociedad que idolatra lo joven y que parece desechar lo maduro.
Durante estos últimos días y por motivos profesionales he debido tratar con tres señoras que tienen ya una cierta edad. Aunque las conversaciones no han sido extensas ni profundas, lo cierto es que he tenido la sensación de que salía de dichos encuentros más templado y con mayor sosiego. La corrección y la buena disposición, las ganas de saber y la confianza con que se me dirigían eran rasgos de buena crianza, recursos personales de que se valían cada una de ellas. El trato con los mayores nos mejora. Sin duda.
Pero es de otros ancianos, en este caso cuatro varones, de quienes quiero hablar a lo largo del fin de semana. Quiero verles cosas en común. Resultan muy diferentes entre sí, pero creo que comparten algún rasgo. Son tipos sobresalientes que, al fin y al cabo, me interesan o me conmueven en distinto grado; son personas que hicieron o que aún hacen de sus vidas ejemplos notables de coraje, de buen hacer, de profesionalidad, de lucidez, de supervivencia. No son santos: son humanos, propiamente humanos, pero tipos con quienes te irías a compartir recuerdos y saberes. Nacieron entre 1917 y 1930 y cada uno de ellos pertenece a un país distinto: por ejemplo, uno dispone de nacionalidad británica; otro, francesa; otro, española; y otro, finalmente, norteamericana. No sé si hablaré de cada uno de ellos por separado, pero son dichos ancianos en quienes estoy pensando.
Si nos fijamos, esas fechas no forman una generación. Los mayores de este grupo están marcados directamente por los efectos de la Gran Guerra, por las consecuencias de la Revolución de Octubre, por el auge del fascismo, por la crisis de 1929. Vivieron incluso como adultos la Segunda Guerra Mundial, la resistencia. En cambio los restantes, que nacen entre 1926 y 1930, son individuos cuya juventud se desarolla a finales de los cuarenta. Son aún muchachos cuando el conflicto mundial ha acabado y cada uno en su país va a ser testigo de la Guerra Fría. Por ejemplo, uno crecerá en la prosperidad americana de los cincuenta y otro sobrevivirá en la España pobretona de la autarquía.
Para evocar al primero de ellos me permitirán parafrasear un célebre íncipit de Javier Marías. Uno de los cuatro –el que más me importa– ha muerto, justo ahora cuando me dispongo a sobrepasar la cincuentena, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizá esperó a que yo llegara al medio siglo y consumiera mi tiempo con él para darme ocasión de conocerlo y para que ahora pueda hablar de él. ¿A quién me refiero? A mi padre, por supuesto, que murió cinco meses atrás y de quien aquí traté con dolor. Estos días, sus viejos compañeros le rinden un homenaje, al que asistiré, por supuesto. Espero mantenerme entero.
Pero por pudor no es expresamente de él de quien quiero tratar. Sólo quiero evocarlo leve o indirectamente: por contraste o por semejanza con los otros ancianos que aquí mencionaré. Digamos ya sus nombres: Eric J. Hobsbawm, Clint Eastwood y Jean Daniel. Insisto: nada tienen que ver entre sí, pero sus distintas experiencias me educan y me sirven para sombrear, para perfilar mejor la figura del viejo.
Dos. Eric J. Hobsbawm. Hobsbawm es un historiador muy distinguido: un comunista que ha sabido ser riguroso a pesar de sus simpatías políticas. ¿A pesar de sus simpatías…? Desde luego, la ideología entendida como sistema cerrado y autosuficiente no favorece el rigor.
Según Karl Marx -y David P. Montesinos nos lo recordaba días atrás-, lo ideológico es sinónimo de percepción sesgada, de parcial visión, de concepción determinada por el ser social. Falso pensamiento, llega a calificarlo el propio Marx. En todo caso, la imparcialidad y la objetividad, ¿cómo pueden conseguirse si uno se adhiere a una causa, a una filiación? Desde hace veinte años, desde la caída del Muro de Berlín, Hobsbawm se plantea esta cuestión: precisamente desde el fin de la Guerra Fría. Pafraseémoslo. ¿De qué he escrito?, se llega a preguntar. De todo aquello que no comprometiera mi presente en un circunstancia extremadamente ideológica y convulsa. Si me ocupaba del Ochocientos, llega a decir Hobsbawm, podía evitar plantearme la historia del comunismo: su sentido, su práctica, sus errores e incluso sus horrores. Me adherí al comunismo tempranamente, hacia 1936. Al centrarme en el siglo XIX, no tuve que analizar su consecuencia en el Novecientos. Eso nos viene a decir este historiador. Por esta razón se demoró tanto su gran obra de síntesis reciente: la Historia del siglo XX o, en inglés, The Age of Extremes (1994). Tuvo que hundirse el comunismo. ¿Qué decir sobre ello? Algunas de estas cosas me las planteé tiempo atrás abordando su figura precisamente.
Ahora, cuando ha pasado tanto de tiempo de todo esto, me entero de que el MI5 no le permite el acceso a su propio expediente de viejo comunista espiado. Es un anciano quien exige saber de su vida, lo que otros examinaron y anotaron con precisión. El Servicio de Información británico le niega ese derecho. Pero lo mejor es el colofón de los espías: «No debe concluir de nuestra respuesta que poseamos o no cualquier dato personal sobre usted». Viejos colegas…
Tres. Clint Eastwood. Gran Torino es un coche, un modelo de 1972 que desarrollaba otros anteriores de la casa Ford. En la película de Clint Eastwood titulada así, Gran Torino (2008), dicho coche es ése, exactamente. A lo largo del film y en distintas ocasiones se precisa la fecha del modelo: 1972. ¿Algún simbolismo? Para esas fechas, el capitalismo no había experimentado la gran crisis energética que traería la guerra del Yom Kippur (1973). Es decir, aún estábamos en la época de esplendor económico e industrialismo, cuando los automóviles americanos eran gigantescos y consumían muchísima gasolina.
El viejo que protagoniza la película es un estadounidense de origen polaco, un tal Walt Kowalski, alguien que ha trabajado en una factoría Ford. Es, pues, un tipo vinculado a la industria de automoción que dio relumbre a Norteamérica y es un individuo que conserva su viejo vehículo como símbolo de poderío, de orgullo patriótico. Él es la encarnación de la América profunda. El coche aún funciona, su propietario lo mantiene en perfectas condiciones y es, sin duda, su bien más preciado que le queda tras la muerte de la esposa.
No les voy a contar el film, claro. Creo que es una película de Eastwood, es decir, hay un tipo que carga con alguna culpa, alguien que no puede redimirse fácilmente, un personaje bronco que, sin embargo, tiene un fondo profundamente humano. Pero la intención del cineasta es hacernos odioso a Kowalski: es gruñón, se lleva fatal con sus hijos y demás parientes, y es un racista impenitente que odia a los amarillos desde que estuvo en la Guerra de Corea. Por supuesto, como todo personaje de Eatswood también éste está averiado. El enigma de la película es hacernos ver si es posible algún cambio, si efectivamente podrá vivir rodeado de asiáticos: él, que los odió tanto desde que estuviera luchando contra ellos a comienzos de los años cincuenta. Los asiáticos, así, en conjunto.
Creo que el film es estimable y, como se ha dicho, testamentario, pues uno tiene la impresión de que Eastwood deja muchas pistas acerca de su fin, de lo que es la muerte. Pero no es la obra colosal que algunos han proclamado. Falta algo esencial. ¿Qué cosa? El personaje no se hace odiar suficientemente. Por muy racista que se manifieste, el viejo gruñón es eso: un tipo gruñón que se hace querer a pesar de todo. Por eso, cualquier cambio que lo mejore está apuntado en su propia naturaleza: no es un diablo, ni un ser que encarne el mal. Es un anciano que acarrea el peso de un acto infame. Me recordaba en algunos momentos la memoria de la culpa en La velocidad de la luz, de Javier Cercas. Lo que pasa es que, en la novela española, el veterano era de Vietnam y su atrocidad no era exactamente equiparable.
El Kowalski de Gran Torino es otro veterano al que queremos desde el principio –vemos en él a Eastwood– y del que deseamos su redención. De Harry el sucio a Walt Kowalski… No les explico más. Ese viejo, nos decimos, merece sobrevivir con dignidad: encarna la América sencilla, quizá bronca pero noble. Es por eso por lo que su final, que a tantos ha sorprendido agradablemente, épicamente, a mí me parece algo postizo y con un punto de inverosimilitud: de tan bello y trágico que es. Ojalá el heroísmo generoso de algunos mejorara la condición humana, como ahí se concluye. Pero de verdad: no podemos pedir tanto a los viejos. Y hasta aquí puedo leer…
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Ilustraciones de este post: Serie fotográfica Ayer y hoy, Víctor Serna.



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