0. Caminar y mascar chicle. Con frecuencia me veo obligado a caminar y a mascar chicle a la vez, dos tareas que nada tienen que ver entre sí y que te exigen operaciones bien distintas. En ocasiones, incluso, me veo forzado a pensar y a mascar goma. Es vertiginoso, no crean. En mi caso, eso significa escribir sobre una cosa y leer sobre otra, mientras absorbes los sabores neutros del chicle.
Labores diferentes realizadas a un tiempo te crean un leve estado de confusión, un pequeño aturdimiento. Los seres humanos, decía Herbert Simon, carecemos de una racionalidad olímpica de la que servirnos. Olímpica: ¡quién pudiera! Sólo disponemos de una razón limitada, o de una ración limitada, bastante corta, la verdad: no podemos atender a varias cosas a la vez. A poco que lo intentes te despistas. Por eso, los trabajos importantes no los hacemos simultáneamente, sino sucesivamente: ahora una cosa, luego la otra; ahora camino, luego masco chicle; ahora la goma, luego el pensamiento. O, cuando me atrevo, estiro el pensamiento-goma hasta hacer un globo, dos globos, tres globos. Bueno, o eso creo.
Y así estoy, hinchando globos y moldeando no sé qué: ahora Papeles inesperados, de Julio Cortázar; luego El Valle de los Caídos, de José María Calleja. ¿Y qué tienen que ver entre sí el narrador argentino y el monumento franquista? Nada, por supuesto. Sólo el azar o el puro capricho han querido que lea y escriba sobre temas tan dispares en un tiempo vecino y sucesivo: abandonándome al placer de lo arbitrario. ¿Indisciplinado? No, por favor… De todo se cumplen aniversarios comunicantes, números redondos que te invitan a leer, a releer y a pronunciarte.
Hace veinticinco años murió Julio Cortázar; hace cincuenta se inauguró el Valle de los Caídos. Hace medio siglo nací yo en un Hospital Católico (así se rotula ahora). El primero es un monumento de las letras; el segundo es un monumento de la imaginación kistch. Del primero escribo una reseña; del segundo leo un ensayo periodístico que utilizaré en una conferencia. Para sellar esta tarea contradictoria, para amalgamar lo distinto, me he procurado una divertidísima argamasa: la celebérrima Historias de cronopios y de famas. He procedido a releer esas páginas del Cortázar mas chistoso para ver si encuentro solución.
¿Recuerdan la primera parte, la titulada «Manual de instrucciones»? Un manual con el que sobrellevar las circunstancias banales. Busco en ese capítulo por si hay instrucciones para escribir o para vivir, que al final no son tareas tan contradictorias. No las veo exactamente, aunque –ahora que lo pienso– en Cortázar todo es un código para escribir viviendo, o para vivir escribiendo. En Cortázar hay instrucciones para llorar, para cantar; normas sobre la forma de tener miedo; reglas para entender tres pinturas famosas, para matar hormigas en Roma, para subir una escalera, para dar cuerda al reloj.
Faltan instrucciones, y la arbitrariedad de las normas que Cortázar finalmente recoge me recuerda la clasificación animal que Jorge Luis Borges postuló en uno de sus cuentos. Se trataba de una taxonomía imposible. Michel Foucault la celebraba al comienzo de Las palabras y las cosas. Borges le había provocado una conmoción, una conmoción del pensamiento y de la risa: justamente lo que sintió el creador del chicle cuando observó su producto. Intentemos enumerar esas instrucciones que Cortázar no nos proporciona. Imaginémoslas. No garantizo nada: puede que el resultado sea tan absurdo como el que Borges ideó. Yo, por mi parte, lo pienso modestamente: para mis alumnos, de quienes estoy acabando de corregir trabajos; y para mis amigos, que tienen la caridad de leerme a pesar de los rigores veraniegos.
1. Instrucciones para escribir. Vayamos, pues, con ellas.
Primera.Observe todo lo que sucede a su alrededor. Con ojo clínico o crítico o cítrico. Nada es lo que parece ser. Mírelo de cerca y exprima su imaginación; luego, aléjese: distienda los músculos del ojo. Postule el entorno de lo que ve, ese círculo menor. Imagine un contexto más extenso, el amplio mundo del que forma parte. Cierre los ojos. Ha de sentir algo de miedo, una inquietud. Aventure un significado.
Segunda.Lea todo lo que tenga a mano. Los prospectos farmacéuticos, los insertos publicitarios, los rótulos callejeros, los libros de los amigos, los artículos de los enemigos, la novela que no entiende, el poema que le arrebata. Todo ello, a la vez: sin hacer ascos. Fíjese en la letra pequeña. Utilice lupa: descubra la prosa absurda de la vida.
Tercera. Escriba inmediatamente. Lo que se le antoje: un aforismo o una rutina, un esquema o el resumen acabado de una idea. ¿Y dónde lo escribo? En el reverso de un boleto, de la lista de la compra, de un papelillo, de un cuaderno de campo. En el notebook. Esto es muy recomendable: lleve, siempre que pueda, una libreta chiquitita, de poco peso. No se preocupe por el orden. La sintaxis y el sentido vendrán después.
Cuarta.
Quinta.
Sexta.
Séptima.
Octava.
Novena.
Décima.
Undécima.
Duodécima.
Decimotercera.
Decimocuarta.
Decimoquinta
Decimosexta.
Decimoséptima.
Decimoctava. Vamos a ir acabando con un decálogo que no es tal. Si ya tiene que entregar su texto, admítase las erratas inevitables, las fórmulas mejorables, las ambigüedades prescindibles, las cacofonías insuperables. Admita que el secreto está en seguir leyendo, en adoptar rutinas verbales, practicando con series de tres y ciclos de quince. Si no dispone de tiempo o está de mal humor, fíese de su instinto y lea los Consejos sobre el arte de escribir cuentos, de Roberto Bolaño (que descubrí en su libro Entre paréntesis ).
Decimonovena
Colofón.
2. Cortazariana
Cortázar 1.
Cortázar 2.
3. Otras reseñas.

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