1. Un régimen de terror. Albert Speer no vio, no quiso ver, no quiso conmoverse con la persecución de que estaban siendo objeto los judíos, los opositores, los adversarios de Adolf Hitler. ¿Es posible? «Estaba extático después de entrar al servicio de Hitler», dice Gitta Sereny al final de Albert Speer (Javier Vergara editor). Más aún, añade: «infiel al concepto puro de la arquitectura que había abrazado de todo corazón bajo la guía de su primer mentor, Tessenow; ciego desde el comienzo mismo a las monstruosas obsesiones de su Führer; indiferente (más que ignorante) al sufrimiento que inmediatamente aquellas provocarían; campos de concentración para cristianos y comunistas, muerte civil de los judíos, destrucción de los minusvalidos, los enfermos genéticos, los seniles…»
Es decir, mientras Hitler vivió, Speer no vio y no quiso ver el régimen de terror que su amado caudillo había implantado. Desde hace tiempo, uno de los temas centrales de la historiografía sobre el totalitarismo es éste: el de la ceguera voluntaria, el de la servidumbre aceptada, el del consenso criminal. Ver y no saber o no ver y no saber, ver y saber para no hacer. En cualquiera de los casos, la insensibilidad. Como tantos otros compatriotas, «el propio Speeer no mató a nadie y no sintió enemistad, odio o incluso antipatía por los millones de habitantes de Europa Oriental, cristianos y judíos que fueron masacrados sistemáticamente: no sintió nada», concluye Sereny cuando describe al joven Speer.
2. ¿Un régimen de terror? «Sigo creyendo en la grandeza de la democracia, de la libertad, seguiré trabajando para que Zapatero no convierta a España en un régimen. Yo quiero democracia, libertad, justicia, trabajo y sueños. Jueces y fiscales han de trabajar al servicio de todos. El PSOE intenta instalar un régimen de terror», dijo Francisco Camps en la cena-mitin que el Partido Popular organizó en Valencia el viernes 4 de septiembre de 2009. A ver, por favor, lean la frasecita otra vez. Vuelvan a leerla lentamente…
Dice Ángel Luna, el portavoz parlamentario del Partido Socialista valenciano, que quizá al President Camps le falte el equilibrio emocional adecuado para ejercer su cargo. Confundir la democracia española con un régimen de terror, identificar ambos sistemas, es un recurso frecuentemente utilizado en la liza política: es agitación y propaganda, es supervivencia y ataque. La retórica electoral suele ser excesiva, tremebunda, y lo proferido por Francisco Camps es un ejemplo: quizá más obsceno, admiten algunos. Ángel Luna dice que el President «confunde sus emociones y sus sentimientos con la realidad». No sé, no sé. Imaginen por un instante que fuera cierto; imaginen que Camps creyera verdaderamente lo que denuncia… Por favor, lean otra vez las palabras del President, esas en las que dice tener o querer «sueños»
3. Una de miedo. He visto Expediente 39. Es una película flojita. Según parece es muy taquillera y en los Estados Unidos ha sido un éxito rotundo. O eso creo. En dicho film, el personaje que interpreta Renée Zellweger vive atemorizado. El diablo hace de las suyas… Lo que vemos es un compendio de mil y una historias de miedo que se remontan, al menos, a Otra vuelta de tuerca, el clásico de Henry James que aquí ya tratamos en otra ocasión. Pero están también La semilla del diablo, El exorcista, La profecía, El resplandor, Los otros, El orfanato. O El silencio de los corderos o El cabo del miedo o Déjame entrar. Etcétera.
Christian Alvart, el director de Expediente 39, no inventa nada, pero la historia entretiene. Qué quieren: es aceptable para pasar una tarde de verano si al film no le pedimos gran cosa. Los responsables tenían la oportunidad de hacer algo mejor, de mostrarnos qué es vivir bajo un régimen de terror, que es lo que el demonio siempre ha deseado (según dicen); pero Alvart se ha conformado con asustarnos.
4. El terror de Pozuelo. Leo en El País: «El macrobotellón celebrado el pasado sábado [5 de septiembre] en Pozuelo de Alarcón que dio origen a una batalla campal y concluyó con un duro enfrentamiento entre un grupo de 200 jóvenes y la policía era ilegal. El primer día de las fiestas patronales del municipio con la renta per cápita más alta de España se saldó con 10 policías heridos y 20 personas detenidas, entre ellos siete menores. Los jóvenes intentaron asaltar con piedras y botellas una comisaría de policía y quemaron dos coches policiales a su paso».
Son muchas las cosas que llaman la atención. Unos jóvenes queriendo emborracharse hasta reventar, hasta morir, empleando la calle como vertedero, olvidando al vecindario, burlando todo freno. Parece un acto nihilista o desesperado, un hecho que se repite con frecuencia en la España del siglo XXI, seguramente porque nadie lo impide. Aturdirse con litros de alcohol es un gesto autodestructivo del que se puede salir indemne cuando eres un muchacho. O eso se cree generalmente. No llama menos la atención la visión de unos jóvenes asaltando con piedras y botellas una comisaría de policía. A esto se le llama vandalismo, algo viejísimo en la historia de la juventud. En otros tiempos menos permisivos, también la muchachada, preferentemente masculina, la emprendía a pedradas contra todo lo que se movía e incluso contra lo que no se movía. Muchos opinan que es lamentable que ahora ese acto sublime de terror urbano lo ejecute un grupo de pijos.
Desde luego no me parece lo peor: lo más detestable es que forma parte de las Fiestas Populares. Esos regocijos públicos son, generalmente, una excusa perfecta para la destrucción. Lo escribí hace unos años. Felizmente, no me lapidaron: «Es por eso que las fiestas populares son aquí y allá la excusa para que algunos brutos se ensañen con los débiles, para que muchos se arranquen la careta de la sociabilidad y de la cordura y se entreguen con desenfreno a un delirio colectivo, a la expresión colectiva del delirio, a un delirio que nadie les prohibiría si lo cultivaran en el secreto de su intimidad. Las fiestas no eran mejor antes, ni eran menos brutales: eran carnales, bárbaras y eran vandálicas, todo lo vandálicas que el poder toleraba o permitía. El vandalismo era la forma que los débiles se concedían para dar rienda suelta a lo que estaba reprimido, a lo que requería escape y alivio. En la sociedad actual, una sociedad permisiva -insisto- no necesitamos expresar lo que el poder nos niega o nos impide, no precisamos concentrar la energía satírica, porque ésta, la energía satírica, la podemos manifestar a través de numerosos medios y porque el propio poder censura cada vez menos. ¿Cuál es la consecuencia? La expresión vandálica y el colectivismo como formas de arrogante brutalidad, como modos de ahormar a los individuos o de expulsarlos, de ahuyentarlos, de aplacarlos. La incultura se adueña de las calles, el estruendo motorizado, el desenfreno ciclomotor, la jactancia de los brutos, y los responsables de las instituciones -la sede del orden y la civilidad- se resignan a tolerar el error y el horror populares, aceptando con demagogia lacayuna lo inevitable». Lamento repetirme
5. Vixca Valencia! ¿Por qué gana el PP en Valencia? ¿Porque ha instaurado un régimen de terror? Por supuesto que no. La democracia española tiene numerosos defectos pero desde luego aún no hemos caído en la peor degeneración electoral: aupar a un partido que esté dispuesto a acabar con el sistema parlamentario. No hay tal régimen de terror en España, sr. Camps. No sólo porque la oposición popular lo impide, sino porque el Socialista no es un Partido totalitario, como de vez en cuando usted insinúa o afirma. Si no lo hay en España, tampoco lo hay en Valencia.
Pero el Partido Popular ha creado, por lo que parece, una red de intereses materiales muy espesa y densa; o se ha beneficiado de un ubicuo sistema de gratificación. Por otra parte, los electores siguen viendo en ustedes a los máximos defensores de la valencianía herida, magullada. ¿Y qué es eso? Exactamente nada. Como tampoco la catalanidad doliente o la españolidad profanada. Son estados imaginarios del alma, abscesos ideológicos: infecciones e inflamaciones, hinchazones, acumulación de pus. Porque no otra cosa es la exaltación demagógica colectiva: un pus ideológico. Llevamos años y años de manipulación mediática, de exhalación y de exaltación televisiva, de valencianía adocenada. El control de las Fallas ha contribuido a que el dominio se extienda. El victimismo es eficaz si se dispone de un chivo expiatorio a quien responsabilizar de lo punible. Si tenemos un enemigo fácilmente localizable, que además se defiende mal, entonces cargar las culpas es tarea exculpatoria y rentable. Vixca Valencia!

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