1. Graffiti was here. Acabo de recibir un nuevo número, el octavo, de la revista Cultura escrita & sociedad (Editorial Trea). El dossier se dedica a la historia y al análisis de las pintadas. «Graffiti was here», es el título general que le han puesto y que coordina Fernando Figueroa-Saavedra. Dirige esta publicación Antonio Castillo y a los lectores de Los archivos de JS no les resultará un desconocido: su blog figura entre los selectos que siempre frecuento.
El resultado de ese número es excelente. Los autores que intervienen convierten en materia académica lo que es arte callejero. ¿Arte callejero? El graffiti es una práctica que aún escandaliza porque perturba el paisaje urbano, porque supone una apropiación visual del espacio y de la propiedad, porque es una agresión contra el orden convencional del entorno. Mucha gente detesta a quien se atreve a violentar los bienes públicos y privados con dibujos ostentosos, con colores rotundos, con letras deformes, con ocurrencias retadoras: afirmaciones de un yo propiamente narcisista o rebelde. Sin duda, es eso, pero el graffiti es algo más. Es trastorno público y es autorrealización personal, la expresión de quien se plasma, se proyecta con su nombre, con su tag, con ese alias que es sobre todo comunicación y firma orgullosa.
Un muro, que es cierre, clausura y delimitación, se convierte así en una ventana al mundo, una ventana chiquitita que nos muestra algo que no siempre sabemos interpretar. El espectador anda acelerado por las calles, observa los dibujos hechos con improvisación o con plantilla, lee la contorsión de las letras y se pregunta si eso es arte o vandalismo, si tiene algún valor estético, si es una violación de la propiedad. Pero, además, ese mismo público que accidentalmente transita por allí descubre un día que aquel cuadro ya no está, que ha sido literalmente tapado a brochazos por la brigada de limpieza municipal o por otro nuevo graffitero. Todo caduca.
Justamente por eso, el artista se apresura a conservar su obra efímera. Hace una foto, dos, tresfotos: incluso se retrata camuflado o emboscado durante el proceso y, si dispone de un fotolog, lo hace público en un nuevo muro. Conozco casos cercanos, muy cercanos, que además de hacer todo esto escriben y reflexionan sobre esa infracción que comunica y expresa. Leo esas páginas de autoexamen y veo que el graffitero comparte con los autores del dossier académico una misma inquietud y ambivalencia.
«Cuando alguien pinta graffiti en la pared, lo primero que piensa es cómo lo verán las personas que pasen más tarde por allí. De alguna manera, el artista deja todo preparado para que un rato después alguien que camine cerca de la obra la pueda ver y diga algo. Con el simple hecho de que aquel que pase por allí y diga algo («Vaya destrozo que han hecho» o «Mira qué colores tan bonitos») se establece una comunicación entre el artista y la gente que observa el resultado. Hace más de cinco años que llevo viviendo ese tipo de sensaciones y experiencias. Muchas tardes cuando voy a pintar por mi barrio, en vez de hacer bocetos o dibujos previos, lo que hago es pensar cómo lo verá la gente, y a partir de ahí empiezo. Creo que ese tipo de pintadas si no transmite nada, ningún sentimiento ni ningún mensaje, rápidamente son relacionadas con algo que destruye, con vandalismo«, admite.
Emborronar los muros es un escándalo y una falta de urbanidad, cierto, pero también la urbe –precisamente– ha crecido y se ha transformado a golpe de piqueta, de destrucción, de ocupación. Lo que hoy nos parece obvio fue un acto contra lo establecido, contra la historia, contra la tradición. Numerosas ciudades europeas tenían en el siglo XIX murallas que las circundaban. La piqueta municipal o el pico y la pala de los obreros las abatieron. ¿Para qué? ¿Para orear, para airearse? Sí, pero también para ocupar el espacio disponible, para construir, para levantar nuevos edificios, para especular con la riqueza inmobiliaria. Hoy vemos esas residencias como un resto del pasado, como un vestigio de otro tiempo más burgués y elegante. En realidad, el muro era la historia y la vivienda de nueva planta era un acto de vandalismo histórico. O no. Quién podría decirlo ahora. La revista Cultura escrita & sociedad propone una paradoja: observar los graffiti como «una ventana abierta al muro», que es la segunda parte del subtítulo del dossier. Pienso en ello y estas páginas me hacen remorar una vieja lectura.
2. ¿La derrota del pensamiento? Veinte años atrás, un libro de Alain Finkielkraut me impresionó: La derrota del pensamiento (1987). Desde luego, me hizo pensar. Con el autor podía estar de acuerdo o en completo desacuerdo: era todo un acicate. Entre otras cosas, Finkielkraut se oponía a las equivalencias culturales. O, en otro términos, el autor deploraba el relativismo posmoderno. Lamentaba concretamente la tendencia contemporánea que nos hacía ver como productos culturales una tragedia de Shakespeare o un par de botas: si toda elaboración humana es propiamente creación, artificio, toda fabricación tiene su valor propiamente cultural. Para Finkielkraut, esta conclusión resultaba absolutamente desastrosa, siendo resultado de la revolución del arte, de la descolonización, del autoodio de Occidente, del 68, de la antropología. Como para los etnólogos todo lo que no es natural es cultural, eso a la larga habría conducido a las equivalencias creadoras, al relativismo.
Finkielkraut lo expresaba así, con estas palabras polémicas y contundentes: «…un par de botas equivale a Shakespeare. Y todo por el estilo: una historieta que combine una intriga palpitante con unas bonitas imágenes equivale a una novela de Nabokov; lo que leen las lolitas equivale a Lolita; una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire o de Francis Ponge; un ritmo de rock equivale a una melodía de Duke Ellington; un bonito partido de fútbol equivale a un ballet de Pina Bausch; un modisto equivale a Manet, Picasso o Miguel Ángel; la ópera de hoy –«la de la vida, del clip, del single, del spot»– equivale ampliamente a verdi o a Wagner. El futbolista y el coreógrafo, el pinto y el modisto, el escrito y el publicista, el músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio escolar que reserva esta cualidad para unos pocos y que sume a los restantes en la subcultura«.
La andanada de Finkielkraut ha sido muy influyente y de forma periódica distintos autores deploran esas equivalencias culturales. La última vez que he leído algo semejante es en un artículo de Vicente Molina Foix, publicado en la revista Tiempo. Me lo ha remitido, muy amablemente, Óscar Gual. De nuevo, cunde la alarma. ¿Valen lo mismo un graffiti, un cómic o una tragedia de Shakespeare? Sin duda, la pregunta está mal planteada y tiene truco: una respuesta sabida de antemano que exige la vuelta al canon. La cuestión no es si hay gentes ignaras que atribuyen el mismo valor a todo: claro que las hay. Como hay provocadores que se creen genios. Pero para un historiador eso no es lo relevante: lo importante es asumir la cultura de masas, la fabricación, la composición, la construcción como productos culturales que nos alejan de la naturaleza, como formas de expresión humana que cambian nuestros hábitos, nuestras formas de relación, hoy, en la época contemporánea.
La naturaleza se hace paisaje cuando alguien la observa dándole valores propiamente humanos, cuando la inviste con sentimientos y emociones, cuando se sirve de ella para hallar lo sublime, por ejemplo. Una tormenta o un acantilado no tienen sentido alguno, pero son los ojos alucinados de un espectador romántico los que convierten aquel paraje en paisaje: arrebatado, extremo, convulso. Umberto Ecó dedicó páginas imperecederas a estudiar Superman, un subproducto cultural despreciado por los intelectuales de postín. El semiótico italiano fue capaz de examinar las formas discursivas del cómic y los valores folletinescos que incorpora, sus ecos tradicionales, incluso los restos de un Shakespeare remoto: el mismo Eco que estudiaba a James Joyce y o la estética de Santo Tomás. Ahí es nada.
Salgan a la calle. Tengan mucho cuidado ahí fuera. Echen un vistazo. Quizá encuentren en el último rincón de una calle a Superman volando entre los muros, un superhéroe recreado con las artes del graffiti…

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