La risa. Me gusta emplear el blog para escribir sobre lo que me interesa. Tomarme la libertad de detallar lo que me inquieta o me place. Es lo que suelo hacer. Un ensayo que me entretiene, una novela que me hace pensar, una película que me enreda, una poema que me enfría: ésas son las historias con las que normalmente sobrevivo. Una reseña pendiente, un artículo que aún debo, un compromiso incumplido: ésas son las cargas verbales que he de sobrellevar. Con mucho gusto, eso sí.
Pero la actualidad, la dichosa actualidad, me empuja a hablar de lo que los medios dictan y de lo que es escandaloso o chusco o banal. Pienso en Gürtel otra vez y no hay manera de desprenderme de ese asunto. Me dispongo a leer la prensa, a consultar los periódicos atrasados que acumulo. Las grabaciones transcritas y difundidas me hacen carcajearme. Que te hagan reír es algo que agradezco mucho. ¿Pero cómo y quién te hace reír?
Recuerdo cuando vi Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino. La verdad es que me sorprendieron el tratamiento de la violencia y la banalización del horror pistolero. «Hola, soy el Sr. Lobo. Yo arreglo problemas», decía el personaje interpretado por Harvey Keitel en aquella película. John Travolta y Samuel L. Jackson estaban en un serio aprieto. De su coche tenían que hacer desaparecer los restos de un cadáver: más concretamente los sesos desparramados de un tipo que acababan de acribillar. ¿Eso puede ser chistoso? El Sr. Lobo sabía cómo limpiar el vehículo, cómo retirar hasta el último vestigio sanguinolento. Eliminar pruebas, vaya.
La prueba es central en el trabajo del detective, del juez, del historiador. Digo esto e inmediatamente recuerdo mi lectura de El juez y el historiador, de Carlo Ginzburg. En dicho ensayo, el historiador italiano ponía el acento en la prueba, en lo decisivo que es conservar el testimonio o la huella que sirvan para investigar. El Sr. Lobo atenta contra lo sucedido. Al eliminar pruebas, exculpa y, sobre todo, destruye lo pasado, lo cambia. Hablo de lo pretérito, hablo del Sr. Lobo y por hache o por be voy a parar a la última película de Tarantino: Malditos bastardos (2009).
En este film se reescribe el pasado: el director inventa una brigada de matones norteamericanos de origen judío que, entre otras lindezas, se dedica a liquidar nazis y a cortar sus cabelleras. De chiste. En el pasado mítico de las películas son los pieles rojas quienes hacían tal cosa. Aún recuerdo mi infancia y mi adolescencia: mi aturdimiento y la risa nerviosa que este acto de salvajismo o de venganza me provocaba. Tarantino –ya digo– reelabora lo sucedido, lo sucedido en el cine y lo que nunca ocurrió en la realidad: imagina una reacción violenta y eficaz de los hebreos contra los verdugos del Tercer Reich. Todo el film es un disparate, pura broma, y es un homenaje gamberro y cómico a aquel género de los sesenta que tanto nos hizo disfrutar ( y reír): Los cañones de Navarone (1961), Doce del patíbulo (1967), El desafío de las águilas (1969), etcétera.
Uno examina la actuación de Brad Pitt en Malditos bastardos y ha de admitir que ejecuta con gracia el papel de tipo achulapado y bronco, guaperas y pendenciero. Es un cómico al que Tarantino exagera hasta hacer de él una caricatura, un auténtico payaso. Probablemente en esa película haya una escena especialmente descacharrante, de comedia de enredo. Es aquella en la que los matones antinazis (un tipo apodado El oso judío y los otros acompañantes hebreos capitaneados por Brad Pitt) han de asistir al estreno de una película producida por Joseph Goebbels.
Allí esperan consumar un atentado (y no les digo más). Lo simpático, lo hilarante, es cuando los bastardos que hablan un inglés evidente deben hacerse pasar por italianos. Balbucean el idioma y reproducen gestos que se suponen propios de sus naturales. Sin duda, lo que está flotando en la película aparece ahora de manera explícita: más que una película de guerra, estamos viendo un spaghetti-western, aquel género en el que la violencia pistolera era brutal, gratuita e involuntariamente cómica.
El humor nos rodea y emplear la risa a mandíbula batiente, con la broma como antídoto, es el arma de los humanos o de los débiles frente al poder y los engreídos. Así lo temía Jorge de Burgos en El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco que citaba Pumby y que ustedes recordarán. Pero la risa no es el disolvente de la seriedad, sino el taladro de la severidad. El humor es un asunto muy serio, que se ajusta a reglas de composición y que se ceba, por ejemplo, en la debilidad de los ufanos. En cambio, la severidad es otra cosa: el tipo severo es, precisamente, aquel que no admite la risa, aquel que repudia la ironía, aquel que rechaza el sarcasmo, ese sarcasmo que algunos se merecen por payasos…
Hemeroteca
Novedad del día:
Justo Serna, «Don Ricardo Costa», El País, 30 de septiembre de 2009
Blogosfera:
Pedro Amorós: sobre La juventud domesticada, de David P. Montesinos


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