Presentación. Viernes, 20 de noviembre de 2009. Ayer jueves, en la Casa del Libro de Valencia Javier Jover y yo presentamos Tratado de las cosas sin nombre (Calima, 2009), de Juan Planas Bennásar. El autor estaba con nosotros, en la mesa, y nuestras palabras sólo tenían un propósito: glosar sus versos. O animar a la lectura. Hay que perderle el miedo a la poesía. El público asistente ya no puede seguir teniendo prevenciones. Hay que abandonarse a la sugestión del verso definitivo.
En cierto sentido vivimos una época prosaica, vulgar: un tiempo de sintaxis pedestre. Nos acostumbramos al sentido previsto de las cosas, a los nombres ya arruinados. Nos llevan de la mano, nos conducen. Todo tiene su designación y todo se repite, con esa sensación de gastado, sobado, que tienen las palabras previsibles o los gestos mil veces realizados. La poesía se concibe contra lo presunto, contra lo supuesto. En el mejor de los casos, es la expresión inaudita, una sorpresa semántica, un adjetivo paradójico, un nombre nuevo para las cosas viejas o una designación imprevista para hechos inesperados.
La poesía, decía Aristóteles en la Poética, es más profunda y filosófica que la historia porque, mientras la historia dice lo que es, la poesía dice lo que puede ser, lo eventual, lo conjetural, lo que puede aventurarse. Se ha repetido muchas veces ese dictamen. No sé si la historia, la disciplina de la historia, es tan llana o prosaica como decía el filósofo. Quiero pensar que no: que no depende del objeto. Depende del tratamiento, de la audacia de la representación, del respeto a la verdad. Creo que lo pasado también puede somerterse a un escrutinio insólito, imaginativo y documentado a un tiempo. Pero la poesía, la buena poesía de hoy, conserva quizá los rasgos que le atribuyó Aristóteles: conmover o provocar un pensamiento, inquietar con el lenguaje, nombrar el desorden de las cosas. El libro de Juan Planas se titula Tratado de las cosas sin nombre. Sin duda es un rótulo paradójico, contradictorio. Una auténtica provocación.
¿Por qué? Porque un tratado es siempre un discurso expositivo integral y objetivo que ordena conocimientos sobre una materia. Suele estar dicho en tercera persona y, además, es una exposición sistemática que aporta definiciones, datos o fechas a partir de un desarrollo didáctico subdividido generalmente en apartados. El Tratado, de Juan Planas Bennásar no es eso, claro. Incumple las convenciones de dicho género y, por tanto, lo que hace es enunciar lo real de manera desordenada. ¿Hay alguien que enuncie? Por supuesto que lo hay pero quien se expresa no es uno sino varios, voces que no identificamos, voces que no son suma o mera proyección del autor. El Tratado es un diálogo poético, en efecto, que gráficamente se aprecia en el cambio del tipo de letra: en redonda, en cursiva, con acotaciones entre corchetes. Si no estuviera tan gastada la palabra, podríamos decir que este libro es un ejemplo de polifonía, páginas de enunciaciones distintas y contradictorias, páginas que además rinden homenaje a numerosos autores a quienes aquí podemos escuchar implícita o explícitamente. Dice Juan Planas en su nota de autor que ha tenido el propósito de «abrir algunos de sus propios versos al juego multiplicador y disimulado de las voces ajenas». ¿Plagios encubiertos? No, por supuesto. Hay citas expresas que el lector habituado detectará y hay juegos o guiños a poetas cercanos a quienes se les homenajea o con quienes bromea en un libro que tiene una dimensión entre trágica y patética.
En estos versos desencajados y y tristes las voces lamentan una carencia, una imposibilidad: la de domar el mundo con el lenguaje; la de captar total, integralmente, lo externo, lo real, ese referente extraño que nos sucede. El auxilio de la palabra se nos queda corto y los lejanos tiempos bíblicos en que coincidían las palabras y las cosas son eso: remoto y mítico pasado irrecuperable. Sólo nos queda inventar. «Intentamos domar el lenguaje y así el mundo, / pero el mundo es enorme y las palabras / son ajenas a la verdad, salvo si la inventan». Tomemos el origen etimológico de «inventar»: no es exactamente fantasear o crear lo que no hay, sino hallar. Invenire significa encontrar. El poeta no inventa palabras en el sentido de la pura arbitrariedad compositiva: el poeta espera encontrar la palabra exacta. Busca en el lenguaje el mundo expresado quizá con un orden que externamente no percibe.
Cuando se abrió el turno de palabras y el público pudo intervenir en la presentación del libro, Francisco Fuster dijo algo muy pertinente: que este Tratado es voluntaria o involuntariamente deudor del Tractatus logicus-philosophicus, de Ludwig Wittgenstein. Muy atinada observación. ¡Cómo no se me había ocurrido a mí! No se me había ocurrido… cuando resulta evidente que lo que constata el libro de Planas es un mundo ya hecho, heredado, un patrimonio de pertenencias: «Había flores en las calles cuando nacimos. Su perfume / parece perseguirnos. La gente bailaba en corros / y vestía ropajes fantasmales de un domingo». Un mundo ya hecho, pero también, y en contradicción, un mundo alumbrándose, una realidad que duramente aparece cada día y que amenaza con no acabar. Todo se solapa: «El mundo –recuerdo ese verso y otro– es abril / y cruel como un parto, pero esta cesárea / ya dura demasiado. No se detiene el tiempo». No se detiene el tiempo y, por tanto, tampoco la identidad es algo fijo, estable. No hay un fondo inmóvil del alma, que decía el joven Törless, de Robert Musil. Hay un proceso de llegar a ser el que se es, proceso aparentemente paradójico pero que es lo el poeta se propone, lo que quizá todo individuo quiere aspirar a ser cuando se descubre irrepetible y vulgar.
Las palabras nombran y son sobre todo sonoridad. Leemos poesía, esa poesía que trata de recrear un lenguaje único de designaciones definitivas, y lo que nos llega es sonido, pura belleza verbal, pura declamación oral. «Me dejo seducir por algunas palabras. Yacijas, / azagayas, quizá helechos, esporas. Con ellas podría / construirse una necrópolis, una sentina, una colmena / o una enorme ciudad de pilares sumerigidos. / El último lugar donde abrevan los dipsómanos». Imaginen: con las palabras que nos persuaden es posible crear un mundo de lugares moralmente diversos, de consecuencias tan distintas… El verbo hace el mundo, lo compone. Por eso quizá el poeta no concibe que haya nada fuera del signo lingüístico: él mismo incluido. Es decir, desaparece también dentro de ese caudal de palabras. De nuestros mayores recibimos lo real, de ellos nos llega aquello que nos infunde vida, pero la mano joven que empieza ha de moldear lo que aún está por decir.
De mano a mano, precisamente, nos pasamos el libro de versos.
Tratado de las cosas sin nombre. Jueves, 19 de noviembre de 2009. Dice Juan Planas que el tono inicial de su Tratado de las cosas sin nombre se lo debe a «Elegía», de José Carlos Llop. Este poema está incluido en La avenida de la luz, que aquí abordamos tiempo atrás.
En “Elegía”, Llop expresaba el dolor y, al tiempo, la necesidad de sobrevivir. ¿De sobrevivir a qué? A la muerte del padre, hecho fatal que nos deja un mundo falto, carente, mutilado. Llop, siguiendo a Zagajewski, “intenta celebrar el mundo mutilado”. No hay más que eso. Ése es el objeto de la vida adulta, el resumen impreciso de lo pasado y de lo que está por venir. Pero si lo pensamos bien el mundo siempre está carente, siempre se presenta mutilado. Los muertos nos rodean y sus voces aún resuenan.
¿Voces ancestrales? Desde el principio, cada uno de los poetas se propone tener voz propia, no resignarse a lo ya dicho o no aceptar como inevitable el patrimonio heredado. El poeta se alza contra la historia obligatoria y contra la evidencia de las cosas. Pero al hacerlo se topa directamente con el caos. Si no te resignas, si nadas contra la corriente, todo pierde su anclaje. Del libro de Juan Planas podría decirse lo que Josep Pla dijera en El quadern gris: «este cuaderno obedece a la necesidad de tomar posición ante mi tiempo». Tomar posición ante mi tiempo no implica aceptarlo como inevitable, pues eso significaría que «yo tendría que ser un mero producto de mi tiempo», añade Pla. «El determinismo ambiental funciona en los escritores que se abandonan a la corriente. Yo navego contra la corrupción de la corriente. Yo no soy un producto de mi tiempo; soy un producto contra mi tiempo».
Aprecio en Planas una actitud semejante. En efecto, en el Tratado y en sus otros libros de poemas no veo que se abandone a la corriente. Observo que lucha contra la corrupción de lo evidente. Se sabe portavoz de otros que ha leído o escuchado, de unos pasados que llegan hasta él, pasados que todo lo desordenan, como sedimentaciones caóticas. Las cosas amenazan con aplastarnos. Por eso, «intentamos domar el lenguaje y así el mundo», dice, pero lo dice como empresa humana y personal. Como un empeño de poeta que empieza la tarea de nombrar. ¿Pero quién habla en el Tratado? Hay una voz que se expresa en redonda y otras que hacen acotaciones en cursiva, a veces entre corchetes. No son la misma enunciación y, sin duda, esa forma que interrumpe el verso es una interlocución.
El mundo no es ordenado y las voces quiebran la exposición. De ese mundo, Planas se hace cargo, como el Pla del Quadern se hacía cargo del tiempo. Es un espacio ya hecho cuando irrumpimos, en parte desaparecido y en parte completo, repleto, una suerte de alumbramiento. «El mundo –recuerdo ese verso y otro– es abril / y cruel como un parto, pero esta cesárea ya dura demasiado. No se detiene el tiempo / y sin embargo hacemos una pausa y escribimos / sobre la alergia, el vértigo o la indiferencia». Escribimos sobre lo que nos acucia, pero sobre todo sobre lo que somos o creemos ser.
«–Lo dijo Píndaro:
Ojalá llegues a ser
el que eres.«
Leo esos versos y no regreso a Píndaro. Prefiero regresar a Friedrich Nietzsche, a su Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es (1888). El yo con pústulas, con yagas, con laceraciones: con limitaciones ya insuperables. Es duro aceptar lo que a uno le forma, le constituye, sabiendo además que hay algo de crecación y mucho de fatalidad, de corriente y de tiempo en lo que te llega: cosas que no podrás alterar. Para Nietzsche, el yo finalmente expresado es una identidad fuerte, alguien cuyos escritos sólo unos pocos sabrán leer pues despiden un aire igualmente fuerte: «un aire de alturas, un aire fuerte», insiste el filósofo en su autobiografía. Una de las voces con que se expresa Planas lo dice igualmente: «Ojalá llegues a ser / el que eres».
Pero el que eres es un extraño, un extraño en casa, «alguien que paseaba con nosotros / y se escondía en el eco de nuestros pasos», en lo cotidiano, en lo evidente, en la corrupción cotidiana de la corriente. Es decir, el otro te habita y a la vez tú mismo eres un muerto venidero. «Ahora yazco en su ataúd y me levanto temeroso / de reencontrar su espectro. Aquí nadie pronuncia / su nombre. Aquí nadie pronuncia nombre alguno». Ésa es la contradicción. El poema recata ahora lo inefable, lo indecible. Por eso, «afuera de este verso, el olvido». Por ello, «afuera de este verso, el silencio»: un verso en el que hay resonancias de muertos, de extraños, de poetas que ahora reviven. T. S. Eliot, por ejemplo.
«Intentamos domar el lenguaje y así el mundo». Miércoles, 18 de noviembre de 2009. Leo y vuelvo a leer unos versos de Juan Planas. Pertenecen, sí, a su Tratado de las cosas sin nombre, que presentamos el jueves 19. «Había flores en las calles cuando nacimos. Su perfume / parece perseguirnos. La gente bailaba en corros / y vestía ropajes fantasmales de un domingo / hurtado al calendario. Ya no existen mis padres y -salvo entre estas líneas y no siempre- / parezco huido de un orfanato. Huyo / de la asfixia que nace adentro y viaja por nosotros. / Su ley física paraliza la voz en los cristales. El dibujo / no alcanza a decir lo que decimos, pero representa / cuán incapaces somos y cuánto silencio albergamos».
Sin duda, estos versos expresan una orfandad y una impotencia existencial, la condición humana más básica: la de sentirse arrojado al mundo, la de sobrevivir malamente en un estado de asfixia. Hubo un tiempo en que todas las cosas y las personas parecían estar en su sitio. Incluso, formaban parte del escenario y adornaban su estado físico. «Había flores en las calles cuando nacimos. Su perfume / parece perseguirnos. La gente bailaba en corros».
Era un mundo fijo o que se pensaba fijo, estable, un lugar en el que el niño no encontraba hostilidad. Poco a poco –hemos de suponer–, ese niño avanza y lejos de madurar, aceptando la frustración, aquello que encuentra es la irrealidad de todo lo que ha vivido y vive. No es que haya crecido en el error. Es que ha constatado un mundo evanescente. La vacuidad de todo, el vacío informe. Justamente por eso dibuja, que es la manera de dar forma, de contener, de perfilar figuras borrosas, aquello que carece de estabilidad y fijeza. Cuarteo el verso, aunque prefiero decirlo con sus palabras literales: «El dibujo / no alcanza a decir lo que decimos, pero representa / cuán incapaces somos y cuánto silencio albergamos». Esa es una tarea propiamente humana y ése es el saldo: «cuán incapaces somos y cuánto silencio albergamos».
Pero el dibujo es algo más: es el equivalente de la palabra, igualmente insuficiente. Las palabras designan las cosas y con dicha operación creemos contener el mundo. Conforme crecemos, descubrimos con estupor que la realidad vieja está mal designada y que lo nuevo carece de nombre o que el nombre que se le dio está arruinado. Esa impresión de falta, de confusión, es hoy aún mayor. No sabemos exactamente cuáles son las dimensiones y la ontología de lo real. ¿Cómo designarlo, pues?
«Fuera de la composición no existe el mundo», leo en un verso de Planas. Lo vuelvo a leer. Lo acepto y lo rechazo. Lo acepto porque al leerlo asiente el hermeneuta moderado que llevo dentro. Pero lo rechazo inmediatamente. Lo rechaza el positivista también moderado con el que también acarreo. Vivo en perpetua contradicción ante quienes niegan lo externo y la materialidad. Por un lado creo que llevan razón –¿y cómo saber que llevan razón?– y por otro me niego a desechar lo material, lo externo, lo ontológicamente real.
Si fuera de la composición no existe el mundo, entonces es que no hay nada ahí fuera, no hay hecho externo que pueda darse al margen de su interpretación. Es una constatación vertiginosa, es decir, que produce vértigo. El poeta nos dice: no hay nada, no busques nada fuera de este lenguaje impotente que designa una realidad sin anclajes. O con mayor precisión poética: «Intentamos domar el lenguaje y así el mundo, / pero el mundo es enorme y las palabras / son ajenas a la verdad, salvo si la inventan». ¿Inventamos la verdad?
Hoy, miércoles 18, a las 16 horas, he de acudir a una mesa redonda en la que hemos de hablar de cosas que ya tienen nombre, la Web 2.0; hemos de hablar de un mundo virtual cuya ontología externa no es constatable aunque sí los efectos que produce. «Intentamos domar el lenguaje y así el mundo».
Archivos. Martes, 17 de noviembre de 2009. ¿Qué es esto que escribo? Un post. Es decir, una entrada de diario. En mi adolescencia nunca llevé un dietario. Tal vez porque la pudibundez me lo impedía. ¿Cómo podía detallar lo que me pasaba sin sentir a la vez reparo, rubor, vergüenza? Era muy arriesgado escribir lo que me ocurría o lo que se me ocurría.
Arriesgado en el sentido de que los sentimientos no tenían nombre: arriesgado en el sentido de que las cosas aún estaban por designar. Para mí, el mundo era muy reciente y el vocabulario era escaso. Luego crecemos y creemos dominar el lenguaje y la expresión, las palabras de las cosas. En realidad, es un espejismo. Conforme uno envejece o conforme el mundo cambia desbocadamente, lo nuevo irrumpe, como irrumpen nuevos nombres.
En 2004, con un cierto retraso –ya ven–, descubrí la palabra blog. Yo la había visto escrita antes, pero la verdad es que no me había preocupado de la cosa que designaba. En realidad empecé a interesarme por ello sólo por indicación de Arcadi Espada, que me invitó a participar en su primer blog, abierto justamente en enero de 2004. Ya lo he contado alguna vez. Durante meses, a lo largo de ese año, frecuenté la bitácora de este periodista, una página que se convirtió en una especie de navío. Allí, yo mismo depositaba mis comentarios (como tantos otros) sobre lo que el anfitrión anotaba cada día o sobre la controversia directa o indirecta que entre los galeotes se suscitaba.
Fue muy amable conmigo, hasta el punto de tolerar mis reproches. Repetidamente le fui manifestando mi decepción por el tono jactancioso, faltón, insultante que tan frecuente era allí: en principio, no tanto por lo que él escribía, sino por lo que sus lectores apuntaban. Pude mantenerme a flote durante meses, a pesar de que, como los personajes de Joseph Conrad, estuve soñando con la deserción. Finalmente, en diciembre de 2004 me despedí, después de haber contribuido con mis observaciones a lo que allí se decía o no se decía.
Poco tiempo después abrí Los archivos de Justo Serna. Salvo seis meses de inactividad, Los archivos se vienen actualizando desde 2005. Aprendí lo que era un blog sobre la marcha, conforme yo mismo escribía. Y leía. Leer produce efectos. Fermenta, decía André Gide y he repetido algunas veces. Para evitar que se me evapore lo escribo o para evitar que lo asimilado me ocupe sitio. Llevo casi cinco años escribiendo un blog, una manera de volcar lo que aprendo o creo saber. Pero el blog no es un repertorio de conocimientos ordenados. Es, por el contrario, una exposición imprevista de saberes parciales. Lo que leo me remite a lo que vivo, y lo que vivo me conduce a lo que leo. Al final, una cosa lleva a la otra: la actualidad me provoca y eso me hace exhumar lo que acabo de leer o aquel otro libro que había olvidado. Para mí, escribir en un blog es tantear la actualidad, lo contemporáneo, lo inmediatamente presente.
Algo parecido había intentado años atrás. Hacia 1994 inicié la escritura sistemática de unos cuadernos, unos manuscritos en los que anotaba mis lecturas, lo que me sugerían los libros que disfrutaba o me irritaban. Eran unas libretitas de la marca Conquerant en las que archivaba la impresión que esta o aquella obra me causaba. Cuando empecé Los archivos de JS no tuve dudas acerca del título. Esa palabra, archivos, me parecía sonora, muy precisa: muy próxima a lo que yo hacía al anotar mis impresiones. Además, el archivo era un lugar que yo conocía bien: el depósito que visita el historiador, un espacio en el que hallar los restos de una vida pasada.
Permítanme esta evidencia: un blog –ya lo saben– es un dietario, una suerte de cuaderno en el que registrar lo que nos ocurre o lo que se nos ocurre. En mi caso y en mi circunstancia más inmediata: la inquietud venidera –una mesa redonda prevista para el miércoles y la presentación de un libro para el jueves– o el balance de lo hecho o de lo leído. Básicamente, yo no vivo. Vamos: que no soy un hombre de acción. Leo, y leo porque me faltan datos, porque quiero tener conocimientos, porque aspiro al saber. Qué fatuo suena esto, ¿no es cierto? Pues no: esas metas así expuestas sólo muestran humildad, la modestia de querer aprender y dejarlo registrado. Pero, en ese caso, ¿por qué exponerlo y para qué exhibirlo? Por un lado, lo escribo porque temo perderlo. Por otro, lo publico porque eso que anoto lo comparto. Me gusta repartir mi pequeña erudición. Tal vez, ésas son maneras de profesor, algo parecido al desprendimiento.
«Sólo el desprendimiento puede explicar sus alardes de erudito», decía de sí mismo Guillermo Cabrera Infante. O, mejor, lo decía de su alter ego: G. Caín. «Si él fue pedante», seguía Cabrera Infante, «fue porque siempre quiso ser desprendido y odiaba atesorar conocimientos tanto como el pródigo odia al avaro. Su gusto por lo hermético, su dificultad y en último término su barroquismo fueron no los defectos de una inteligencia petulante, sino los excesos de un espíritu de fineza: él quiso considerar a sus lectores como sus iguales». Sus escritos incitaban a desarrollar una especie de «democracia intelectual», añadía Cabrera Infante. «Todo lo que hace lo hace para divertirse», le reprochaban. Cierto, cierto, respondía G. Caín, pero «sé que hago bien porque en mis páginas encontrarán de todo, menos esa forma sutil del desprecio por el otro: la condescencia».
Algo de esto es lo que aquí intentamos.
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Hemeroteca: Últimas Noticias de Antonio Muñoz Molina
Revista Mercurio, número de noviembre de 2009 dedicado a Antonio Muñoz Molina con motivo de la publicación de La noche de los tiempos. Con entrevista al autor y con artículos de Pere Gimferrer, Ángel Loureiro, Justo Serna, Olga López-Valero Colbert y William Sherzer. Información de Europa Press (aquí)
Primer capítulo de La noche de los tiempos (aquí)









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