Holden Caulfield. Ha muerto J. D. Salinger, el autor de El guardián entre el centeno. Dice José María Guelbenzu en El País: «En 1978, el libro de Bolsillo de Alianza Editorial lanzó en España, con una magnífica traducción de Carmen Criado, El guardián entre el centeno (The catcher in the rye, 1951, anteriormente traducida como El cazador oculto en Argentina). No ha habido generación nueva de lectores que no haya sido sacudido por la historia del joven Holden Caulfield».
El ejemplar que tengo en mi casa data de 1989. Es la duodécima reimpresión de Alianza. Acabé de leer dicha novela el 22 de agosto de 1996. Sé con precisión todo esto porque lo tengo anotado. Hasta aquel momento, yo no la había leído a pesar de que mi padre ya lo había hecho. Lo hablamos. Acostumbrábamos a comentarnos las lecturas pero no solíamos coincidir en nuestras novelas. Ignoro por qué me recomendó El guardián entre el centeno. Yo sabía que era un gran clásico de la literatura norteamericana, pero no lo conocía: mi padre lo había leído pero ignoraba la importancia de dicha obra.
Fui a visitarlo. Estábamos en verano y por tanto tuve que desplazarme hasta Requena. Allí, mi padre tenía unos cientos de libros, no demasiados. Entre ellos estaba el volumen de J. D. Salinger. Yo había concluido la novela que llevaba entre manos. Sé cuál era: Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Leí El guardián entre el centeno. En mi lista sé cuál vino después: Travesía del horizonte, de Javier Marías. Así, desordenadamente como siempre, sin un sentido abarcador, llegué a aquella obra que protagoniza Holden Caulfield.
Holden Caulfield es rebelde pero nos cae simpático. Tiene serios problemas de adaptación: es un adolescente que marca distancias frente a sus mayores, maldito e integrado a la vez. Nos muestra su lado cómico y finalmente optimista. Es él mismo quien nos cuenta su vida, lo que le sucede. O no. Lo que parece que le sucede. En su relato no hay ingenuidad, sino experiencia psiquiátrica: está siendo sometido a un tratamiento. Nos lo cuenta con ironía, con inocencia y con una madurez algo torturada:
«Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco…»Caulfied es un jovencito que empieza a vivir literariamente cuando Norteamérica entra en su gran época, su momento de esplendor. Muchos jóvenes se sublevarán sin causa. Si no han leído esta novela y se disponen a hacerlo, estén atentos. Pueden tener un falso déjà-vu al creer que esto ya lo habían leído, que esto ya lo sabían, que a ese muchacho ya lo conocían. No. Es la primera vez que se cuenta y es la primera vez que vemos a un tipo así. Es el modelo del jovencito americano, con gorra de beísbol, que protagonizará la novela adolescente.
O no. Es un héroe (o antihéroe) aparentemente nuevo, totalmente distinto, pero tras Caulfield hay una tradición literaria anglosajona: no es la de David Copperfield, personaje al que su apellido rinde homenaje irónico. Salinger rompe con una corriente, la de la novela de formación edificante, la de la ficción autobiográfica reparadora. En realidad, Caulfield es distinto, pero no tan distinto de aquellos muchachos rebeldes y sensibles de Mark Twain: Tom Sawyer y Huckleberry Finn son sus parientes lejanos.
Y hablando de parientes, ¿por qué me recomendó mi padre esta novela? Ni yo era un adolescente ni mi padre era un rebelde. Él está muerto, como Salinger, y yo… aún sigo vivo. ¿Como Caufield?




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