Uno. Ves a un muchacho pulcramente vestido, quizá muy aseado y planchado. Ves a un muchacho siempre contenido, siempre correcto, siempre rasurado y siempre a punto de romper a llorar. De entrada no sabemos qué le sucede, qué pasa por su cabeza.
¿Un muchacho? Martín ya no es tan joven. Ejerce la docencia: es profesor de literatura en un instituto y vemos que está obsesionado por una de sus alumnas.
Se le nota el amor por la lectura y por los libros: ante sus estudiantes describe con precisión por qué hay que leer novelas, qué compensación nos dan las historias que otros inventan.
De hecho, él cree ser novelista. Tiene la obra entera en su cabeza. Sólo le falta plasmarla. No tiene nada escrito, pero eso no importa: él se sabe novelista. Como sus admirados Ernest Hemingway o Franz Kafka, a quienes vemos en algunas fotografías que cuelgan de la pared de su habitación, de su cuarto de soltero. Vive en casa de los padres y continuamente reprime el llanto.
Dos. No quiero contar la película, la estremecedora película de Félix Sabroso y Dunia Ayaso. Se titula La isla interior (2009), quizá una metáfora muy obvia, pero desgarra tanto la historia de Martín y su familia –constituida por dos hermanas más y los padres– que perdonamos ese rótulo algo enfático.
Todos están mal, incluso muy mal. El padre padece esquizofrenia y de ese hecho concreto deriva todo. ¿Qué les pasa? ¿Qué hacen? Asistimos a un flash back en el que vemos lo que les ocurre a lo largo de los cuatro días previos… Les invito a que pasen y vean: a que expresen lo que saben o lo que sospechan.
He empleado el verbo ver en repetidas ocasiones. Y con toda probabilidad es la palabra más inadecuada, como bien sugiere Marisa Bou. Desde luego somos espectadores de un drama familiar, pero vemos muy poco: por las elipsis, por lo sabido, por lo convenido, por lo callado, por lo remoto.
«Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera», leemos al principio de Ana Karenina. Es el famoso incipit de Tolstói. La familia de Martín parece normal, no sabemos si dichosa. Sabemos que el padre padece un grave enfermedad y sabemos que atenta contra su vida. ¿Rompe eso la normalidad?
La película es una radiografía de una normalidad aparente, costosamente mantenida por la madre, pero también por los hijos, que quieren hacer una vida corriente cargando con los dolores y las injurias de la existencia. Los dolores y las injurias las vamos a ir descubriendo. Las de Martín, las de Gracia y las de Coral.
Gracia vive en Madrid, ha heredado el mal y lo combate con pastillas. La madre y el padre están en Canarias, así como sus hermanos: viven lejos y, por tanto, ella ha escapado de la patología existencial que padece la familia. Sin embargo, cuando deje las pastillas, el mundo real se le desvanecerá: lo confundirá precisamente con la serie de ficción que protagoniza: Veterinarios.
Coral tampoco reside en casa de sus padres. Es asistenta y con su magro sueldo sobrevive en su propio domicilio, un pisito modesto y digno. Tiene relaciones con su jefe, sexo rápido, insatisfactorio, expeditivo. El tipo está casado y es padre de familia, un individuo de doble moral y escasas entendederas, violento. Coral tiene magulladuras en el rostro, las ojeras del dolor antiguo, familiar, un ultraje; y tiene las heridas de los golpes que la vida y los hombres le infligen. Al igual que sus hermanos y que su padre, tiene ojos doloridos.
En efecto, causa mucha impresión la mirada triste, desconsolada, de Martín, de Gracia, de Coral. Atemorizan los ojos hundidos y desorientados del padre. Todos tienen un punto de demencia. ¿Es responsable esa madre dominante, ciega ante lo que la rodea? Los ojos extraviados están causados por una enfermedad que lleva al delirio, a la pérdida de lo real.
Tres. La película sugiere y muestra, pero especialmente deja en suspenso. Vemos muchos pormenores de una familia –o eso creemos– y al descubrir la vida interior de esos individuos nos preguntamos qué es lo que les pasa. Conviven con una enfermedad heredada, pero sobre todo son individuos sin relaciones. Carecen de contactos firmes y de sentimientos externos.
Una familia es una unidad conyugal, pero es también el conjunto de interacciones extradomésticas que mantienen sus miembros. En La isla interior, los parientes están atados, vinculados entre sí. Son incapaces de ampliar la esfera de sus relaciones, de desanudar esos lazos. Por tanto carecen de continente o de mundo propiamente exterior. Están aislados, en efecto, tal como reza el título enfático de la película.
«Vengo de una familia en la que cada miembro dañaba a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo». Los individuos reales de esta familia se hacen mucho daño, cierto, pero la representación imaginaria que cada uno se hace de los restantes también duele. Los hijos tienen a sus progenitores reales y a sus padres interiores, esos objetos internos con los que polemizan, dialogan, disputan, odian o aman.
Como señalaba Sigmund Freud, el análisis psíquico puede aliviar: convierte las miserias neuróticas en miserias corrientes, miserias cotidianas. Ayuda a convivir con ellas. ¿Pero qué hacer cuando las carencias y las dolencias no se curan, cuando las hemos heredado, cuando no podemos desprendernos de ellas?
Cuatro. David P. Montesinos. «Doy cuatro horas de Psicopedagogía a la semana a chicos de entre dieciséis y diecisiete años. Perciben que hay algo en todos los temas que tratamos que está muy cerca de la realidad, una realidad compuesta -como la de cualquiera- por relatos televisivos de criminales en serie, noticias de crímenes espantosos o maridos y mujeres que llevan décadas gritándose tras la pared de la habitación. La locura no parece una opción cercana, no parece algo en lo que uno puede caer, es algo de otros. Quizá por inexperiencia, ven la normalidad y la aceptación social en que les han hecho creer que viven ellos y sus familias como algo casi tedioso, casi como un fastidio. Un día alguien te revela que la abuela desapareció una noche y la encontraron caminando descalza y con ropa de cama por el yermo de detrás de la casa del pueblo… y acaso lo que quería era matarse, pero eso no se dice. Un día descubres que alguien te dice que su padre fue su héroe, porque regresó de un alcoholismo en el que había vivido durante años y años, sin que las niñas se dieran cuenta… y regresó con un esfuerzo sobrehumano solo por ellas.
Hay locos que se creen Napoleón y hay tipos que ingresan en una banda terrorista, pero la locura que yo he conocido está mucho más cerca y se parece lo suficiente a mí como para creerme lejos. No tiene nada de genial, no exactamente, no es Nietzsche soltando martillazos ni Allan Poe en un trance alcohólico. Es, sobre todo, gente con miedo, personas que temen -como dice Martín, con lágrimas en los ojos- estar a cada momento a punto de perder el control sobre sí mismos. Son incapaces de salir de ese círculo de lo que los psiquíatras llaman “codependencia” porque, por encima de todo, lo que tienen es un temor bárbaro a ser dañados por un entorno que perciben como hostil. Qué cerca me sentí de Martín en el episodio del parking. A veces, subido a mi automóvil, donde soy el tipo más débil imaginable, presiento que el conductor vecino, el tipo del parking, incluso el peatón, forman parte de una trama selvática a punto de engullirme. Los temblores, las frases mal pronunciadas, la incapacidad para entender al que me habla con toda la naturalidad y se desespera porque no le entiendo… Multiplicada tal sensación nos encontramos ante la esquizofrenia.
Creo que la esquizofrenia es en realidad un proceso de devastación de la identidad. Ese continuo que en “los normales” solo descansa durante el sueño, donde se apodera de nosotros sin peligro el delirio, en el esquizo sufre interrupciones incontroladas, de ahí la necesidad de una medicación que, en cualquier caso, no cura, pues no podemos esperar de una pastilla que reconstruya todo el edificio del yo, que es la obra de una vida de socialización, educación, creencias, certezas… De alguna manera, en el esquizo, todo ese edificio se ha resquebrajado.
Vivimos con relativa comodidad porque esa máscara que llamamos el yo nos sirve de envoltura invisible con la que mantenemos la distancia con el entorno, de ahí que, por lo general, no lo juzguemos como insoportablemente amenazante. El esquizo ha perdido esa envoltura. Por eso tiende a aislarse, porque sabe que es terriblemente vulnerable a cualquier proximidad. Cualquier contacto es traumático, puede odiar y enamorarse de la misma manera inoportuna e inapropiada, es, en ese sentido, un inepto social, un inadaptado a su pesar. ¿Por qué no juzgar a los personajes del film como unos héroes? Su lucha es titánica porque su enemigo es cruel y poderoso.
No soy capaz de discrepar de las distintas interpretaciones que he leído aquí respecto a la película, pues todas me parecen buenas. Tan solo un apunte. Me es difícil encontrar un culpable. Sucede así en las situaciones de codependencia, un círculo donde las fuerzas se canalizan de un lugar a otro sin que lleguemos a encontrar nunca ni un principio ni un final. Como en una isla interior, todo se trama en un lugar apartado y con una inquietante lógica endogámica, como si el mundo exterior fuera solo un delirio, un sueño o una pesadilla de la que los personajes se despiertan cuando están juntos, en esa habitación a oscuras donde se dedican a hacerse daño y a la vez se necesitan.
Creo que la madre no es exactamente la culpable, es esto lo que quiero decir. Si hubiera otorgado la libertad a los débiles con los que trama su vida, ¿no habría sido como dejarlos precipitarse hacia la perdición en las tinieblas? ¿Qué haría yo si Martín hubiera sido hijo mío? La madre forma parte esencial de todo ese círculo terrible, no tengo duda, pero su posición no es exactamente la del demiurgo que inventa el horror para convertirlos a todos en prisioneros de una maldición… la madre es también ese personaje que grita y llora terriblemente desde la cama para luego reponerse y mostrar el camino de la supervivencia a los que se quedan, ese camino que se dibuja en la tremenda foto familiar tras el cristal del tanatorio. Lo terrible, lo que desazona de esta película es que no encontramos redención eliminando a los dos malos padres, no solo porque el mal ya está hecho, sino porque ambos, a su manera seguramente intolerable quieren desmedidamente a sus hijos. En ese sentido, ésta es una historia de amor como pocas veces he visto, amor en toda la extensión de la palabra.
En cuanto a la pregunta que hace Justo Serna… nada, no se puede hacer nada más que vivir con ello, como se vive con una cicatriz que sigue doliendo y que de vez en cuando vuelve a abrirse. O queda, como usted dice, cotidianamente abierta, y entonces uno tiene que arreglárselas para vivir permanentemente alerta, esperando que los demás no se den cuenta, esperando no aparecer de pronto como un monstruoso insecto ante la gente.
Un hermoso relato.´´
Cinco. Alejandro Lillo. «De todos los personajes de la película, el más incomprensible para mí, el más hermético, es el de la madre. Pero antes querría insistir en un detalle que me parece importante: es la percepción que los de “afuera” tienen de esa familia. En el guión se insiste continuamente en ese asunto. Bajo una superficie lisa (un hermano escritor, una hermana actriz), un mar de lava pone en evidencia que el firme sobre el que caminan y viven los hijos es tierra volcánica.
Puedo aceptar la fantasía de la madre, incluso sus esfuerzos, como apunta don David, de marcar con su ejemplo el camino a seguir. El mundo está lleno de gente con buena voluntad, que desea lo mejor para sus hijos, lo cual no es óbice para que puedan hacerles daño, destrozarles la vida incluso. Yo tampoco señalo a nadie como culpable entre otras cosas porque pienso que la película no pretende señalar culpables. Pero lo que es cierto, y creo que se ve claramente, es el ambiente ponzoñoso que se respira en esa casa, en ese hogar. Un hogar ponzoñoso no es hogar, es un espacio envenenado que quizás, como una droga, aturde y engancha, obligando a repetir, pero del que hay que huir, del que hay que desengancharse. En ese sentido, la supervivencia, la autonomía de Martín pasa por la salida de la casa materna. Martín no tiene espacio, se asfixia…Ya he dicho que una parte de él permanece en algún lugar de su adolescencia, de ahí su enamoramiento de la alumna. El chico necesita autonomía, necesita un empuje, no control y represión.
El empuje se lo da la hermana pequeña, Coral, el control y la represión provienen de la madre (no sé si conocemos su nombre): “tú te estás viendo con alguien”, le espeta en un momento de la película. Parece que lo quiera sólo para ella. En un momento determinado parece incluso cómplice del marido. Por otro lado, frente al cristal, la madre, ya recompuesta, reconstruida la fachada, permanece en primer plano (aunque más bien en un lateral) con la mano apoyada en el cristal. El dolor que constantemente vemos en los ojos de los hijos, no se lo aprecio a la madre en ningún momento, quizá me equivoque. No sé. Se me hace difícil entender a esa mujer, sobre todo el hecho de que siga amando tanto a su marido sabiendo lo que le ha hecho a su hija. La única explicación que se me ocurre es que actúe en ella algún tipo de dispositivo que le niega y le trastoca la realidad, ignorando los problemas de sus hijos y todos los horrores de la casa. Si eso fuera así ella sería el personaje más enfermo de todos. El más sano pero el más enfermo. En cualquier caso alguien así no puede ser el guía de ningún grupo, el único camino que puede mostrar es el del precipicio, el de los peñascos contra los que una y otra vez golpean las olas.´´
Seis. He visto por segunda vez La isla interior. Les garantizo que la he disfrutado más. Y me ha impresionado. No se preocupen quienes no la hayan visto. En este caso, saber ciertas cosas no daña la película: es mayor el impacto.
Me he fijado en mil y un detalles que nos pasan inadvertidos en la primera ocasión. Viéndola otra vez, creo que el personaje esencial es indudablemente Coral, que interpreta Candela Peña. Sin ningún género de dudas. Todo pasa por ella. No es la madre (Geraldine Chaplin) ni el padre esquizofrénico (Celso Bugallo). No es el excelente Alberto San Juan, encarnando a Martín, tan dependiente de la madre, razón por la cual escucha canciones francesas para inspirarse. Tampoco es Gracia, que interpreta Cristina Marcos, quizá el personaje más patético, la persona que más confunde lo real y lo fantasioso. Es Coral, insisto. Todo depende de la violación o presunta violación de la que fue víctima y todo depende de los golpes que recibe, ultrajes bien reales.
Si lo pienso bien, quizá lo que yo decía al principio de este post no estaba tan desacertado: el centro de todo es esa familia patológica, ese núcleo dañino y tóxico en el que, en efecto, todos se hacen pupa. Prácticamente no hay exteriores de gran profundidad, fuera del océano. Todo se reduce a interiores asfixiantes. O a exteriores que son reservas de esas relaciones perversas.
Vista la película por segunda vez, el guión aún me parece mejor. No es tramposo. Tampoco son irrelevantes los detalles materiales: el mobiliario, la escenografía o esa casa al borde del acantilado, casa deteriorada con desconchados. En fin, vemos a la familia en el tanatorio, la única que llora en principio es Coral. Luego, cuando empiezan a retirar las coronas de flores, lloran los tres hijos. Pero no la madre.
Siete. ¿Es Pedro Almodóvar una influencia en esta película? La verdad es que eso no es muy relevante. Jordi Costa subrayó dicha presencia, pero esas erudiciones no son lo fundamental para entender la película. Sólo el género del melodrama podría justificar la alusión. Y tal vez una cierta estética setentera y kitsch. Pero es que esa estética está justificada, muy justificada, en La isla interior: estamos hablando de una familia que se formó y se detuvo a finales de los setenta. Todos los hijos sobrepasan los treinta años, dice la madre en un determinado momento. Por tanto, la casa familiar es un espacio remoto y rezagado, un lugar detenido en el tiempo. “Creéis que podéis hacer lo todo y no podéis», admite la madre en otro instante de la película, cuando Martín, el hijo varón, sueña con irse a París a escribir una novela.
Como Ernest Hemingway. Por eso, París era una fiesta resulta una referencia constante en el film. Pero Martín no puede irse a París, no puede hacer vida propia. ¿Por una esquizofrenia tal vez heredada? No, no parece que ésa sea la causa. Como le dice Coral al propio Martín: tú no eres como papá. Es decir, él no tiene esquizofrenia. De hecho, los únicos que se medican son Gracia y el padre: ambos personajes no pueden dejar las pastillas. En cambio Coral y Martín sobreviven malparados –por las muchas heridas y vejaciones–, pero no son esquizofrénicos. Martín vive acongojado y limitado, justamente por esa madre dominante de la que aquí hemos hablado. A Martín también se le ha detenido el tiempo: estuvo buscando un objeto sobre el que volcar la libido, pasó después un período de latencia, aprendiendo de su madre lo que era la moral irrectricta, y ahora vive amputado, dependiente.
Ocho. Isabel Zarzuela. «Sí, todos necesitan a Coral. Gracia la necesita: la llama constantemente porque como ella misma le dice, es la única persona que le pone su cabeza en orden. Para Martín Coral representa la liberación, es la figura opuesta a la de su madre: lo comprende, y de nuevo es la única persona con la que puede mostrarse tal y como es él, a quien confiesa sus temores y angustias. Coral siempre le aconseja que se marche de casa, no le dice que se independice, no, le aconseja una y otra vez que tiene que salir de esa casa (una recomendación más que liberadora). La madre, la mujer sin nombre (¿tiene nombre?), también necesita a Coral. Soy incapaz de definir o analizar qué tipo de relación tienen, no lo veo claro, pero sé que esa mujer también la necesita: es a la única persona a la que habla y trata con respeto, actitud que no tiene con ningún otro miembro de la familia. Y el padre… el padre, ¿cómo necesitaba a su hija pequeña? ¿La necesitaba? Resulta difícil olvidar lo que le dice cuando ella se enfrenta a él preguntándole de esa forma tan desgarrada por qué lo hizo: “porque te quería tanto, te quería tanto que si no te tenía me moría”.
Coral sabe que todos la necesitan, que es “la única persona” para cada miembro de su familia. Cuánta responsabilidad ¿no? Y cuánto dolor, como si no tuviera suficiente con el suyo propio. Por eso no hace más que huir de todos ellos: a Gracia casi nunca le coge el teléfono; evita quedar con Martín porque sabe que le hará cómplice de su angustia; distancia la relación con su madre porque la culpabiliza de muchas cosas, entre ellas su propia desgracia; y de su padre… ¿cómo no iba a huir de su padre?
Me gusta la metáfora de la “casa al borde del acantilado, la casa deteriorada con desconchados”. La casa de la que sólo tenemos constancia que está habitada porque de vez en cuando, desde lejos, vemos asomar la figura de la madre por una de las ventanas para tirar la colilla de un cigarro.´´
Nueve. R.S.R. «Dice Coral cuando están sentados alrededor de la mesa esperando el desenlace: “si no podemos solos, tendremos que admitir que nos necesitamos” ¿Es una claudicación de Coral? No, creo que no. Coral no se rinde, peleó en esa familia y se revela una y mil veces ante la tiranía y la negación de su madre. De alguna manera también se sabe proteger y poner límites y es la única que tiene conciencia de lo que ocurre, la única que ha podido separarse, mirar a su alrededor con distancia. Sr. Serna, estoy de acuerdo con usted. Desde mi punto de vista, el personaje esencial es Coral, en ella se actúa la locura y sobrevive mentalmente, dañada claro, pero con bastante lucidez.
Martín no tiene esa conciencia de sí mismo. La pone en sus personajes que están dentro de él y que no puede sacar fuera de sí. En esa casa, “él no es un escritor, es sólo un enfermero”, no tiene una identidad, es sólo un apéndice del padre. Su historia y su novela son las de “un hombre que se asfixia” (siente que va a enloquecer de un momento a otro). Considero que esto es muy interesante porque él mismo lo dice cuando se encuentran en la playa con el amante de Coral y su mujer: “un escritor no se vuelve loco por inventar historias, se volvería loco si las tuviera en la cabeza y no las pudiera sacar fuera”
¿Será por ese motivo por el que alguno de nuestros novelistas escribe?´´
Diez. Alejandro Lillo. «La escena final me parece brillante. La cámara fija sobre el féretro, detrás del cristal, sin que podamos oír el dolor de esa familia, tan sólo verlo. Ellos, aunque miran el féretro en realidad nos están mirando a nosotros, nos están apelando, el cristal no es más que la pantalla del cine, nosotros no somos más que unos intrusos, unos fisgones que nos adentramos en su dolor. Es entonces cuando las palabras del celador resuenan en nuestra mente: ese, “cierra la cortinilla, que la gente no quiere ver”? ¿Qué es lo que le gente no quiere ver? ¿Cómo se llevan el cuerpo en el ataúd? ¿O acaso es la tragedia familiar, el drama de esa familia? Pero eso no es verdad, porque nosotros, como tele-espectadores, nos hartamos de ver dramas familiares en la tele, son precisamente ésos los programas con más audiencia. ¿Qué es entonces lo que la gente no quiere ver? ¿Qué es eso que tanto nos incomoda? Pues lo que dice R.S.R y apunta don David: la locura. Pero la locura como algo incomprensible, como algo extraño a nosotros, que no nos pertenece, como a lo que hay que dar la espalda o incluso golpear, justamente como hace a Martín el padre de su alumna.´´
Once. Hijos tóxicos. No sé si han visto Vete de mí. Yo la he vuelto a ver por tercera vez. No he releído lo que escribí en el blog sobre esta película. Anoto ahora, brevemente, a partir de la impresión que me causan las actuaciones de Juan Diego y Juan Diego Botto.
Lo me hechiza de esa película es, otra vez, la relación tan dañina que se establece entre hijo y padre: un hijo caradura treintañero que ni estudia ni trabaja; y un padre que sobrepasa los sesenta como actor teatral en obras del montón. El muchacho no está en paro: simplemente no hay nada que le satisfaga por entero y así vive del cuento. Literalmente: los cuentos que larga para justificarse son los que le permiten estafar. Es un tunante y un seductor. Primero vivirá con la madre.
Cuando abandone esa casa a los treinta años para instalarse en el apartamento del padre, la existencia fija y establecida del hombre se desmoronará. Apenas se conocen. El padre va a ir degradándose. Es abandonado por su pareja y la presencia del hijo le hace sentirse mal, cada vez peor. Es más, al padre le afloran todas las frustraciones: las de quien aspiraba a representar a Harold Pinter o a Calderón de la Barca y se ha quedado en actor de segunda.
Tiempo atrás escribí un artículo para El País que titulé “Padres tóxicos”. Trataba de la paternidad que destruye, que debilita el vigor y la independencia de los hijos. La madre que encarna Geraldine Chaplin en La isla interior es de esa clase. Ahora, tras volver a ver Vete de mí, con el personaje que interpreta Juan Diego Botto, le dan a uno ganas de escribir sobre los hijos tóxicos, sobre esos falsos adolescentes que viven en la irresponsabilidad culpando de todo a sus mayores o achacándoles sus propias carencias.
Doce. Regreso a La isla interior y regreso a lo que decía R.S.R. Su observación sobre Martín, el presunto novelista, es muy interesante y clínica. «Su historia y su novela son las de “un hombre que se asfixia” (siente que va a enloquecer de un momento a otro)´´, indica. «Él mismo lo dice cuando se encuentran en la playa con el amante de Coral y su mujer: “un escritor no se vuelve loco por inventar historias, se volvería loco si las tuviera en la cabeza y no las pudiera sacar fuera´´, cita R.S.R. «¿Será por ese motivo por el que alguno de nuestros novelistas escribe?´´
Un hombre que se asfixia. Ese hombre que parece ahogarse según Martín se llama Víctor. ¿Su alter ego? Sin duda, Martín no puede más que hablar de sí mismo y sólo un nombre inventado le sirve para ocultar lo que es puramente autobiográfico. Pero lo personal no sale, está obturado, detenido en un estado prácticamente infantil. “Víctor”… es lo que escribe en la primera línea para después romper el folio, descontento y esperanzado a la vez, engañándose, creyendo posible la versión que finalmente saldrá de su cabeza.
Martín ordena también los trozos de papel que acaba cuartear. Necesita tener todo controlado para ser lo que cree ser: un escritor. Se prepara materialmente, con obsesivo control, acopiando papel y bolígrafos en un perfecto orden que nunca acaba de satisfacerle. Siempre habrá un folio que sobresalga o un lápiz que no esté a la altura de los restantes, todos dispuestos en formación. Martín experimenta la locura, los indicios de una avería mental o psicológica, porque confirma día a día la imposibilidad de sacar de su cabeza las historias que inventa o que están allí, en su interior. . «¿Será por ese motivo por el que alguno de nuestros novelistas escribe?´´, se preguntaba R.S.R.
Se escribe por muchos motivos: para sacarse la novela de la cabeza, conjurando la locura; para plasmar lo que no tenía forma; para averiguar lo que no se sabía que se sabía. O para dar rienda suelta a los fantasmas interiores que siempre amenazan, que decía Ernesto Sábato, esos fantasmas que regresan para llevarnos a un mundo inerte e irreal. O para expulsar los demonios, que indicaba Mario Vargas Llosa, esos demonios que nos tientan obsesivamente.
El escritor digno de tal nombre, decía Vargas Llosa, comete un deicidio. Rehace enteramente el mundo poblándolo con una demografía inventada: mejora o empeora lo externo, compensa los ultrajes o da satisfacción a los sueños. Si me permiten, acabo este punto con una cita de Sigmund Freud. No se enreden con la jerga freudiana; aténganse al diagnóstico: «…el reino de la fantasía era un dispositivo creado con ocasión de la dolorosa transición desde el principio de placer al de la realidad para permitir la constitución de un sustitutivo de la satisfacción instintiva a la cual se había tenido que renunciar en la vida real. El artista se habría refugiado, como el neurótico, en este mundo fantástico, huyendo de la realidad poco satisfactoria; pero, a diferencia del neurótico, supo hallar el camino del retorno desde dicho mundo de la fantasía hasta la realidad´´.
En el caso de Martín, el reino de la fantasía aún está en su cabeza y se parece mucho al real. Es decir, no ha conseguido realmente crear esa fantasía a la que escapar y de la que después emprender el camino de retorno. Aún no ha marchado a París, aún no ha escrito su novela, aún no ha abandonado la casa paterna, aún vive acomplejado por una madre absorbente y por una amenaza que no verbaliza: la esquizofrenia que padece el padre y con él, otros.
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