Martes, 27 de abril. Días de diario es el título de un librito de Antonio Muñoz Molina del que escribí una reseña tiempo atrás. Me encantan los dietarios, el registro más o menos sincero de lo que el observador vive. Anaclet Pons y yo escribimos un Diario de un burgués (2006): en realidad, la exhumación y el análisis de un texto valenciano del Ochocientos. El libro nos lo presentó Antonio Muñoz Molina en el Círculo de Bellas Artes. De aquel acto hubo crónica. Era una tarde helada de enero y entre otras personas asistieron Ana Serrano, Miguel Veyrat, José Luis Peset. Fue una jornada especial…
De jornadas, precisamente, está hecho todo diario. El autor retiene y reconstruye lo que acaba de pasar o de pasarle. Con pudor o con impudicia, el diarista anota. El mundo gira en torno a él y un yo, un observador que se aventura, detalla. Manuel Alberca escribió un libro imprescindible sobre el diario íntimo. La escritura invisible (2000) lo tituló y ahora releo algunas partes. ¿Por qué razón?
He evocado el título de Muñoz Molina, Días de diario, por azares bien precisos: estoy acabando un artículo sobre la literatura del yo que me han pedido y, claro, el dietario es una de las formas históricas de esa literatura. Pero he recordado el título por la referencia cotidiana a la que alude, por la cosa habitual: lo diario frente a los festivo o feriado; lo diario por lo común o lo ordinario.
Miércoles, 28 de mayo. «Se confirma que el principio de ordenación de una biblioteca puede anunciar el trastorno mental de su propietario», dice Jacques Bonnet en una página de Bibliotecas llenas de fantasmas (2010).
Miro mi caso y me estremezco. Yo no tengo una biblioteca. Tengo un desorden creciente en el que sobreviven algunas zonas clasificadas por orden alfabético. Me conformo diciendo que pronto habrá una estantería nueva y grande que aliviará las pilas de libros amontonados. Espero que así sea, pero por otra parte pienso que el principio de desorden, de caos apenas contenido, forma parte de mí.
Igual que leemos un diario para saber de una persona, creyendo quizá que lo escrito dice mucho del autor, podemos observar los rasgos de un individuo sabiendo que la clasificación rigurosa o el amontonamiento de sus libros también pregonan ciertas características o la coyuntura por la que atraviesa.
He llegado al libro de Bonnet gracias a Francisco Fuster: nos ponía un enlace a un artículo de Félix de Azúa en el que éste lo citaba. Leo el volumen de Bonnet y compruebo que es más, mucho más, de lo que el escritor barcelonés indicaba. Es una obra de gran ironía, una humorada: justamente lo que le falta a Félix de Azúa. Lo dejaré estar. Regreso a Bonnet.
«Escribo en mis libros, con lápiz, pero también con rotulador o bolígrafo. De hecho, no puedo leer sin tener algo en la mano», precisa en otra página. ¿Por qué razón? Porque, para él, «el libro es más un instrumento de trabajo que algo que respetar». Lo mismo me sucede a mí. Exactamente lo mismo. No soy «un coleccionista», sino «un lector empedernido», según las categorías de bibliómanos que Bonnet establece. Deberé hacérmelo ver…
Me siento feliz con este volumen que habla de libros, de bibliotecas, una obra muy entretenida que convive perfectamente con Nadie acabará con los libros, de Umberto Eco y Jean-Claud Carrière. De Eco, precisamente, hablo hoy en mi columna de El País. La he titulado, claro, «Nadie acabará con ellas», cosa que digo para referirme a las librerías. La Feria aún continúa y hay que apoyar.
He escrito ese artículo como pequeño homenaje a las librerías, esos lugares que tanto frecuento y en los que encuentro siempre algo que no sabía ni esperaba, algo que acabará formando parte de mi biblioteca particular, de mi experiencia. Dice Marisa Bou que la suya no es propiamente una biblioteca, sino una minibiblioteca. Que no se queje. La mía no es tan grande; simplemente lo parece: por el desorden que agiganta su misterio. ¿Y cómo encentra éste sus libros?, se pregunta quizá el estudiante. Tengo volúmenes por los suelos: en mi despacho de la Facultad y en el otro despacho más espacioso que invado y usurpo a su legítima usuaria. Tengo pilas de libros en casa, pilas que crecen verticalmente, construcciones inestables que se han ido formando con las obras leídas, semileídas o que aún están por leer.
De todo eso habla también Jacques Bonnet en su ágil volumen: del desorden bibliográfico que nos amenaza, que me amenaza. Quizá obro así por inconstancia, por pereza, por prisa o tal vez por oposición al orden estricto que seguía mi padre (del que hablo en Héroes alfabéticos): desde 1973 tenía un registro completo de todo lo que leía, una absurda y simpática minucia que yo le reprochaba cariñosamente. Dejemos que los libros nos invadan, le decía yo con anarquismo vocacional. Pues no: que no nos invadan, que me asfixio.
«¿Cómo han llegado los libros a mi biblioteca?», se pregunta Bonnet. «Por una mezcla de casualidades, de curiosidad sistemática y ganas nacidas de conversaciones y lecturas», se responde. Un autor te lleva a otro; una obra te lleva a otra del mismo escritor; un libro te lleva, dice Bonnet, a «explorar toda una literatura a partir de un autor descubierto por casualidad», siguiendo en este caso una «ramificación infinita de las lecturas». Pero los libros te llegan también por los críticos, por los amigos, por los libreros.
En efecto, «también están los libreros», admite Bonnet. Y tanto que están: te llegan «esos libros que un librero lector recomendaba, en aquella época en que los problemas de gestión aún no ocupaban la mayor parte de su tiempo. De hecho, muchas veces esas librerías se convierten en lugares de encuentro informales en los que uno está seguro de hallar, a determinadas horas, alguien con que charlar». Convengo totalmente con Bonnet. Lo que no sé es por qué lo pone en pasado, por qué habla en pasado de aquellos libreros. Mis librerías, esas de las que hablo en El País, aún son así.
Jueves, 29 de abril. He confesado mi tarea más urgente, mi ocupación diaria, como reza el título del post: acabar un artículo sobre la literatura del yo que me han solicitado. Pero hay otros asuntos pendientes que espero cumplir con el mayor entusiasmo. Son compromisos prometedores: otra forma de que te lleguen los libros, que dice Jacques Bonnet.
En este caso, el compromiso es la lectura y presentación en Barcelona de una biografía. He de escribir unas palabras que, luego, debidamente retocadas y maduradas las convertiré en reseña para Ojos de Papel. ¿A qué libro me refiero?
He recibido Carmen Laforet. Una mujer en fuga, que me manda el editor RBA. Es una obra de Anna Caballé e Israel Rolón. Consiguió por unanimidad el Premio Gaziel de Biografías y Memorias, con un jurado compuesto por por los historiadores Borja de Riquer y Josep Maria Muñoz, el editor Joaquim Palau y los periodistas Màrius Carol y Sergio Vila-Sanjuán. Hay, pues, garantías.
Y yo ya tengo garantías previas, pues años atrás entrevisté a Anna Caballé con motivo de su biografía de Francisco Umbral. La solidez de sus investigaciones, su escritura exacta, con la claridad de quien se enfrenta a objetos complejos; el rigor documental, una búsqueda exhaustiva de las fuentes que revelan datos sobre la biografiada; la administración cuidadosa de las informaciones, con estrategia detectivesca incluso…: todo ello hace de la lectura de esta biografía una tarea placentera.
Ya tengo este libro en mis manos. Bueno, lo tengo aquí, a mi izquierda, mientras escribo estas líneas. Son quinientas páginas de letra apretada, la pesquisa sobre una mujer ciertamente en fuga. Carmen Laforet trató de huir de su temprano éxito literario. Trató de reponerse y de hacer otra vida de compensaciones o reparaciones emocionales muy distintas. La primera noticia que yo tuve de esta novelista se la debo a mi padre, claro. Entre sus lecturas minuciosas estuvieron la lectura y las relecturas de Nada, el primer premio Nadal, con el que fue galardonada Carmen Laforet en 1945. La recomendación de mi padre surtió efecto y dicha obra fue para mí una referencia siempre presente.
¿Y su autora? Como dice Anna Caballé en la introducción a la biografía, la figura de Laforet se nos fue desdibujando, se nos fue desvaneciendo: en parte por expreso deseo de la novelista. O eso es lo que creíamos. Ahora, esta obra, de la que llevo leídas sólo cuarenta páginas, confirma o desmonta, según queramos verlo, las piezas de ese rompecabezas humano. Este libro promete horas y horas de felicidad y de descubrimiento.
Dice Jacques Bonnet en su librito que de los personajes ficticios lo sabemos todo, todo lo que es necesario saber. Sostiene y defiende una idea que él y yo tomamos en préstamo de Umberto Eco, una idea que ya expresó el italiano en Seis paseos por los bosques narrativos y después en Sobre la literatura. Los datos ciertos que se tienen sobre un personaje están enunciados en la novela. En cambio, los datos sobre un autor, sobre el autor de este o de aquel personaje, siempre son falibles, insuficientes, quizá engañosos.
No es infrecuente que las vidas de los escritores estén envueltas en brumas, una niebla documental. Por eso, dice Bonnet. las biografías «no son más que reconstrucciones imaginarias hechas a partir de elementos por definición fragmentarios de la existencia de una persona desaparecida desde hace más o menos tiempo». No estoy de acuerdo con esta descripción facilona, con esta idea ingenuamente posmoderna.
Admito que de una vida sólo quedan unos cuantos vestigios: casi nada de lo que aquella existencia fue. La vida no siempre se materializa: no es sólo el resto o el documento con los que después se puede escribir una biografía. Es sobre todo un repertorio inacabable conjeturas y suturas, de experiencias y vivencias, de sentimientos y pensamientos nunca explicitados, jamás verbalizados, simplemente desechados. Esa vida potencial, posible, imaginaria o reprimida –que en efecto nos reservamos o que tal vez queremos olvidar– nos condiciona: de ella no siempre hay huella. ¿Cómo acceder a todo ello?
Por supuesto, los documentos privados de una persona permiten conocer una parte de ese mundo inmaterial, como también las entrevistas con quienes la frecuentaron. La reconstrucción biográfica, la que se hace con rigor, será laboriosa y, además, será siempre parcial, tentativa. Pero llamar imaginario al género biográfico es una injusta y fantasiosa crítica. En las páginas de Anna Caballé siempre hay un equilibro entre la literatura, el acopio documental y la búsqueda psicológica, un análisis riguroso, una intepretación bien fundada.
El acto de presentación de este libro tendrá lugar el miércoles 12 de mayo a las 20 horas en el Saló dels Miralls, del Gran Teatre del Liceu, La Rambla, 51-59, Barcelona. Es para mí todo un honor presentar dicha obra. Aún faltan unos días. Mientras tanto leo y disfruto.
Viernes, 30 de abril. Acudo a primera hora a un acto en mi Facultad. Un compañero se presenta a los ejercicios para Cátedra. Lleva muchos años como profesor titular y ha hecho merecimientos más que suficientes para subir en el escalafón. Fue docente mío (de él conservo un buen recuerdo), y ahora décadas después tiene la oportunidad de completar el currículum académico. ¿Haré yo lo mismo?
Mi compañero ha sido decano, vicedecano y director del Departamento. Escucho su primera intervención y sé que éste es en un momento dulce para él. Cuando escribo esto ignoro el resultado. Más que el resultado, cuyo desenlace feliz no puede ponerse en duda, ignoro el detalle del acto, las intervenciones del Tribunal, algún chascarrillo…
Desconozco esos pormenores porque he debido abandonar la Facultad. Me había comprometido previamente con V. y M.: llevarlos a Viña Rock, en Villarrobledo, provincia de Albacete. Tontamente, por no mirar el itinerario, por mi mala cabeza, he hecho más kilómetros de los debidos: me paso parte del viaje gruñendo como un viejo cascarrabias, impostando ese papel.
Regreso impaciente. Quiero ponerme otra vez con el libro de Anna Caballé e Israel Rolón. Continúo la lectura de esta biografía de Carmen Laforet. Me impresionan sus páginas, esa sabia mezcla de narración y análisis. Análisis en un sentido profundamente psicológico: eso sí, sin hacer ostentación de jergas o tecnicismos. Paso a paso, el volumen relata y detalla, presenta e interpreta. Vemos las imágenes de una Carmen Laforet dañada y orgullosa. ¿Imágenes? ¿He dicho imágenes? Inmediatamente me pregunto por qué el libro no incluye fotografías.
Ahora no responderé. Tampoco me extenderé sobre sus contenidos. Dejo por acabado este post para continuar literalmente la lectura del libro. No quiero revelar lo que podré decir mejor cuando haya completado sus páginas. En Barcelona, el día 12 de mayo…
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