Uno. 7 de junio. «Mañana, si tengo fuerzas y alguna idea, nuevo post». Ése es el último comentario que he puesto en el post anterior, unas palabras fechadas el 7 de junio. Convierto en materia de escritura la propia duda, esa incertidumbre. Y de paso incumplo mi compromiso: me adelanto y escribo antes de lo previsto. ¿Para qué anoto lo anterior? ¿Es acaso narcisismo? Algo de eso hay, lo admito. Pero sólo con dicho recurso no se lleva un blog.
Fuerzas e ideas es lo que necesitas para actualizarlo. Pronto se cumplirán cuatro años seguidos de esta bitácora, cinco desde su fundación. Hay días en que me gustaría extenderme. Y de hecho me extiendo. Y otros en que debo anotar brevemente, en ráfagas, como actualizaciones numeradas del mismo post. Como ahora. Empiezo una semana que será de escritura intermitente y asuntos varios. Qué remedio.
Dos. 8 de junio. No haré huelga. Parece ser que hay mucha gente que no la hace porque no la entiende. Yo entiendo las razones que enumeran los sindicatos; sé que los funcionarios no somos los responsables del despilfarro y del gasto excesivo; sé que el derroche no se frenará mientras las televisiones autonómicas no se cierren o se autofinancien…
Aunque sé todo eso, no haré huelga. Es una cuestión de ética o de estética. Conozco a distintas personas que están contratadas en la empresa privada en unas condiciones que no son envidiables, siempre en un tris de perder su empleo. ¿Cómo voy a hacer una huelga porque me tocan el sueldo de funcionario?
Los profesores no somos unos privilegiados. Hemos hecho oposiciones y, en casos como el mío, hemos debido pasar largos años de penuria como investigadores, como becarios, ajustando nuestros recursos a una economía de guerra. Te estabas formando… La vida del becario de investigación es así: una economía de guerra. Luego, cuando obtienes una plaza fija, cuando te conviertes en profesor titular de Universidad, tu situación cambia completamente. ¿Que hay empleados públicos que teniendo tu mismo nivel administrativo gozan de mayores beneficios? Es cierto. Al profesorado se le confunde frecuentemente con el apostolado.
¿Somos misioneros que aguantamos las peores condiciones y que nos conformamos con sueldos magros? ¿Se nos paga con excesiva largueza para lo que hacemos? Total –dicen algunos–, tienen tres meses de vacaciones… No es así: no tenemos tres meses de holganza ni somos apóstoles en misión. Hacemos un trabajo imprescindible, se nos retribuye dignamente aunque no con la generosidad que nos merecemos. La sociedad depende de nosotros, de la instrucción pública; como depende de los empleados fijos discontinuos: de todos los que hacemos las cosas con interés y con dedicación, poniendo nuestros cinco sentidos.
No puedo hacer huelga ahora. Quiero ayudar a sacar al país adelante. Igual que pago los impuestos, confío en que mi rebaja temporal alivie la carga del Estado. Y espero que crezca y mejore el empleo. Por mis amigos en paro, por mis amigos mal contratados, por mis amigos fijos discontinuos.
Tres. 9 de junio. En el discurso de proclamación de los Premios Jaume I de la edición de este año –entre cuyas novedades está el galardón al Emprendedor–, Francisco Camps celebró la excelencia alcanzada. Llevado por las palabras, el mandatario comprometió como presidente a impulsar la investigación en un país, en un mundo «que tiene que seguir apostando por la competitividad y por la austeridad, una palabra que seguro que se suma a otras palabras que significarán mucho en el presente y en el futuro de nuestras sociedades del bienestar”. Aseguró que la austeridad nos permitirá seguir creciendo y progresando, aunque parezca paradójico. “Pero sin austeridad no hay crecimiento, no hay prosperidad y no hay bienestar”. Por eso, concluyó Camps, “los europeos somos conscientes de que tenemos que incorporar la palabra austeridad a nuestros comportamientos personales, empresariales, institucionales y colectivos”.
¿»La austeridad, una palabra que seguro que se suma a otras palabras que significarán mucho en el presente y en el futuro»? ¿Camps, austero? La retórica del presidente es trivial o redundante, obvia y campanuda. Tiempo atrás hablaba, por ejemplo, de la felicidad. Qué cruz.
¿Y los lujos asiáticos del Consell? ¿De eso no tiene nada que decir? Aquí no nos hemos privado de nada con el dinero de todos. Eventos, fastos, Papa, Fórmula 1, Copa América, Oceanogràfic, Àgora, Ciudad de las Artes, etcétera. El etcétera incluye el principal derroche: Canal 9. ¿Qué hacer con la televisión valenciana? Pues apagarla, sin duda. Apagar una pantalla que produce radiaciones ideológicas de gran toxicidad. Pero especialmente apagarla para quitar bombillas, focos, farolas que arrojan luz sobre los mismos de siempre, esos trepas que chupan cámara indecorosamente. O apagarla, en fin, para desenchufar a los paniaguados.
Todo es una cuestión de consumo de energía, en efecto. Rita Barberá, con su pronto populista bien dispuesto, parece haberlo entendido después de veinte años de luminotecnia imperial y derrochadora: tarde pero lo ha entendido. La alcaldesa de Valencia ha planteado “apagar una de cada dos farolas en Valencia para ahorrar”, leo en El País. Apagar farolas, qué gran invento. La modernidad empezó en Valencia en 1846. En esa fecha se encendió en el Paseo de la Glorieta la primera farola de gas que hubo en esta ciudad. Se vio como un lujo ostensible, como el principio de una iluminación real y metafórica. Lo que nuestros ancestros no sabían es que una alcaldesa posterior multiplicaría exponencialmente los farolillos. Sin austeridad alguna.
No sé por qué pero cuando leo o pronuncio la
palabra austeridad pienso inmediatamente en Enrico Berliguer, que tenía muchas luces. Berlinguer fue dirigente del PCI, un partido de izquierdas por el que sentí mucho interés. Nunca fui militante comunista ni simpaticé con aquella causa, pero la experiencia italiana me llamó la atención, esa experiencia heredera de Antonio Gramsci.
Berlinguer hizo de la austerità la divisa de su partido en tiempos de crisis económica y social, como era la coyuntura de los setenta. Tras la guerra del Yom Kippur y con las restricciones petrolíferas, Occidente se enfrentaba a un cambio en el uso de la energía y a un cambio en los procedimientos del sistema democrático.
En 1977, en un célebre discurso, Enrico Berlinguer dijo: «l’austerità non è oggi un mero strumento di politica economica cui si debba ricorrere per superare una difficoltà temporanea, congiunturale, per poter consentire la ripresa e il ripristino dei vecchi meccanismi economici e sociali. Questo è il modo con cui l’austerità viene concepita e presentata dai gruppi dominanti e dalle forze politiche conservatrici.
«Ma non è cosi per noi. Per noi l’austerità è il mezzo per contrastare alle radici e porre le basi del superamento di un sistema che è entrato in una crisi strutturale e di fondo, non congiunturale, di quel sistema i cui caratteri distintivi sono lo spreco e lo sperpero, l’esaltazione di particolarismi e dell’individualismo più sfrenati, del consumismo più dissennato. L’austerità significa rigore, efficienza, serietà, e significa giustizia; cioè il contrario di tutto ciò che abbiamo conosciuto e pagato finora, e che ci ha portato alla crisi gravissima i cui guasti si accumulano da anni e che oggi sì manifesta in Italia in tutta la sua drammatica portata».
Parece escrito para nosotros.
Yo, por mi parte, les propongo un artículo que hoy mismo he publicado en El País. Lo he titulado «Sin vacaciones» y trata algunas de estas cosas con brevedad y algo de guasa.
Hemeroteca: Justo Serna, «Sin vacaciones», El País, 9 de junio de 2010.

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