Uno. Lunes 20 de septiembre a las 19 horas en Colegio Mayor Rector Peset, presentación del Informe sobre la Democracia en España, 2010, de la Fundación Alternativas. Participo en dicho acto público y me siento muy honrado. Es la cuarta edición de dicho informe, que ya se ha convertido en el examen anual de nuestras instituciones. El título de este volumen es Contra la desafección. Y el antetítulo es La erosión de la confianza y el bienestar. Me ha resultado extraordinariamente instructiva la lectura del informe, de cuyos contenidos no puedo dar cuenta ahora.
Según el diccionario de la Real Academia, desafección es mala voluntad. No registra ninguna otra acepción. En política, en democracia, es común definir la desafección como la desconfianza o el retraimiento ciudadanos, fruto del descrédito institucional. Cuando los electores se sienten estafados, defraudados, el sistema pierde afectos justamente. Peligra su sostén. La gente se abstiene, pero no sólo eso. Se retrae, se aparta, pues juzga a los representantes políticos como factores o actores prepotentes, corruptos, cínicos o ineficaces: o todo ello a la vez. Como ustedes comprenderán, eso es simplemente desastroso.
¿Hay razones para esta desafección? Repaso los periódicos. Domingo 19 de septiembre, tomo en primer lugar El País, hojeo y leo sus páginas y la sucesión es una suma de noticias alarmantes, de esas que deterioran el estado de opinión, la percepción ciudadana y la afección política que podamos sentir: caso Gürtel, caso Fabra, caso Brugal. Si todo eso se confirma y los jueces lo corroboran a partir de las pruebas, lo que hallamos es una lista de irregularidades: basuras lucrativas y suelo urbanizable, contratas dudosas y ventajismo empresarial. ¿La clave? La mezcla de lo público y lo privado, la aleación del provecho particular y la información reservada. Todo esto produce desánimo, ciertamente. De ser verdad, es la vuelta del agiotaje: la ventaja oficiosa para beneficio propio y perjuicio de los competidores.
Al tiempo que nos desconcierta tal cúmulo de malas noticias, protagonizadas por una nueva clase de presuntos agiotistas y ventajistas, nos enteramos de que el grupo parlamentario popular de las Cortes Valencianas se da ánimos con un pase colectivo de Invictus. Según la nota de Efe, el portavoz del PP en Les Corts Valencianes, Rafael Blasco, proyectó dicho film «para motivarlos ante el último periodo de sesiones de la legislatura». La película de Clint Eastwood es la misma que puso el entrenador del Barça a su equipo cuando se enfrentó al Inter de Milán en la semifinal de la Liga de Campeones, «partido que terminaron perdiendo», precisa la nota de Efe.
Dos. No sabemos si tras la proyección se organizó un cine-fórum, un debate sobre lo visto en una película tan edificante. En el caso de ser así, ¿se habrán preguntado por la capacidad de liderazgo de Mandela, sin rencores partidistas? Según la nota de Efe, el efecto que Blasco buscaba era lanzar un mensaje de unidad…: de unidad de los propios, de los titulares, de los fichados. Es decir, obraba como si fuera el míster de un equipo de fútbol —Josep Guardiola, por ejemplo– o como si el grupo parlamentario fuera una escuadra, cuya única misión es batir al contrario. Imaginen, además, la rudeza del rugby… Ya oigo las palabras de Blasco-Guardiola: no hay rival pequeño, fútbol es fútbol, etcétera. Un grupo parlamentario necesita liderazgo y unidad, pero –ya puestos en ello– también necesita fair play. Necesita enfrentarse con la palabra, con la argumentación, con la técnica oratoria, librando y driblando. Ahora bien, en las cámaras, presididas por personas de su equipo, rige la terminante ley del número y, por tanto, no siempre las reglas se aplican cuando molestan a los propios. ¿Imaginan a un árbitro confesadamente sectario impidiendo jugar al equipo rival? Es lo que ha ocurrido en Les Corts Valencianes, en donde la presidenta ha vulnerado la legalidad a que está obligada constitucionalmente. ¿Qué ha hecho? Desechar preguntas incómodas de la oposición, no darles curso.
El liderazgo de Mandela es –era– para propios y, sobre todo, para el resto. En una página del Informe sobre la Democracia, 2010 se dice de una manera clara y terminante:
«Un liderazgo que sólo sirve para inflamar a los propios con el fin de crear unidad es un liderazgo corto; un liderazgo incapaz de mostrar una visión de las cosas y de dar pasos dolorosos…»
Así estamos aquí, en la Comunidad Valenciana, con un liderazgo totalmente amenazado por los escándalos de corrupción y con un equipo que confunde la unidad con el cinismo. Los éxitos electorales parecen justificarlo todo, incluso la prepotencia.
Pero aquí estamos también con un equipo rival que no acaba de definir su juego, con un partido socialista que no sabe o no puede aprovechar todos los espacios: un partido que no sabe o no puede ampliar la hinchada, la respuesta electoral, carente de un liderazgo visible y abarcador. Al menos de momento… Así sucede desde hace años: nos las vemos con un PSPV de liderazgo discutido y de funcionamiento lento, con tendencias oligárquicas arraigadas. Cuenta con militantes inteligentes y abnegados, muchos de los cuales confían en los mecanismos de democracia interna.
Dentro de poco se cumplen los primeros cien años de Los partidos políticos, de Robert Michels. La versión original, en alemán, aparece en 1911 y desde entonces se convierte en el análisis clásico del sistema partidista. Fue muy clarividente y su enérgica denuncia del partido oligárquico aún se sostiene. Habiendo sido socialdemócrata, Michels estudia la organización en la que había militado: el partido socialdemócrata alemán. En esas páginas expone sus vicios internos, su falta de democracia interna. Es tal desafección que le provoca el partido que abandonará sus filas, admitiendo finalmente la idea que en principio quería combatir: el mejor gobierno es el sistema manifiestamente elitista dirigido por un lider carismático. No es extraño que llegara a apoyar a Benito Mussolini.
Cuando la desafección supone el descrédito institucional del sistema parlamentario, cuando la alternancia peligra, cuando se aplasta la democracia interna, siempre aparecen soluciones peligrosamente carismáticas. O siempre aparece un demagogo que va más allá de los límites, mientras los partidos tradicionales observan amodorrados la hecatombe que se avecina. Quizá sólo esperan salvar los muebles.
Tres. ¿Podemos hacer una antropología de la sociedad valenciana, de sus partidos, de sus instituciones? En principio, la etnología –también llamada así– estudia la rareza, lo extraño, lo diferente, lo distante: todo eso, claro, desde el punto de vista del observador que mira el comportamiento de salvajes, de primitivos…
¿Por qué obran como obran estos nativos? ¿Por qué los Bororo, por ejemplo, tienen estos ritos? La pregunta por la rareza es siempre un interrogante relativo: aquello que vemos como extraño es extraño para nosotros, de acuerdo con nuestras costumbres y reglas.
Hace muchos años, los antropólogos británicos, que eran los profesionales más destacados de esta disciplina, analizaban tribus alejadas. La etnología estudiaba comunidades diferentes, espacios culturales en los que regían convenciones y códigos muy distantes de los anglosajones. Por eso, los etnólogos británicos tomaron principalmente África como lugar en que estudiar: como objeto de analisis.
En clave sarcástica, esto lo cuenta muy bien Nigel Barley en un libro que les recomiendo vivamente: El antropólogo inocente, cuya versión española apareció en Anagrama. El etnólogo escogía, casi al azar, una aldea africana y allá que se iba. Eso sí, habiéndose vacunado y habiéndose adaptado. Se trataba de pasar muchos meses entre nativos, en una tribu sin las más mínimas condiciones y expuesto a penalidades y estrecheces, enfermedades y hábitos extravagantes, díficiles de explicar.
Había que hacerse con un informante; había que anotar… Al cabo de un tiempo, el antrópologo regresaba, ponía en orden sus datos e intentaba dar una interpretación a la conducta observada, en principio indescrifrable. Andando el tiempo, los británicos reemplazaron África por el Mediterráneo: Italia, España, Magreb, etcétera, podían ser lugares tan pintorescos y quizá menos peligrosos. Con ello nació la Antropología del Mediterráneo y particularmente el estudio etnológico de la mafia, del familismo, del comunitarismo remotamente tribal…
Un ejemplo sobresaliente de esta antropología mediterránea es el de Julian Pitt-Rivers, que acudió a la Andalucía de los años cincuenta: observó, anotó y finalmente publicó The People of the Sierra, un libro dedicado a Grazalema, en la Sierra de Cádiz. Allí había tipismos más o menos seculares y rarezas propias de una dictadura: la franquista. Allí había clientelismo y religiosidad popular, ritos paganos y exaltación comunitaria. Allí había favores e influencias informales.
Desde entonces, los españoles nos hemos normalizado y, por lo común, no somos objeto de estudio etnológico, al menos no en el sentido primitivo que tenía esta expresión. Ahora ya no somos pintorescos. Ahora, todos somos normales o extraños, según: como los propios británicos. Aunque, si lo pienso bien, aquí aún hay tipismos clientelares muy primitivos. ¿Ejemplo? Las redes sociales que establecen ciertos líderes del partido Popular de la Comunidad Valenciana. Podría ser muy instructivo el informe etnológico de un antropólogo británico. ¿Qué es el patronazgo en la Valencia del siglo XXI? ¿Qué son el favor y el regalo políticos en la Comunidad actual? ¿Qué son los amigos políticos, aquella vieja institución de la España restauracionista?
¿Sigo?
Colofón. No quiero seguir. Quiero concluir para no deprimirme, pues el simple rastreo de la política local da para la etnología más primitiva. Lejos de activar la democracia y de hacer copartícipes a los ciudadanos, los mecanismos de cooptación y de favor son materia de antropología propiamente salvaje.
¿Qué es el clientelismo? Pese a lo que pueda parecer no es una relación de interdependencia exactamente económica. Yo soy cliente cuando abono una cantidad por un bien. Pero el clientelismo es otra cosa. Es pago político y es servicio personal; es patrimonialización de las instituciones: lo que tienes me lo debes, por tanto lo que yo te doy –un favor que te hago, vaya– tú me lo devuelves en especie o en espíritu.
Es decir, me entregas tu sufragio o tu alma, porque el clientelismo es eso: el sufragio de las almas cautivas. Yo te protejo o te beneficio como patrono que cubre tus espaldas, pues te garantizo personalmente aquello a lo que tienes derecho institucionalmente. Pero eso a lo que tienes derecho ha sido secuestrado. Por ello, yo soy tu guardián y tu garantía. En realidad, no hay mercado bajo el clientelismo: hay, sí, voto cautivo, real o potencial.
Ahora, echen un vistazo. Pero miren bien…
Imagen del acto de presentación





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