El cuerpo electoral. Jueves, 17 de noviembre. Veo en TVE una interesante entrevista a Alfredo Pérez Rubalcaba, un candidato con capacidad dialéctica: a pesar de la ronquera incipiente que se le notaba. El miércoles 16 de noviembre, la misma cadena entrevistaba al candidato popular. No tuve la misma sensación cuando vi la interviú a Mariano Rajoy.
Pensarán que me puede el sectarismo. No. Es una constatación y es una percepción que se confirma día a día. Ojalá Rajoy me inspirara lo mismo. Pero no. Siempre tengo la impresión de que el candidato popular está escurriendo el bulto sin comprometerse.
En sus mejores días, José María Aznar me inspiraba y me motivaba: a la contra. De eso di cuenta en innumerables entradas de este blog, en variados artículos de El País, en alguna intervención en Ojos de Papel y en una reseña que publiqué en Claves de razón práctica. Aznar siempre ha sido para mí un estímulo intelectual, un acicate ideológico. En cambio, Mariano Rajoy simplemente me duerme. Lamento confirmarlo.
Esto lo he dicho así, a bote pronto, en Facebook, provocando un cierto debate, una amistosa discusión. Llega el fin de semana. Espero hacer intervenciones breves y, si puedo, más o menos analíticas o simplemente descriptivas. Lo que dé de sí el cuerpo… electoral. O el otro cuerpo.
Cuerpos gloriosos. El jueves 17 de noviembre tuvimos en la Facultad de Geografía e Historia de Valencia la proyección de Fiebre del sábado noche (1977), de John Badham. Es una actividad más de las jornadas que el Vicedecanato ha organizado. Están dedicadas a las Bandas sonoras, a los jóvenes y la música. Fue muy interesante volver a ver esta película comercial y musical. Y fue igualmente interesante la discusión que el film suscitó en la sala y, por extensión, en mi propia clase. Hablamos de esta película y del cine de los setenta: de lo que provocaron la guerra del Vietnam, la guerra del Yom Kippur y la crisis energética, el caso Watergate.
Las películas de entonces acusaron el malestar norteamericano. Fiebre del sábado noche expresaba la necesidad de la evasión, del entretenimiento. Pero era también muestra de una desazón: su protagonista, Tony Manero encarnado por John Travolta, es un empleado de ferretería que aspira a prosperar, a abandonar su barrio, a llegar a Manhattan. Sale con su pandilla, con su banda, pero espera algo más. Él es el rey de las pistas de baile, quien mejor danza en la disco.
Hay numerosos elementos que serán objeto de muestra y de reflexión en la Exposición que preparamos Alejandro Lillo y yo dedicada a estos asuntos: a los jóvenes, a su aspecto, a su indumentaria, a la música. Pero quiero adelantar algo que me ha hecho pensar ahora, justo cuando volvía a ver este película. Me refiero a los cuerpos gloriosos que aparecen en el film. O, mejor dicho, que aparecen en forma de posters o efigies en la habitación de Tony Manero.
Estamos a mediados de los setenta. Manero tiene como ídolos a Jesucristo, a Sylvester Stallone, a Al Pacino, a Bruce Lee y a Farrah Fawcett. Es italonorteamericano y por ello es católico (de ahí el crucifijo). Tiene personajes de ese origen que son referentes de la época (Rocky o Serpico) y tiene a esa actriz que encarnó a uno de Los Ángeles de Charlie (1976). Son cuerpos fracturados o muertos en la ficción; o cuerpos que morirán en la vida real y a los que hoy recordamos con tristeza o simpatía. Pero son sobre todo cuerpos que encarnan la fuerza individual, el empuje, la energía, una cierta forma de heroísmo condenado: son espejos en los que se mira Tony Manero.
Cuando yo era joven, cuando se estrenó, vi esa película prácticamente a escondidas: a mis amigos o a la gente con la que entonces me relacionaba les parecía una horterada. Probablemente lo era y, con toda seguridad, dio como resultado algo estéticamente espantoso: el travoltismo, la sublimación de la disco.
Ah amigos, yo tenía dieciocho años, pero no tenía un cuerpo glorioso: era más bien escuálido y sabía que nunca podría parecerme al bailarín de la pista. Eso sí: compartía con aquel Tony Manero una rabia aún adolescente.
Sin cuerpo. El pensamiento corto, sin espesor, sin cuerpo. Escribo sobre la idea urgente que ha de ser plasmada, sobre el género sentencioso, histórico, del aforismo. He de entregar un artículo sobre este particular y reviso mi texto provisional.
Es curioso: contamos con numerosos medios que dilatan la expresión y que multiplican los soportes, pero en plena modernidad tecnológica hemos ido a parar a la escritura fugaz e intermitente, más o menos chispeante, más o menos instructiva: pocos, poquísimos caracteres con espacio; la escritura de siempre, la que se inscribió, por ejemplo, en un atadijo de papeles, la que se consumó en el género del aforismo.
Acumulamos datos que nos sobrepasan y enjuiciamos con pocas referencias. No tenemos una razón olímpica y nos valemos de una mente precaria, siempre limitada. Y nos expresamos o eso intentamos: quiero decir, expresamos lo que queremos decir y a la vez expresamos nuestro yo, la identidad que precisa ser dicha. Aunque sea malamente.
Estamos como al principio de los tiempos: necesitados de decir, de observar y de anticipar, de sopesar; y de decirlo brevemente porque el tiempo apremia y porque el soporte no aguanta. Lo que no se dice y se piensa tiene gran valor: lo pierde justo cuando se anota. A ese resultado decepcionante pero operativo es al que llegamos: nos hemos pronunciado. ¿Y luego? Luego nos morimos: nos quedamos sin soporte, sin cuerpo.
De cuerpo presente. Cuando se acercan estas fechas casi resulta inevitable. Es como un condena que cumplo con puntualidad: dedico unos minutos o unas horas de mi tiempo al General Franco, al Caudillo de mi infancia y adolescencia, aquel abuelo que había abandonado el uniforme por el terno civil.
Se presentaba así ante las cámaras de televisión: como un abuelo, como un viejecito preocupado por sus hijos y nietos, por esa España que había gobernado con mano firme durante tantos años. Según digo, a Francisco Franco Bahamonde aún lo veo y lo leo. Lo recuerdo con repeluzno, sabiendo que su presencia sólo es pasajera. ¿Pasajera? En cuanto repaso el último libro que se le dedica le perderé de vista, me digo. Pero no: sé que caeré en otra ocasión, cada vez que una novedad editorial me reclame y me despierte un interés histórico o morboso.
Este año he vuelto a acordarme del Generalísimo y de su familia: me he documentado con un libro que firma su nieto, Francisco Franco Martínez-Bordiú. Tiene un título descriptivo: La naturaleza de Franco (2011). Pero tiene sobre todo un subtítulo involuntariamente acusador o cómico: Cuando mi abuelo era persona. Es decir, que hubo momentos en que el Jefe del estado no era persona. Exacto; es lo que estaban pensando: no era persona cuando ejercía la jefatura del estado. Pero no porque fuera cruel o porque reprimera con saña, sino por su entrega al protocolo y a las obligaciones. Sólo en ciertos momentos, Franco dejaba las rigideces y eso ocurría cuando se iba a pegar tiritos o a pescar atunes.
En las páginas de este libro, el pariente del Caudillo cuenta su vida: la propia y la del abuelo. La cuenta de aquella manera, claro: reivindicando la memoria del General, sus gestas y extrema bondad, una persona de carácter recto, si hemos de creer al nieto. Afea la conducta a los antifranquistas por cicateros y desagradecidos. Elogia a sus padres, esa familia Franco Martínez-Bodiú sobre la que se han volcado tantas insidias, admite. Pero sobre todo el nieto exalta los buenos momentos que pasó cazando y pescando con su abuelo. Era entonces cuando el militar se relajaba y tenía humor para contar historias y saberes de gran enjundia. El nieticito no tenía mucho contacto con sus padres; y el abuelo le dedicaba una atención viril, masculina, que le servía de edificación moral.
Ya sabíamos que Francisco Franco Bahamonde había restado muchas horas a sus obligaciones, al gobierno de la Nación: dicho así, literalmente. Las hurtaba para dedicarlas a la cetrería, al deporte de la escopeta. De todo eso nos informó cumplidamente el teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo en Mis conversaciones privadas con Franco (1976), libro que aquí en glosado en una o dos ocasiones. En el volumen de Francisco Franco Martínez-Bordiú, la cacería se convierte en una metáfora involuntaria de la vida. El nieto ha ganado distintos trofeos con la escopeta y, por lo que cuenta, todo lo que sabe de este deporte lo aprendió de su abuelo.
Para quienes no tenemos ningún interés en el asunto de la caza, este libro tiene páginas tediosas. Pero salvamos esa erudición gracias al retrato de Franco, alguien obsesionado por el disparo, por las piezas a cobrar, por los triunfos de su puntería. Desde luego, el nieto confirma la poca dedicación que Franco prestaba al gobierno de la Nación. Mucha salida venatoria, mucha expansión por la naturaleza. El título del volumen habla de eso: de la naturaleza cazadora del Caudillo, predatoria; y del campo, ese sitio en el que expansionarse. Franco mira con arrobo las piezas abatidas, de gran tamaño y sanguinolentas, seguido y aplaudido por una corte de afines vestidos para la ocasión, para los ojeos y para las monterías. Pinta y juega a las cartas, pasea en el Azor.
Y ahí lo vemos de cuerpo presente. Hoy, 20-N, he querido tenerlo precisamente presente.
Yo no lo olvido…




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