Uno. Leo, escribo, doy mis clases, atiendo en tutoría y no espero hacerme rico. Para millonarios ya tenemos a los banqueros, cuyos sueldos y retiros, sencillamente obscenos, me dejan anonadado, boquiabierto. Yo no creo que una pensión pueda alacanzar las cifras que la prensa nos revela. Debe de ser un engaño: nadie atesora tanto dinero…
Tal vez me equivoque: quizá las suyas sean existencias de fábula. De cine. Entonces sería como vivir en un mundo de ficción. La ficción: en el fondo es lo que me gustaría a mí. Sin duda digerí mal Peter Pan o El mago de Oz, que fueron historias de mi infancia en las que los niños tenían protagonismo.
Pero, ahora que lo pienso, en ambos relatos, no había banqueros con sueldazos; no había héroes millonarios. Había gentes menesterosas o tipos de clase media que aspiraban a sobrevivir dignamente. Yo no vivo con estrecheces: soy clase media (argh!). Mi mentalidad, por tanto, es muy previsible. Simplemente deseo vivir con la satisfacción del trabajo bien hecho, aceptable. A cambio me pagan: qué menos.
Ahora hay gente que está aprovechando la crisis para no abonar los servicios o para reducir el estipendio. Lamentable. Tengo la suerte de ser empleado público: todo el tiempo que dedico a estas cosas culturales que ustedes leen no lo resto a mis tareas funcionariales. Creo que mejoro lo que puedo hacer o decir en mis clases o en mis charlas de tú a tú.
Dos. Una de esas faenas imprescindibles que me impongo es leer (no saben cuánto) y escribir (algo menos). Leo y escribo para
perfilar lo que defiendo. Y lo hago con legítimo orgullo: como aquel personaje –ya citado anteriormente– de Julio Cortázar, que decía que estaba en ello: acabando todos los libros. Yo no los acabo (la lista de volúmenes, quiero decir). Así es: mi elenco no deja de aumentar. Ahora, gracias a los dispositivos electrónicos (aparte del libro en papel), consumo más. Perdonen mi ostentación. Con el Kindle, con el iPad, con el Mac no dejo de leer. El Kindle es un maravilloso artilugio de poco peso en el que las páginas se pasan con un simple y enérgico golpecito. Disfruto muchísimo: para qué les voy a mentir. Y puedes subrayar arrastrando la yema.
Tres. Acabo de terminar una interesantísima novela, inquietante: También la verdad se inventa (2012), de Fernando Delgado. El autor tuvo la deferencia de remitirme un ejemplar firmado y dedicado. Yo tuve la osadía de leer dicha obra en el Kindle: subrayando, destacando, escapando de esta realidad tan anodina o tan escandalosa que nos rodea. Durante unos pocos días viví ajeno, alienado. El punto de vista es exactísimo. Como lo es el estilo libre indirecto del libro que domina en la primera parte. El personaje principal es una locutora de radio a la que acosan y cortejan. Trabaja, pues, en una estación y vive escuchando a gente que se inventa, que se nombra ficticiamente. ¿Tarados?
Sin duda hay individuos que se dan un alias y adoptan el personaje con el que se rotulan. Como le ocurre a don Rodrigo de Rato y Figueredo (Rodrigo Rato), que pertenece a una familia de origen radiofónico y que se presenta ahora con ínfulas y con títulos o rótulos. ¿Recuerdan la Cadena Rato? Allí salían personas y razonaban, argumentaban, se explicaban. Don Rodrigo de Rato y Figueredo no se explica. Dimite de su puesto al frente de Bankia y para compensar manda un comunicado de sintaxis tortuosa, con erratas. Además, no se despide. Quiero decir: desde siempre, la gente fina y principal sabía cuáles eran las fórmulas de cortesía, el protocolo. Don Rodrigo de Rato y Figueredo corta sin más. Eso, en la radio, no se puede tolerar. Y en prosa es lamentable.
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