The Beatles, 8 de febrero de 1964

Serna & Lillo Asociados

Cincuenta años de la invasión británica

Beatles0“…Hay cuatro fotografías de The Beatles tomadas por Bill Eppridge especialmente significativas. Datan de 1964 y recogen distintos momentos de la llegada del grupo a los Estados Unidos. Están a la venta en la Monroe Gallery of Photography. Todo lo que rodea al grupo aún es objeto de compraventa y sus precios suelen ser elevados, muy elevados. Un tesoro de carísima quincalla con aura.

Pero ese año, 1964, es un momento esencial de la Beatlemanía, esa afección y afición que por todas partes se extiende. Las instantáneas de Bill Eppridge podemos verlas, pero también podemos reconstruirlas mentalmente. En el fondo no son muy diferentes de las que por cientos, por miles, les hicieron en el momento de llegar a Nueva Yoyk.

En una de ellas distinguimos al grupo británico cuando ya ha descendido del avión y los muchachos se encuentran caminando por la terminal del John F. Kennedy. Van dispuestos a conceder su primera rueda de Beatles1prensa norteamericana. Como ya es habitual, caminan sonrientes, expectantes, ante el grandioso recibimiento que se les ha dispensado. Su actitud es de simpatía y asombro. Como único equipaje de mano llevan un bolsa de Pan Am.

La rueda de prensa será chispeante, multitudinaria, con una sabia y sencilla puesta en escena en la que dicen y no dicen. Bromean para ser corteses y para responder sin comprometerse.

En la siguiente imagen distinguimos a John Lennon. En la fotografía lo vemos solo en el Hotel Plaza. Permanece serio y oculto tras unas Beatles3gafas ahumadas, unas Wayfarer. Los lentes oscuros le dan un aspecto interesante, casi enigmático, pero quizá en esa pose hay algo más banal: Lennon tiene problemas de vista que él ha ocultado durante años para no ser el gafotas del rock. Es probable que esté agotado tras el viaje intercontinental, por lo que sus ojos irritados precisen un descanso. En la última instantánea vemos a Lennon nuevamente solo en el ferrocarril que les lleva de Nueva York a Washington. Se disponen a dar su segunda gran actuación y los éxitos son tumultuosos.

La fotografía recoge un momento de aislamiento, de Beatles4recogimiento. Eso sí: con la actitud retadora que Lennon gasta, una actitud que le sale del alma, exactamente del alma. Él es un muchacho angustiado, rabioso, que arrastra un dolor, una carencia emocional: siendo chico fue abandonado por sus padres en brazos de su tía Mimí. Las relaciones serán tortuosas y los contactos ulteriores con la madre no llegaran a cerrar esa herida. Al menos eso es lo que de momento se sabe.

¿Su rabia la convierte en energía creativa? En la fotografía de Eppridge, Lennon mira por la ventanilla, fuma y permanece sentado de una manera informal, quizá excesiva y hasta rebelde: con los pies apoyados en la ventana. Ignoramos qué les espera, algo a la vez rutinario (el éxito, las muchedumbres, etcétera) e imprevisible: la pesadísima carga y los efectos que el triunfo provoca.

En 1964, las vidas de los cuatro Beatles se han convertido en un viaje trepidante, en un frenesí sin descanso. Suena cursi, ¿verdad? Trepidante, frenesí: las palabras no dan cuenta de las cosas y lo que estos muchachos disfrutan o padecen es casi inefable. George Harrison suele ser el taciturno del grupo; Ringo, siempre chistoso, parece aprovechar los dones de la popularidad; Paul, con su cara de buen chico, da siempre la mejor impresión.

¿Y John? No sabe qué espera. Viven rodeados de grouppies, de chicas que se les entregan, de placeres terrenales. Es un oneroso lastre muy bien llevado: siempre sonríen al público, siempre bromean, visten limpios, se les ve guapos y se sienten recompensados. Empezaron en Liverpool, luego tocaron en Hamburgo y luego su fama ya fue creciendo gracias a su buen hacer, a su inventiva y a sus asesores. Lo mejor estaba por llegar. Y lo peor…”

Serna & Lillo Asociados, Young Americans. La cultura del rock (1951-1965). Madrid, Punto de Vista Editores, 2014 (en prensa).

3 comments

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  1. leonardo mulinas

    Estimados amigo desconocido y maestro:

    Todas las lecturas personales -véase cualquier tipo de crítica o comentario personal- quedan al albur del propio magín del sujeto que enjuicia el evento. Lo que, a veces, nos deja a los terrenales lectores de periódicos ávidos de información de la buena a los pies de los caballos de quien hace la reseña. Me ha pasado recientemente con ‘La Gran Estafa Americana’, de David O. Russell, del cual no recuerdo haber visto cualquier otra película. Las críticas son voraces, amables, demoledoras y sacapuntas. Diecisiete amigos (de diferente sexo) que la han visto, en una horquilla de edad que varía de los 19 a los 77 años, me han dado opiniones tan radicalmente distintas del film que, realmente, no se a que carta atenerme. Creo que no voy a ir a verla, al menos en pantalla grande, justo todo lo contrario que el último suspiro del eterno Scorsese -ya lo daba por difunto- quien ha impregnado tres horas y pico de mi vida con un aliento de hiena de regusto a vodka semihelada y tiros de mandarina (y eso sin hablar de los qualudes -los quads o los ludes, que de ambas formas se llamaban-, y menos de esa anfeta retirada en 1964, hito épico del film en cuanto el judío se mete el trozo de jamón-york en la boca, y pasa lo que pasa a continuación) .

    Ese mismo año, 1964, es el que recoge vuestra reseña, el del desembarco británico en los USA, iluminada la mise en scène de forma brillante mediante cuatro fotos de Bill Eppridge en las que, egoístamente monopolizadas, las instantáneas se centran en un joven Lennon con pintas de gastar mucha bronca -de cuatro fotos sale en las cuatro-; no se que criterio habrá habido para escogerlas. Igual no había más. Macca, Starkey y George solo salen en dos. Esa visita, que ahora se conmemora en todos los medios, fue una visita fugaz -apenas 15 días, tres bolos: Washington, New York y Miami-. Con historia afrancesada, además, incluida. Los Beatles (de Beat: ritmo, golpe en inglés; podríamos llamarlos/llamarse ‘Los Rítmicos’, en una generosa interpretación del término, traducción muy diferente a la que hicimos en nuestra entrañable tierra patria, allá en los años sesenta: Beetle: escarabajo; -AY, AY, AY, … esos años del tardofranquismo-) acababan de actuar a primeros de año tres semanas en el Olympia de París con Trini Lopez y Sylvie Vartan de teloneros, … ni más ni menos, amén de acompañar al show de los artistas principales el típico elenco de magos, equilibristas, romanceros, humoristas y demás domadores de loros semi-domesticados en una doble sesión-espectáculo del afamado coliseo parisino (cada interprete solía actuar una media de apenas unos veinte minutos), que se prolongaba -infinitamente- desde el lento atardecer luteciano hasta ese suave amanecer que suele bañar de luz púrpura y amarilla las suaves orillas del Sena cuando en París se mezclan la noche y el día. A mayor abundamiento, en el tiempo en que ejecutaban esa serie de bolos, los Fab Four colocaron, por primera vez como número Uno, un hit en las listas de ranking americanas: el I Want to hold your hand. EEUU les estaba esperando con los brazos abiertos. Ed Sullivan también. 73 millones de personas (60 por ciento de toda la audiencia del país) pudieron comprobar de lo que estaban hechos aquellas fieras britanas. Fue el record del programa musical más famoso del mundo. Ni Elvis (60 millones en 1956/57, aunque 82,6 % de share -habían menos TV’s y menos programas nacionales para todo el país, lo que concentra el resultado final-) pudo con ellos. Ni siquiera cuando resucitó en el ’68.
    Despego ahora, con cierta dificultad y retraso -debe de tratarse de una trampa “abrefácil”- el celofán del ‘On Air, Live at the BBC, Volume 2’. Editado (al menos en el vinilo que me regalaron estas Navidades) a tutiplén, con todo lujo de detalles. Enciendo mi Harman/Kardon de más de dos décadas y media y quito el disco de DECCA que había puesto, ‘Los Impresionistas’, una sobria interpretación por la LPO de muy conocidos temas de Satie, Debussy, Ravel, Fauré y otros. Pongo el segundo disco (son tres redondos) de las grabaciones de la BBC, las correspondientes al año en curso: 1964. Debo de colocarme( ¡¡¡/!!!) -con contrariedad- los auriculares por mor del consenso familiar, y porque en todos estos discos, si recordáis, destacaba en la carátula con letras muy grandes: PLAY LOUD. El tema con el que comienza el longplay es el clásico de Ray Charles ‘I Got a Woman’/Conseguí a una mujer/Tuve chica/Cogí cacho (¡¡ Ay,… JRJ !!, … en que fatigas nos pones siempre con la jota y la gé). Algo que tiene que ver con el pie de la última foto/reflexión del más rebelde de los chicos de Liverpool.

    Esas Rayban Wayfarer no son de casualidad. Eran la marca de Bob Dylan, al que llevaban ‘Los Rítmicos’ escuchando a todas horas, todos los días, desde que un franchute les pasó en París su The Times They Are a-Changin’, cuya traducción aquí es innecesaria. No hay que olvidar que, hasta entonces, en ‘Yanquilandia’ no les conocía ni el tato. Harrison, el mas arrecho y existencialista del grupo, era el único que había estado en los USA antes del hoy cincuentenario y conmemorativo viaje. Fue por un rollo tipo familiar; visitó Illinois, donde su hermana vivía en el campo, pegando un vistazo -breve- por San Louis y New York. Cuando entraba a curiosear en una tienda de discos -en UK no podía ni pisar la calle- y preguntaba por los Beatles, no sabían los dependientes quienes eran esos mendas, … y era el ’63. Se agenció vinilos de Booker T y Bobby Bland, entre otros. Hay que pensar que, en aquellos tiempos, los de Liverpool tan solo habían publicado dos larga duración y, ambos, preñados de covers de Smokey Robinson, Arthur Alexander, Chuck Berry, las Marvelettes, etérecé … puro Motown a saco, Buddy Holly, Elvis y hasta Burt Bacharach (Baby It’s You); puritita dinamita reventando sonido de la joven América, … ese … ‘El Dorado’ … que los melenudos pretendían conquistar con armas ajenas. Y lo hicieron. Vaya si lo hicieron. Hasta el punto que se les quedo pequeño este mundo e, incluso, el de los otros, el del más allá: para eso eran más importantes que Jesucristo. Aun así, la llegada al John Fitzgerald Kennedy no fue tan apoteósica como dan a entender las fotos. ¿Son masas cuatro mil personas y doscientos periodistas? … ¿en un país de pichicientos millones de yanquis/y/o/sureños? Puede parecerlo hoy, en tiempos del IVA astronómico, pero hay que tener en cuenta que, dos años después, en 1966, más de cien mil rastafaris aguardaron dos días (y sus dos noches completas) la llegada del Negus a Jamaica, en su única -y divina- visita a la isla caribeña. En una nación de, por entonces, dos millones y medio de habitantes. Sin embargo, en 1964, Camelot había certificado su defunción apenas tres meses antes en Dallas, Texas. La genuina visita de los hordas británicas fue en agosto de ese mismo año. Hasta entonces los Beatles se alimentaban solo de ruedas . El 28 de agosto de 1964, en el Hotel Delmonico de Nueva York, se produce un acontecimiento que cambiaría para siempre la cultura popular del siglo veinte, alterando el curso de la música moderna sin vuelta atrás: Dylan invita a los Beatles a unos porros de hierbas y el mundo vuelve a girar. Era la primera vez que fumaban marihuana (aspirándola, no como Clinton). Y a Lennon entonces, le vinieron muy las Wayfarer. Esta segunda vez se quedaron un mes, aunque realmente, allí y en todos los lados, fue para siempre.

    Doy la vuelta al disco y me relajo. Cuando acaba, observo desolado que el tercer vinilo es solo de entrevistas. Paso del inglés. Acabo el texto y apago el equipo (voy a seguir leyendo las memorias robadas del ‘Botas’). Mañana escucharé el primer LP, a ver que tal. Seguro que no me decepciona, al revés …

    Ya es hora de soñar con los campos de fresas para siempre.

    Saludos,

    Aleardo Sforza

  2. jserna

    Leonardo, es usted impresionante –que no impresionable– e infatigable. ¿Conoce usted nuestro libro ‘Covers’? Pues próximamente aparecerá un nuevo libro del que somos autores Alejandro Lillo y un servidor que lleva por título ‘Young Americans. La cultura del rock (1951-1965)’. Lo pública un editor digital: Punto de Vista Editores. Una parte ce lo que usted apunta con erudición y pasión lo abordamos allí. A ver si le gusta. En breve aparecerá.

  3. leonardo mulinas

    Querido maestro:

    ‘Young Americans’ es el título de la canción que da el nombre al LP del tercer giro musical del camaleónico artista británico David Bowie. La fraternidad de pilluelos formada por Bowie, Lou Reed y el mismísimo Lennon a mitad de los años setenta dió a luz a un albúm preñado de ‘Philly Sound’ -si, aquel de los TSOP – acrónimo, precisamente, de The Sound Of Philadelphia-. Con un antecedente claro, el ‘David Live’, grabado en directo en América en1974, Bowie consiguió de la mano del de Liverpool su primer número uno en los USA, al igual que once años atrás lo habían hecho los Fab Four de la mano del artículo anterior, madre de estos comentarios.

    Es evidente, por la cronología que acompaña al título de vuestra obra, que no se corresponderá, al menos “ab initio” con los años souleros del Duque Blanco, título aristocrático que debió de adquirir el inglés más o menos por aquellos (locos) años de los mid-seventies.

    Precisamente acabo (estas Navidades) de leer uno de los mejores libros de R’N’R que he leído en mi vida: ‘Historia del Rock – El Sonido de la Ciudad’ de Charlie Gillet, que abarca mismamente los años que cubrís (cover, en britano) en vuestra inminente publicación. El libro se lee (aunque sepas DETODALAVIDA TODO sobre el rocanrol como si fuera la primera vez que lees algo sobre música moderna. Gillet te lo explica como si se lo contara a un niño de cuatro años, acompañando, además, al texto, una serie de impagables y completísimas referencias discográficas que permiten al lector jugar con los sonidos al mismo tiempo que practica el menos sexual de los onanismos: la lectura, ya a mi provecta edad, casi el mejor de todos los vicios solitarios que ejerzo de continuo

    Y … si, si … estuve en la exposición de la Nave.

    Y sin perjuicio del término elegido por los autores (tapa, funda, cubierta del disco), no se porqué pero para mi (y vivo y me alimento de ellas, sobre todo en los últimos años en que la música se ha vuelto imposible) LAS COVERS son las versiones, esa lectura diferente, distinta, peligrosa, según quien y como la aborde, pero siempre interesante, si el tema vale la pena.

    Hagamos un juego: estoy escuchando el famoso Canon en D Menor de alguien de cuyo nombre no quiero acordarme, por ser estúpidamente romántico en un día tal como el de hoy. La interpretación de Jacques Loussier y su trío de jazz es sobria, dulce y poderosa. Coge luego el ‘Oh Lord, Why Lord’ de Los Pop Tops, en castellano original. Hermosamente bella en un día como el de hoy, aunque sonroje tanto lo que estoy escribiendo como la letra de la VERSION (cover). Escoja luego al jamaicano Horace Andy, un clásico del ‘rocksteady’ adaptado de forma afortunada a los presentes tiempos gracias su Trip-hop alucinado. Su versión del tema, grabada en 7” (una especie de maxi-single) gracias a uno de los mejores sellos del mundo, Studio1, es rápida pero melódica. Empalma, como es habitual en los artistas jamaicanos el número original con la versión ‘dub’, lo que alarga morosamente el tema hasta 6:13 minutos.

    Y así eternamente …………..

    Pero San Valentín solo hay uno, y si no que se lo digan a Al Capone.

    Os dejo mientras empieza ‘Tesoros en la Arena’ de Makaroff.
    Paro. Deseo volver a ralentizar la historia que me cuenta el afamado psicólogo argentino afincado en una Catalonia utópica … en un giro que no debe de tener fin, como la botella de la canción ….

    “Lo que hoy tienes por debajo,
    mañana puede estar por encima …

    … haciéndote suspirar …”

    Saludos,

    Leonardo

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