«La guerra última de la humanidad»

En el lenguaje político de todo tiempo hay un indicio preocupante: cuando los adversarios toman al contrario como enemigo, entonces la retórica deja paso a la guerra, a cierto tipo de guerra. Diferenciar entre amigo y enemigo era, al decir de Carl Schmitt (1932), lo distintivo de la política.
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En su concepción, el Gobierno tiene por objetivo aunar a los ciudadanos del Estado para emprender una directriz determinada.En la teoría de Schmitt no hay lugar para la disidencia. El «enemigo», añade, sólo es «un conjunto de hombres que siquiera eventualmente, esto es, de acuerdo con una posibilidad real, se opone combativamente a otro conjunto análogo».
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El enemigo concebido por Schmitt es el ‘hostis’, no el ‘inimicus’ (perdonen los latinajos): aquel antagonista público que nos amenaza y violenta. Dice este autor que frente al contrario, el oponente siempre puede extremar el conflicto: comenzar una guerra.
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Las conflagraciones del siglo XX han sido especialmente destructivas. Numerosas contiendas, añade Schmitt, han adoptado la forma de «la guerra última de la humanidad». Concebido de ese modo, el conflicto es total..«Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos».
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En el conflicto clásico, en la guerra que se libraba entre caballeros, no siempre el objetivo era aniquilar al enemigo: muy frecuentemente la conflagración consistía en desarmar a un rival. Por supuesto que los combatientes se enfrentaban para imponer su soberanía, para conquistar y dominar un territorio, para someter. Ahora bien, esos beligerantes no siempre eran exterminadores, no siempre deseaban o esperaban arrasar material y espiritualmente al enemigo, sino vencerlo obligándole a capitular.
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Tiempo atrás leí un libro excelente, sobrecogedor e intelectualmente irreprochable: es el volumen de Francisco Sevillano que lleva por título ‘Rojos. La representación del enemigo en la Guerra Civil’. La Guerra Civil a la que se refiere es la española, por supuesto; y los rojos de los que habla son los enemigos material y doctrinalmente destruidos, esos adversarios a los que no sólo se les contiene: se les arrasa moralmente.Hay una descripción exactísima de lo hecho con los derrotados, no sólo la persecución de que fueron objeto, sino sobre todo su liquidación.
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La violencia física y la violencia antropológica fueron modos de obrar que hallamos entre los derechistas e izquierdistas europeos del siglo XX. Es, pues, algo que no cae de un solo lado o de un solo bando.Pero, en el caso español, la represión del rojo, posterior a 1939, nos sobrecoge particularmente. Leía el libro de Sevillano y rememoraba las formas de estigmatización del adversario, su conversión en caso patológico, su etiquetamiento. Leía ‘Rojos’ y rememoraba la impresión que me causó otro libro que trata de los enemigos derribados: ‘Los girasoles ciegos’, de Alberto Méndez.
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Horas antes de la derrota, cuando el curso de los acontecimientos ya es totalmente predecible, el capitán Alegría, oficial de Intendencia del ejército de Franco, se pasa al enemigo, pero no como un desertor que sumar a sus tropas, sino como un rendido. El ejército del que procede va a ganar la guerra y el capitán Alegría, inexplicablemente, no espera ni desea ese triunfo, desechando así las ventajas de la victoria inmediata…
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Insisto: no se rinde, sino que dice ser un rendido, un derrotado personal. Será detenido, por supuesto, y conducido a unos calabozos por unos milicianos y por unos soldados republicanos después, ignorantes de su extraña conducta, estupefactos, unos soldados que pronto emprenderán la retirada, la huida, dejándolo en una soledad estricta.
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Será encausado por los franquistas en Consejo de Guerra y fusilado…, aunque al final sobrevivirá por pura chiripa. Sin embargo, para el capitán Alegría no hay futuro: si hay porvenir no es para él. A partir de ese momento, el capitán Alegría -sucio, maloliente, puro desecho, pero digno y disidente- hará por acercarse a la muerte que desea, por acelerarla, justo en su pueblo, allá en donde encuentra a unos soldados del bando nacional, el bando del que él había desertado.
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Leo esto y me apeno. Es una pesadumbre duradera. En los libros de Sevillano y de Méndez aprendemos cómo se degrada al enemigo, cómo se le destruye moralmente. Aprendemos qué es la dignidad y el «odio abarcador», según expresión de Javier Marías. ¿Ficciones? Lo que es increíble -lo que es inverosímil- es lo real sucedido, lo histórico ocurrido. Insisto: esto es duradero. Aún no nos hemos repuesto.
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La revista Anatomía de la Historia publica una serie de artículos firmados por José Luis Ibáñez Salas sobre la desastrosa Guerra Civil, sobre ese odio abarcador. Valdrá la pena seguirla, como seguimos el libro del que procede (El franquismo, Sílex ediciones y Punto de Vista Editores).
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