El antifranquismo imaginario

Padres decepcionantes

11081405_10205752283026848_6494794077921875603_nLas preguntas de la infancia son las que perduran, las que no podemos desechar. Pasa el tiempo, pasan los años lentos de la adolescencia y, sin embargo, ahí siguen con toda su latencia.

Te fijas en tus padres, en los mayores y, cómo no, adviertes incongruencias, cosas que dicen y que luego no hacen; o al revés: metas que incumplen a pesar de no haberlas revelado. Los adultos son decepcionantes, esos padres nuestros que no están a la altura imaginada.

Siempre cabe soñar, incluso, con que hemos sido víctimas de un engaño: que esos que dicen ser nuestros padres son en realidad unos impostores. ¡Pero si eres clavadito a tu papá, pero si tienes la piel fina y tersa de tu mamá! Son pruebas palpables de la genética, del linaje.

Es igual. La superchería es perfecta: claro que nos parecemos a esos que dicen ser nuestros progenitores. Las grandes mentiras y los fraudes perfectos son aquellos hechos con restos de verdades.

¿Y a qué conclusión llegamos? Normalmente aprendemos a vivir con la frustración: la resignada aceptación de que esos padres efectivamente decepcionantes por imperfectos son de verdad nuestros padres.

Es duro admitirlo, pero el resultado puede ser liberador (estoy es lo que hay, esto es lo que da de sí la raza); y puede ser insoportable: ajá, son mis padres, pero parecen tener todos los defectos. En un certamen mundial de paternidades imperfectas, éstos se llevarían el máximo galardón.

En ambos casos aprendemos a frustrarnos, a tolerar las decepciones, pues tampoco nosotros, estos nuevos adultos, somos gran cosa. Bien es verdad que a veces nos engañamos con ganas para así creernos mejores.

Pero los tropiezos que tenemos o que tengamos nos harán apearnos. También somos decepcionantes para nuestros hijos y para nosotros mismos. ¿Y en esto consistían las promesas infantiles de omnipotencia?

Qué equivocados estábamos: tropezamos perezosa o enérgicamente con las cosas que no sabemos hacer, con las metas que jamás alcanzaremos. Por eso se nos verá como padres lamentables o poco fiables o torpes.

Dado que a ojos de los demás siempre recaemos en los mismos vicios o cometemos las mismas faltas, dado que el presente siempre nos muestra derrotados o mal acabados, entonces algunos encuentran una solución manejable.

¿Cuál? Inventarse un pasado de gloria, rehacer los años pretéritos, con una identidad mejorada o con unas gestas memorables. Pero lo mejor es que no hay nada o casi nada de memorable, porque lo que se recuerda es inventado, fantaseado.

Todo encaja y el brillo de la autobiografía hace desaparecer las torpezas o una vida calamitosa. Ahora bien para ser creíble es preciso tener dotes, dotes de narrador, de actor, dotes para mentir con confianza y verosimilitud.

El antifranquismo imaginario

En la España del último Franquismo o en el país inmediatamente posterior, no fueron pocos quienes se forjaron un pasado de opositor, de firme oponente a la dictadura. El miedo se había impuesto en una sociedad desmovilizada, desmotivada, adaptada a la fuerza a un Régimen de partido único, de intolerancia política y de represión, pero también de consensos y de ‘omertà’.

10441438_10205752283986872_4065144594220164822_nQuienes se inventaban pasados ejemplares quizá no tenían malas intenciones, quizá no lo hacían con la voluntad expresa de estafar a los otros. Sencillamente, adecentaban su autobiografía con un antifranquismo imaginario, aseaban una vida mediocre, resignada o hundida con cuentos inverificables o que creían inverificables.

Pongamos un ejemplo literario. El dueño del secreto (1994), de Antonio Muñoz Molina. La historia se desarrolla en Madrid en mayo de 1974, esto es, en ese franquismo que ya se atisba terminal.

“En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista…” Sobre esta novela escribí en ‘Antonio Muñoz Molina. El pasado en nuestras manos Fórcola Ediciones, 2014). Regreso ahora con otras palabras para subrayar el peso del pasado glorioso, la presunta gesta que nos adecenta.

Quien protagoniza los hechos es un muchacho que está en el Madrid de 1974. Pero quien lo cuenta es él mismo dos décadas después, hacia 1993: cuando ya es un adulto instalado en el pueblo. De Madrid salió en 1974. Regresa a su pueblo, en efecto, y por lo que confiesa ya no ha vuelto a la capital.

¿Sabe lo que cuenta? ¿Se equivocó entonces pero ahora, en 1993, acierta al contarlo de determinada manera? Yo sostengo que el narrador tiene serios problemas cognitivos, perceptivos, desiderativos. Pido perdón por las cacofonías.

Cuando el protagonista era una persona joven confundía la realidad con sus deseos o con sus miedos o con sus fantasías. Mucho tiempo después, cuando narra, sigue equivocado echando en falta lo que nunca tuvo, lo que nunca vivió verdaderamente. No supo frustrarse, parece ser

El narrador no ha madurado exactamente, no sabe ajustar cuentas con su pasado real o ficticio, no ha hecho el duelo correspondiente y no sabe asumir lo que perdió, algo que no estaría perdido del todo porque él dice conservarlo en su memoria.

¿Tiene algún interés esta novela para hablar del antifranquismo imaginario? Creo que de ella puede aprenderse algo de lo que son las novelas, del mundo posible que hay en ellas. Y puede aprenderse cómo tantos se mintieron y cómo tantos no vieron en el franquismo porque no supieron o no pudieron mirar en una etapa de doblez y falsedad.

Es algo frecuente en las novelas de Antonio Muñoz Molina: por ejemplo, Carlota Fainberg (1999) o En ausencia de Blanca (2000). En ambos casos, los narradores cuentan algo más o menos remoto que les afectó profundamente. Cuando lo rememoran tiempo más tarde, ya disfrutan de cierto acomodo o de cierta estabilidad: estabilidad mediocre, pero aceptable.

Son individuos más o menos cobardes o acobardados que se han resignado. Son los damnificados de la provincia, aquellos que tuvieron expectativas, expectativas a las que renunciaron chasqueados. En el franquismo o después.

Cuando recuerden, lo harán con autoengaño, con la añoranza confusa de quien cree haber vivido lo que sólo fue una fantasía. La evocación no es, en este caso, madura: no redime. Es consoladora. En dichas novelas, la mujer como figura evanescente, misteriosa, es el centro del error que no se percibió entonces y no se distingue ahora. Los protagonistas masculinos no se enteraron entonces y no se enteran ahora.

En El dueño del secreto, el narrador vive en la ensoñación varias décadas después: aún confunde lo que es real con lo quiso ver y aún cree: que participó en una conspiración antifranquista.

Era un muchacho impresionable, un joven provinciano que queda pasmado por el Madrid deslumbrante que un adulto fantasioso le presenta. Es una especie de mentor. ¿Su nombre? Ataúlfo Ramiro Retamar. ¿Su profesión? Abogado. ¿Su condición? Crápula. Sólo es un crápula, un espléndido mentiroso. Pero el narrador no lo vio así y sigue sin verlo.

Lo cree un tipo importante y todavía cree en sus embustes. Sin embargo, todo es más prosaico: no hay, no hubo, conspiración. En realidad, el tal Ataúlfo era un adúltero empedernido. Nada más. La operación política sólo era una tapadera narrativa, pues únicamente había una cuestión de cuernos. Ahora bien, el muchacho se cree coprotagonista de una conspiración.

Luego, cuando nos lo cuente años después, aún creerá que fue copartícipe de esa operación. ¿Qué duelo va a hacer quien no sabe lo que tuvo ni lo que perdió?

Como señaló el novelista en su momento, el personaje de Ataúlfo está inspirado en una persona que él conoció, alguien muy fantasioso y mendaz. Concretamente dice Muñoz Molina: la novela se fundamenta “sobre todo [en] un recuerdo, el de un hombre estrafalario y admirable a quien yo había conocido en Madrid en 1974, y que me había hecho creer, entre otros embustes de su imaginación alucinada y generosa, que estaba implicado en una conspiración para derribar a Franco”.

Antonio Muñoz Molina sabe que eso era una fantasía. El narrador de su novela no lo sabe y aún sigue preguntándose por una conspiración de la que no hubo atisbos.

Hay que mirar con cuidado, hay que evitar el autoengaño, cosa que no hizo el protagonista y narrador de ‘El dueño del secreto’. Pero la vida es muy dura y nuestra mediocridad insoportable.

La España del último franquismo, del principio de la transición, realizó un gran esfuerzo político y emocional. Había que asumir las cargas, la represión, el dolor que la dictadura había ocasionado. Pero había que asumir con verdad y dolor el franquismo sociológico, la aceptación, forzada o resignada de una población que participó activa o pasivamente en un Régimen ignominioso e inacabable, había que sobrevivir. Y sobre todo algunos tuvieron que pensarse mejores de lo que eran.

El protagonista de El dueño del secreto es el epítome de quien se engaña para pensarse mejor de lo que fue, para salir de un franquismo y de una España embarazosamente mediocres. Más que ser un tipo de pérfida doblez, el narrador carece de visión y de referentes, de un marco con el que dar significado.

Es decepcionante, pero lo ignora. Fue torpe y lo sigue siendo. Cree participar en el antifranquismo organizado y sólo fue, sólo es, un pobre diablo, un alma bella, la inconsciencia pura del franquismo sociológico. Ahora, muchos años después, es un padre ejemplar. ¿Ejemplar? Estarán orgullosos de él sus hijos adolescentes?

——
Extracto de un capítulo de Españoles, Franco ha muerto, por Justo Serna (Madrid, Punto de Vista Editores, en prensa)

2 comments

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  1. Pepe Reig

    Cercas nos cuenta otro caso, muy particular, pero yo creo que aún dentro de éste género de reescritura retrospectiva. La vida del gran embustero Enric Marco, que nunca sobrevivió a un campo de concentración, ni conspiró contra el franquismo ni reconstruyó la CNT en la clandestinidad. Su ficción cae dentro de eso que podríamos llamar, actualizando el lenguaje, “postureo biográfico”, consistente en arreglarse un pasado que sirva a algún propósito práctico del presente y, sobre todo, que nos reconcilie con nuestra mediocridad.

  2. jserna

    Así es, Pepe. La novela sin ficción de Javier Cercas merece un comentario aparte, que espero hacer algún día. Resulta extraordinariamente el caso del embustero y el tratamiento que el escritor le da.

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