Francisco Franco y los gallinazos

“Su Excelencia El Jefe del Estado sufrió, el domingo por la tarde, un leve accidente imagede caza”.

Así rezaba el titular periodístico de una nota distribuida por la Agencia Cifra el 26 de diciembre de 1961. El accidente del que se daba cuenta había ocurrido un par de días antes, el domingo 24. Franco se había herido en una mano tras la explosión del cañón izquierdo de su escopeta. A Su Excelencia le gustabimagean las cacerías, sí.

¿Eran una compensación psíquica de carencias infantiles o emocionales? ¿Eran una ostentación enfáticamente viril?

Una buena parte del Régimen, de su historia, se explicimagea a partir de cacerías y monterías. El deporte de la escopeta nos remite a lo más primitivo, a la persecución de la pieza. ¿Para la supervivencia? Puede que sí, puede que no. Pero los disparos son también explosiones de masculinidad.

El arma experimenta un retroceso que ha de soportar el hombro bien formado del cazador. Una detonación lanza el proyectil o riega de balines el objetivo. Es como una contienda, pero sin enemigo real.

Francisco Franco supo prolongar la guerra por otros medios, por muchos medios. Era una manera recreativa de mantener la mano hábil.

Es ésta una afición que llegó a compartir con la pesca (en donde tan importantes son los salmones o los atunes, siempre de grandes proporciones). También disfrutó del cine y la televisión (en donde, el entretenimiento es esparcimiento): el Caudillo pasaba maratonianas sesiones viendo la pequeña pantalla, televisión española.

El franquismo terminal fue, entre otras cosas, eso: trivialidad ordinaria, rutinas de un dictador envejecido, excesos de Palacio y del entorno, una mezcla de mediocridad material e ínfulas otoñales.

Años después leí El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez, y no daba crédito: todo parecía fruto de la exorbitante imaginación del novelista. ¿Acaso por las fantasías locas del dictador? No: por la rutinaria experiencia del poder y de la muerte.

El espacio presidencial estaba yermo. La vida en Palacio se había convertido en un bancal en el que crecían las malas hierbas, un lugar en el que pastaban parasitariamente las vacas o picoteaban los gallinazos.

En España jamás tuvimos un palacio de El Pardo con ese abandono tropical. Pero nuestra dictadura tenía mucho de bananera: voluntades arbitrarias, aspirantes y trepas, leguleyos que encubren los malos hábitos y las granjerías de militares fondones o empresarios venales. En las cacerías se arreglaban negocios al amparo de las concesiones, de las contratas, de las simpatías.

He leído la novela de García Márquez El otoño del patriarca un par de veces. La primera hacía 1977; la segunda a finales de los noventa. Regresaré, por supuesto. En ambos casos, la experiencia ha sido semejante.

Piensas que es un exceso en todos los sentidos; piensas que Gabriel García Márquez optó por exagerar hasta el paroxismo la irrealidad del déspota solitario, que escribió una prosa abundante y apabullante para que la hipérbole fuera aún mayor. El autor colombiano se retaba con otros colegas…

Pero inmediatamente te corriges y añades: dueño de un significante frondoso, de un verbo torrencial, García Márquez sabía muy bien lo que hacía para encandilar, para no dejar respirar al lector, para retenerlo.

De ahí que pudiera permitirse una sintaxis sin puntos y aparte, por ejemplo. Así, admitiendo el exceso, aceptas igualmente que no puedes dejar de leer. Franco fue parte de su inspiración más loca.

La multiplicación de tiempos, de espacios, de voces narrativas está hecha con gran habilidad. Un maestro, sin duda; pero era un maestro que podía haberse contenido algo. ¿Algo? ¿Cuánto? El retrato del poder dictatorial, arbitrario y paternalista es incomparable, con el Palacio presidencial que retiene los restos de antiguos esplendores, la corrupción y podredumbre orgánica y material de los seres vivos y de las ruinas.

La imagen de las vacas paciendo por todas partes, la imagen de los gallinazos picoteándolo todo, la imagen del doble que acepta el destino raso de impostor oficial, etcétera, son momentos inolvidables. Increíble la experiencia. El lector quizá piense que el autor podía haberse ahorrado algún adjetivo. De inmediato me corrijo.

Todo el exceso encaja. Aunque Francisco Franco estaba lejos de la herrumbre tropical de García Márquez, su otoño, el fin de sus días, tuvo también su declive portentoso, una metáfora de la degradación: con alimañas picoteando, con gentes paciendo, nutriéndose parasitariamente.

Pero la historia, la historia real, la de Franco y su declive, empezó mucho antes, al menos hacia 1961. Ahí comienza a derribarse el franquismo.

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