¿Por qué nos creemos las novelas?

Uno. En un pasaje de Todo es falso (Madrid, Punto de Vista Editores, 2014) digo:

«Creemos posible hacernos un destino, un futuro acomodado, y de repente descubrimos que todo designio sólo es un privilegio fortuito o una chiripa menuda. Todo aquello que importa –como la mejora personal, el aseo físico, el aseo intelectual y el aseo emocional– tarda en obtenerse, hay que perseverar y finalmente acarrearlo.

Pero, una vez logrado, puede perderse. No sabemos qué nos espera (yo, pasados los cincuenta y tantos años, todos los días me lo pregunto: ¿qué será de mí?). Y ese hecho trivial cobra retrospectivamente un dramatismo fatal, un augurio de desastre.image

Por eso, leo, para olvidarme, para sofocar esta angustia, para alejarme de mi propio entorno. La literatura nos devuelve la aventura, ese coraje o arrojo que tuvimos o nunca tuvimos y que ahora nos mejora…»
.

Dos. Vayamos a los clásicos, a las novelas perdurables. Hay dos o tres cosas que se pueden hacer con los libros clásicos. Leerlos, releerlos, hojearlos. E incluso acabarlos.

En cualquiera de los casos, los beneficios que nos procuran son muy rentables. Al tocarlos, sujetarlos, abrirlos o incluso terminarlos, algo se nos pega.

Nos acercan a un mundo que no es el nuestro, un mundo de seres muertos que algo dijeron. Con valor, con menos medios y con menos comodidades que las nuestras.

Por tanto, los clásicos nos hacen salir del ensimismamiento presente; nos hacen abandonar esa idea tan extendida de que lo pasado no vale o ya está caduco.

El mundo actual tiene numerosas cosas buenas, pero no nos engañemos: muchas de las preguntas que se planteaban los clásicos siguen vigentes.

¿Por qué razón? Porque las respuestas que ellos nos dieron siguen siendo parcialmente válidas o porque los problemas que esperábamos haber superado aún están por resolver.

Por supuesto, no estoy diciendo que un clásico sea como una caja de herramientas con las que enderezar lo torcido. Lo que digo es que aun sin ser enteramente satisfactorias esas preguntas y respuestas, sus palabras aún nos conciernen.

Asuntos como el género humano, como la condición humana, como la bondad o la maldad, como la utilidad o el desprendimiento, como el altruismo o la benevolencia, son materias de nuestro tiempo. Y de siempre.

Yo soy profesor de historia. Que me aspen si sé cuáles son las respuestas mejores y definitivas para los problemas humanos. Tengo conocimientos, pero no soy tonto: carezco de esa vanidad que tienen algunos con estudios, gentes que saben a ciencia cierta cuáles son las recetas mejores.

Para mí, la lectura y la escritura son como un tanteo. ¿Qué es eso de un tanteo? Lo sostuve tempo atrá y ahora lo repito.

Imaginemos una habitación en penumbra. O, mejor, en semipenumbra. Yo estoy dentro y mis ojos se acostumbran a esa oscuridad. Poco a poco empiezo a distinguir algunas formas de objetos conocidos y de otras sospecho o conjeturo lo que pueden ser.

Extiendo mis brazos con el fin de tocar esas cosas y de confirmar con el tacto lo que mi escasa visión no me puede confirmar. Es decir, tanteo. No tendré la certeza de que eso y aquello son lo que creo que son.

Pero con dicho ejercicio me habré hecho una idea más o menos cabal de lo que hay en la habitación, de lo que contiene. Probablemente tropezaré con algún objeto imprevisto. Iré a tientas pero no exactamente a ciegas, tanteando, avanzando.

Leo y escribo. ¿Para qué? Para dar significado al presente, un presente que no es sólo lo que tengo a dos palmos de mis narices. Leer y escribir es tantear.

Es como estar en una pieza oscura: de hecho, el mundo es una pieza oscura y con la lectura y la escritura nos damos respuestas, probablemente insuficientes.

Hay incertidumbre, pero no nos resignamos. Queremos luz, más luz, antes de morirnos. Desde la Ilustración, desde el Iluminismo, esto se arregla con hachones, perillas y libros. La electricidad ayuda, sin duda.

Pero si no hay luces, si no hay luces… No hay tu tía.
.
Tres. ¿Pero por qué nos creemos las novelas? Vale que leamos. ¿Pero leer ficciones narrativas? ¿A santo de qué?

Ah, la respuesta la daré en vivo y en directo. En Paiporta, hoy jueves 4 de junio, a las 19:30:en el Centre Cultural de la localidad.

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