La historia y la cultura

imageLa historia y la cultura.

De algo tienen que servir, ¿no?

#lahistoriaexplicadaalosjovenes

Cultura

Hoy me pongo grave y profesoral. Perdonen el tono. Los individuos hacemos, pensamos, nos justificamos, decimos o callamos. Eso y otras muchas cosas.

La historia es la disciplina que trata de captar en el pasado lo que los sujetos hacían y decían que hacían: los motivos que se daban o proclamaban, el sentido común de que se servían, las evidencias que compartían, la mentalidad de que estaban imbuidos, la sociedad a la que pertenecían, la cultura de la que formaban parte.

O en otros términos: el historiador debe distinguir las contradicciones que hay entre lo que pretendían los antepasados y lo que finalmente hacían, entre lo que sostenían y lo que a la postre realizaban.

Llamamos comprensión a ese ejercicio histórico. Hemos de habituarnos a atender, a observar y a pensar sobre lo observado. Es preciso no tomar a los antecesores como remedos, réplicas o embriones de nosotros mismos. Partiendo de la común humanidad que nos une hay que rastrear las diferencias que nos distancian.

Pero la historia no sirve sólo para averiguar qué pensaban o hacían los antepasados. Se trata también de examinar lo que los individuos o los grupos no sabían. A eso lo llamamos explicación.

No basta con mostrar lo que los sujetos veían. Hay que descubrir lo que ignoraban. Por dos razones: porque los individuos no conocen bien el contexto histórico de sus actividades, los factores que influyen en lo que hacen; y porque no saben cuál será la consecuencia de sus empresas al entrar en contacto con las acciones de los restantes sujetos.

Actuamos intencionalmente o no, con motivos o por mera reacción. Actuamos dando significado a las acciones, significado para quien realiza el acto y para quien observa.

Pero las consecuencias de los hechos son con frecuencia impredecibles, pues se producen efectos de composición, efectos imprevistos o efectos perversos. No obramos aisladamente, sino dentro de estructuras que nos limitan. O que incluso nos determinan.

Yo no soy un individuo y punto. Soy un individuo con relaciones, dentro de un sistema de funciones y de vínculos que me limitan y que me imponen determinados actos. Cuando digo esta palabra (estructura), me refiero a las estructuras económicas, sociales, políticas, culturales, etcétera.

Ocupamos una posición en esa maraña. Se me puede decir que eso es una trivialidad. No es tan banal la afirmación. Tardamos mucho en aceptar que somos menos originales de lo que creemos ser, que estamos constreñidos por redes de las que no podemos desprendernos.

Por otra parte, no intervenimos solos, sino en contextos colectivos, contextos en los que hay medios escasos y hábitos establecidos, normas explícitas o implícitas y valores tradiciones que nos rigen o que nos saltamos.

Esos contextos son marcos que hay que identificar, los lugares de la acción que se extienden más allá del estrecho cerco de nuestros actos.

Del mismo modo, no pensamos o sentimos solos, sino dentro de comunidades intelectivas y emocionales –a veces contradictorias, a veces congruentes–, comunidades de las que recibimos todo tipo de recursos que son entendimientos: recursos que nos ayudan a obrar con automatismos.

Reparemos en esta fórmula: comunidades intelectivas. No pensamos solos, no sentimos solos, no percibimos solos. La vida común y corriente es eso: somos haces de vínculos, nexos.

La historia ha de permitirnos el desarrollo de un pensamiento analítico y contextual, hipotético e informado, comprensivo y explicativo, tentativo y resolutivo. Digo bien: tentativo y resolutivo.

No nos sirven esquemas que todo lo aclaran, repertorios de conceptos que a modo de comodines o moldes se aplican sobre los hechos para aliviar nuestra ignorancia.

Pero tampoco vale quedarse en esa maraña confusa de lo humano, admitiendo sin más que todo es muy complejo. Etcétera.

Siempre hay algo concreto que abordar, algo que está ahí y cuyo marco general debemos averiguar. Un marco: un significado forma parte de una cadena de significados.

El sentido de las cosas está arracimado. Aíslas un hecho y eso te lleva a otros hechos que son parejos, contemporáneos, previos o posteriores. ¿Qué relación guardan entre sí?

Observar y pensar históricamente es postular un contexto significativo; es aventurar fundadamente una cadena de sentido. ¿Con qué fin?

Con el objeto de hallar las series, las continuidades o discontinuidades, en las que insertar el hecho que hemos localizado. Tiempo y espacio no son únicamente cronología y lugar. Son los marcos de orientación con que identificamos las acciones humanas.

Documento

Pero hay más. Formulemos una pregunta. ¿Es el historiador alguien que mira el pasado? ¿Es posible tal cosa? Lo pretérito no está, se ha consumido y se ha consumado. Por tanto, no puede ser mirado directamente. Lo único que podemos observar son algunos restos que permanecen.

¿A qué restos me refiero? A los documentos, claro. Estamos rodeados, rodeados de documentos, de pruebas históricas. Y la prueba histórica no son papeles viejos. O al menos no son sólo papeles viejos. Todos nosotros somos productores de documentos.

Escribimos artículos, redactamos prospectos, firmamos impresos, remitimos mails, tuiteamos, compartimos experiencias en Facebook, publicamos un post en el blog personal. Mandamos cartas. ¿Alguien manda cartas todavía?

Todo eso forma parte del aluvión informativo de nuestros días, pero no es exactamente una novedad. ‘Documentum’ viene del infinitivo ‘docere’, que significa enseñar. La acción es una cosa: el vestigio que dejamos de ella es otra. Pero en muchas ocasiones la acción es la producción documental. Hay actos de habla. Y hay documentos que son huella de acciones que ya se consumaron y se perdieron, versiones.

Con unos y otros documentos trabaja el historiador, un modesto erudito que exhuma. Gracias esos vestigios que permanecen, el historiador se informa de la acción, de la reflexión, de la pasión, de la emoción, de la sensación de los antecesores. ¿Cómo recuperar esos patrimonios? Forman parte del hilo y de las huellas.

En principio, los documentos suelen albergarse en los archivos. Los archivos son recintos en los que después podrá ser posible hallar un expediente, un papel, un legajo. ¿Existe mayor goce que el descubrimiento documental?

Un día, sin más, sin previo aviso, descubres algo inaudito. En la rutina casi balnearia del recinto de repente advertimos lo inexplicable o lo imprevisible. Es una epifanía…

Hay archivos que son públicos o privados, administrativos o ya históricos: según la vigencia legal de los documentos y según el período de carencia.

Los documentos se conservan en dichos recintos porque son un patrimonio; y se custodian allí para que puedan ser examinados por los interesados y después por los investigadores.

Ya que estos últimos no pueden mirar directamente el pasado, al menos esos legajos y expedientes –pongamos por caso– les permitirán hacerse una idea de lo ocurrido.

Y al consultarlos podrán comprobar y confirmar que en verdad el pasado no está acabado: ni consumido ni consumado.

El pasado es una herencia material e inmaterial que nos llega y que hemos de acarrear. Parte de lo que alarmó a nuestros predecesores aún nos preocupa y parte de lo que anhelaron todavía nos inquieta.

Por tanto, familiarizarnos con el documento es tarea prioritaria, así como con los archivos, la idea y la realidad del archivo.

Nos ayuda a comprender que el pasado no existe y a la vez nos permite ver de qué modo podemos aproximarnos a lo pretérito: por una única vía de acceso, la del resto, la de la huella.

Estamos rodeados: de documentos, añadía. Pero no necesariamente están albergados en el recinto del archivo.

La ciudad en la que residimos, el espacio por el que transitamos, es lugar monumental, soporte informativo: saber observar esa topografía documental es un descubrimiento que suele asombrar.

Que se nos ponga cara de observadores, siempre atentos a una pesquisa que podríamos desarrollar. La fuente histórica está cerca de nosotros: restos materiales e inmateriales que son muy informativos y a la vez enigmáticos.

Como cuando acudo al cementerio. Los restos están allí. A ellos no puedo acceder, pero las lápidas, los panteones, los nichos me informan. Perdonen este regodeo. Tenemos un dato. ¿Qué nos falta?

Contexto

Nos hacen falta marcos, criterios de contigüidad y de discriminación para discernir. Estamos envueltos en una urdimbre de documentos de la que no siempre somos sabedores.

¿A qué me refiero? A las relaciones de las que formamos parte, esas relaciones de las que somos nudo, cruce o intersección. Estamos en medio de fuentes históricas potencialmente aprovechables.

Las relaciones humanas son fruto de las capacidades o habilidades reconocidas: cada individuo tiene papeles que ejecutar y funciones que desempeñar.

Se establece entre nosotros una red de relaciones que nos ata, red dentro de la cual cada uno realiza sus tareas o servicios. Ejecuta su roles o desarrollos. Los demás saben o no saben cuáles son nuestras habilidades o capacidades.

Por lo general, la sociedad –esa red de redes, esa estructura de estructuras— establece y fija los papeles y las funciones de los individuos, pero esos individuos no son sólo una cosa. Por tanto, tienen múltiples labores que realizar, tareas que no siempre son compatibles, ni sucesivas, ni congruentes.

Es por eso por lo que hay contradicciones en la acción humana: por falta de información no siempre sabemos qué hacer; por falta de información no siempre sabemos qué hacen los otros, los actos que emprenden y que pueden reforzar o frenar nuestras acciones; por falta de información no siempre sabemos cuál es el contexto y la estructura de nuestras actividades.

Pero, como decía, los individuos no son sólo una cosa: nos faltan noticias o desechamos la experiencia, aunque a la vez desempeñamos distintos roles en diferentes espacios y eso hace que tengamos frecuentes contradicciones. Si ello no le ocurre a uno solo, sino a todos los individuos, el resultado es ciertamente complejo.

Advertir eso y tratar de analizar los actos humanos ya realizados y las consecuencias que se han derivado es tarea del pensamiento histórico. Pero es imprescindible hallar el contexto adecuado, los marcos de actuación, los procesos en los que insertar las actividades humanas.

A eso podemos llamarlo cultura histórica, que no es forzosamente erudición, sino conocimiento de la ignorancia, de las ignorancias.

Una persona culta no es necesariamente la que sabe mucho, sino la que sabe cómo colmar sus lagunas, cómo llenar sus vacíos. O por decirlo de otro modo: es quien sabe qué itinerario seguir ante una referencia, un dato o una información que finalmente es enigma.

Puede que ignore los pormenores de esa referencia, de ese dato o de esa información, pero sabrá arrancar y sabrá documentarse: precisamente para llegar a un conocimiento suficiente, razonable, útil.

Hay conceptos que aprender, conceptos que son esquemas analíticos que han probado su eficacia entre los historiadores. Son abstracciones, condensaciones y regulaciones: recursos para sintetizar lo real y para preverlo.

Y hay destrezas que adquirir, destrezas que son protocolos habituales entre los investigadores: instrumentos que nos permitirán analizar cosas distintas a partir de analogías.

La analogía es un recurso fundamental de la historia. Y es un medio habitual del sentido común: las cosas se parecen y las cosas son comparables. Ahora bien, esas mismas cosas tienen circunstancias diversas.

Es como el juego de las diferencias de cuando éramos niños. Dos viñetas son prácticamente idénticas, pero hay leves o pequeñas variaciones que trastornan los parecidos. Las diferencias son esenciales para poder percibir las similitudes, aquello que hace cotejables dos hechos distintos. Pero esto no es un juego de niños; es un examen adulto.

¿Para qué sirve la cultura? La cultura es eso que ornamenta, dicen algunos. Eso que te permite sostener una conversación pareciendo interesante. La cultura es cornamenta, reponen otros. Eso con lo que amenazas o arremetes. Para achicar: alto ahí…

La cultura es un revestimiento, eso que te cubre y, por tanto, te tapa: con la cultura ocultas tus vergüenzas. Para otros, es la creación, la máxima elaboración, ese recurso que te faculta y te completa.

La cultura es, en fin, artificio, todo aquello que nos distingue de la naturaleza. ¿Imaginan? La naturaleza nos ataca, nos agrede, nos amenaza. Pues bien, lo cultural es una fina película que nos separa y nos recubre.

Como la cura, la atención, el cuidado.

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